
(Viene de la primera parte)
La gravedad de la situación demanda que nos liberemos de cualquier escrúpulo. (Friedrich von Ingenohl, almirante alemán, 1914).
El ejemplo de América debe ser un ejemplo especial. Un ejemplo de paz no solo porque América no va a combatir, sino porque la paz es una influencia sanadora y fortalecedora para el mundo, y el conflicto no lo es. Hay veces en que un hombre tiene tanta razón que no necesita convencer a otros de que tiene razón. (Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos, 1915).
La política naval alemana es una política de sinsentido y destrucción indiscriminada. (Robert Lansing, vicesecretario de Estado del presidente Wilson, 1915).
Alemania está acabada. (Theobald von Bethmann-Hollweg, canciller del Imperio alemán, tras conocer una decisión del Káiser sobre estrategia submarina que terminaría propiciando la entrada de los Estados Unidos en la I Guerra Mundial, 1917).
Los tripulantes de cualquier buque de guerra contemplaban con horror el naufragio de sus homólogos en el otro bando. Podían festejar el hundimiento de un buque enemigo, aunque fuese solo por el alivio de una victoria que garantizaba la propia supervivencia durante un día más, pero no eran monstruos; el contemplar a los enemigos debatiéndose en el agua servía como tétrico recordatorio de que la muerte en el mar era algo terrible que podía sucederle a cualquier marino en cualquier momento.
El submarino alemán U-9, como contábamos en la primera parte, obtuvo uno de los primeros éxitos navales de Alemania en la I Guerra Mundial cuando consiguió hundir tres cruceros de la Royal Navy en algo menos de dos horas. Un momento feliz para la propaganda bélica, pero no tanto para quien veía con sus propios ojos los efectos directos de aquellos hundimientos. El subcomandante del U-9, Johannes Spiess, estaba encargado de mirar a través del periscopio durante el ataque y anotaría sus impresiones sobre la dantesca escena de los marineros británicos «ahogándose, luchando por sus vidas entre los restos del barco, tratando de subirse a los botes salvavidas que estaban del revés». Spiess, abrumado por la congoja, se alejó del periscopio y lo justificó así en su diario: «No pude continuar mirando» (más tarde escribió un muy interesante libro titulado ¡Submarinos!).
Esta actitud venía de lejos. En la batalla de Trafalgar, por citar una de las más célebres de los siglos pasados, los barcos triunfantes auxiliaban a los enemigos con los que se habían estado intercambiando cañonazos apenas minutos antes. Era una cuestión de empatía y respeto mutuo; cuando el barco enemigo había sido hundido o inutilizado, sus tripulantes ya no eran un objetivo militar, sino camaradas de profesión y por lo tanto merecedores de ayuda. Durante la pavorosa tormenta que siguió a la batalla de Trafalgar, los barcos de un bando se convirtieron en equipos de rescate para los marineros del otro bando. En 1914, la modernización de los barcos de guerra había hecho más difícil el rescate de los marineros enemigos; a veces se los rescataba y a veces no, dependiendo de las circunstancias de la batalla, pero los combatientes habían asumido que imperaban nuevas condiciones determinadas por nuevas tecnologías. Sin embargo, en lo tocante a la flota civil, continuaban aplicándose algunas de las antiguas normas. Los barcos mercantes eran un objetivo «legítimo» dentro de la guerra, pero no así las vidas de sus tripulantes, que no eran soldados ni tenían oportunidad de defenderse. Antes de hundir un mercante, pues, había que permitir que la tripulación lo abandonara. Eso formaba parte de una serie de normas no escritas, pero respetadas con bastante amplitud entre las potencias combatientes, a las que se conocía como «reglas de la presa» o «reglas del crucero».
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