Las tres leyes de la divulgación

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The Duel (detalle), de Vsevolod Tarasevich, 1962. Foto: Vsevolod Tarasevich / Cordon Press.

Si existiera una teoría del periodismo científico, sería bien simple: entiende, explica y no aburras. Esas son las tres leyes de la divulgación, simples y nítidas.

Como todo en periodismo, desde luego, esa simplicidad se desvanece en la práctica, cuando lo más importante no es seguir una plantilla prefijada, sino mantener una mente flexible para adaptar esa plantilla a cada caso particular, o incluso descartarla del todo por inadecuada para la ocasión. Pero, antes de cargarnos las leyes, empecemos por echarles un buen vistazo.

Primera ley: entender

Aquí es donde se te debe ir el 90 % del tiempo disponible para escribir una pieza. En esto, el periodismo científico difiere de otros géneros más habituales. Si «alguien ha matado a alguien», como decía Gila, no hay gran cosa que entender, y lo mejor es que te sientes al teclado a detallar los nombres propios, las circunstancias y los calibres de las balas. En ciencia nunca puedes hacer eso: no sabrías ni por dónde empezar tu artículo. Literalmente.

Por ejemplo, imagina que tu material de partida es una investigación titulada On the origins of oxygenic photosynthesis and aerobic respiration in Cyanobacteria («Sobre el origen de la fotosíntesis oxigénica y la respiración aeróbica en las cianobacterias»). Si titulas por ahí tu artículo periodístico, el lector se irá de inmediato a la sección de deportes. Tu primera y principal misión es entender ese material, y entenderlo a fondo. Solo después podrás titular tu pieza: «La transferencia de genes entre especies creó el mundo moderno», como hicimos en la sección de ciencia de El País. Para mí, eso requirió sentarme con los dos codos en la mesa y leer el trabajo técnico con atención, y después preguntar al jefe de la investigación por un punto clave que no quedaba claro en su artículo.

Dicho lo cual, me voy a permitir una pequeña digresión autobiográfica. Fui científico profesional antes que periodista, y justo en la especialidad de genética y biología molecular sobre la que versa esa investigación. Eso me permitió leer y entender el artículo técnico, y formular las preguntas relevantes a sus autores. Siempre he considerado que poder acceder a las fuentes primarias (de papel o de carne) me ha ofrecido una ventaja competitiva como periodista científico. Pero no estoy diciendo que haya que haber sido científico para eso. Yo mismo tengo que tratar muchos temas ajenos a mi especialidad, y he tenido que aprender a entenderlos. El punto no es la titulación académica. Es la formación continua.

Una excelente idea, por ejemplo, es leer los mejores libros científicos. Hay en español dos colecciones de referencia en este campo: Drakontos, de Crítica, y Metatemas, de Tusquets. Otras editoriales más generalistas publican ocasionalmente buenos títulos. Muchos de estos libros están escritos por grandes científicos, y a menudo logran el prodigio de hacerte entender las disciplinas más abstrusas. Estas lecturas darán a tus artículos una virtud muy valiosa: el contexto. Recuerda que, en ciencia, lo importante rara vez ocurrió ayer. Sin el contexto —histórico, teórico, social— el periodismo científico está cojo y ciego. Si te dedicas a esto, debes saber que pasarás el resto de tu vida aprendiendo. A algunos eso nos pone. Piensa si es tu caso antes de tomar ninguna decisión.

Segunda ley: explicar

Lo esencial para explicar algo es entenderlo primero, desde luego. Pero entender no basta. Por fortuna, cabría añadir, porque de lo contrario no haríamos falta los periodistas científicos. Cualquier investigador entiende su objeto de estudio, pero muy pocos saben explicárselo con claridad al público. Ignoro la razón de esto. Por otro lado, todo periodista tiene que explicarse con claridad, pero el periodista científico tiene que ser un maestro en este género.

La decisión más difícil en el momento en que te sientas a escribir es saber a quién te diriges. Cuánto puedes dar por hecho que conoce tu lector. Hasta dónde tienes que bajar para aclarar lo más básico, desarrollar el tema de fondo, ilustrar lo más oscuro. Para los periodistas esto es muy difícil. Tenemos que escribir para un lector imaginario del que lo ignoramos casi todo: si tiene una cultura científica básica, si tiene tiempo para nuestras digresiones, si le importa más el fondo o la forma, si solo está interesado en los elementos noticiosos de última hora. ¿Qué hacemos, entonces?

Vamos a intentar verlo sobre un ejemplo. En 2015 se cumplieron cien años de la relatividad general de Einstein, fundamento de la cosmología moderna y una de las dos patas fundamentales en que se basa la física actual. Mi periódico me pidió una pieza de celebración y me puso en un buen aprieto. Para empezar, un aniversario es el acontecimiento menos periodístico que existe bajo el sol: allí no ha pasado nada, por definición de aniversario. En segundo lugar, la relatividad general es, con la posible excepción de la mecánica cuántica, el asunto científico más difícil de explicar al público. Estrictamente hablando, es imposible explicarla sin manejar las matemáticas avanzadas que la sustentan. Así que decidí tirar por otro lado.

Hay un amplio consenso entre los físicos en que la relatividad general no es solo muy importante, sino también la teoría más bella de la historia de la ciencia. Esta relación entre ciencia y belleza me pareció un buen gancho para atraer la curiosidad del lector, así que titulé la pieza: «La belleza cumple un siglo».

La gran teoría de Einstein sobre la gravedad, el espacio-tiempo y el cosmos llega a los cien años en muy buena forma.

Y he aquí la entradilla:

El científico británico Francis Crick decía que el único filósofo de la historia que ha tenido éxito es Albert Einstein. La boutade pretendía sobre todo irritar a los filósofos, pero también recoge un elemento de asombro —muy común entre los físicos— sobre la forma en que Einstein llegó a formular la relatividad general, su gran teoría sobre la gravedad, el espacio, el tiempo y el cosmos, que cumple ahora cien años. Porque Einstein partió menos de los datos que de la intuición, menos del conocimiento que de la imaginación, y pese a todo llegó a una teoría que no solo se ha mostrado en extremo eficaz y fructífera, sino que se reconoce entre sus colegas como la más bella de la historia de la ciencia.

En cierto sentido, esto es una trampa. Mi entradilla es explicativa, sí, pero no de la relatividad en sí misma, sino del modo insólito en que Einstein llegó a ella, y de las consideraciones estéticas que, en parte, le guiaron. Pero es que el periodismo científico requiere en ocasiones esta clase de trampas, porque tu primera obligación como redactor es que te lean. Si no enganchas de algún modo al lector, todo el resto de tu trabajo será inútil y no hará más que engrosar la nutrida nómina de textos sin lector que flotan virginales por la nube.

La verdadera explicación periodística de la relatividad general está unos párrafos más abajo, y merece la pena leerla para introducir un concepto que será muy importante en tu trabajo:

También por fortuna para el lector, y para este torpe redactor, existe una formulación no matemática de la relatividad general que captura la esencia de esta teoría en una especie de haiku, o poema zen. Se debe al físico John Wheeler y dice así: «La materia le dice al espacio cómo curvarse, el espacio le dice a la materia cómo moverse». El haiku de Wheeler, en efecto, no solo expresa el alma de la relatividad general —una teoría que explica la fuerza gravitatoria en términos puramente geométricos, literalmente como ondulaciones en el tejido del espacio y del tiempo—, sino que también capta buena parte de su calaña: su naturaleza autoconsistente, como el mundo cerrado donde habita una buena novela, sus armonías internas, su brevedad elegante. Su belleza.

El concepto al que me refería es el de la metáfora. El haiku de Wheeler es la mejor metáfora que conozco para explicar al lego la relatividad general. Si te dedicas al periodismo científico, la (buena) metáfora vendrá siempre en tu ayuda. Yo se la robé a Wheeler, pero es muy común que tengas que encontrar tus propias metáforas para inducir en la mente del lector las imágenes adecuadas, basadas en su experiencia cotidiana, para que pueda entender el material. Aquí no hay trucos ni manuales: tendrás que derrochar inteligencia, conocimiento y creatividad para encontrar buenas metáforas. Y repito: lee libros. De ciencia y de los demás.

Tercera ley: no aburras

Habrás oído mil veces que el buen periodismo debe ser riguroso, y el periodismo científico lo debe ser también, faltaría más. Pero no confundamos el rigor con el rigor mortis. En ciencia, ser riguroso es extremadamente fácil: en su versión extrema, te bastaría reproducir los artículos técnicos (papers) relevantes o las declaraciones del científico en cuestión para obtener un rigor del 100 %. Y un índice de lectura del 0 %.

El rigor debe estar dentro de tu cabeza —tienes que haber entendido y metabolizado los datos—, pero no abuses de él en tu artículo. El lector no tiene que repetir tu sufrimiento, ni tiene la culpa de que el trabajo científico esté lleno de números muy largos y sentencias muy herméticas. Tu trabajo consiste en convertir esa espesura en un texto fumable, atractivo y placentero. En un texto periodístico.

No sé si corren buenos tiempos para el periodismo científico, y por tanto no sé si aconsejarte que te metas en este berenjenal. Pero sí hay un consejo que puedo darte: si de verdad te apasiona, adelante con ello. La clave son solo tres leyes, y luego te espera una vida entera, maravillosa, de aprendizaje.

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4 comentarios

  1. Frabetti

    Excelente, como de costumbre. Gracias, Javier.
    Einstein decía: «Si no puedo explicárselo a mi abuela, es que no lo entiendo». Y algunos divulgadores no tienen abuela.

  2. Javier

    Sois los magos que hacen que cuando hablo de ciencia con mi madre (y mi madre -90 años- tiene afortunadamente una curiosidad que ya la quisieran la mayoría de las personas) ella entienda y se maraville con los conceptos que he aprendido de tantos fantásticos libros de divulgación científica y tantos artículos en periódicos y revistas especializadas que los magos como vosotros habéis traducido a un lenguaje comprensible para los que buscamos el saber científico. Por ello mereceis mi eterno agradecimiento. La vida no sería lo mismo sin ese conocimiento que habéis ayudado a florecer en nosotros.

  3. Antonio

    Fantástico Javier, buen articulo. Lo que has escrito es una pieza de divulgación en si misma que cumple con las reglas que has formulado.
    Me habría encantado que fuera más largo :)
    Me gusta leer (buenas) piezas de divulgación, y he disfrutado por mucho de los artículos sobre ingeniería que ha escrito aqui Octavio Domosti, y otros tantos cuando hablan de matemáticas, genética u otras disciplinas «difíciles»
    Mejoramos la comprensión del mundo que nos rodea gracias al trabajo de muchos profesionales como vosotros.
    Gracias

  4. Lo de que la materia curva el espacio no se entiende, por más que se esfuercen los físicos y los divulgadores de la física. Porque hay conceptos que no se pueden entender. Se puede trabajar con ellos, pueden predecir comportamientos, pueden explicar comportamientos… pero no se pueden «entender». ¿Qué es este espacio que se puede «curvar»?
    Y, por más que Einstein dijera que su abuela no sé qué, no se lo pudo explicar a su abuela, porque no lo habría entendido. Y él tampoco, porque dudo que buscara entender.
    En mi modesta opinión, la curvatura del espacio es una manera metafórica de describir unas ecuaciones -en sí mismas no «entendibles»- en un lenguaje cotidiano.
    Quizá mi problema es que no puedo desligarme de mis tres dimensiones y mis conceptos de espacio y tiempo.sensoriales.
    Para entender un concepto primero hay que comprender por qué se ha debido inventar, y a partir de ello, por aproximaciones sucesivas, podemos llegar a atisbar que «hay otros mundos», como en Planilandia, pero no a entender conceptos alejados de nuestra cotidianeidad.

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