¿Cuál es tu momento histórico favorito acaecido en una bañera?

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Son espacios fascinantes pero que pierden su razón de existir si no son llenados de agua, preferiblemente caliente. Sin ella, solo sirven para evitar que ese bicho que te hacía tanta gracia cuando era pequeño deje de mancharte la moqueta hasta que lo abandones, o para almacenar combustible en caso de que tu mundo se convierta en el de Mad Max. Con agua sirven para mucho más que para bañarse o amar, algo que demuestra esta lista de momentos estelares que quizás nunca habrían tenido lugar sin ellas. Voten por su favorito al final del artículo y ayudarán a proteger tan magno patrimonio universal del mazo de los despiadados transformadores de bañeras en duchas.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


La inspiración de un músico

Richard Wagner, 1980. Fotografía: Franz Hanfstaengl (DP).

Se dice que Wagner tomaba largos baños perfumados con grandes cantidades de leche de iris (un extracto natural que suaviza la piel). El alemán solía insistir en que el agua se mantuviera muy caliente y sumamente perfumada para poder seguir oliéndola mientras trabajaba en su mesa de trabajo, siempre envuelto en extravagantes sedas y batines de pieles. En una carta que envió a una empresa de costura milanesas, el compositor explica el corte de «una prenda grácil para las veladas en casa» con minucioso detalle: «El corpiño tendrá el cuello elevado, con un fruncido de encaje y lazos; las mangas deben ser ajustadas; el ribete del vestido llevará un volante abollonado, del mismo tipo de seda, sin extensiones del corpiño a la cintura por la parte delantera; la falda debe ser muy amplia y con cola, y con un hermoso miriñaque y un lazo en la parte posterior, como los de delante…», detalla Wagner. A día de hoy son numerosas las becas de investigación sobre Wagner centradas en la erótica del compositor. Joachim Köchler, autor de Richard Wagner: el último titán, aporta un retrato fascinante de un compositor «que necesitaba un aura de feminidad para estimular sus sentidos». Volviendo al asunto de las bañeras, uno no puede evitar asociar esa «niebla lechosa del amanecer sobre el viejo Rhín» de los Nibelungos con los efluvios de esa leche de iris en la que se bañaba a diario.


Una cadena de asesinatos

(Detalle) George Joseph Smith, Brides in the bath murder. Asesinato de Alice Burnham, 1915. Ilustración: Cordon.

El inglés George Joseph Smith se ganaba la vida engatusando a mujeres a las que acababa robando, e incluso asesinando. En 1910 contrajo matrimonio con Bessie Mundy sin mencionar el hecho de que ya estaba casado, y desapareció con el dinero de esta. Dos años más tarde se reencontraron por casualidad y volvieron a vivir juntos. Tras persuadirla de hacer testamento a su favor, Smith la acompañó al médico alegando que sufría de frecuentes ataques. Poco días después Bessie fue encontrada con una pastilla de jabón en la mano, y todo el mundo presumió que se habría caído de la bañera. Tras aquello, Smith se volvió a casar con otras dos mujeres que también serían encontradas muertas en el baño. Cuando el padre de una de ellas leyó sobre la misteriosa muerte de las demás avisó a la policía, y Smith fue juzgado por asesinato y sentenciado a muerte. Su única esposa legal y también la única que le sobrevivió testificó en un juicio que solo podía recordar una única vez en la que Smith se hubiese dado un baño.


La tumba de un revolucionario

La muerte de Marat (detalle), de Jacques-Louis David, 1793. Imagen: DP.

Como editor del periódico, L´ami du Peuple, Jean Paul Marat tuvo una parte muy activa en la Revolución francesa abogando por la violencia extrema. Los moderados girondinos se refugiaron en Normandía tras ser expulsados de Paris, pero no tardarían en volver para ajustar cuentas. El 13 de julio de 1793, Marat tomaba uno de muchos baños con los que buscaba aliviar una dolorosa afección cutánea que sufría. Al oír una voz femenina que llamaba a su puerta, el jacobino la invitó a pasar. Murió asesinado a cuchillazos a manos de una tal Charlotte Corday, quien sería ejecutada en la guillotina cuatro días después.


El refugio de un dramaturgo

Retrato de Edmond Rostand. Imagen: A1AA1A (CC BY-SA 4.0)

Edmond Rostand, poeta neorromántico, dramaturgo y una de las plumas más ilustres francesas tras firmar Cyrano de Bergerac fue también el autor de El guante rojo. Se trata de un vodevil escrito una década antes, cuando Rostand tenía solo veinte años; una fracasada obra primeriza que le llevó incluso a pagar a un teatro para que no exhibiese la obra. Hasta intentó que el manuscrito desapareciese. El enrevesado primer acto de El guante rojo transcurre en el Museo Grevin, que vendría a ser el Madame Tussaud’s parisino, donde los protagonistas se hacen pasar por figuras de cera para seducir a las espectadoras. Todos ellos buscan cartas amorosas ocultas en una bolsa con forma de guante rojo. Rostand no soportaba verse interrumpido mientras trabajaba, pero tampoco le gustaba despachar a sus amigos. Así, el literato se refugiaba en la bañera desde la que, dicen, trabajaba todo el día.


Un gran descubrimiento

Arquímedes en la bañera. Imagen: DP.

Todos conocemos la historia pero nos gusta recordarla de cuando en cuando. Arquímedes formuló su famoso principio mientras se bañaba. Certificar de forma científica que todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje hacia arriba igual al peso del fluido que desaloja le produjo un entusiasmo tal que echó a correr por las calles de Siracusa gritando Eureka!, «¡lo he encontrado1». Si bien se le conoce por la ley que lleva su nombre, Arquímedes fue también el inventor del mucho menos conocido tornillo de Arquímedes (espiral dentro de un cilindro para transportar líquidos); la garra de Arquímedes (especie de grúa para mover los barcos enemigos); el polipasto, que es un sistema de poleas para elevar grandes pesos o el odómetro, una especie de carro que tiraba una bola por cada milla recorrida. Y no olvidemos que desarrolló la fundamentación de la importantísima palanca.


El pasatiempo de un científico

Benjamin Franklin (detalle), de Joseph Siffrein Duplessis, ca. 1785. Imagen: DP.

Se cree que fue Benjamín Franklin el que importó la primera bañera a los Estados Unidos en 1793. Además de mejorar su diseño, informes de la época apuntan a que despachaba gran parte de sus lecturas y correspondencia mientras descansaba en la bañera. Gran amante del ajedrez, se cuenta que Franklin solía jugar con un amigo junto a la bañera en la que su amante disfrutaba del agua caliente. «Me temo que le pudimos haber generado una incomodidad al deber permanecer tanto tiempo en el baño», le dijo con ironía a su compañera tras una partida decepcionante por parte de su oponente.


La orgía de un productor

Fotografía: Library of Congress.

La orgía supuestamente celebrada en 1926 en el teatro Earl Carroll de Nueva York provocó una gran conmoción en todo el país. Para culminar la fiesta, se llenó una bañera de champán en la que se sumergió una modelo mientras los hombres guardaban la fila para llenar sus copas. Esto ocurrió durante la prohibición, por lo que, inmediatamente después, un jurado federal abrió una investigación para determinar si la bañera contenía realmente licor. Earl Carroll, el productor de treinta y cuatro años que había organizado la fiesta, fue acusado de perjurio por negar que la bañera contuviera licor y condenado a un año de prisión y a pagar una multa de dos mil dólares. Tras sufrir un ataque de nervios mientras era trasladado a la penitenciaría, los otros presos recibieron la orden de no mencionar la palabra «bañera» en su presencia.


Agua templada con manuscritos

Representación artística del interior de la Biblioteca de Alejandría, según algunas evidencias arqueológicas, de O. Von Corven, s. XIX.

Cuando los árabes conquistaron Alejandría, quemaron decenas de miles de volúmenes rescatados de la famosa biblioteca para mantener el fuego de los cuatro mil baños públicos de la ciudad. Fundada en el siglo III a. C., y construida sobre la urbe fundada por Alejandro Magno tras liberarla de los persas, la biblioteca de Alejandría fue la más grande de su época llegando a albergar casi un millón de volúmenes. Si bien se apunta a que parte de ella se perdió durante el incendio provocado por Julio César en 48 a. C., se cree que el fin de la biblioteca se produciría en un momento indeterminado entre los siglos III y IV. Ya en el siglo VII es el califa Omar ibn al Jattab el que ordena destruir los manuscritos restantes. 


Un jaque mate 

Paul Morphy jugando contra Lewis Lekin. DP.

Siendo apenas un niño, el norteamericano Paul Morphy llegó a vencer sobre el tablero a famosos ajedrecistas de finales del siglo XIX. De adulto podía jugar hasta ocho partidas simultáneas con los ojos vendados. Si bien desde la edad de veintidós hasta su muerte en 1884 (a la edad de cuarenta y siete años) no volvió a jugar al ajedrez, se le ha etiquetado a menudo como uno de los mejores ajedrecistas de todos los tiempos. Convencido de que intentaban envenenarlo, Morphy se convirtió en un recluso que solo abandonaba su casa en días en los que el sol apretaba en su Nueva Orleans natal. Durante uno de aquellos, el genio del tablero decidió tomar un baño tras un largo paseo, lo que le provocó una apoplejía por el efecto del agua fría sobre su cuerpo acalorado.


La trampa a un semidiós

Ilustración de la página 223 de Golden porch : a book of Greek fairy tales, 1914. DP.

A pesar de ser considerado una especie de semidiós, a Pelías no se le atribuyen cualidades sobrehumanas como las de otros muchos héroes de la mitología griega. Lo que no le faltaba era una enorme ansia de poder que le llevó a querer apoderarse de toda Tesalia tras eliminar de su camino a los legítimos aspirantes al trono. Muchos años después, Jasón, hijo de uno de los monarcas encarcelados, regresa victorioso con el vellocino de oro acompañado de Medea. Ante la negativa de Pelías a entregarle el reino, Medea conspira para que las hijas de este maten a su padre diciéndoles que tenía una pócima que podía rejuvenecer a un animal viejo despedazándolo e hirviéndolo en un caldero. En la demostración, Medea hizo saltar un carnero joven de aquel experimento. Emocionadas, las hijas despedazaron a su padre y echaron los restos en una tinaja caliente para devolverle la juventud. No funcionó. 


El ocaso de un rey  

Alt for Norge, 1905. Imagen: Nasjonalbiblioteket (DP).

Haakon VII, nacido Christian Frederik Carl Georg Valdemar Axel y conocido hasta 1905 como Carlos de Dinamarca, se convirtió en el primer rey electo de Noruega en quinientos años. En julio de 1955 sufrió una aparatosa caída en la bañera real del palacio de Oslo; una rotura de fémur lo acabó postrando en una silla de ruedas y, al parecer, sumiéndolo en una depresión por la pérdida de movilidad. Murió dos años más tarde dejando a su pueblo desconsolado: su defensa de la democracia y de la soberanía de su país en momentos tan críticos como la ocupación nazi lo habían convertido en un símbolo de resistencia para sus súbditos. Tanto fue así que hasta se le perdonó no haber llegado a  dominar nunca el noruego.


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4 comentarios

  1. Creo recordar q Jim morrison murió también en una bañera en Paris

  2. Óscar

    La bañera de Breaking Bad

  3. y la escena del grande Lebowski, obligado a compartir la bañera con un zorrino o algo por el estilo? Pobre Dugo, no pegaba una.

  4. La transformación en dragón alado del hada Melusina se producía en una bañera. Leyenda bellísima que narra los inicios míticos de la casa de Lusignan, reyes de Jerusalén durante las cruzadas.

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