Richard Learoyd: «La gente ha elegido la imagen como un modo de comunicación sobre sus vidas y así es como se relaciona con sus amigos»

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Fotografía: David Airob

Sus fotografías impactan por su detallismo y gran tamaño, aunque la técnica que emplea, la cámara oscura, le obliga a trabajar en grandes lienzos. Richard Learoyd (Nelson, Reino Unido, 1966), uno de los fotógrafos contemporáneos más reconocidos del mundo, admite que en la vida no sabe hacer otra cosa que no sean fotos. Es fotógrafo por formación y vocación. Para su método artesanal de trabajo construyó su propia cámara oscura. Una técnica del pasado con la que conquistó el futuro. Nos encontramos con él en la exposición, hasta el 8 de septiembre, de la Fundación Mafre de Barcelona. Aunque él no lo comparte, se ha dicho que sus retratos se pueden comparar con la pintura de los grandes maestros.  

Su interés por la fotografía comenzó con las portadas de los discos.

Me acuerdo de las portadas de Pink Floyd y, de hecho, conocí al tío que las hizo, al fotógrafo. Pero no fue solo por eso, no me dio por la fotografía por unas portadas en concreto. Fue por la pregunta que te haces cuando tienes dieciséis años y vives en una ciudad pequeña en el norte de Inglaterra en la época de Margaret Thatcher. Era una situación económica desesperada.

En un momento así te dices a ti mismo: «Bueno, puedo ir a trabajar a una fábrica o hacer cualquier cosa, pero alguien está haciendo el trabajo de sacar estas fotografías, a alguien le han dado ese trabajo tan interesante… ¿Por qué no voy a poder hacerlo yo también?». Fue un impulso muy ingenuo, pero…

Pero su madre fue muy comprensiva y le apuntó a un curso de fotografía.

Fue porque no me iba bien en el colegio y se pusieron muy contentos cuando vieron que había encontrado algo que me interesaba. No sé qué esperanzas depositaron en mí, pero es muy difícil desarrollar una carrera como la de fotógrafo sin el apoyo de la familia. Al menos, los míos estuvieron dispuestos a dejarme empezar.

¿En su familia no había artistas?

No, no. Yo vengo de una familia de clase trabajadora. Mis padres siempre tuvieron una parte muy aventurera, pero siguieron con su vida normal para que yo terminase siendo lo que soy ahora. También hizo falta encajar muchas piezas de puzle, circunstancias de suerte. En mi caso, soy una persona que puede trabajar muy duro, pero solo en las cosas que le interesan de verdad. En las que no me interesan, ya no curro tanto. En este mundo el factor suerte es muy importante, hay que conocer a la gente adecuada, y para conseguir eso hay que tener buena actitud.

Alguna vez ha dicho que su familia también le apoyó para mantenerse fuera de la calle, de las drogas…

Si vienes de un sitio así, de un entorno donde la gente no tiene ambiciones o aspiraciones muy altas, que no espera mucho de sí misma, siempre hay una posibilidad de que las cosas vayan mal. Para mí, la fotografía fue una especie de luz que me ayudó a atravesar esas situaciones. Desde niño tuve mucha motivación y creo que la he mantenido durante los últimos treinta y cinco años. Demasiado tiempo, me estoy haciendo muy viejo [risas].

¿Cómo eran esas calles, cuál era la atmósfera del lugar de donde proviene?

Era un lugar normal, simplemente. Tenía la normalidad de vete y busca un trabajo, cásate, ten hijos, cómprate una casita donde sea, ten unos nietos y muérete. No hay nada de malo en todo eso, pero yo estaba interesado en otras cosas. Me apetecía un poco de acción.

En una entrevista para el Getty Museum dijo que en los ochenta, cuando estudió en la Glasgow School of Art, la fotografía no se consideraba un arte todavía, que era una disciplina marginal.

Todavía estaba ese debate sobre si la fotografía es una disciplina que pertenece a la esfera del arte. Me vino muy bien esta discusión, porque tuve que poner el doble de motivación en todo lo que hacía. Me fijaba en cómo trabajaban los demás e intentaba buscar fórmulas de hacer lo mismo a mi manera. Todo esto hizo que la profesión me atrajera todavía con más fuerza.

La fotografía me interesaba en su forma más pura, sacar fotos solo para mí mismo, como manera de expresarme. Es algo muy típico de las escuelas de arte, pero cada uno hace lo que puede con lo que tiene. Ahora, años después, entiendo un poco de física y química y esa formación me permite jugar en la fotografía con la óptica y los materiales y dar calidad. La información es poder. Conozco muchos fotógrafos que no saben nada de esto, que están exclusivamente centrados en la imagen, pero a mí me gustan todas las opciones fotográficas, me gusta que el resultado se sienta igual de bien que se ve.

¿Dónde aprendió todo eso?

Creo que tuve muy buena educación. En esa pequeña escuela de arte la fotografía era la novedad en aquel entonces y teníamos buenos profesores, porque eran artistas que estaban desarrollando su faceta fotográfica y convirtiéndose en profesionales. Robé mucho de ellos. Aunque pienso que, si en el fondo algo te interesa, lo acabarás investigando y descubriendo por tu cuenta. Si lo tuyo es la literatura, lees libros. Si te gusta la fotografía, intentas sacar fotos.

Tras pasar por esa escuela, se convirtió en fotógrafo comercial. Ha descrito esa experiencia como «aplicar la sensibilidad visual de uno en resolver los problemas de otro».

Hice miles de trabajos fotográficos y, aunque lo que voy a decir es muy poco popular en el mundo del arte, creo que la fotografía comercial sirve para practicar y mejorar. Lo puedes relacionar con los músicos, hay mucha gente que sabe tocar el piano, igual que cualquiera puede coger una cámara de fotos y hacer fotografía, pero cuanto más toques, alcanzarás mayor nivel de expresión. Es lo mismo con la fotografía. Para llegar a una expresión personal, practicar mucho no te hace ningún mal.

Yo hice millones de fotos cuando me dediqué a la fotografía comercial. Pudo ser algo repetitivo, pero esa es la esencia de la fotografía comercial. Cuanto más dinero se invierte en fotografía, menos riesgos quiere asumir la gente. Pero disfruté mucho esta etapa, viajé por todo el mundo y me lo pasé muy bien.

¿Para quién trabajaba?

Trabajé para Nokia y Sony, por ejemplo. Lo hice durante seis o siete años y fue realmente estupendo, pero no era para mí.

Usted, con sus orígenes humildes, se considera afortunado por haberse dedicado toda la vida a la fotografía. En la actualidad, ¿convertirse en profesional de una actividad artística cree que es algo reservado solo para las clases altas, como están apuntando diferentes estudios económicos y sociales sobre la materia?

Sí, lo único que he hecho en toda mi vida es sacar fotos. Se podría decir que solo tengo una habilidad en la vida. Lo que noto ahora es que los jóvenes son capaces de hacer muchas cosas diferentes. Pueden escribir, pueden fotografiar, pueden rodar, editar imágenes para una película… Son capaces de resolver cualquier problema. Yo no tengo nada que ver con ese perfil polivalente actual. Yo, si no me hubiese dedicado a lo que hago, ahora trabajaría en una fábrica.

No soy ese tipo de persona que se reinventa. Pero para ganarse la vida con la fotografía siempre digo que solo hace falta una cosa: sacar las fotos un poco mejor que los demás. Si eres capaz, siempre puedes ganar dinero con esto porque la gente siempre aprecia la diferencia entre una buena fotografía y una mala. Si tienes un poco de ingenio, en este mundo siempre encontrarás tu lugar. Ya sea haciendo fotos de bodas, de empresa o de street fashion. Hay muchas maneras de ganar dinero en la fotografía.

¿Cuándo empezó a trabajar con cámara oscura?

Después de siete años trabajando en fotografía comercial, empezó a molestarme haber dejado de lado la expresión artística y estar solo haciendo fotos de chicas guapas y empresarios. Tuve de pronto un gran deseo de expresarme, de hacer las cosas por mí mismo y, simplemente, decidí intentarlo. La última fotografía mía que podía recordar que me había parecido interesante era una que había hecho con veinte años, con cámara oscura en el estudio. Tenía entonces treinta y cinco o treinta y siete años y decidí continuar donde lo había dejado.

Me vino bien ser fotógrafo comercial, porque todo lo que necesitaba para expresarme como quería hacerlo estaba en ese negocio, aunque fuese diferente. No era ponerme con algo que no tenía absolutamente nada que ver. Ahora mucha gente en el mundo del arte me pregunta dónde estuve hasta los cuarenta años, pero es que no estuve. No tenía nada que decir. Todo me vino con la experiencia de la vida, con tener una familia, con el mero hecho de vivir. De esas experiencias brotó en mi interior una sensación que quería comunicar con otra gente. De niño ¿de qué iba a hablar yo, qué tenía que decir? Cosas de niños…

Se introdujo en esta técnica con plena libertad, ha manifestado en alguna ocasión, intentando hacer solo lo que le pareciera interesante sin presiones externas, sin esa sensación de estar pensando en impresionar al profesor de la escuela de arte, o al cliente, como los encargos a los que estaba acostumbrado en la fotografía comercial.

Lo que pasa con la fotografía comercial es que un buen fotógrafo siempre va a encontrar su propia interpretación de lo que le mandan hacer. Durante muchos años esa fue mi situación, pero llegó un momento en el que ya no tenía más fuerzas para seguir con lo mismo. Vi que solo trabajaba para complacer a otros porque ese era el camino más sencillo. De hecho, me convertí en una persona con la que era bastante incómodo trabajar. Sin embargo, a la gente le gustaba ese carácter. Cuando te vuelves difícil, la gente se intriga. Para mí, en cambio, era todo muy cansino.

Es difícil de describir lo que me pasó, simplemente dejó de gustarme el negocio. Me sentía como girando en una rueda, como en una cadena de montaje y tampoco podía dejarlo porque tenía familia, hijos, una casa y todo eso. No me quedó más remedio que ir cambiando poco a poco. La verdad es que nunca pensé que iba a hacer dinero con el negocio del arte. Siempre fui muy realista y era consciente de que la posibilidad de no ganar un duro estaba ahí. Era muy posible que mis intentos no sirvieran para nada, pero solo quería intentarlo.

¿Cómo es la técnica de la cámara oscura? ¿Cómo es el proceso? ¿En qué momento decidió que quería aplicarla y cómo lo hizo?

Tenía un estudio de fotografía en la planta de un edificio, alquilé otro estudio abajo y ahí monté la cámara oscura que siempre quise. Compré el material necesario y el equipo e investigué la iluminación, la máquina y las lentes. Se trata de dos cuartos dentro de una habitación, la parte oscura y la iluminada con la lente en medio. Lo que no tuve fue esa situación de «prueba antes de comprar». Me tuve que guiar por la fe y me sentí lo suficientemente seguro para montarlo.

¿Cuánto tardó en llegar una fotografía que le satisficiera con esta técnica?

No pude dedicarme plenamente a la cámara oscura, seguía trabajando en otras cosas. Me llevó bastante tiempo ir resolviendo todos los problemas técnicos que se me iban planteando. La primera vez que por fin encontré que eso era lo que quería, fue una foto de una persona a la que le puse el foco en el ojo y recuerdo pensar: «Wooow ¡Esto no está mal! ¡Soy capaz de hacer algo!». La modelo era la novia de un amigo mío, pero lo importante en ese momento no era el quién, podría haber sacado una foto a un ladrillo, era simplemente que mi idea funcionaba.

La foto la tengo todavía, debe estar en algún lugar de mi estudio. Créeme, es terrible, pero es un recuerdo. Igual que todas las fotos que estoy exponiendo, al fin y al cabo. Me acuerdo del día en que hice cada una de ellas y de las personas a las que se las saqué, todavía trato con la mayoría de ellos. Con algunos perdí el contacto porque se mudaron, pero a la mayor parte de ellos todavía les veo.

¿Cómo encuentra a los modelos de sus fotografías? He leído que dijo en una entrevista que es muy tímido, que prefiere que sean sus asistentes quienes se encarguen de buscarlas. Normalmente, en sus fotos salen casi siempre amigos de sus amigos.

Así es. He tenido mucha suerte con la gente que he encontrado. Mi estudio está en una parte muy transitada de Londres y, efectivamente, envío a mi asistente a que me busque gente. Antes, iban por la calle sacando polaroids de los candidatos que nos podían interesar. Ahora sacan esas fotos de prueba con el iPhone y me las envían al correo. Muchas veces nos ha pasado que me enviaban a alguien fantástico, que estaba loco por sentarlo en el estudio y luego se daban cuenta de que habían apuntado mal su número de teléfono o e-mail. Es una faena porque las posibilidades de volverles a encontrar son nulas. Al final, siempre estoy buscando gente. No es algo que fuerce, pero siempre estoy atento.

Pero dice que no socializa con sus modelos. ¿Por qué?

Me pasó una cosa con una modelo. Una mujer que se llama Nancy. Fue asistenta de un amigo y la fotografié mucho. Lo que pasa en estas circunstancias es que de repente te ves envuelto en la vida de la gente. Es mi amiga, estábamos en los mismos círculos de amigos y la veía a menudo cuando nos juntábamos todos, y me pidió algunos consejos. Yo se los di, no soy una persona horrible, pero en el momento en el que conoces a alguien, intentas hacer de ellos la persona que tú crees que deberían ser. Se mezcla lo que viste en ellos inicialmente para las fotografías y lo que ves después cuando los tratas en profundidad. Entonces te surge la preocupación de que puedes estar manipulándolos como si fuesen otra cosa. De repente, ya no sabes lo que estás haciendo y, simplemente, pierdo el interés y prefiero tenerlos como amigos que como modelos.

Luego siguen viniendo a mi estudio, tomamos un té, nos vemos, mantenemos la amistad y se vuelven parte de tu vida, pero no hay fotos. En cambio, con otros he conseguido mantener una relación puramente fotográfica, lo que no significa que me caigan bien necesariamente. Suele pasar con los que son un poco más mayores, o que viven lejos y solo les veo para las sesiones de fotos. Con estos me lo paso bien trabajando, hacemos las fotos, pago, nos despedimos y hasta la próxima.

Eso le quería preguntar. Obviamente, hoy todo el mundo estaría encantado de que les haga una foto, pero en un principio ¿cómo reaccionaba la gente?

Todo estaba en el dinero. Cuando empecé a hacerlo, les decía: «Te daré cien libras o te daré la fotografía». No di muchas fotografías [risas] Ahora es un trabajo para los jóvenes, como hablamos antes. La gente joven hace muchas cosas distintas y esto es un trabajo que les viene bien. Vienen al estudio, ganan unos pocos cientos de libras y se van. Es más dinero de lo que ganarían con un trabajo convencional y es más interesante que otras cosas que podrían hacer. Al final, se reduce a cinco minutos de actividad y después media hora sin hacer nada. La gente se trae ordenadores, trabaja o lo que sea, charlamos y el día se les pasa muy rápido.

¿Por qué cuando prepara  las fotografías coloca un bolígrafo en el ojo de la modelo?

Para poner el foco en las lágrimas de alguien he intentado todo tipo de cosas, láser y lo que no te imaginas, pero lo más efectivo es poner un bolígrafo, acercar la punta a la esquina del ojo de la modelo. Así puedo enfocar. Así es como menos material desperdicio, porque yo no hago pruebas, cada papel que tiro mide dos metros cuadrados. Solo saco fotografías, no puedo esperar porque este es un proceso muy difícil, a veces es hasta irritante, pero al menos es rápido porque la verdad es que yo soy impaciente.

Pero no tiene que editar después. Ha explicado que su fotografía se diferencia de la digital en que esta se basa prácticamente en la edición posterior, algo completamente opuesto a lo suyo, que tiene que hacer todo el trabajo antes de disparar el objetivo.

Una vez, al final de mi carrera como fotógrafo comercial, recuerdo estar sentado en el estudio con seis personas mirando la pantalla y era como una especie de videojuego. Uno decía: «Un poco más arriba», otro: «Un poco abajo» y el otro «a la derecha, a la izquierda». Hacíamos una especie de técnica fotográfica por consenso.

Antiguamente, antes de la fotografía digital, la gente tenía que confiar en el fotógrafo. Hacías la foto y te preguntaban si la tenías, si la habías pillado, y tú respondías si creías que sí o que no. Ahora solo eres un operador de cámara. Hay clientes, directores de arte, estilistas, estos y los otros. A mí me gusta que sea una actividad solitaria, con un asistente y el modelo, y tomar yo todas las decisiones.

Sin embargo, toda esa etapa trabajando en la fotografía comercial, técnicamente, tuvo que ser un aprendizaje imprescindible para todo lo que hace ahora.

En la fotografía siempre estás aprendiendo cosas. Siempre andas metido en proyectos técnicos. Por ejemplo, yo ahora estoy fabricando una cámara nueva con mi cuñado, que es muy bueno en esto. Me encanta explorar la faceta técnica de esta profesión porque así siempre puedo mover el límite cada vez.

Lo primero con lo que empezó a experimentar fueron los espejos.

Lo primero que fotografié fue mi colección de coches en miniatura. Odio cuando los artistas dicen «necesitas saber jugar», porque yo en realidad no juego a nada, aunque sí que estoy dispuesto a experimentar y no me molesta fracasar. A veces, en el estudio, el día puede ir muy mal, puede ir todo de pena y la gente sabe que eso es solo por mi culpa, pero a mí no me molesta. Sé que a veces no he podido llevar algo a cabo y no me culpo a mí mismo, no me castigo. Simplemente, digo «será mejor mañana».

He leído que le compra ropa de segunda mano a sus modelos.

Sí, elijo la ropa que llevan. Creo que es muy importante para la fotografía. La mayor parte de las veces busco ropa que no sea ni de ahora ni de antes, que no sean viejas, ni tampoco nuevas y, por supuesto, que no tengan algo como un logo de Nike enorme. Durante mucho tiempo le decíamos a las modelos que se trajeran su ropa favorita, pero terminé un poco harto y empecé a comprársela yo. Para muchas personas compro ropa específica, pero también tengo cosas que he ido encontrando y pienso que no sé cuándo, pero seguro que algún día lo utilizaré y la guardo en mi estudio en un baúl.

Siempre abunda el color rojo en sus trabajos.

La verdad es que no tengo ni idea de por qué. Me gusta que tengan fuerza y el color rojo la tiene.

¿Qué papel juega el color en sus fotografías?

En todas las fotografías que expongo los colores no son naturales. Por ejemplo, si hay azules, son muy azules. Lo curioso, y esto es muy interesante, es que la gente lo acepta y habla de lo naturales que son esos colores, les parecen tonos muy realistas cuando en realidad no lo son. Cuando utilizas una cámara digital, tiene tendencia a hacer que la piel de la gente tenga color melocotón. Interpretan el color de la piel de una forma bastante aburrida y poco real. Yo destaco el púrpura, verdes, amarillos y otros tonos que también están en la piel, pero no son ese color melocotón. Aparte, no dejo que me vengan con maquillaje [risas]. Como mucho, puedo dejar que las modelos lleven un poco de lápiz de ojos.

Me ha dejado sorprendida la fotografía de una cabeza de caballo arrancada.

Suelo trabajar con personas porque tanto con los animales como con los objetos el acercamiento es muy distinto. Con las personas tienes todos esos detalles como la postura de las manos, las expresiones, y con los animales es más una construcción definitiva en la que tengo que poner más de mi parte para proyectar lo que quiero decir en esas imágenes.

Los restos de animales suelo comprarlos en el mercado. Obviamente, no esa cabeza de caballo. Eso tiene una historia detrás. El drama de los caballos ingleses es que muchos han acabado siendo salchichas para el mercado italiano a causa de la crisis económica. Los dueños no podían mantenerlos. Hay un matadero en el sur de Inglaterra que se dedica a esto y ahí pude conseguir la cabeza de uno que había sufrido ese destino.

Sus retratos se han comparado con la pintura clásica, concretamente, con los retratos del siglo XVII o XVIII.

No sé por qué.

A veces la puesta en escena de los modelos es muy similar.

Sí, entiendo. Creo que se puede encontrar cierta semejanza con esas pinturas, pero creo que tengo una atención al detalle muy fotográfica en comparación con esos retratos clásicos. Puedo entenderlo, pero yo jamás me lo he planteado así cuando las he hecho.

En cuanto a los paisajes que fotografía, dice que le lleva días solo decidir dónde va a colocar la cámara.

Es porque me pasé una década encerrado en un estudio. Lo que pasa es que cuando eres un fotógrafo que realiza su trabajo en un estudio, sientes envidia de los que salen a la calle a sacar fotos, como los que hacen paisajes. En tu día a día vas conduciendo por ahí y ves cosas que piensas que te encantaría fotografiar, pero no puedes. Eso me pasaba a mí, al menos.

Luego tenía el reto de ver si era capaz de hacer que esas fotos funcionasen. Primero fui probando diferentes modelos de cámaras. Empecé con 50×80 pulgadas, que me cabía en el maletero de un Volvo. Había muchas cosas que me interesaban y simplemente la idea de salir e intentar mostrar el mundo de otra manera. La naturaleza, el problema de la medida de las cosas… Todo esto afecta a tu forma de ver el mundo. Ahí te das cuenta de las cosas que puedes y las que no puedes fotografiar. Sigo viendo muchas cosas que sé que no puedo fotografiar, pero me gustaría mucho encontrar la forma de poder hacerlo. Son retos. Como he dicho antes, estoy especializado, me dedico al paisaje, naturaleza muerta, retratos y desnudos. A lo sumo, soy aventurero dentro de esos géneros.

Actualmente, a la hora de decantarse por trabajos en el estudio o fuera, ¿qué prefiere y por qué?

Estar dando vueltas por ahí buscando un entorno adecuado para fotografiar y no dar con nada es muy frustrante, pero no es una sensación muy diferente a la que sientes sentado en el estudio pensando qué hacer con la persona o con el objeto que no hayas hecho antes. Todo me resulta difícil, para mí cada foto es siempre complicada y me cuesta.

Cuando sales fuera, tienes que elegir dónde poner la cámara, decidir bien qué es lo que quieres fotografiar. Necesitas asistentes que te ayuden a hacerlo, necesitas un vehículo que te permita llevar todo, te hacen falta lentes de visión nocturna, tienes que rebobinar la película y hacer que llegue a Nueva York para que sea procesada en un laboratorio, uno de los pocos que hay que trabaja con películas de esa escala. Es un proceso que solo puedes soportar si estás absolutamente entregado y comprometido con la idea que quieres expresar.

¿Esos viajes que ha hecho en busca de fotografías no son tan maravillosos como pueda parecer entonces?

Llevo haciendo esos viajes toda la vida. Me fijo en un lugar que me parece interesante y voy ahí en búsqueda de buenas fotos. Al principio conduces hasta ahí y luego sigues y sigues. Es una especie de viaje romántico para mí, pero en realidad es agotador para los que me acompañan y yo no puedo hacer lo que hago solo, siempre tengo que llevar un equipo de asistentes. Yo no paro de conducir buscando y buscando hasta el más allá y les ves que están pensando «Cuándo dirá stop este hombre» [risas].

¿Qué le llevó a Europa del este?

Supongo que fue porque crecí en Inglaterra durante la guerra fría y siempre estuve intrigado con los países de Europa del este. Desde mi punto de vista era como otro mundo. Es increíble la yuxtaposición de la existencia que hay dentro de Europa, de Londres, donde te puedes comprar una botella de vino por veinte mil libras, puedes llegar a unos lugares donde te encuentras con una mujer de noventa años sacando la vaca al campo y, al mismo tiempo, tiene un móvil en el bolsillo. Me interesaba eso, esa yuxtaposición.

La foto de esta exposición creo que la saqué en Rumanía. Conducimos desde Gdansk hasta Bulgaria. Yo me volví luego en un vuelo, pero mi equipo lo hizo en un ferry desde Italia. No pisamos las capitales, eso no me interesaba. Lo que busqué es a gente que todavía se movía utilizando carros con caballos, algo que es muy habitual en la comunidad romaní. Quise sacar también fotografías de grupo, un género de fotografía que no siempre es bien entendido. Lo quise intentar, lo vi como una oportunidad.

¿Cree que en la fotografía actual hay un abuso de edición, filtros y demás?

No me sorprende el interés que han despertado en la gente recursos como los filtros de Instagram. La gente ha elegido la imagen como un modo de comunicación sobre sus vidas y así es como se relaciona con sus amigos. Si luego lo que quieres comunicar a través de la fotografía es algo más serio, el problema siempre va a ser el tamaño de la cámara, si la puedes llevar en el bolso o no.

¿Qué ha pasado con los materiales que necesita para realizar su trabajo? Leo que la empresa que se los facilitaba ha cerrado y que con ella desaparecerán sus fotografías…

El material que empleo ha dejado de fabricarse y no hay nada parecido que pueda sustituirlo. Para preservar lo que hago, compré todo lo que pude antes de que cerraran la fábrica, que tampoco pudo ser mucho porque los químicos también tienen un ciclo de vida. Así que vivo contra el tiempo. Tengo unos productos químicos y un papel que se acaban, por un lado, y mi capacidad de trabajar por otra. Debo tener para seis o siete años de material. No lo sé bien. La fábrica donde lo hacían era enorme, ni siquiera es algo que pueda hacer por mi cuenta. Esta disciplina está acabada [risas]. No volverá pronto, eso seguro.

¿Qué opina de la precariedad de los fotógrafos en la actualidad? Una época en la que, además, con las facilidades técnicas con las que se cuentan cualquier persona puede ejercer como fotógrafo.

Eso no cambia nada. Siempre habrá gente capaz de sacar mejores fotos que otros. Cuando fui profesor, una prueba que le ponía a mis alumnos era sacar una foto contando solo con dos cartones y una naranja. Algunos se pasaban horas para colocar la naranja, otros se movían ellos para encontrar un punto original. Pero solo muy pocos ponían la naranja en el plano horizontal que funcionaba. Simplemente, es el talento natural. Hay gente a la que se le da mejor, no hay más. Es horrible, pero es así. Yo tampoco puedo ser futbolista profesional lo mismo que cualquiera no puede ser fotógrafo. La fotografía, lo básico, consiste en resolver problemas de espacio y composición. No sé si eso se puede llegar a aprender, lo cual es bastante decepcionante para la gente que no sabe hacerlo.

¿Qué fotógrafos han inspirado su trabajo?

No le presto mucha atención a lo que hacen otros, para ser sincero. Intento tomarle el pulso a la escena, voy a museos y exposiciones, robo todo lo que puedo de cualquiera, pero no podría decir que haya alguien que me ha servido de inspiración. Solo podría recordar a los fotógrafos que he coleccionado su trabajo, como Danny Lane por ejemplo. Siempre me gustaba la foto de su primera mujer, Stephany. También colecciono fotos del siglo XIX. Y tengo un par de Tovar, que siempre me han parecido muy sencillas y muy bonitas. También un poco de pintura, de artistas que me gustan.

¿Qué tiene en mente ahora?

Ni idea, últimamente he hecho muchas cosas, acabo de cerrar una exposición en Nueva York. He trabajado mucho los últimos años y tengo algunos proyectos que todavía me van a llevar un par de años, pero no soy una persona que trabaje por proyectos.

Sus fotografías han alcanzado precios muy altos en el mercado. ¿Qué piensa de quienes critican que el mercado del arte moderno se ha convertido en un espacio para la especulación, como ha denunciado recientemente Annie Le Brun en su ensayo Lo que no tiene precio?

Creo que ese no es mi problema. ¿Creo que se debería pagar ciento treinta millones de euros por una obra? Probablemente no, pero cuando hay un producto que se compra los artistas no pueden hacer nada. Al mismo tiempo que hay obras demasiado caras, también las hay muy accesibles y muy buenas. Yo solo compro cosas que me gustan y que me puedo permitir, que me apetece tener conmigo a largo plazo.

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