Arte y Letras

Antisociales de Leningrado

Igla (Игла), 1988. Imagen:  Kazakhfilm Studios.

Vivían como si no existiera la represión del Estado, cuentan en Zero Object, el documental de Alexander Shein disponible en Filmin. En los setenta tenían un garito en Leningrado, el Café Saigón, que se llenaba de gente de todo pelaje. Drogadictos, borrachos, vendedores de libros ilegales, estafadores, traficantes de joyas, creyentes practicantes ortodoxos, homosexuales, gente recién salida de la cárcel, policías de incógnito e intelectuales variopintos y poetas. Inadaptados todos en la sociedad soviética.

Según contó una de los asiduos, Elena Zdravomyslova, en A Space of Negative Freedom, a quienes se negaban a integrarse en las estructuras del Estado para actividades culturales o de otro tipo, solo les quedaba aislarse. Este mítico café era un enclave. A cambio de libertad, los que en él se recluían solo podían aspirar a reconocimiento en el underground y no mucho más allá de su barrio. La libertad que gozaron ahí dentro era, por tanto, muy relativa, pero la única auténtica posible.

Sin embargo, la sociedad brezhneviana era más permisiva que las primeras décadas de comunismo. El KGB había dejado de reprimir el arte, optaba por tácticas de cooptación del desviacionismo. El castigo que podrían sufrir artistas díscolos en esta década era la marginalidad, ya no traía necesariamente consecuencias penales.

Dentro de este café los clientes no tenían nombre. Solo motes. No había biografías, vida anterior. Era gente que se cruzaba en un ambiente carnavalesco y que fácilmente podía irse de madre; sencillamente, no encajaban en los roles de la sociedad soviética. No había padres de familia, mujeres ideales ni miembros del partido. Que cada noche fuese una aventura que podía acabar o en comisaría o en el bar de un hotel era la única forma de romper con las rutinas asfixiantes de la vida diaria.

En los setenta se empezaron a realizar exposiciones en los sótanos del bar. Un arte interesante, porque nacía con la certeza de que no iba a llegar más lejos que de ese sótano. Esas galerías no tardaron en convertirse en un lugar para comprar libros y discos prohibidos y ropa extranjera, también para arreglar matrimonios que sirvieran a alguien de origen incierto para obtener un permiso de residencia en Leningrado.

En los ochenta hubo un cambio generacional. Los rockeros desplazaron a los barbudos y las drogas al alcohol. Las leyes antiparasitarias de Andropov causaron estragos en la parroquia del local, pero el golpe definitivo se lo dio la llegada del capitalismo y, paradójicamente, el fin del régimen soviético. Según Zdravomyslova, a los que no emigraron o encontraron un trabajo en el nuevo régimen, los rigores económicos de los noventa les impidieron ejercitar sus «libertades civiles» que tanto habían ansiado. Ni siquiera el local sobrevivió, se convirtió en una tienda de baños italianos.

Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.

Regístrate gratis

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5€mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Un comentario

  1. De Kino creo que me traje un CD por el año 2000 y mi padre estuvo escuchando en bucle una canción que decía todo el rato это всё… Рослее меня… Pero no la encuentro y no sé el título.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*