
Sidney, 2000: el mejor luchador grecorromano de la historia intenta voltear sin éxito a un granjero de Wyoming al que no conoce nadie. «No puede estar pasando», pensó él, pensó el mundo, antes de que la campana certificara la única derrota internacional de aquel coloso siberiano que acumulaba ochocientas ochenta y siete victorias. Pocos segundos después, Alexander Alexandrovich Karelin anunciaba su retirada abandonando sus botas sobre la lona.
De acuerdo, no desapareció. El cambio de siglo le trasladó del tapiz al parlamento ruso de la mano de Putin pero, ¿dónde reside el mérito de llegar a sentarse en la Duma para alguien como él? Cráneo rapado y mirada glacial bajo una frente cincelada como su mandíbula, su cuello, o cada centímetro de su cuerpo. Era como si la imponente estatua de un héroe soviético hubiera bajado de su pedestal para darse un paseo triunfal alrededor del mundo. Esperen, ¿no habría sido Karelin el molde de todos aquellos gigantes de bronce?
Empecemos por el principio. Alexander Alexandrovich Karelin nació envuelto en un cuerpo de seis kilos un 19 de septiembre de 1967 en Novosibirsk (Siberia). Las constantes ausencias de su padre, un boxeador amateur que se ganaba la vida conduciendo un camión por la tundra, lo llevaron a gozar de una temprana libertad. Crecer entre días que parecen no acabar nunca en verano ni empezar en invierno a orillas del río Ob, en ese mar de hormigón en el que las krushevkas hacen piña en hileras intentando protegerse de la naturaleza más hostil. Y no era la única amenaza. A sus trece años, Alexander Alexandrovich tenía una edad en la que muchos en Novosibirsk contaban con antecedentes penales. Su madre le advertiría de los urcas: auténticos aristócratas siberianos del crimen, amos indiscutibles de las cárceles del país más grande del mundo. A los únicos que Stalin no pudo deportar a Siberia fue a los propios siberianos.
Pero el destino reservaba una suerte muy distinta al joven Alexander Alexandrovich. Una tarde de verano sin final de 1981, alguien lo vio en la calle y lo invitó a acercarse al gimnasio del Dynamo Novosibirsk, donde Viktor Mijailovich Kuznetsov, entrenador, mito, buscaba candidatos para la cantera del club. 1,78 de altura y 78 kilos de peso para un chaval de trece años era un potencial que no se podía desaprovechar. Coincidieron todos, incluido Kuznetsov, quien se convertiría en su mentor desde aquel mismo día hasta ese último combate en 2000. Y así fue como Alexander Alexandrovich entró por primera vez en ese círculo de nueve metros de diámetro donde caen gigantes. Lo llaman «superficie de combate».
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Hola,
¿»Se hizo hombre» no da pie a confusión? Hombre ya lo era («A veces te da igual todo, y no puedes hacer nada contra eso. A veces te acuestas y parece que no te late el corazón. Y lo peor de todo es cuando te das cuenta de que ya no quieres nada»), pero humano parece que no.
Al Karelin este y al gordo ese de Wisconsin, los agarro yo del escroto y les hago rodar como una peonza antes de enviarlos a su pueblo de una patada en la base del cuello para que lleguen faltos de oxígeno.