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Camuflaje y pinceles: el arte de la guerra

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Seis en armas de Fortunino Matania (1916).

«¡Eso lo inventamos nosotros!» fue lo que exclamó Pablo Picasso al contemplar por primera vez un vehículo de artillería cubierto por un patrón de camuflaje. Al artista malagueño, que por aquel entonces residía en un París inmerso en la Primera Guerra Mundial, le resultó sorprendente descubrir que el ejército dibujaba sobre sus batallones un tipo de camuflaje que no andaba muy alejado del estilo cubista. Poco después, mientras charlaba con el dramaturgo Jean Cocteau, el propio Picasso señalaría que «si el ejército realmente quiere que sus tropas sean invisibles en la distancia, lo único que tendría que hacer es vestir a todos sus hombres como arlequines». Una afirmación que sonaba a chiste, pero que en realidad era bastante certera según Sir Roland Penrose: «Los arlequines, el cubismo y el camuflaje se dieron la mano. El punto que tenían en común era la ruptura del aspecto exterior para poder cambiar su, fácilmente reconocible, identidad». Y Sir Penrose, uno de grandes impulsores del surrealismo en Londres, sabía muy bien de lo que estaba hablando. Porque él mismo fue el encargado de instruir al ejército británico, durante la Segunda Guerra Mundial, en las técnicas de camuflaje y en el trabajo del pionero del medio: Lucien-Victor Guirand de Scévola, el pincel que había inventado el camuflaje inspirándose en el movimiento cubista. En el fondo, Picasso tenía razón en todo, porque aquello en realidad lo habían inventado antes los artistas, y un ejército de arlequines probablemente no fuera cosa de risa.

Naturaleza invisible

El norteamericano Abbott H. Thayer se acomodó en la historia del arte a gracias a sus virtuosos retratos de ángeles y similares figuras virginales, cuadros para los que utilizaba a sus propias hijas e hijo como modelos porque así todo quedaba en casa y siempre es bonito remarcar que los vástagos son castos y puros. A dicha producción de lienzos pertenecen piezas como Figura alada (1889), Una virgen (1893), Ángel sentado en una roca (1899), Mis hijos (1897) o el famosísimo Ángel (1887).

Angel
Angel (1887) de Abbott H. Thayer.

Más allá de las pinceladas angelicales, Thayer también destacó por dedicar su tiempo a estudiar las tonalidades del mundo animal de manera obsesiva. En 1909, el artista publicó el volumen Concealing-Coloration in the Animal Kingdom (que se puede leer entero aquí mismo), un libro donde se dedicaba a teorizar sobre el camuflaje animal. Entre aquellas páginas, Thayer elucubraba sobre la capacidad mimética de las criaturas con su entorno, la coloración disruptiva que permite a algunos seres fundirse con palos y hojas, las marcas distractoras sobre el pelaje que confunden al observador y la contracoloración. El pintor rechazaba la teoría de Charles Darwin de la selección sexual de las especies, aquella que consideraba ciertos rasgos y colores llamativos de los animales como elementos presentes por resultar útiles para ligotear con el sexo opuesto. En cambio, Thayer estaba convencido de que toda coloración animal existía con el propósito de servir como camuflaje. Y acompañó sus divagaciones escritas con ilustraciones de diversas especies en su entorno, con la idea de convencer a los escépticos de que plumajes como el del pavo real no existían para fardar ante las hembras, sino para mimetizarlo con la hojarasca. Como dichas imágenes habían brotado del propio pincel del artista, siempre quedaba la duda de si el hombre no estaba aprovechaba para exagerar los dibujos y barrer hacia casa.

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Un comentario

  1. Enhorabuena diego, ¡menudo articulazo! En la tónica de todos los que escribes.

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