Arte y Letras

Fuego y arena: el nuevo oeste americano del festival Burning Man

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Burn Wall Street, una obra de Otto Von Danger, durante el festival Burning Man 2012. Fotografía: Jim Urquhart / Cordon Press.

Hasta hace nada la mayoría de la gente se divertía por el gusto de hacerlo y no solo para correr y contarlo. Lo que fuera ocurría sin dejar más rastro que cuarenta colillas, tres vomitonas y alguna botella rota. O un buen montón de cenizas, como ocurre cada verano en el desierto de Nevada después de quemar el gigantesco Burning Man, las fallas más bestias del mundo, la cremá que reúne a la friolera de setenta mil personas en medio de la nada desde hace más de treinta años. Una semana sin agua corriente ni electricidad ni señal de móvil. A palo seco. Para algunos el Burning Man es una experiencia chamánica, psicodélica, sanadora. Para otros, una farra de siete días de raves, el after perpetuo. Y para otros, la mayor exhibición de arte efímero y arte al aire libre de todo el planeta. 

El Burning Man es todo eso y más, hoy, pero no fue así cuando empezó, en la playa Bakers Beach de San Francisco, en la noche del solsticio de verano de 1986. Esa noche se reunieron cuatro amigos para nada en concreto, pasarlo bien, hasta que en algún momento a uno de ellos se le ocurrió quemar una estructura de madera de unos tres metros que representaba, según algunos, a una exnovia a la que quería olvidar, prendiéndole fuego, claro. Al verano siguiente repitieron el número, se acercaron más mirones a pasarlo bien. Y al siguiente se juntó aún más gente, hasta que al cuarto año la poli les dijo que se marcharan de ahí porque no tenían permiso y entonces fue cuando de verdad empezó lo bueno. 

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Vista aérea del campamento de Burning Man en 2016, cuando reunió aproximadamente a 60.000 asistentes. Fotografía: Jim Urquhart / Cordon Press.

Entre aquellos primeros amigos de la playa de Bakers Beach se encontraba Larry Harvey. Larry Harvey era un chaval de Portland, hijo de un carpintero que se largó a los diecisiete a San Francisco en el Verano del Amor de 1968 y no volvió a moverse de la esquina de Haight-Ashbury durante el resto de su vida. San Francisco en los sesenta y setenta era como siempre ha sido cualquier ciudad de la Costa Oeste, un poco el hermano pequeño que hace lo que le da la gana. Como trepar a las torres metálicas del Golden Gate un día de niebla, algo que solo se les podía ocurrir a los miembros del Suicide Club, un grupo de exalumnos de la Communiversity, la universidad gratuita de San Francisco, que hacían cosas como recorrer en manada el alcantarillado de la ciudad o subirse al tranvía en pelotas. Para cuando llegaron los ochenta, el Suicide Club se transformó en la Cacophony Society, que a día de hoy aún sigue rulando por todo Estados Unidos. La Cacophony Society de Portland sigue siendo, junto con la de San Francisco, la más underground de todas (el mismo Chuck Palahniuk ha reconocido en varias ocasiones que su pertenencia a la Cacophony es lo que le llevó a escribir Fight Club y ha escrito un libro aparte sobre el tema). Pero el capítulo de Portland sí que le gana por tres cuerpos a San Francisco en cuanto a ser más bizarro o más raro o más oscuro. Portland, el sueño húmedo del underground americano que ha pasado de Portlandia a escenario de los mocosos de la serie Crepúsculo. Aún hoy se hacen incursiones en el Memorial Mausoleum, un mausoleo de kilómetros de elegantes corredores subterráneos donde la gente va a perderse o a follar o a pegarse un tiro y que merecería un artículo aparte.

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2 comentarios

  1. Diablos! Es alucinante! Aquí cabría la no-advertencia: cualquier semejanza con la realidad es fruto de la casualidad. Gracias por la divulgación

  2. Muy interesante artículo, me ha hecho pensar en el día que conocí JotDown: compré una Smart de casualidad en la que el primer artículo era esta maravilla:

    https://www.jotdown.es/2018/06/una-hoguera-de-cinismo-y-arena/

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