Ana Galvañ: «Creo que ha hecho bastante daño llamar novela gráfica a los cómics»

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Fotografía: Begoña Rivas

«Mira, Ana, tus colores» le digo a Ana Galvañ (Murcia, 1980) en la cafetería del madrlieño barrio de La Latina en la que celebramos esta entrevista. En una de las paredes reposaba un helado gigante dibujado con neones amarillo, azul y rosa. Con la ilusión de que dicho cromático artefacto juegue algún papel en el reportaje fotográfico que acompaña a esta entrevista propongo sentarnos cerca para que la figura de la autora quede enmarcada por el juego de colores, sin recordar que, como es tradición en esta entrevista… esos colores se perderían después. La verdad es que Galvañ no necesita de ningún aura que la engalane, dado que su carrera como artista gráfica —autora de cómics e ilustradora, pero también fundadora de plataforma de cómics digitales y comisaria de exposiciones— habla por sí misma. Así que hablamos. Hablamos de cómics, de la vida del dibujante, de la industria del cómic, de vanguardia. Y también de colores. Y del porqué de los colores.

¿Por qué las artes gráficas?

Uf. Espera que piense un poco. Pues es que yo ya era una cría que me pasaba un montón de horas dibujando encerrada en mi habitación. Era la típica niña con un mundo interior muy grande y mis padres además eran muy conscientes de ello. Valoraban la faceta artística porque el hobby de mi padre también era dibujar y le gustaba el cine y la ciencia ficción. También hay bastantes músicos en mi familia. Entonces ellos fomentaron mi faceta artística y cuando quise entrar en la Escuela de Artes y después hacer Bellas Artes, me apoyaron. Así que tuve bastante suerte porque podría haber hecho otra carrera. Tenía en mente carreras de ciencia que me gustaban, pero al final decidí hacer esto.

¿Qué te inspiraba a dibujar? ¿Cuales eran tus primeras influencias?

Lo tengo muy claro porque me lo han preguntado muchas veces (risas). Empecé con Mortadelo, Zipi y Zape y el cómic juvenil en general. Pero enseguida me enganché al anime en la tele. Pasaba mucho tiempo viendo series de animación que después me compré en formato físico. Por ejemplo, Dragon Ball, que la veía con mi hermano… me emocionaba muchísimo. Nos lo sabíamos todo en valenciano porque lo veíamos en el Canal 9. Y después lo que hice fue comprarme todos los cómics. Y una de las series que más me gustaba era Ulises 31. Mis padres, que eran muy majos, me compraron la carpeta, los pósteres, todo el merchandising. Y Robotech. Yo era muy feliz, me marcaron mucho todas esas series de ciencia ficción, con robots y viajes al espacio, pero que también tenían una trama muy de culebrón… Me enganchaba mucho esa fórmula.

Todo esto que comentas son series muy populares y comerciales. Y precisamente tú has comentado alguna vez que lo que querías hacer eran cómics comerciales. Y al final lo que haces es más vanguardia.

Comerciales, comerciales… Yo quería hacer algo indie. Lo que me influyó después de los dibujos animados de mi infancia fueron cómics del independiente americano. Daniel Clowes me rompió los esquemas, me gustaba mucho. Y más adelante, Chris Ware. ¿Comercial? Bueno, dentro de lo indie, de lo más asequible. Cuando empecé a dibujar no quería hacer cosas tan experimentales como ahora, lo que pasa es que la vida, no sé cómo, me ha llevado a esto. Y es la única forma que tengo de contar y expresarme. No es algo que esté haciendo a propósito porque sobre mis primeras historias, que creo que se entendían bien y eran fáciles, me dijeron que eran crípticas, complejas y oscuras. Fueron las que publiqué con Ultrarradio. Entonces me di cuenta de que lo mío no era fácil.

¿El término vanguardia qué significa para ti? ¿Es una etiqueta que te ponen los otros, al final?

A veces nos avergonzamos mucho de ciertas cosas, de ciertos términos o etiquetas. Por ejemplo, a mí me costó mucho reconocer que soy artista porque mi inclinación era hacia el antiarte o hacia la prodemocratización del arte. Coincidí mucho con una filosofía más cercana a Bauhaus o a los constructivistas. La obra única no me interesaba, sino que lo que se podía reproducir y llegar a masas era igual de válido. Por lo que no me interesaba el arte en sí. Al concepto de arte de galería, me refiero. Por eso me ha costado reconocer con el tiempo que yo hago arte. Pero es que es verdad. Al final es un arte, el cómic, igual que las demás. PMe pasa lo mismo con el término vanguardia, que da mucha vergüenza. No creo que yo esté haciendo exactamente vanguardia, pero sí que sigo a gente que la está haciendo. Y creo que están cambiando los códigos, la forma, el fondo y todo lo que tiene que ver con el lenguaje del cómic. Eso sí que me está influyendo.

Hay como dos generaciones de autores y autoras que tienen desarrollos diferentes en su formación. La vieja escuela, por así decirlo, tiene la figura del mentor y las generaciones más jóvenes tienen una influencia más horizontal, con los compañeros de la misma quinta, que están pasándose referencias todo el rato. ¿Tú en cuál de las dos te encuadrarías?

Yo creo que me he movido más en un entorno de iguales. También pasa que en las generaciones más jóvenes no sienten esa influencia o ese gran respeto hacia la generación anterior que hacía algo parecido en los ochenta, sino que han roto con ellos. Es algo que está bien, pero a veces también me entristece. Pero me parece respetable. En mi caso, no he roto tanto porque me alimento del pasado, del presente y del futuro. Me alimento de todo. Me siento muy satélite, pero voy absorbiendo. Es verdad que todas estas generaciones fanzineras son muy autodidactas. Sienten que no le deben nada al pasado. Y por otro lado, aunque quede un poco soberbio, está bien porque es una forma de romper muy radicalmente con algo. Entonces lo respeto. Yo no estoy en ese momento, pero me parece bien.

¿Cual fue tu comunidad de autores y autoras?

Pues es que he tenido varias. La primera fue con la gente de Ultrarradio que fue una comunidad muy divertida. Estaba dAviN, Mireia Pérez, Puño, Juan Díaz Faes… Luego llegó José Quintanar, que me influyó muchísimo y me parece un autorazo. Ahora tengo a María Medem, a Roberto Massó, a la gente de Apa-Apa. Y tengo a Carla Berrocal y a Miriam Persand que hace mucho tiempo que somos amigas y nos retroalimentamos muchísimo.

Para hacer cómic, ¿es mejor pasar por una escuela de cómic o ser autodidacta?

Pues yo tengo un curso en Domestika sobre creación de cómic enfocada sobre todo a Manga Studio (Clip Studio Paint). Y en él la gente me dice que por qué no pongo en la bibliografía a Scott McCloud. Creo que está bien que alguien haya aprendido con esos libros, pero por otra parte pienso que es mejor no tener esa formación de entrada. Porque el hecho de no tener muy claro el cómo se tiene que contar un cómic hace mucho más libres a las nuevas generaciones a la hora de narrar. Esos libros parece que te lo dejan todo muy cerrado, demasiado estructurado. Entonces la formación cuanto menos cercana al cómic, mejor (risas).

De hecho, en la generación más joven y vanguardista parece que hay un contacto con las otras artes. No vienen por los caminos tradicionales.

Sí. Casi todos somos de Bellas Artes. Lo que pasa es que los que al final acabamos haciendo cómic tenemos una pulsión por narrar. Tenemos ese «mix» de querer contar y querer expresarnos gráficamente. Los que venimos de Bellas Artes hemos tocado varias áreas: en mi caso el diseño y la publicidad me han ayudado muchísimo. Y creo que siempre enriquece. Cuando he dado clases (ahora las he dejado), siempre digo que el diseño gráfico es muy importante. Porque si tú te quieres maquetar tus fanzines o poner textos con ciertas tipografías o tratar cuestiones de composición… tener esas nociones siempre te va a ayudar.

Dentro de tu obra hay muchos trabajos en obras colectivas. ¿Cuales destacarías?

Jo, es que he hecho un montón de obras colectivas. Todas putas y Enjambre me parecen importantísimas porque son las primeras antologías de autoras que se publican en el país. Son también los primeros contactos entre autoras para el Colectivo de Autoras de Cómic. Creo que tiene muchísimo mérito. Para mí lo tiene. Después también tiene mucho valor haber participado en antologías con Fosfatina como Hoodoo Voodoo, porque ahí establecí contacto con autoras y autores que tienen bastante que ver en algunos aspectos con lo que yo hago. Y es verdad que desde mis primeras historias hasta Pulse enter para continuar solo he publicado algunos fanzines y en antologías, no he publicado nada en solitario. Pero me ha enriquecido muchísimo todo ese proceso y ese tiempo. Y no he publicado nada concreto y personal porque no me sentía preparada para ello.

¿Hay presión a sacar una novela gráfica de tropecientas páginas?

Sí, la hay.

Es una cosa que no acabo de entender. Puedes trabajar en tiras de prensa o en humor gráfico, con historias que se cuentan en una o tres viñetas y eso se respeta. Sin embargo, haces un cómic de ocho páginas con una historia fabulosa y muy bien contada, y ese trabajo parece que se quedan en tierra de nadie. Pero si haces una novela gráfica sesuda de muchísimas páginas y en la que inviertes años entonces se te tiene en cuenta.

Sí, totalmente. Y es que además te estás metiendo en un tema que a mí me interesa. Yo no es que sea divulgadora, pero me interesa la industria y hacia dónde va el cómic. Y en ese sentido creo que ha hecho bastante daño la novela gráfica. O llamar novela gráfica a los cómics. Sobre todo porque hay gente que lo defiende como un formato, que tampoco funciona porque estás dejando fuera muchos otros formatos. Es verdad que yo he sentido (y siento) presión por hacer una historia larga. Y después de este cómic, que siguen siendo historias cortas un poco más largas de lo normal, me han seguido diciendo «jo, pero es que yo esperaba algo largo». También lo entiendo, porque cuando creas una historia larga le das tiempo al lector a conocer e identificarse con los personajes… a profundizar más. Con las historias cortas estás «dentro y fuera» muy rápidamente. Luego tienes que volver a conectar en la siguiente historia. Son más difíciles de leer. Pero por otra parte me parece que es un formato que tiene que ser igual de válido que el largo. En literatura ya es igual de válido: hay grandísimos libros que son historias cortas.

Pasa pues como con el cine, que el corto está infravalorado. Y hasta que no haces un largo… En literatura quizá es menos notable.

Claro. Y en literatura de vanguardia. Está muy consolidado y aceptado el relato corto. Se dan premios al relato corto. Aquí, imagínate, es muy difícil que un cómic de historias cortas se lleve algún premio. Pero bueno, todavía estamos en ello. También creo que hay autores que se quedan fuera de premios de salones por hacer otros formatos que no sean novela gráfica. Por ejemplo, Paco Alcázar, Miguel Brieva… O Monteys, hasta ahora, hasta que no ha sacado historias más largas, no ha sido valorado. Pues son autores que tendrían que haberse valorado antes. Al final parece que hacemos como Daniel Clowes, que sacaba su Bola 8 y al final se montó Ghost World. Haces episodios con los mismos personajes para luego montar la historia larga y que te dejen tranquila (risas).

¿Como surgió Todas putas? Fue una historia que tuvo bastante miga.

Me escribió Carla Berrocal cuando todavía no éramos muy amigas y me lo propuso. Yo conocía a Hernán Migoya un poco así de oídas, de que era un tío polémico. Me mandó varias historias y me pareció estupendo hacer ese cómic. Me parecía muy valiente y muy interesante el enfoque que llevó Carla con Hernán en ese libro. Cuando en algunos cuentos parecía que Hernán hacía apología de algo, si esa historia la dibujaba una mujer ya parecía otra cosa. Entonces eso tenía mucho que ver con cómo se interpretaban esos cuentos. Así que lo que hicimos muchas de las autoras fue no cambiar absolutamente nada. Yo no cambié nada en mi historia, pero la había hecho yo. Y ya no fue polémico ese cómic. Parecía incluso una crítica a alguno de los comportamientos de los personajes. Así que ese ejercicio de feminismo ligado al cómic me parecía muy muy interesante. Y muy bien para Hernán, porque el pobre lo pasó mal.

¿Y Hoodoo Vodoo?

Pues yo ya había participado en una serie de fanzines que había organizado Rubén Romero de Fosfatina, se llamaba Fosfatina 2000. Había hecho algo parecido a lo que hizo Apa-Apa con los grapados. Participé en ambos. Y este nuevo proyecto iba a consistir en que cada autora o autor publicáramos un fanzine en risografía y después participáramos en una antología. Pero ese proyecto se cayó y Rubén creó una antología de cero en la que quería representar el momento actual de autoras y autores más experimentales. Digo experimental porque hay gente que se avergüenza de decir «experimental» pero yo no, porque es así. El caso es que me hizo muchísima ilusión. De hecho, una de las historias que está en Pulse enter para continuar está incluida en Hoodoo Voodoo. Me gustó hacerla porque me hizo romperme un poco más la cabeza a la hora de crearla. Quería hacer algo diferente y complejo, y estoy bastante orgullosa. Aparte de que esa generación de personas con las que comparto la antología me parecen muy buenos. Buenísimos. Pero tampoco quiero ser muy complaciente. Con Hoodoo Voodoo me identifico y al mismo tiempo no, de nuevo me siento un poco satélite. Siento que comparto una parte de mi trabajo con esas personas, con el proyecto de Rubén y con los prólogos que hicieron Gerardo Vilches y Octavio Beares… pero por otro no me siento completamente identificada.

Y otra obra colectiva fue Teen Wolf, que es anterior a Hoodoo Voodoo. Fue un proyecto muy ilusionante y precioso. Bueno, yo tenía Tik Tok, una web de divulgación de cómic en la que creo que han salido casi todas y todos los autores que van a ser muy grandes o que ya lo están siendo.

¿Como y por qué montaste Tik Tok?

Nace en 2013 porque yo estaba empezando a relacionarme con la gente de los festivales, sobre todo Gutter Fest y Tenderete. Estaba viendo cosas que me encantaban y me parecía que se estaba quedando muy endogámico todo. A ellos no les importaba. La gente hace sus fanzines, disfruta, tiene una experiencia genial y no tenían pretensiones de que llegara a más. Pero yo quería que eso se conociera. Monté la web e invité a gente a participar. Y lo que pasó al principio es que algunos me dijeron que no, otros que sí… empezó muy lentamente. Pero hubo un momento en que empezaron a escribirme autoras y autores de esta nueva generación, para participar. Me escribían ellos a mí. Yo dije que sí a todos, por supuesto, porque no hacía un trabajo editorial. La gente era libre de hacer, poner y subir lo que quisiera. El proyecto se conformó en función de las y los que llegaban. Fueron ellas las que crearon la filosofía de la plataforma, aunque en realidad no había una filosofía concreta, ni línea editorial, ni nada de nada. Yo aprendí de Tik Tok, aprendí de la gente que me llegaba.

Entonces no fue tanto que yo los busqué como que llegaron. Y por eso quizás me he ido hacia este lado más experimental, porque me enriquecieron muchísimo. Lo que pasó con Teen Wolf es que creamos, junto con Carla y con Miriam, una serie de historias con un nexo común, cuyo punto de partida era básicamente divertirnos porque nos gustaba mucho el high school, la película Teen Wolf y el concepto en general, aunque pensábamos que se había quedado como algo muy masculino. Sobre todo todas esas pelis de los ochenta y noventa, que les faltaba ese punto de chica o de mujer… Esa evolución… ¿Cómo lo explicó? Ese proceso de cambio de niña a mujer. Es algo como muy de mutante, te cambia el cuerpo y te cambia todo psicológicamente. Y en la mujer es muy dramático y parece que no se ha hablado mucho de eso. Siempre se habla de los chicos, de su sexualidad. Y eso unido a que todavía hay muchas cosas de las que no se hablan en relación a la sexualidad femenina, a los cuerpos y a cómo sienten o piensan las mujeres. Pues eso nos parecía superinteresante. Aparte de que no estaba cerrado a autoras, sino que participaron también autores, lo único era que se tenía que hablar de ese tema en concreto.

En este caso sí que había una temática muy clara que dirigía la obra.

Bueno, también era muy libre. Pusimos esta premisa: «Teen Wolf: Chicas. Haz lo que quieras». Y lo que pasó es que funcionó tan bien que pensamos en llevarlo a papel. Coincidimos con Rubén en un Gutter Fest y él dijo que le parecía maravilloso y que quería publicarlo. Ahí se gestó la historia.

Y en Tik Tok estaban María Medem, Begoña García-Alén, Miriam Persand… Estaban allí todos estos nombres.

Sí, estoy muy orgullosa de Tik Tok. El problema es que lo tuve que cerrar porque lo que intenté que crearan fue series por episodios para que no me dieran las tres o cuatro páginas que les habían sobrado de los fanzines. E intenté crear un sistema de donaciones directas a ellas, porque no me parece bien que alguien trabaje gratis. Aparte, mantenían la autoría, por supuesto, y toda la libertad de hacer lo que quisieran con el material, publicarlo o lo que fuera. Lo de las donaciones no funcionó y no me parecía bien que no hubiera recompensa. Pero lo que sí que ha funcionado bien es que bastantes de esos proyectos fueron llevados a editoriales. Y han sido publicados.

¿Y ahora se llama Tris Tras?

Sí. Hubo un momento que me di cuenta de que no tenía tiempo vital para Tik Tok, no funcionaba la fórmula, y decidí llevarlo a un sitio donde fuera más cómodo gestionarlo. Lo he llevado a Instagram. Tengo una aplicación que hace que lo que publique en Instagram se publique en todas mis redes. Así que solo tengo que publicarlo por allí. También me parecía cómodo porque la aplicación te permite tener dos cuentas, la mía y la de Tris Tras. Y así seguir con la divulgación de forma más sencillita. Además, Instagram permite hacer un carrusel de imágenes, que funciona muy bien para contar historias. Puedes hacer una secuencia gráfica. Es perfecto. Entonces cree Tris Tras y le cambié el nombre para que fuera diferente. Era como muy trash, la idea era que fuera más pequeño y más outsider.

Vamos a hablar un poco de tu obra individual. Podría ser peor es la primera

Con Podría ser peor tengo sentimientos encontrados. Porque por un lado me encanta, son las primeras historias que dibujé en mi vida. Y además por entonces no dibujaba sino que diseñaba. Aquellos eran mis primeros dibujos. Porque lo primero que dibujé fue una historia que después se publicó en Barsowia, «La leyenda de Jimmy Rowland». Y la dibujé con la herramienta Flash porque yo no había dibujado prácticamente desde el instituto, sino que hacía diseño gráfico por ordenador. Me obligué a dibujar y eso es lo que me salió. Por un lado estoy contenta y orgullosa, creo que en esa época marcó la diferencia porque no se habían hecho cosas así. Pero por otro creo que ha durado demasiado en el tiempo esa edición. DAvíN desafortunadamente ya no está con nosotros, gracias a él yo estoy aquí. Él me apoyó muchísimo en Ultrarradio. Pero decidimos sacar una segunda edición y eso creo que es en lo que me equivoqué, porque hasta hace poco iba a firmar a los sitios y lo sacaban como si fuera mi nuevo cómic, cuando en realidad han pasado ocho o nueve años desde que hice eso. Entonces, claro, estoy en otra faceta completamente diferente y tenía que seguir firmando mis primeras historias. Por eso yo recomiendo a la gente que empieza que no recopile tan rápido lo primero que hace. En ese momento tú estás muy orgullosa, pero es mejor esperar.

A mí me queda un buen recuerdo de cuando lo leí. Había como un hilo temático común pero divergencias entre las historias, no solo temáticas también, sino de estilo gráfico o narrativa. Se detectaba que ibas en muchas direcciones distintas.

Esa es una de las cosas que me hace seguir trabajando, el no encajonarme, el no cerrarme a nada. Ni temática ni estilísticamente. Pienso seguir evolucionando. Y sé que eso profesionalmente te puede cerrar puertas, el no continuar por una línea clara. Pero es que entonces no tendría sentido la creación, que para mí es un proceso de búsqueda constante. En ese momento me estaba buscando a mí misma, no sabía ni lo que quería contar, ni lo que quería hacer. Al final me reconciliaré con ese libro porque creo que es interesante. Son mis inicios y se ve como estaba perdida, pero buscando cosas interesantes, de alguna forma.

Trabajo de clase, que es el siguiente, lo hiciste compartiendo libro con Marc Torices.

Me hizo mucha ilusión porque Apa-Apa es una de mis editoriales favoritas y me escribieron. Primero querían hacer una serie muy divertida que era de temática sexual o erótica. Pero después cambió creo que por Marc y por mí. Porque les dije que yo tenía en la cabeza hacer algo de temática adolescente. Es un tema que siempre me interesa, pero no el mundo adolescente real, sino el imaginario o el que vemos en las pelis. Porque los adolescentes de verdad no me interesan (risas). Lo que hago es como una recreación de la adolescencia, de forma inusual.

¿Una interpretación?

Sí, una interpretación de la adolescencia. Porque me parece que es una etapa de la vida en la que las pulsiones son muy fuertes y en la que todo es muy exagerado y muy dramático. Me encanta. Y en ese momento yo estaba muy metida en el tema de lo adolescente, por eso les propuse hacer algo sobre ese tema y además terror. Y a Marc le gustó mucho y decía que se apuntaba. Así que en vez de la temática erótica, tiramos por ahí. Y lo que pasó es que de repente Marc se curró una historia tremenda. Íbamos a trabajar a dos tintas, pero Marc trabajó a cuatro. En vez de dieciocho páginas hizo veinticuatro. Entonces él tiró de mí y yo tuve que seguirle. Yo soy muy fan del trabajo de Marc. «Nuevos románticos», la historia que dibujó, me parece muy buena. Es un autor que va a dar que hablar. Fue un honor trabajar con Marc y con Apa-Apa , aprendí muchísimo en el proceso.

Luz verdadera.

Con Luz verdadera me hacía ilusión volver a trabajar en grapa y en risografía, porque todavía no lo había hecho. Eso me llevó a trabajar con técnicas distintas, como en dos tintas, blanco y negro… La historia me sigue pareciendo muy entrañable. Y oscura y negra, por supuesto, pero también entrañable. Es algo que me parece difícil de conseguir y creo que ahí lo logré. Estoy contenta.

Incluyes humor en tus obras, pero con Pulse enter para continuar parece como que te has distanciado de ese aspecto ¿no?

Sí, justo me lo estabas preguntando y lo estaba pensando. Pulse enter tenía cosas de humor, y las quité. No las quité todas, quité algunas. En todo el proceso me acompañó gente que me ayudó, como mi pareja por aquel entonces, así como amigos y compañeros de estudio. Yo lo daba todo a leer: a ver si se entendía, a ver si funcionaba o no… Y con el tema de los chistes pasaba que había personas a las que no les gustaba. Y a otras personas les encantaba, pero solo se quedaban en la broma. Creo que era el momento de quitar los chistes. Además, yo estaba viendo la serie de Ignatius Farray de El fin de la comedia y en una entrevista dijeron que lo que hacían ellos era que cuando en un episodio les salían unos chistes supergraciosos, los quitaban. Y me dije «este es el momento, Ana, de hacerte mayor y de quitar esos chistes de ahí».

¿Pero el motivo es porque se pierde el mensaje de fondo que quieres dar en la obra? ¿Es por una cuestión de tono?

Es más una cuestión de tono. O sea, sí que hay humor, pero quiero que no sea tan evidente. Y que no predomine sobre la historia. Me interesaba mucho más que nos fijáramos en la historia. Pero si te fijas hay cositas. Nunca lo abandono del todo.

¿Cómo te planteaste las historias? ¿Seguiste algún hilo común? Igual es un tópico, pero a mí me recuerda a Black Mirror al ser historias cortas con un tono oscuro, que hablan del futuro cercano, pero también hablan de aspectos humanos y de la sociedad.

Sí. Pues mira, algunas historias ya las tenía por ahí, pero eran algo costumbristas y las transformé en ciencia ficción. Y otras partieron de universos fantásticos porque no todo es completamente ciencia ficción. Hay un circo… y hay una muñeca rara robótica… No sé si hago ciencia ficción del todo. Hay una historia que sí, la del campamento, que creo que es más puramente ciencia ficción. Pero la verdad es que no tengo ninguna influencia de Black Mirror. Porque los referentes entre Black Mirror y mi trabajo pueden ser parecidos, que es la ciencia ficción de los sesenta y los setenta. Que, además, en general es muy social. Pero lo que pretende Black Mirror y lo que yo pretendo no tiene nada que ver. Porque yo no tengo ningún problema con la tecnología, ni estoy haciendo una crítica social, aunque sí que se entrevé que tengo problemas con el sistema. Sin embargo, no me gusta dejar nada tan claro. Cada una que interprete o que haga la crítica que quiera.

¿Dejas más la pregunta en la mesa, entonces?

No. Es que para mí no son cómics sociales, son cómics existenciales. Sobre el ser humano y sobre mis sentimientos. Y es verdad que los personajes están en un entorno y el entorno es opresivo; porque yo lo veo así y se transmite así. ¿Crítica social? No estoy haciendo ningún alegato a la revolución. No sé si se entiende ahí… Que me encantaría que hubiera una revolución. Pero el trabajo que yo pueda hacer de conciencia social al margen del cómic es otro, con las ONG con las que colaboro o con mis trabajos feministas. Pero mis cómics parten de esas pulsiones por contar cosas. Y yo quiero contar cosas sobre el ser humano, básicamente. ¿La tecnología? Para mí no es un problema, solo representa lo que somos. Nos ayuda, para mí es positiva. Pero también hay cosas negativas porque el ser humano tiene una faceta oscura y muy jodida. En internet está todo.

Lo bueno y lo malo.

Lo bueno y lo malo. Y lo regular también (risas).

Respecto a la ejecución de la obra, ¿como te planteas llevarla a cabo? ¿Qué es lo que te viene primero? ¿una imagen de lo que quieres contar? ¿Un tema a partir del cual quieres escribir?

Pues es una mezcla de las dos cosas. Yo escribo la historia en formato de texto, en un drive. Y hago primero un resumen que luego voy alargando. Pero es verdad que aunque no esté dibujando, mientras la escribo tengo ideas visuales. En ese proceso disfruto mucho porque mi cómic se está haciendo en mi cabeza y es maravilloso. Y después sufro mucho cuando hay que llevarlo al papel (risas). Y además no queda en absoluto como yo lo imagino. Es muy difícil, mi imaginación va mucho más allá de mi técnica.

¿Nunca estás satisfecha con el resultado final del cómic?

No, nunca estoy contenta o satisfecha cien por cien… es imposible.

Pulse enter para continuar es una explosión de color. ¿Tienes también una idea clara al principio de la obra o surge según vas avanzando? Quizás en el paradigma más tradicional de hacer cómic el color va después del dibujo. Y sin embargo cuando abres un cómic, lo primero que te llega es el color.

El color tiene importancia en Pulse enter para continuar porque yo tengo un problema y es que no puedo hacer que los personajes se acerquen a la caricatura, que tengan demasiadas expresiones. Porque no me gusta nada como quedan. No sé, formalmente me resulta muy caricaturesco y no tiene que ver con mi estilo. Entonces tengo que buscar la forma para que quien lo lea sienta cosas. Y eso lo hice a través de la estructura y de lo que estaba contando, pero sobre todo a través del color. No quería utilizar el color solo para rellenar, sino que fuera narrando también. Entonces he hecho dos cosas con el color. Una, señala cosas. Lleva la mirada a donde yo quiero. Y otra, expresa cosas. Así que he usado gamas de color bastante incómodas en momentos en los que te tienes que sentir incómodo. Y tiene mucho que ver con los estados de ánimo de los personajes. Estoy transmitiendo como se sienten a través del color. El color lo suelo poner después. El proceso es clásico aunque es todo con el ordenador. Lápiz, tinta, texturas y colores. Pero lo tengo en la cabeza, el color está presente cuando estoy creándolo todo.

Estos últimos años hemos visto cada vez más autoras y autores españoles salir al extranjero. Tú estuviste en la Small Press Expo en Estados Unidos hace unos años. Ya no estamos en un escenario de españoles publicando en editoriales extranjeras grandes, en la industria, sino que también empiezan a publicar en editoriales alternativas e independientes. Y se está empezando a publicar obra actual que primero se ha publicado en España.

Me gusta mucho este tema porque es algo muy reciente. No es tan reciente el hecho de que haya una comunicación tremenda a través de redes sociales entre círculos de autoedición, de personas de Estados Unidos, de Alemania, sobre todo del norte de Europa, Francia y España. Por ejemplo, ves a María Medem publicando con una editorial francesa pequeñísima que se llama Terry Bleu. José Quintanar ha tenido contactos con editoriales pequeñitas de Londres y de otros sitios. Eso me gusta mucho. Pero a nivel ya editorial está empezando a pasar una cosa muy interesante: Fantagraphics tiene la vista puesta en España. Y es verdad que aquí se está cociendo el cómic independiente, de autor, o como lo quieras llamar, casi de lo mejorcito. Sé que está quedando esto quizás muy… pero es que para mí la calidad que hay ahora mismo en cómic es tremenda. Andrés Magán, Begoña García-Alén, Conchita Herrero… antes te mencionaba también a José Quintanar, que está perdido por ahí porque desafortunadamente su último cómic no ha hecho mucho ruido. Y más gente que me estoy dejando. Son autoras y autores que van a ser importantísimos muy pronto. Y creo que se están dando cuenta fuera.

No solo Fantagraphics, sino otras editoriales. Pero esto es algo que acaba de empezar. En mi caso, estoy que me salgo de ilusión por publicar con Fantagraphics. No sé qué ha pasado con Pulse enter para continuar. Podrían haber publicado otras cosas, pero han decidido publicarme a mí de lo que está sacando Apa-Apa. Cuando fui a la Small Press Expo hace tres años, los fanzineros sí que conocían cosas españolas, pero las editoriales, no. Y el público que consume cómic independiente conocía muy pocas cosas de España. Cuando fuimos, David Rubín era el único un poco conocido de los que estábamos allí. Preguntando averigüé que al único al que conocían un poco era a Max.

Cuéntanos algo sobre tu trabajo como comisaria de exposiciones.

Ese es un aspecto que me da mucha pena porque lo voy a tener que dejar para otra vida. Otra vida paralela, de otra realidad paralela (risas). Porque no tengo tiempo para dedicarme al comisariado y a la divulgación. Es una faceta que me gusta muchísimo y si no fuera autora me dedicaría a ello seguro. Pero he tenido que elegir, sobre todo porque ahora profesionalmente estoy ilustrando a nivel editorial de forma bastante potente y el poco tiempo que me queda va a ser para dibujar mis cómics. Entonces lo único que voy a mantener un poco va a ser Tris Tras. El comisariado lo estoy abandonando. Aunque reconozco que me ha dado muchas alegrías, porque La ciudad en viñetas ha sido un proyecto precioso.

¿En qué consistió?

Pues me llamó Tevi de la Torre, que es la chica que lo coordina desde Centro Centro. Lo había llevado Puño y anteriormente Mauro Entrialgo, así que ya me llegó el proyecto «montado». Tengo que reconocer que el título no me interesa mucho. A mí me da igual que se hable de Madrid o que se hable de… Claro, lo que pasa es que es un proyecto institucional y tiene ese componente urbano que tiene que ver geográficamente con Madrid. Pero yo lo que vi es que Puño empezó a llamar a gente que no era de Madrid. Lo que le importaba a Puño y también a mí era visibilizar a gente que está haciendo cosas muy buenas. No solo emergentes, también personas que ya llevan recorrido pero están siendo injustamente invisibilizadas u olvidadas. Y después a gente joven que está haciendo cosas muy chulas. Seguí esa línea y entonces fue cuando llamé a esta gente para que participara. A Pepa Prieto, Conxita Herrero, Roberto Massó, María Ramos, Víctor Puchalski, Miriam Persand… Y después a gente que también tenían trayectoria como Carla Berrocal, pero que no acaban de «salir» del todo. Estoy muy contenta con los resultados. Y parece que es que haya convocado a mis amigos, pero no es verdad. ¡Es que nos hemos hecho amigos después! Esto hay que aclararlo.

¿Qué es lo que te llamó la atención de cada uno para invitarlos a participas? ¿Buscabas estilos distintos? 

El estilo a mí no me importa, sino que estoy intentando hacer cosas diferentes. Me importa la gente a la que le interese el cómic; no quería meter a ilustradores que te pueden hacer un cómic en un momento dado. En resumen, todas son personas enamoradas del cómic, que para mí era lo importante. Son personas que ven el cómic de una manera muy particular e intentan romper códigos. Por ejemplo, Pepa Prieto, que hizo una de las mejores historias, me parece una autora que tiene un potencial tremendo. Y es una autora que todavía está en la oscuridad.

¿Se está abriendo una vía nueva en el mural como soporte para el cómic? Lo digo porque hace poco han habido dos exposiciones muy importantes de Max y de Paco Roca trasladando el cómic del papel a las paredes del museo.

Me parece que todo lo que pueda abrirse el cómic a cualquier formato está bien ¿Porque tenemos que ceñirnos al papel? El cómic es un lenguaje muy íntimo que normalmente se lee a solas, en casa… Parece que no tiene mucho que ver con el espacio expositivo porque es verdad que leer páginas de cómic en unas paredes es incómodo. Pero por otro lado es muy interesante abrirlo al mural, ya que esto hace que tengas que narrar de otra manera. Hace que tengas que ser más inmediato, muy claro y tener en cuenta que la gente lo va a leer de pie, en una sala, en ese espacio. El tamaño es mucho más grande. Esto hizo que las autoras y autores tuvieran que crear algo diferente a lo que normalmente hacían. Me parece un valor añadido.

Y además es un espacio social, claro, ya no es íntimo.

Sí, ya no es íntimo. Tú veías a la gente que leía el cómic y lo comentaba. Y estableces una relación muy distinta a cuando lo estás leyendo en la intimidad.

Yo creo que te he visto en todos los festivales de cómic posibles en Barcelona. Te he visto en el Salón del Cómic, en el Kboom y en el Graf. Que son tres eventos muy diferentes. ¿Te sientes distinta cuando vas a cada salón?

Me siento distinta. El Kboom fue una experiencia diferente y me gustó mucho porque no quiero encasillarme. La endogamia no me interesa. Claro, yo tengo más que ver con festivales de autoedición, como el Graf. En Graf me siento muy cómoda porque hay festivales de autoedición que tienen más que ver con la autoedición en general, por ejemplo musical, que también me gusta mucho, o gráfica. Pero claro, a mí me interesa más el cómic. Graf está muy centrado en cómic, aunque no me gustaría que perdiera su esencia de autoedición. Y en Kboom había mucha gente del humor gráfico, que yo no controlo tanto, y me parece fantástico relacionarme con gente que no está en mi entorno directo. Fue muy refrescante. Y al Salón del Cómic había ido alguna vez. Hubo una reunión del Colectivo de Autoras hace años cuando presentamos Todas putas hace bastante tiempo. Y no había vuelto a ir porque no me sentía nada identificada con el Salón del Cómic de Barcelona. Tampoco le tenía ninguna manía. Es otro universo que está ahí paralelo al mío. Y me parecieron estupendos los premios, no me parecen polémicos. Tienen su jurado y su forma de hacer. Pero yo estaba un poco como al margen de todo eso. Entonces cuando me propusieron hacer el cartel de este año… y no solo eso, sino también participar en el salón, dar charlas, estar ahí… pues claro, me dije «yo puedo participar en esto», pero para mí es importante que las editoriales con las que yo trabajo estén representadas. Que los fanzines estén presentes. Y las mujeres, sobre todo. Y me dijeron que sí, que es que su idea era esa, de cambiarlo en ese sentido.

¿Tú has visto cambios este año?

Ha cambiado. Sí. Ha habido un área de editoriales pequeñas a las cuales se les facilitaba estar ahí porque normalmente no se lo pueden permitir. Y el área de fanzines es mejor. Hay más autoras. Todavía no está como a mí me gustaría, pero… Está bien que convivan con los otakus, con los superhéroes, etc. De hecho, la idea de un gran salón quizás debería de ser la de que esté todo representado. Si eres un salón más pequeño y especializado, se entiende que te dediques a un aspecto muy concreto, pero un gran salón debería ser un espacio para todo el mundo. La meta es que sea un poco como Anguleme. Anguleme es enorme, tiene su espacio para publicaciones independientes, luego están las cosas comerciales… y está muy bien que convivan.

Barriendo un poquito para casa ahora, quería que me comentaras cómo fue hacer la portada para el anuario de cómic, Cómics Esenciales 2016, en la que trabajaste con Paco Roca.

Pues la verdad es que fue muy guay porque me llevo muy bien con Paco Roca, es un tío genial. Nos hicieron la entrevista para ese libro. Hay conexión, hay feeling, me gusta su trabajo. Yo supongo que él conoce el mío un poco menos, pero también le mola. Con la portada nos fuimos mandando emails, mandándonos ideas. Yo tenía una idea de trabajar algo tipo fábrica. Con los dibujantes repetidos, haciendo lo mismo. Muy industrial, me gusta eso. Muy deshumanizado, lo que a mí me gusta. Pero él lo hizo muy bien, metió mano a eso y lo hizo más cálido. Y también tuvo la idea de que lo que estaban dibujando esos personajes fuera una historia completa. Porque mi idea era que en cada papel, tablet o lo que fuera hubiera un dibujo diferente. Pero su idea fue genial porque era como una subilustración dentro de otra. Así que cambiamos los papeles: al final él dibujó a las personas que estaban en el estudio y yo dibujé lo que había dentro de las páginas y pantallas. Y creo que quedó muy bien. Fue muy fácil trabajar con Paco y salió muy bien. Estoy supercontenta.

Sobre Emil Ferris, autora de Lo que más me gustan son los monstruos, a la que entrevistaste en Barcelona. Es un fenómeno curioso, ¿no? Llega ya con una edad avanzada al mundo del cómic y recibe un reconocimiento bastante importante por su obra. Merecido, claro está. Pero me parece que esto es un fenómeno nuevo. Pienso en Julie Doucet, por ejemplo, que fue importante en su día pero no tuvo el reconocimiento en su día. Parece que ahora se la empieza a reconocer. ¿Hay mayor apertura por parte de la comunidad en general? Especialmente en lo que se refiere a autoras.

Yo creo que no tienen nada que ver con todo eso. Creo que cuando hay una obra incontestable da igual quién seas, tú género, la edad que tengas… Lo que ha hecho ella es que ha sacado un gran cómic. Y ya está. Es que aunque no la conociéramos, ella estaba ahí. Estaba en su proceso, trabajando. Llevaba muchos años trabajando, no solo gráficamente. Tenía sus problemas físicos, sufrió escoliosis de niña. El trabajo de superación de todo eso la llevó a hacer esta obra. También estaba la necesidad de exorcizar sus fantasmas, sacar lo que llevaba dentro. Es como una lección para la gente que piensa que el camino está en tener muchos seguidores en las redes, en tener muchos contactos y en estar ahí hasta que llegas. Si tú sacas un cómic increíble… ya está. En su caso, ahí está: se ha llevado todos los premios. Es un fenómeno que me parece genial que haya sucedido.

En cualquier caso y hablando en general, ¿ha mejorado el reconocimiento de las autoras de un tiempo a esta parte?

Sí. Y mucho ha sido gracias al Colectivo de Autoras de Cómic. Han reivindicado a autoras olvidadas. Han hecho un grandísimo trabajo. Es que parece que ahora de repente está de moda que haya chicas que dibujan, salen en muchas revistas. Pero hay detrás un trabajo duro y difícil de las que coordinan el Colectivo de Autoras de Cómic. Bueno, yo también he hecho un buen trabajo con TikTok y TrisTras, eh (risas).

Hay un debate que ha surgido recientemente, pero que creo que no es nuevo, es el de la definición de lo que es cómic y lo que no. ¿Le ves sentido a poner límites a lo que es cómic? El debate surgió a raíz de la publicación del Cadencia de Roberto Massó, que había quien no lo consideraba cómic.

De entrada, Cadencia es un cómic. Claramente. Es narrativo. Hay viñetas. Hay secuencia. Ya está. Es un cómic. Y si se saliera del cómic, por lo que sea, pues estupendo también. No se llamará cómic, será otra cosa. Un producto de entretenimiento cultural, o como lo quieras llamar, que lo consumes y disfrutas si te gusta. Es que no hay ningún problema porque al final el cómic, como he defendido en otras entrevistas, es otra área artística, un medio. No es un lenguaje solo, son muchos lenguajes. Yo lo comparo con la televisión porque es una analogía muy cómoda. En la televisión tú puedes ver un programa de telebasura, una película o una serie mucho más compleja. Y nadie se enfada porque haya dos formatos diferentes. A todo el mundo le parece normal. En el cómic puedes hacer algo muy poético o puedes hacer algo mucho más clásico o superhéroes o lo que quieras. Da igual. Está abierto a todo. ¿Qué más te da? No lo consumas y ya está. Es que no entiendo cuál es el problema.

Siempre están los lectores de un tipo de cómic muy concreto, los fandoms que defienden sus lecturas como las auténticas.

A mí esas personas no me interesan, ni sus discursos, ni sus filosofías. Me dan igual.

¿Falta apoyo institucional al cómic? Hace poco salió una encuesta que revelaba que a pesar de que se publica mucho más que antes —desde el 2001 que se publicaban unas seiscientas novedades hasta ahora, que se publican casi cuatro mil— el porcentaje de lectores de cómic ha bajado.

No tengo acceso a muchos datos de ese tipo. Yo la impresión que tengo es que hay mucho más apoyo, pero como no controlo bien los datos, no sé decir si realmente hay más que hace tiempo. Bueno, de hace cinco años, sí, está claro que hay algo más. Lo veo en positivo, que es muy creciente el apoyo institucional. O al menos estoy muy cerca porque he tenido bastante ayuda de Acción Social Española. La ayuda de ellos al cómic está siendo importante. También he estado cercana al Injuve y a Centro-Centro. Y he visto que en Cáceres se ha hecho una gran exposición callejera sobre cómic. Yo lo que veo es más apoyo institucional y económico… Quizás lo que falta son becas y ayudas porque hay pocas todavía. Hay una ayuda para Roma, está la de Angulema… Estaría bien que hubiera más.

¿Y a nivel de público, para fomentar la actividad lectora?

Es que eso tiene que ver mucho con nuestros entornos mediáticos. También se está viendo más cómic en prensa y en revistas. Pero no sale casi en los telediarios, ni en televisión. En los institutos, los chavales todavía piensan que solo hay superhéroes, manga y Mortadelo. No sé si eso es un problema institucional. No sé cómo se soluciona eso, no lo tengo muy claro. ¿Cómo se educa? Puede que el problema sea institucional. Puede que sea político, incluso. Estoy segura de que en los colegios franceses, en la asignatura de plástica se estudia cómic. Y aquí normalmente no. Entonces es un problema del sistema educativo. De base educativa. Y claro yo no estoy ahí, porque ya no me da la vida para todo eso (risas). Pero sí que me gustaría que se solucionara.

¿Se puede vivir del cómic? ¿Las condiciones económicas son correctas?

Yo no lo comprendo muy bien. Hace poco en una entrevista un poco tipo test que me hicieron en 13 millones de naves me preguntaron sobre qué cambiaría yo de la industria. No acabo de comprender por qué el tema de los beneficios está estructurado de la forma en la que lo está. Por qué la industria se queda tantísimo. Es que la distribuidora ahoga a la editorial, ahoga a la tienda y ahoga a las autoras. Entonces esto hace que no tenga sentido publicar a no ser que seas superventas. Y como aquí no somos superventas porque no hay una industria fuerte y porque no tenemos suficiente público, sobre todo en el cómic… de autor o independiente, como lo quieras llamar, pues eso hace que hagamos cómics por varios motivos. Uno, por realización personal, como un proyecto al margen de nuestro trabajo, que suele ser de ilustración o de dar clases o talleres… Y dos, por proyección de futuro. Por si más adelante se puede publicar fuera y a un nivel más importante en las industrias fuertes como la americana o la francesa; incluso si llegas a Japón y das un pelotazo allí. Pero no con la proyección de que en este país podamos vivir del cómic. Se vive de lo que te genera el cómic. De la visibilidad, de la notoriedad y de que te abre mucho el camino a trabajar en ilustración relacionada con cómic, o en proyectos con empresas privadas relacionadas con esto. Pero para vivir del cómic en sí… Es algo que ni se plantea, ni se habla, ni se comenta. Yo lo hablo muy poco. No se habla de la industria entre autoras y autores. Y entre fanzineros menos.

¿Y en ese sentido crees que hay demasiada algarabía en los medios respecto al mundo del cómic hablando de una «edad de oro»? Luego, sin embargo se habla poco de las condiciones de las autoras y autores. ¿Hay demasiado optimismo teniendo en cuenta de lo que no se habla normalmente?

Somos optimistas porque es verdad que se está creando una industria. O una «industrilla». O lo que sea. Porque de repente los festivales están llenos de público. Está sucediendo. Pero hay mucha gente que dice «oye, que de la poesía tampoco se vive y nadie dice nada o nadie sufre tanto». De hacer cortos tampoco se vive. Bueno, quizás nos lo tomamos así. No sé, veo muy complicado que se solucione este tema. De entrada tendríamos que ver qué pasa con cómo se distribuye… Es que al final el porcentaje más bajo es el que se lleva la autora. El más bajo de todos. Porque a veces te cuesta conseguir hasta el diez por ciento. Y mucha gente te quiere pagar solo un ocho. Es que para eso es mejor no publicar. Por otra parte, como no hay dinero en este mundo, pues no hay mucho trepa. Todo es gente muy bonica, nos llevamos muy bien entre todas.

El día que despunte llegarán los buitres.

Claro, como no se mueve pasta, el día que se mueva pasta, ya verás. No vamos a ser todos tan amigos y no va a ser todo tan gracioso. Yo defiendo la profesionalización ante todo. Es verdad que hay gente que dice que los beneficios de lo amateur son grandes y yo estoy de acuerdo en que no te debes a ningún público. Puedes experimentar y hacer locuras sin que pase nada, porque en el momento que tienes que vivir de eso, ya te calientas la cabeza. ¿Esto va a gustar o no? ¿Tengo que tener una línea más definida? En ese sentido somos libres. De todas formas, aunque haya factores positivos, sigo defendiendo que la gente se pueda profesionalizar dibujando cómics. Ojalá suceda en algún momento.

Para cerrar esta entrevista, ¿en qué proyectos estás actualmente?

Estoy con un guión de un cómic nuevo para publicarlo en Apa-Apa. Pero no sé si entremedias hacer un fanzine con una idea que tengo. No sé si eso me ralentizará mucho el cómic más largo. Así que no tengo claro si hacer el fanzine antes o después. Probablemente me centré más en el cómic. Voy a hacer algo distinto. Sigue siendo ciencia ficción y fantástico pero me paso al género de aventuras.

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3 comentarios

  1. Carlos

    Pongan algún dibujo de ella, al menos.

    (Ya se que puedo buscarlos en la web, pero no es lo mismo).

  2. Comparto opinión. Además creo que el resultado de la entrevista sería más satisfactoria estéticamente, dando lugar a lo que dice y a lo que hace. Bastaría sacrificar una foto del entrevistado y poner una muestra de su producción. Y no solo en este tipo de tertulias. Por lo demás, excelente lectura.

  3. rulodecabra

    gracias jotdown por dar difusion a personas y medios menos conocidos

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