Pepe Habichuela: «El flamenco no tiene fronteras políticas, solo la nuestra: si me pagan voy a Washington y toco una bulería a Donald Trump»

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Fotografía: Lupe de la Vallina

Esta entrevista está disponible en papel en nuestra revista trimestral número 19

Cuenta que su «gente», como la llama, la familia Carmona, dice de él que es «el último mohicano». Aprendió los compases del flamenco en las madrugadas festivas de la infancia raspando una botella de aguardiente que sonaba a «gloria bendita». Se hizo guitarrista en el Sacromonte recorriendo sus cuevas con una guitarra tan vieja que cada mes pintaba su estuche en descomposición de un color diferente. Hasta que, como los toreros, se fue a Madrid a comienzos de los años sesenta a tomar la alternativa en el tablao de Torres Bermejas. Desde entonces le tocó una noche a Manolo Caracol, muchas a Camarón y treinta años a Enrique Morente, con cuyo hijo, Kiki, comparte ahora escenarios. Y así, casi como quien no quiere la cosa sigue con el mismo cabello azabache y las mismas patillas alargadas como un mástil, la misma predisposición al cachondeo y las mismas dedicación y devoción por esas seis cuerdas. Pepe Habichuela (Granada, 1944), José Antonio Carmona en el DNI, camisa de lunares azules, fular a juego, con la Almudena y el Manzanares diminuto y silencioso de fondo, entre vino blanco y Marlboros, es el final de una estirpe. El último guitarrista flamenco de una forma de tocar, entre el ayer y el siempre, que no se repetirá nunca. «Son las pulsaciones…», intenta explicarlo él. «Pero esto depende del momento en el que te encuentres. De que estés feliz. Porque cuando agarras la guitarra así, tranquilito, que vas buscando cosas… Entonces es cuando se agrandan el corazón y el alma».

En su precioso discurso del Príncipe de Asturias, Leonard Cohen contaba que antes de volar a España para recoger el premio había sacado del estuche su guitarra Conde, comprada en Madrid cuarenta años antes, la había olido y aún olía a cedro, a «madera viva» porque la madera «no termina de morir». ¿A qué huele tu guitarra?

Mi guitarra huele a madera. El trompetista Don Cherry decía que mi sonido era como cuando se corta un árbol y llora la raíz. Y la verdad es que tenía razón. Mi guitarra huele a madera porque siempre he usado guitarras muy buenas, pero también huele a mis manos.

¿Y a qué huelen tus manos?

Pues… ¡a gloria bendita! A manos que no están muy puestas en el flamenco de la preparación y la digitación. Yo toco la guitarra con todos los defectos del mundo. No he sido estudioso como los jóvenes ahora, sino de otra manera, de otra historia. Yo me he puesto a tocar y he tocado lo que me ha salido.

Siempre hablas del sonido de los Habichuela. ¿Qué significa eso?

El rasgueado de los Habichuela formó una revolución en los años sesenta. Paco de Lucía iba a ver a mi hermano Juan y se quedaba asustado con sus rasgueados. O Juan Santiago Maya, Marote, que también tenía ese sonido y hacía unos rasgueados con una velocidad increíble. Entonces, en aquella época, no existía eso, no había esa furia en los rasgueos, que pusimos nosotros, porque veníamos del Sacromonte, del laúd y de la bandurria, y de sitios con mucho ambiente y ruido en los que no te podías sentar y estar tranquilito y había que apretar.

Tu hijo, Josemi Carmona, antes de grabar un disco, te da la guitarra para que la toques y se la temples porque dice que después suena diferente. ¿Por qué? ¿Qué le haces?

Pues ni yo mismo lo sé. Yo en la casa siempre toco muy suavito, le busco el sonido pequeñito. Y sale una cosa especial. No sé ni lo que es, pero me lo dice mi hijo, me lo dice Tomatito y todos los guitarristas jóvenes: que me suena la guitarra como no le suena a nadie. Y yo les digo: ¡estáis locos, si vosotros tocáis que me metéis goles a mí!

Esos guitarristas son los que dicen también que eres el último que queda vivo con esa forma de tocar…

Sí, por desgracia estoy yo solo ahora en este mundo. Se han ido ya todos los monstruos y estoy representando yo ahora mismo, dentro de mi manera de ser, lo que tengo para transmitírselo a la juventud y a los cantaores jóvenes. Porque hay que intentar darles gloria, ayudarlos. Y yo soy el más indicado para eso por mi edad y por mi tiempo en el mundo de la música. Por eso los chavales me aprecian y quieren actuar conmigo. Y eso para mí, como digo yo, es no morir nunca. Lo único malo es que cada vez me pesa más la guitarra cuando camino…

¿Recuerdas cómo fue ese primer día que cogiste la guitarra?

Yo recuerdo una guitarra que me dejó mi padre, que estaba toda llena de rajas pero sonaba. Y que le metí un acorde, el mi, y dije: «Dios mío, ¡qué tengo en las manos!». Luego fui a poner el siguiente acorde, pero me quedé más tumbado. Así que regresé al mi natural, que era una belleza.

Fuiste entre tus hermanos el que más tarde empezó a tocar.

Yo estaba taraceando, como digo yo, y mis hermanos, Juan, Luis, Concha y Dolores, ya estaban en el Sacromonte. Todos menos yo y mi hermano más pequeño. Hasta que un día me mosqueé cuando estaba en el taller de taracea, me corté un dedo con el formón y dije: «Papa, quiero que me compres una guitarra».

En aquella época bailabais también en un carro…

Mi padre compró una diligencia, como en las películas, y un mulo, y la llenábamos de sartenes, platos, ropa… Íbamos desde Granada a Lanjarón caminando. Y ahí, que en esa época ya había turismo, parábamos en la terraza de los hoteles, tocábamos y bailábamos y luego pasábamos el sombrero.

¿Se podía vivir de eso?

A nuestra manera sí, comiendo migas, sardinas… Lo que había en aquella época.

Cuando empezaste a tocar en el Sacromonte ibas con tu guitarra en un estuche tan viejo que lo pintabas para aparentar.

En el Sacromonte estaban las cuevas, que las había de diferentes categorías, como todo en la vida. Yo pasaba por una que se llamaba Manolo Amaya que era donde estaban las figuras, pero iba con el estuche rasgado y roto y me daba mucha vergüenza. Así que me iba a la droguería, compraba pintura y lo pintaba de verde. Y a los diez días lo pintaba de blanco. Así hasta que ya no aguantaba más y le pedí a mi padre que me comprara otro. Y ya me compró uno de plástico.

En 1963, cuando aún no has cumplido los veinte, te vienes a Madrid para sustituir en el tablao Torres Bermejas a tu hermano Juan, que se marcha a Nueva York. ¿Qué significa Nueva York en ese momento?

¡Eso era como irse a rodar una película a Hollywood! Él se iba a la feria mundial de Nueva York, nada más y nada menos. No la de Granada ni la de Sevilla, sino la feria mundial de Nueva York. Por eso me metió a mí en el tablao. Cuando vine yo no tenía ni maleta. Metí mi traje arrugado, mis zapatos y mi tortilla de papa en una bolsa de plástico y pa Madrid. Y al llegar a la estación me esperaba mi hermano con el Güito y el Jarrito, un cantaor, y recuerdo que a mí me dio mucha vergüenza no tener siquiera maleta.

¿No asustaba irse a Madrid o eso era a lo que aspirabas?

Yo vine gozando a Madrid. Todo lo que había en Madrid yo lo había oído de pequeño en los discos de Manolo Caracol, de Pepe Marchena, del Niño de los Peines… Yo era un niño pequeño y ellos eran adultos y sabían más que la madre que los parió. Pero estuve ahí a su lado callado y con las orejas abiertas y aprendiendo.

A Caracol le tocaste una noche, a Marchena y a Juanito Valderrama varias…

Muchas, muchas… He tocado con todos. Recuerdo que una vez estábamos en un festival importante en Granada y que yo era un crío aún, pero mi hermano Juan, que lo estaba organizando, me dijo que le tocara a La Niña de la Puebla y al Cuervo de Utrera. Y yo me quería ir de allí del miedo… Pues al final les toqué. Porque ahí es donde se aprende. Además de educación hay que tener valentía para hacer esas cosas, porque si no las haces no aprendes.

También compartiste noches y escenarios con Camarón. ¿Es normal que no haya salido en este tiempo otro como él?

Hombre, hay mucha gente muy admiradora de Camarón y muchos cantaores jóvenes que suenan como él, y es importante que haya una escuela suya. Pero otro Camarón saldrá dentro de quinientos años. O no saldrá. Es que esos seres tan especiales, como él, como un Enrique Morente o un Paco de Lucía, salen una vez en la vida. Pero menos mal que tenemos ahí su legado. Eso sí, lo que venga nuevo estaremos atentos y escuchando para ver qué pasa…

Mencionas a Morente, porque en realidad ha sido él el cantaor con quien más has compartido: treinta años de escenarios desde que os conocisteis en los tablaos en Madrid.

Sí, y por eso le echo mucho de menos. Ha sido mi cantaor preferido. Lo conocía bien, cómo era en todas las situaciones. Un genio. Hablando era elegante, culto, muy estudioso. Recuerdo que cuando hicimos juntos el disco Homenaje a D. Antonio Chacón [1976] nos tiramos cinco meses en su casa tocando y cantando para prepararlo

¿Por él dejaste tú los tablaos para componer?

Yo vivía del tablao. Estaba en la Bruja, en el Corral de la Morería, en Torres Bermejas… Y entonces me requirió Morente para que trabajásemos juntos. Hablé con Amparo, mi mujer, y le dije que me iba a ir del tablao porque me había llamado él y que eso me apetecía más. Y ella me dijo que tirara para adelante. Yo disfruté mucho desde entonces a la vera de Enrique. No he escuchado un cantaor como él a mi derecha.

Esa es la época en la que Morente, que estaba comprometido políticamente, os llevaba a actuar a los actos del Partido Comunista.

He tocado muchas veces en la Casa de Campo, con Carrillo y con toda la basca aquella. Enrique cada vez que iba por ahí armaba un taco. Había muchos más artistas que eran muy políticos, pero para mí el único que tenía calidad era él.

Pero tú no estabas metido en eso…

Yo no tenía ni puta idea de la política. Ni la tengo. La política mía es tomarme unas aceitunas, un vaso de vino y conversar.

Y cuando Enrique te decía: «Pepe, que vamos a tocar donde los comunistas», ¿tú qué decías?

Pues yo decía: «¿Vamos a trincar? Pues vamos». Como si me dices: vamos a tocarle a Donald Trump. Pues me paga, pues voy p’allá. El flamenco no tiene fronteras de política, solo la nuestra: si me pagan, voy para Washington y toco una bulería a Trump. Así era cuando me llamaba Enrique para ir a esos eventos. Y encima salían las cosas bonitas.

En aquella época lo que estabais haciendo gente como tú, como Morente o como Paco de Lucía, era cambiar el flamenco, renovarlo. Pero, en ese momento, ¿erais conscientes de eso?

Claro que lo éramos. Enrique y Paco aportaron maravillas. Enrique cantaba unas seguiriyas que yo no había conocido nunca. Era tan estudioso…

En 1982 grabaste tu primer disco en solitario, con la discográfica Nuevos Medios, que dirigió hasta su fallecimiento Mario Pacheco. ¿En tu carrera hay dos momentos claves, cuando dejas el tablao y te vas con Enrique y cuando aparece Pacheco?

Mario llegó a mí porque me vio en muchos conciertos. Se fijó en mí y me dijo que quería hacerme un disco. Yo le dije que me daba mucho miedo, porque estaban Paco de Lucía y Manolo Sanlúcar, que eran los dos de aquella época. Pero me insistió. Me preparé y grabé el disco A Mandeli. Y después me enteré de que se había vendido en todo el mundo. Eso fue muy bueno también para mi nombre. Aquel era un disco en directo, que eso no se suele hacer hoy día. Como los discos que hice con Morente de Chacón y Despegando.

Ese disco es el primero solo tuyo, pero también el primero de Nuevos Medios. Ejerciste de padrino de aquella discográfica que después grabó a Martirio, a Ray Heredia, a Pata Negra, a Ketama…

Yo fui el primero del flamenco, sí, el padrino. Pero Mario fue el hombre que introdujo aquella música. Si no hubiera estado él, no lo hubiera hecho nadie. Se arriesgó por lo que le gustaba. Era muy listo. Muy sencillo, muy educado, con mucho temple. Sabía cuidar a las personas. Y eso, quieras que no, te da un estímulo.

A Pacheco lo convences para que grabe a Ketama, que de alguna manera es un proyecto tuyo. Ya se ha contado que Antonio y Juan Carmona, tus sobrinos, andaban dedicados a la venta ambulante y tú les pusiste a hacer música.

Sí, yo sabía que tenían materia dentro, así que les dije: «¿Qué queréis, vender vasos o tocar?». Y tocamos. Todos los días les tenía en casa tres horas. Me hicieron caso. De hecho, Juan, el Camborio, toca el laúd porque me tiré horas y horas para que agarrara su truco y hoy es de los que mejor lo hacen.

¿Aquello que pasaba con tus sobrinos sigue pasando hoy? Si uno es gitano, ¿o se logra ser figura o se vive de la venta ambulante?

Sí, hay muchos flamencos de barrios de Madrid y de Sevilla que no han podido estar en el arte. Es muy difícil. Hay muchos guitarristas muy jóvenes que se han tenido que ir a la venta ambulante o a montar un quiosco y vender zapatos o lo que Dios les dio a entender. Si tienen familia, no les queda otro remedio.

¿Cómo ves el flamenco hoy?

Hay jóvenes muy buenos que ahora se preocupan más por aprender antiguo y echar la vista atrás. Y a mí eso me da alegría. Además, he estado hace poco actuando en El Cairo y en Omán y ves que la gente se vuelve loca escuchando flamenco por todo el mundo. Aunque también hay muchos equívocos, mucha gente que se mete por medio y que no son buenos… Pero el flamenco de verdad está ahí.

¿Y en España?

Aquí estamos más torpes. Cuesta trabajo. Es otra cosa. Creo que hay más cultura fuera de España para la pintura o la música que aquí. Como la tenemos no le hacemos caso. Pero viene un tío de fuera, le dan quince millones de pesetas y llena el Palau Sant Jordi.

¿Qué crees que se ha hecho mal o que se podía haber hecho?

Se podía haber igualado la música flamenca con otras, porque es junto al jazz una de las más importantes que existen. Pero aquí, no hace mucho tiempo, se ponían en los bares carteles de «prohibido el cante». Así somos… Los españoles somos buena gente, hacemos la tortilla de papa muy bien, nos gustan mucho las almendras [el dinero] y todo el mundo va de aquí para allá. Así está la vida.

¿Y qué autocrítica haces a los artistas?

Hemos sido muy despreocupados al lado de otras músicas, y un poco vagos. No hay mucha unión como en el jazz o como en el toro. Falta eso. Porque aquí cada uno está en su casa y no se quiere saber los unos de los otros.

Decía Miguel Poveda en una entrevista: «En ocasiones falta seriedad y profesionalidad. A veces estamos en manos de gente poco preparada para asumirlo como la música grande que es y no como un género de verbena». ¿Estás de acuerdo?

Poveda es una persona estudiosa y está preocupado por el flamenco. Por eso dice esas cosas. Creo que eso va según la tierra. En Barcelona, por ejemplo, lo tratan mejor. Nuestro país es una maravilla, lo mejor del mundo, yo no me quejo, pero no hacen caso a lo que tenemos.

¿A quién te refieres que no hace caso?

A los que mandan. No hay un programa de televisión de flamenco, ni una radio, ni muchas actuaciones…

No hay programas de ninguna música en la televisión…

¡Eso! La música está enterrada. Estamos muy torpes en España. En cambio, vamos a Europa o a América y nos abren las puertas con cariño. Por desgracia, parece que se aprecia más fuera y que hay mayor educación.

Decía el guitarrista Paco Soto en una entrevista que la cocaína está haciendo mucho daño al flamenco, que antes en una fiesta se estaba pendiente de cantar o tocar y ahora la gente lo está de cuándo volver al baño.

Eso es lo triste. Porque cuado estás a eso ya estás en otro sitio. Ahora los jóvenes están muy despistados…

Pero ves buenos nuevos talentos…

Sí, hay una pléyade de cantaores, bailaores y guitarristas jóvenes muy buenos. Yo últimamente trabajo mucho con los jóvenes. Me llaman Rocío Márquez, Silvia Pérez Cruz o Kiki Morente y disfruto con ellos y les transmito lo que yo tengo. Kiki me recuerda mucho a su padre. Va a cantar muy bien y tiene su conocimiento.

Sueles decir además que cuando estás con uno de esos jóvenes, si ves algo que te gusta, se lo robas.

¡Claro! Inmediatamente, como hacemos todos.

¿Se ha perdido calle en el flamenco?

Mucha. En los tablaos, por ejemplo. Hoy vas a algunos de ellos y no conoces a nadie. Yo al menos. En el Candela por ejemplo ya no entro. Veo chinos, japoneses… y me digo: esto ya no es lo mío. Y me voy a Casa Patas. Esos sitios los habíamos fundado nosotros: Morente, Paco, Camarón, luego Ketama… Y ahora vas y está eso lleno de turistas. Una pena…

¿Y en los barrios?

También se ha calmado un poco.

¿Cómo afecta eso después a los nuevos proyectos?

No se nota. El barrio es una cosa y la música otra. En el barrio te diviertes con los amigos y te tomas una copa y lo pasas bien, pero la música es otra cosa. A mí, por ejemplo, ahora que tengo varios proyectos pendientes, mi hijo Josemi me dice que me cuide y que ande menos por el barrio…

Estás preparando un nuevo disco, en directo, grabado en diferentes actuaciones, como las que has hecho recientemente en Recoletos Jazz, el club de jazz y flamenco del Hotel AC Recoletos. ¿Por qué este trabajo?

Porque quiero que sea mi última grabación y quería que fuese en directo. Por eso lo estoy haciendo en sitios pequeñitos, con muy buen sonido y con gente selecta. Será solo guitarra y voz o solo guitarra. Ya tengo tres o cuatro conciertos grabados, pero vamos a hacer un par de ellos más para tener más material y luego ya escogemos. Yo sigo caminando… Que suene mi guitarra, que es lo que me interesa, y que el público goce de lo que transmito.

¿Cómo percibes si el público goza cuando tocas?

No sé cómo explicarlo, pero lo noto. Cuando escuchas por ejemplo un silencio sepulcral, entonces te dices: coño, aquí hay que tocar bien… Otras veces ves a la gente distraída y sufres.

Siempre has tocado, y sigues haciéndolo, en todo tipo de escenarios: desde las cuevas del Sacromonte al Auditorio Nacional. ¿Cambia la forma de tocar de uno a otro sitio?

No. Cambia mi inspiración y cómo improviso un poco dentro de lo que tengo. Es decir, cambia más el repertorio que cómo lo toco. ¡Me estás haciendo muchas preguntas! Me estás sacando todo el sonido de las cuerdas.

¿Hay algo después de tantos años que no te hayamos preguntado y de lo que te gustaría hablar?

No. Lo más bonito es que salgan las cosas solas. Hablar y reír y decir una tontería y otras veces una cosa clave. Y divertirse, sobre todo.

¿Cuál es el adjetivo que mejor te define?

¿Qué es un adjetivo?

Las palabras que usamos para describir algo: gordo, flaco, alto, bajo, espabilado…

¡Eso, espabilao!

Te has referido a ti mismo varias veces como «antiguo». ¿Te escuchas así o te sientes así?

Yo soy un antiguo moderno. Un antiguo sonorizado moderno.

¿Te preocupa?

No, es algo que sale, porque son cosas que tienes ahí muy dentro, de tu padre, de los años sesenta, y que sacas. Lo bueno es que la gente se da cuenta. Cuando se escucha una guitarra sola o con una voz, se percata de que pasa algo, de que ahí hay algo.

Hace unos años hablabas de que en dos o tres te retirarías. ¿Qué ha sucedido con esa idea?

Me he arrepentido.

¿Por qué lo dijiste entonces?

Porque me dio por ahí. No sé bien por qué. Pero a mí me vais a retirar vosotros. Me encuentro aún andante como para darle más música a mi público y divertirme con todos vosotros.

¿Qué te gustaría que dijeran de ti los periódicos cuando no estés?

Que he aportado algo con mi música y que tengo aficionados que conocen mis toques y la forma que he tenido de tocar. Creo que he aportado muchos tonos sobre el cante, y rasgueos a contratiempo que hoy se hacen, jugando más con el ritmo, que es mi pasión, y de vez en cuando con los silencios. Pido demasiado, pero cuando toco a veces esas cosas me salen…

¿Tocas todos los días?

Sí, aunque sea poquito, toco, no tengo más huevos.

¿Y hay días que se odia la guitarra?

Sí, hay días que no atinas. Pero pocas veces. Siempre ando con una guitarra en la mano. Tengo como veinte y estoy tocando una o cambiando cuerdas en otra.

Y esos días en que se la odia, ¿qué haces?

Pues me voy fuera y me tomo un café o una cerveza. O pongo la televisión un rato. Y luego vuelvo a ella.

¿Como una discusión de pareja?

Claro. Se enfada conmigo, luego vuelvo y la agarro…

¿Y cuando pasa en el escenario?

Pues ahí no puedes pensar en eso, ahí estás metido en el toro. Tienes que pensar en la actuación, a veces con más pureza o menos, según el ánimo que tengas. Aunque siempre salen cosas, detalles importantes.

¿Hablas con tu guitarra?

Sí.

¿Qué le dices?

Pues mira, el otro día le di un porrazo a una, la cogí y la cuidé y le eché un poco de aceite. Como si le pusiera una tirita. Cuando escuché que se había caído la guitarra, que la tiró sin querer mi nieta, fui corriendo asustado y nervioso como si fuese una persona.

Como si se hubiera caído tu nieta…

Exactamente.

¿Y te contesta la guitarra?

A veces.

¿Qué te dice?

Me inspira para dar unos acordes diferentes.

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3 comentarios

  1. El Niño del Llano del Beal

    ¡Pepito resalao! ¿Tacuerdas de cuando venias por La Union con 17 o 18 añicos, tacuerdas de Manoliyo El Congrio, de Rosario La Coja y de mi? Te veo estupendo, chaval yo ya enpiezo a estar jodio y es que son ya 94 el mes que viene. Un abrazo de nuestra parte y palante siempre palante!!

  2. VinoPeleón

    Qué hombre más grande y más puro!
    Gracias por la entrevista!

  3. Qué personajes! Él y sus comentaristas, en especial modo El Niño con sus 94 primaveras. Mi reconocimiento y admiración a ambos.

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