El llamado

Publicado por
Gabriela González por Luis Gaspar.

Este relato forma parte de nuestro libro Tócate.

Era la medianoche de uno de esos días en los que no había sucedido nada. Tami y Romy eran amigas y yo amigo de las dos. Romy estaba viviendo en mi casa por un tiempo. Recién separada. Tami vivía en Montevideo hacía meses. Le sentaba bien.

Llego a la casa, voy a la heladera y me sirvo una Miller. Romy miraba la televisión en el living recostada en un sillón.

—¡Hola, bebé!

—¡Hola, nena! ¿Cómo fue? —yéndome a mi habitación.

—¡Bien! Grabamos una escena rehot con Claudita y no sabes cómo se pusieron los técnicos —gritando un poco para que yo la oyera.

Debo confesar que sentí un tirón en la bragueta del pantalón. Romy era bellísima, menudita. Por momentos ingenua y provocativa como la Sydne Rome de ¿Qué? de Polanski. Los labios exultantes y esos ojos azules de gata.

Claudita era el mejor par de tetas de toda la ciudad. Imaginarlas revolcándose comenzó a inquietarme. Me hice el desentendido.

—¿Llamó alguien?

—No. ¿Y a vos cómo te fue?

—Se rompió el Protools, así que no pudimos grabar. Un desastre —dije mientras volvía a entrar al living—. ¿Comiste? —pregunté mientras la volví a observar y creo que, por primera vez, la vi. Hermosa, perdida de porro. Allí recostada, era una aparición divina. Esos pechos pequeños y turgentes que se dejaban entrever a través de su remera blanca apretadísima. Por un momento pensé que no éramos amigos.

Me distraje escuchando los mensajes en el contestador y me descolgué de Romy.

«¡¡Hola!! Chicos, Tami aquí desde el océano, vó. Los quiero, los extraño, vengan a visitarme. Llamen, besos en la boca, preciosos. ¡Chau, nena, llamame y así chusmeamos!».

—¿Escuchaste, chiquita? —grito a Romy desde la cocina.

—Sí, vení.

—Llamala, que debe de estar embolada —le doy unos chocolates. Rozamos nuestras manos y, de pronto, con la suavidad de un ángel, me toma de la quijada y me da un beso largo y profundo en la boca. Húmedo, suave, de lengua, sexy. Comencé a volverme loco y me separé.

—Te quiero, loquito. Tengo miedo, no sé qué es. Me dieron ganas de besarte.

—[…]

—Creo que me voy a Montevideo a ver a Tami.

Yo todavía no salía del éxtasis del beso.

—Bien, bien. Está lindo Montevideo, se parece a Rosario, y no tiene esa locura de Buenos Aires; es más provinciana, la gente es más relajada, tienen la Pilsen, la pizza por metro… —digo mientras hago como que acomodo unos libros.

Romy estalla en carcajadas ante mi evidente nerviosismo.

—Vení, bobito, boludito, conchudito. Vamos mañana que no grabás. Los sábados no grabás, ¿no?

—Por favor, hija, no me vuelva loco.

—Dale, pavote, vamos y nos escapamos un poco. No me aguanto más acá.

La dejo hablando sola y voy a mi habitación. Me recuesto en la cama. Todavía estaba en trance y ahora sabía que estuve enamorado de ella desde que la conocí; todo este tiempo no hice más que escapar de esa idea. Con música, con otras chicas, con drogas, como fuera. Con Tami, sin embargo, tuvimos algo más que un beso, pero no mucho más tampoco. Ella me conocía de otra vida o algo así, y yo estaba solo y angustiado comenzando a separarme de Leonora en la casa de un amigo en común en una playa.

Hablamos mucho aquella noche y cruzamos nuestras lenguas durante horas entre miradas calientes y caricias algo subidas de tono que terminaron en un Paul Bazo de la Kika de don Pedro Almodóvar.

Tami era una escultura. Un culo de antología seguido de un par de piernas duras como el granito. Y aquellos ojos almendrados. El pelo por esa cintura de Betty Page y unas manos finas de princesa española. Ella había estado enamorada de mí y creo que aún lo estaba. No era mi caso. Me gusta estar con ella, aunque Tami sienta todavía aquella incomodidad propia de lo no correspondido. Suspendido en divagaciones sobre estas dos preciosuras, escucho por el parlante del contestador automático:

«¡Hola, nena! Sono io, la piu trola di tutti troli. ¿Qué haces, mamunia?». Entonces Romy levanta un teléfono en el living y yo el inalámbrico en mi pieza.

—Estoy sola y aburrida, y el negrote brasilero se me fue para la selva —dice Tami en tono confidencial y actuando un llanto—. Hace tres meses que no la toco, no me aguanto más.

Me dieron ganas de seguir escuchando en secreto, me ganó la chusma que soy.

—¡Dale! Qué tres meses ni tres meses, si te vi apretando con el Oso en el estudio la última vez, hija de puta…

—Hola, baby, ¿estabas ahí? ¿No estabas grabando vos? Cuidado con la nena, que es mi amiga, ¿eh? ¿Cómo se está portando?

—Quedate tranquila, que la nena se sabe cuidar muy bien. ¿Qué haces vos?

¿Hasta cuándo te vas a hacer la de la mona en Montevideo?

—Vayase usted, déjenos tranquilas —dice Romy por la otra línea en un tono sutilmente lascivo.

—¡Ay! ¿Qué hago, me vuelvo o no me vuelvo? ¡Los extraño mucho a todos! Decí que por lo menos acá tengo silencio y puedo estudiar.

—Bueno, chau, cuídate, Tami. Love you —me descuelgo de la charla.

—Chau, nene, te extraño… ¡Te quiero!

Se produce un corto silencio entre ellas.

—Estoy un poco loqui, nena —dice Romy mientras trata de descifrar si estoy escuchando o no.

—¿Qué hiciste? Dale, contame, que te conozco cuando pones esa voz.

—Recién le di un beso a este, hace un rato me apreté a Claudita en el camarín del canal, el otro día amanecí en la casa de Pancho, toda borracha, los dos desnudos en su cama y no me acuerdo de nada. Antes de que se despertara me fui y todavía no lo llamé. Estoy hecha un desastre, me parece que extraño a Fer.

—¡Ay, nena! ¿Y qué hay de nuevo? Te gusta todo, todo el tiempo, mamita.

—No, boluda, estoy angustiada. Me duele el pecho, tengo la pata de elefante acá que no me la puedo sacar. ¡Me voy mañana para allá!

—¡Bueno, genial! Dormimos juntas, la cama es grande. Mañana hay una fiesta en casa de un amigo, van a tocar tambores, te va a gustar.

En ese momento entro al living, le doy un beso a Romy en la mejilla y le hago el gesto de que me voy a dormir. Me saluda y me tira un beso con la mano.

—Salgo en el buquebús de las nueve. Te dejo, que empezó una de la Coca Sarli en Canal Siete, te veo mañana. Chau amore, putina mía. Ci vediamo domani!

—¡Hasta mañana, cucurucha! ¡Te espero!

Me dormí leyendo el suplemento de cultura de Clarín, pero el sonido de una ambulancia me despertó. Se escuchaba el volumen del televisor, o sea, que era probable que Romy aún estuviera despierta en el living. Eran las tres y media de la mañana. Decidí no molestarla, aunque podía estar dormida también. ¡Qué hermosa era! Tenía esa piel tan delicada, lechosa, de bebé. Era inteligente, atrevida, desprejuiciada, joven, y yo un cuarentón decepcionado muy neurótico. Lleno de mañas.

Pero ¿con qué cosas estaba fantaseando a esa hora? Carlos, su ex, había sido uno de mis mejores amigos. Ahora vivía en Barcelona. Y Romy, mi amiga hermana confidente. Tenía que ayudarla con consejos y no abrumarla más de lo que ya estaba. Debía mantenerme en mi lugar de hombre consciente de los peligros de este tipo de relaciones. Era un cuerpo frágil suspendido en el espacio. Iridiscente, epifánica, y estaba más buena que la pizza con cerveza, también hay que decirlo. Perdido en estas divagaciones es cuando escucho el dial del teléfono. Romy estaba llamando a alguien. ¿A quién, a estas horas? No resistí la tentación y, antes de que enganchara el número que había marcado, levanto mi inalámbrico muy despacio.

—Hola, Tami, soy yo.

—¿Qué hacés despierta, loquina?

—Estoy aburrida y no puedo dormir. Ya me tomé dos ribos y se ve que me pegó al revés (Romy se esnifa dos toques de ala de mosca peruana).

—Pero así va a ser difícil que te duermas. ¿No dijiste que salías en el buquebús de las nueve? Vas a llegar petrificada —le dice Tami mientras la oye revolver el vaso de whisky con hielo.

—Ay, boluda, no sé qué hacer, estoy reangustiada y caliente.

—¿Qué estás viendo en la tele? Hacé zapping y contame —dice Tami medio dormida desde Montevideo.

Romy toma el control y empieza a pasar por todos los canales y le va relatando a Tami:

—En Utilísima, canal 34, una frígida de cuarenta años está armando un portarretratos con un cacho de madera, plasticola y una tijera. Tiene los ojos tristes y las tetas caídas. ¿Me transformaré en eso en algún momento?

—Y si seguís así, mirando tele a este ritmo…

—MTV, un tarado atado de pies y manos se tira del techo de una casa. Se pega un golpe y otros idiotas como él se ríen. ¡Qué horror! En People and Arts un viejo marica está diciendo que Leonardo da Vinci era trolo y que todas sus invenciones en realidad eran mecanismos para escaparse de su madre.

—No está mal.

—T y C. Dos chongos preciosos se están agarrando de los huevos y alguien enfrente parece que va a tirar un tiro libre o algo así. Son divinos, con un par de gambas que si te agarran te quiebran, mami.

En ese momento, Tami siente un pequeño escalofrío allí abajo y pregunta: «¿Y qué más, que más?».

—Están refuertes. ¡Uyyy! A uno le pegó en las bolas y quedó tirado en el piso. ¡Gol! Ahora los del otro equipo festejan y se caen al piso uno encima del otro. Imaginate estar en ese revolcón, con todas esas porongas pasándote por la cara y tocándoles los culos y que te las metan por atrás y por adelante —Tami comienza a levantar temperatura y yo en el otro teléfono también.

—Nena, me estoy poniendo como una moto —dice Tami.

—Canal Venus, empieza una peli. El convento. Esperá, que prendo un cigarrillo.

—Yo también, dale —apura Tami ya despierta del todo.

—Hay dos monjas jóvenes en un patio, una leyendo sentada en un banco en una punta y la otra regando unas flores en un cantero en la otra. La que está leyendo levanta la vista del libro y mira a la otra. Se miran mal. Llega un preceptor o algo así y se lleva a la que está leyendo a una habitación. Le dice que se arrodille a rezar. Ok, le agarra la cabeza y se la pasa por el pantalón; ella le muerde por encima y ahora le está desabrochando la bragueta.

Tami en Montevideo se empieza a tocar las tetas. Tiene puestas una remerita y una bombacha, nada más. Yo, a metros de Romy, me empiezo a tocar la pija y no puedo creer lo que está sucediendo.

—Dale, nena, dale —se escucha casi jadeando a Tami desde Montevideo.

—Ahora la tiene toda en la boca y se la está chupando, y no sabés el tamaño que porta este buen hombre.

Romy ya tiene su dedo índice en el clítoris y se acaricia suavemente.

—Le escupe saliva en la cabeza de la pija y se forma ese puente de baba entre la pija y los labios carnosos de la monjita, que es más linda que Kate Moss, y se la mira con ganas de comérsela y lo mira al curita chongo a ver si le gusta o no. Se la está chupando toda, pero toda, toda…

Yo ya me saqué el calzoncillo y tengo mi mano derecha en mi pija, frotándola. Tami ya bajó con su mano hasta dentro de su bombacha y tiene dos dedos en su concha entrando y saliendo. Romy se chupa su dedo anular y sigue.

—Ahora él le arranca el vestido de monja de dos tirones y ella, esto es increíble, tiene un portaligas color carne y unos tacos de doce centímetros, ja, ja, ja. Se pone a cuatro patas en la cama, él le arranca con la boca la bombacha y ella grita. La toma por el culo y se la mete. En la concha, en la concha muy despacio, muy despacio. Close up. Primerísimo plano de ese tronco duro que se va llenando de flujo… ¡Ufff, qué pedazo de verga!

Tami está gimiendo como si se lo estuvieran haciendo a ella y yo no sé más cómo aguantarme. Romy por momentos deja de relatar y también goza, gime y se retuerce.

Me imagino con Tami y Romy en mi cama revolcándonos y besándonos y se me infla de sangre la cabeza de mi palo duro. Sus bocas entrelazándose, chupándose las tetas, lamiéndome la pija, abriéndose de nalgas para mí mientras se besan. Me voy directo al infierno, pero no me importa. Sigue Romy entre gemidos y gritos…

—¿Te calienta, nena? Dale, decime.

—Ay, sí, conchuda, seguí que no puedo más. Me vengo, no pares…

—Ahora la otra está mirando por la cerradura cómo el tipo se la garcha parada contra la pared, la agarra del pelo y le dice que es su puta, que es una hija de puta, y ella dice que sí, que es una puta y que la siga cogiendo, que no pare.

—¿Y vos, te estás tocando? Decime que te estás tocando la concha, perrita, dale, decime.

—Sí, me estoy metiendo un dedo el culo para vos mientras la otra monja entra, se arrodilla, le agarra la poronga al tipo y se traga toda la leche que le va saltando a borbotones dentro de su boca.

Yo estoy sudando que exploto. Tengo la leche en la punta de mi pija roja, pero intento frenarme para que no me oigan y poder seguir.

—Ahora besa a la otra y le tira parte de la leche entre los labios, la otra se traga lo que puede y se vuelven a pasar la leche de boca en boca lamiéndose los labios con sus lenguas húmedas de saliva y semen.

—¡Ay! Me vengo, nena, me acabo, te tiro todo en la cara, vení vos, por favor, que no aguanto más —dice Tami entregada desde Montevideo

—Ahí voy, hija de puta, tomá… ¡Ayyyy! ¡Mi diooooos! Tomá, tomá…

Yo me tiro todo encima y me revuelco en éxtasis intentando no ser escuchado, pero todo se vuelve ingobernable. Mi verga era una fuente inacabable de leche tibia y también lanzo mi suspiro acabador. ¡Ahhhh…!

Las respiraciones se cortan de inmediato y un silencio inesperado nos abraza a los tres. Romy se da cuenta de todo inmediatamente, pero no quiere comprometerme allí, en ese momento.

Tami pregunta:

—Nena, ¿estás ahí?

—Sí, ¿y vos? —dice Romy.

No sabíamos a quién le hablaba. Tami sonriendo se reacomoda en su cama. Lo sabía todo. Romy se tapa la boca con la mano para que no se oiga su risa y sus ojos azules se abren como dos mares.

—Sí, yo también —contesto avergonzado desde mi habitación—. Recuérdenme que les debo una.

—Chau, pajerín, te quiero. ¡Me volví locaaaaaa! Despertala a la nena, así no pierde el buquebús —Tami iba bajando el ritmo de su respiración—. Si hubiera sabido que estabas te hubiera dicho muchas porquerías, rosarino atorrante.

—¡Andá a dormir vos! —me dice Romy, retándome con tono de madame de hotelucho de Constitución—. Poné el despertador a las ocho, ¿eh?

Corto y me tapo entero con las sábanas igual que un niño festejando su última travesura.

—Chau, Tami, nos vemos mañana. Y qué putita habías resultado vos también, ¿eh? —algo celosa había resultado nuestra hermosa Romy también.

Las chicas cortaron los teléfonos.

Yo me esfumé entre sueños.

Tami se quedó despierta hasta que amaneció en su balcón montevideano y Romy se quedó dormida con la luz de la tele prendida en el sillón verde todo mojado, en la hoy desconocida Buenos Aires de 2003.

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1 comentario

  1. Grande, Fito! No te mueras nunca. Ni vos ni el rock rioplatense. Para el erotismo está de más augurarle larga vida porque…
    Son dolores de la juventud
    que no me llevarán al ataúd,
    al contrario, es señal de buena salud
    Salí flaquita que quiero verte
    bajo este otoño porteño
    que transforma en sueño
    tu vestido florido y si tengo
    suerte que tu vieja se borre
    verás bien quien es el dueño
    de esa piel marroncita y lisa
    como la cáscara de un huevo
    que no me canso de acariciar
    sabiendo que aunque muera
    hoy, mañana o ayer naceré de nuevo.

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