
Es inevitable traer a la memoria, en estos tiempos que vivimos, la película El gran dictador (1940) —que llegó a España en 1976— porque lo que ocurre a nuestro alrededor tiene muchas semejanzas con la historia que nos contaba Chaplin en aquella cinta.
En la más célebre escena, Adenoid Hynkel, dictador de Tomania, aparece en su despacho bailando con un globo terráqueo, lanzándolo al aire, recogiéndolo y saltando, sumido en una muda y, al mismo tiempo, expresiva ensoñación de su anhelo por conquistar el mundo. La coreografía de su danza es perfecta, delicada y totalmente ajena a los horrores que Hynkel y sus acólitos llevan a cabo para conseguir sus objetivos de dominación: mira un punto del planeta, mira otro, gira el globo, toda la Tierra será suya…
Después de Venezuela, Ormuz y Cuba, parece que el foco se dirige ahora a un archipiélago del Atlántico sur que, desde el lado argentino, es conocido como islas Malvinas y desde el anglosajón como islas Falklands. Si no me ayudas como yo quiero, no te ayudo a protegerlas ha sido la última andanada lanzada por este aprendiz de Hynkel —que quiere un nuevo salón de baile porque en su despacho no le cabe el globo— al primer ministro británico que le niega el respaldo del Reino Unido en la cuestión iraní.
La política internacional, tan bien tejida en salones alfombrados desde hace unos cuantos siglos, está sufriendo un bache tremendo. El juego cíclico de guerra y paz no tiene nada de novedoso, pero los avances tecnológicos, las nuevas armas, la propaganda globalizada y la interdependencia mundial nos están llevando a un punto insospechado de inciertas consecuencias. Los futuribles aparecen en el horizonte en forma de grandes nubarrones tan oscuros que nadie se atreve a predecir si después de la tempestad vendrá la calma o si saldrá el sol —y si estaremos para verlo—.
¿Por qué ahora las Falklands? Quizá porque en la guerra que en 1982 enfrentó a Argentina y al Reino Unido, la OTAN tuvo un papel fundamental en el apoyo a uno de sus integrantes, cuando Ronald Reagan ocupaba la Casa Blanca y no dudó en secundar las decisiones de su amiga y aliada Margaret Thatcher. Entonces se consideró de justicia la aplicación del famoso artículo 5 que compromete a los Estados miembros de la organización a la defensa colectiva de cualquiera de ellos que haya sido atacado aunque las islas quedaban fuera del paraguas territorial del artículo.
La situación actual no es la misma porque ni ha habido ataque previo a un socio ni ha habido consenso sobre la conveniencia de una guerra, pero el mandatario republicano, que no sabe cómo desenredar esta madeja, busca a su alrededor una solución a su antojo utilizando las amenazas como dialéctica de combate. No cabe la aplicación del artículo 5, pero da igual: se trata de satisfacer el ego de un emperador sin corona y su cuadrilla de neocapitalistas.
¿Tienen algo estas islas que pueda interesar económicamente a los plutócratas que manejan las finanzas mundiales? ¿Será su posición estratégica o será que, como en un patio de colegio, el dueño del balón no se lo deja a nadie si no le permiten jugar con sus propias reglas?
Nos quedan lejos, pero han dado mucho que hablar
Al archipiélago conocido a lo largo de la historia como islas Sebaldinas, Malouines, Malvinas y Falklands, le pasa como al protagonista de Filomeno a mi pesar —Torrente Ballester, Ed. Planeta, 1988—, que cambiaba su nombre a Ademar de Alemcastre cuando estaba con su abuela portuguesa, pero al cuidado de la abuela gallega era simplemente Filomeno: depende de quién las nombre.
Las islas que lo conforman son hoy uno de los diecisiete territorios que el Comité Especial de Descolonización de la ONU tiene catalogados como de urgente actuación; pero las palabras han servido de poco, como sabemos, y ahí están todavía, por poner otros ejemplos cercanos e irresueltos, los llanitos cruzando al atardecer un paso fronterizo para regresar a sus casas de Manilva y Estepona, o los saharauis en un limbo, ninguneados por unos y apetecidos por otros; así están también los pocos habitantes humanos, más las colonias de pingüinos, lobos marinos, focas y cormoranes de las Malvinas, esperando que lo que parece papel mojado seque algún día, lo que tiene pocos visos de suceder.
¿A quién le importan ahora unas islas situadas en los mares del sur, lejos, muy lejos del hemisferio norte? ¿Se va a reactivar el eterno conflicto sobre su soberanía quizá porque eso conviene electoralmente al amiguito de la motosierra? ¿Son una llave de paso para la explotación de recursos en el Cono Sur y en la Antártida, dada la creencia de que Rusia y China están señoreando Groenlandia? ¿Será que al echar su globo para arriba ha llamado la atención del émulo un punto verde en la parte baja de la esfera?
No es novedoso el interés por establecer allí una base, una colonia o un campamento militar y, para entenderlo, no está de más repasar la trayectoria de este peculiar punto del planeta, maravilloso destino turístico si se viaja en el verano austral, cuando más aprieta el frío por nuestros lares; un lugar donde divertirse escuchando hablar un espanglish muy peculiar, aderezado de galicismos y con acento sureño.
El archipiélago se sitúa entre los paralelos 51° y 52° de latitud sur y a unas 270 millas náuticas (500 km) al este de la Patagonia argentina, de la que es prolongación natural del territorio bajo el mar. Está formado por dos grandes islas separadas por un canal y rodeadas de muchas otras islas e islotes de tamaño mediano y pequeño. Las costas son muy recortadas, con cabos, golfos y algunas bahías naturales que no tienen nada que envidiar a las de Algeciras y Cartagena.
Yo las vi primero
El primero que dijo haberlas visto fue el fantasioso y suertudo Américo Vespucio, que en 1502 escribió una carta a su patrocinador Lorenzo di Pierfrancesco de Médici, sevillano de adopción, contándole su hallazgo, aunque no llegó a desembarcar ni a tomar posesión de aquel territorio.
Unos años más tarde, en 1520, uno de los barcos de la expedición de Magallanes, el San Antonio, al mando del capitán Esteban Gómez, se sublevó contra su comandante (por miedo a adentrarse en aguas tan revueltas) y huyó por la ruta de Guinea; cuando llegó a España, dijo haber fondeado en esas islas, que encontró al paso, y ser su descubridor, aunque nadie le creyó y cayó en desgracia por desobediente.
A pesar de todo, empezaba a sonar que existían, que tenían ciertas riquezas madereras y pesqueras y que estaban bien situadas en el trayecto que comunicaba el Atlántico con el Pacífico; esos rumores las hacían muy interesantes como puerto de paso, de reparación de naves, descanso y avituallamiento, lo que animó al obispo de Plasencia a enviar una expedición al mando de Alonso Camargo, que tomó posesión del archipiélago para España el 4 de febrero de 1540.
Su primer propietario fue, pues, el emperador Carlos V, que concedió los derechos de explotación de los nuevos territorios a Gutierre de Vargas, el antedicho obispo.
Al olor de las riquezas que los españoles extraían del Nuevo Mundo aparecieron por allí los primeros barcos ingleses y holandeses. El corsario Richard Hawkins en 1594 y un tal John Davis en 1592 merodearon por el archipiélago, aunque ninguno de los dos llegó a desembarcar; sí lo haría una expedición holandesa en 1600 al mando del capitán Sebald de Weert que, creyéndolas mostrencas, las bautizó como islas Sebaldinas, una denominación que permaneció para los habitantes del país de los tulipanes hasta bien entrado el siglo XIX.
En 1690, John Strong, un capitán británico, navegó el estrecho que separa las dos islas mayores, bautizándolo como Falkland Sound —en honor al quinto vizconde de Falkland, que había financiado la expedición—, el mismo canal al que los españoles llamaban estrecho de San Carlos teniéndolo como propio y poniendo en evidencia que todo el que se atrevía a llegar hasta allí se consideraba dueño de la parte que descubría o de los puertos en los que desembarcaba.
A españoles, ingleses y holandeses se sumaron los franceses, que, procedentes en su mayoría de la población de Saint-Malo (Bretaña), se instalaron de forma permanente en 1764 en lo que pasaron a denominar islas Malouines, en honor a su pueblo. El asentamiento fue dirigido por Louis Antoine de Bougainville, que lo repobló con acadienses, gentes procedentes de Canadá a quienes se concedían tierras y derechos sobre los puertos y los pesqueros, sobre todo balleneros.
Los acadienses fundaron una colonia en nombre del rey Luis XV —Puerto San Luis— en la isla oriental, a la que llamaron Soledad. El rey Carlos III se sintió entonces muy molesto con su primo por no respetar este los Pactos de Familia ni la posesión española y, para postre, los ingleses habían establecido en la misma época una colonia llamada Puerto Egmont en la isla occidental. Esta presión por levante y por poniente hizo que Carlos III tomara cartas en el asunto y enviara una expedición al mando del burgalés Felipe Ruiz Puente. En octubre de 1766 se creó la Gobernación de las Islas Malvinas —castellanizando el nombre francés— mediante una real cédula.
Los franceses, para no entrar en conflicto armado, reclamaron una indemnización para marcharse, dinero que recibió el propio Bougainville reconociendo en el recibo que se habían colado en un territorio que no era suyo:
Don Luis de Bougainville, coronel de los ejércitos del Rey Cristianísimo. He recibido seiscientos diez y ocho mil ciento y ocho libras, trece sueldos y once dineros, que importa un estado que he presentado de los gastos que han causado a la Compañía de San Maló las expediciones hechas para fundar sus intrusos establecimientos en las Islas Malvinas de S. M. C. (Su Majestad Católica).
Ruiz Puente gobernó de manera efectiva hasta 1773; después de que los franceses dejaran la isla Soledad, construyó una ciudadela, reforzó las defensas, expulsó a los ingleses de Puerto Egmont y organizó un mando único para todo el archipiélago.
La gobernación quedaba vinculada al Virreinato del Río de la Plata y permaneció en manos españolas hasta 1811, cuando se inició la independencia argentina, en plena guerra de la Independencia española. Los recursos no daban para mantener también un sistema defensivo en un archipiélago tan lejano y aquello se dejó perder.
Los argentinos se hicieron los dueños y repoblaron las islas con gentes de la Patagonia que se dedicaron a la pesca y a la cría de ganado. Pronto regresaron los ingleses: en 1833 tomaron el antiguo Puerto Egmont y, a partir de 1834, las islas se convirtieron en una colonia británica más, poblada por gentes diversas como gauchos rioplatenses, indígenas uruguayos, algunos neerlandeses, alemanes e irlandeses que no sumaban en su conjunto más de seis decenas de almas y a la que añadieron, en años sucesivos, un contingente de pastores escoceses que llegaron con sus ovejas lanudas. A finales del siglo XIX se calcula que vivían en el archipiélago unas 470 personas (según censos eclesiásticos), contando a los militares encargados de su defensa.
El conflicto por su pertenencia ha sido permanente; los argentinos han reclamado su propiedad desde entonces, acudiendo incluso a la mediación de la ONU, que en 1965 aprobó una resolución en la que se instaba a ambos países a buscar un acuerdo negociado (de éxito nulo, como sabemos).
La situación se desbordó en abril de 1982 cuando la dictadura argentina, bajo la presidencia de Leopoldo Galtieri, en un subidón de nacionalismo, ordenó al Ejército la recuperación del archipiélago. Reino Unido no se arredró: la Dama de Hierro —a la que no le tembló el pulso para ello, pero que apareció llorando en televisión porque su hijo Mark se había perdido en el Sáhara— envió tropas de inmediato para defender la soberanía británica, contando con el apoyo de sus aliados; estalló así una guerra que duró 74 días y en la que murieron 255 ingleses y el triple de argentinos, una derrota que no se ha asimilado y que mantiene las aguas diplomáticas en una calma tensa.
Y ahora, ¿qué?
Los británicos se ven forzados a seguir enviando tropas continuamente para mantener las guarniciones y proteger la soberanía sobre el archipiélago. La Patagonia, tan cercana, es fuente de recursos naturales cuya explotación interesa a los chinos, que ya anduvieron negociando con la anterior Administración argentina, y la Antártida podría ser un buen emplazamiento para algo más que expediciones científicas.
Cuáles puedan ser los motivos por los que ahora se ha fijado la atención en las Falklands es algo difícil de predecir. Las amenazas que se lanzan al Reino Unido por no haberse sumado ciegamente a una guerra pueden ser una pataleta o pueden esconder algo detrás; habría que preguntarse a quién beneficia esta nueva invectiva.
Uno de los argumentos que se esgrimen desde el Gobierno estadounidense y que causa mucha perplejidad —cuando se va a celebrar el 250 aniversario de su independencia— es que consideren un atavismo que los europeos todavía mantengan algunos dominios en otros continentes, obviando que las nuevas formas de colonialismo en el siglo XXI ya no pasan por tirar unos trabucazos y repoblar con pobres de necesidad.
En el clímax de su danza, Hynkel salta con agilidad sobre una mesa para volver después a bailar sobre el suelo; el globo sube cada vez más alto hasta que al final de la escena cae pinchado. La ensoñación se transforma abruptamente en confusión, en una mueca que refleja extrañeza, turbación y… Para recordar el desenlace, mejor ver la peli otra vez.







