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La invasión de los músicos invisibles

Ilustración de Pablo Amargol la invasión de los músicos invisibles
Ilustración de Pablo Amargo.

Este artículo es un adelanto de nuestra nueva revista Humanismo Digital 3, ya disponible en nuestra tienda online.

He tenido que oír cosas que no creerías. A Brian Johnson de AC/DC masacrando el hard rock al cantar «Thunderstruck» como si fuera funk, al Fary darle a «La Mandanga» un estilo Motown, a un vaquero country de voz rasposa cantando frases motivacionales de taza, a un cantautor de rock melódico capaz de dormir a una vaca, y a una diva negra con canciones tan semejantes entre sí que, de no ser por las letras, jurarías que ha grabado el mismo tema una y otra vez. Parecen cantantes reales lanzando temas de estudio o maquetas inéditas, pero es la inteligencia artificial quien ha generado este torrente musical, ella y el aluvión de personas que intenta ganarse la vida saturando los canales de streaming con sus creaciones musicales asistidas. Bienvenidos a la era de las melodías sin talento. Bienvenidos a la invasión de los músicos invisibles.

El estallido de música hecha con IA que acaba de producirse no es resultado de un grupo de músicos empoderados que, gracias al software, se saltan a la industria y a las productoras para ir directos a las listas de éxitos, aupados por algo tan democrático como el gusto personal de las masas. Bonito discurso de marketing, pero la realidad es que el tsunami se debe al extremo perfeccionamiento de Suno, un generador de música con IA creado por una empresa de Massachusetts en 2021. Su última versión permite generar una canción eligiendo entre cualquier estilo musical: rock, gospel, disco, metal, reggae, pero también electropop bengalí o dreamy bubblegum dance (?). Basta proporcionar una descripción verbal para que Suno genere la letra, la música, las fotos del cantante o grupo y hasta un vídeo para acompañar el tema. Es el ChatGPT musical, y los resultados son apabullantes para quienes no somos músicos, pero también para quienes lo son. De Paul McCartney a Juanes, de T-Rex a Luz Casal han señalado que la IA deshumaniza el arte, que engaña al público despreciando el esfuerzo y la trayectoria de los músicos humanos, pero ninguno cuestionó la calidad de su resultado. Y es que no pueden, porque composición, melodías, tonos, voz, todo es técnicamente perfecto, como solo sabría hacerlo una máquina. Naturalmente, esto amenaza el modo de vida de los músicos, como ellos mismos señalaron hace un año en la carta pública firmada por doscientos artistas y agrupados bajo la Alianza para los Derechos de los Artistas, ARA, donde avisaron que esto será catastrófico para que sigan creando y que debe pararse este asalto a la creatividad humana. Jon Bon Jovi o Manuel Carrasco, Aerosmith o Luis Fonsi están entre sus firmantes.

La IA es mala para los músicos, mala para quienes nos gusta la música, pero no mala para la industria. Nada lo ilustra mejor que el reciente acuerdo que acaban de firmar Warner y Suno, después de que la discográfica denunciara a la tecnológica por usar sin permiso para entrenar su IA muchas de las canciones de su catálogo sujetas a derechos de autor. La discográfica ha decidido retirar la demanda por la que pedía quinientos millones de dólares y asociarse con la tecnológica, de la que recibirá ingresos licenciando las canciones de los músicos a los que representa. Es decir, ahora el usuario de Suno podrá imitar el estilo y la voz de cualquier artista Warner pagando una licencia, y ese músico recibirá una pequeña compensación por ello.

Se solventa un problema que la propia empresa de IA recalca en su página al advertirte que evites copiar a otros músicos, porque canales como YouTube o Spotify y distribuidores en general bloquean cualquier creación que parezca infringir derechos de autor e impiden al creador del canal seguir publicando. Este nuevo acuerdo resuelve ese problema y supone la definitiva uberización de los músicos, de los consagrados que recibirán unos míseros derechos de quienes les imiten con una IA, y también de los creadores que usen plataformas como Suno. La uberización o precarización comienza desde las mismas condiciones de uso de la IA, donde se te advierte que, si eliges el modelo gratuito, no puedes explotar comercialmente tus creaciones musicales, que en ese caso quedan además como propiedad de la empresa, no son tuyas. Si pagas el servicio de suscripción sí, y con el acuerdo con Warner quizá hasta puedas dar un pelotazo imitando a un músico de éxito y convirtiéndote en uno de los nuevos músicos invisibles.

Los primeros invisibles en conseguir un éxito fueron The Velvet Sundown, un grupo de folk rock sobre cuya calidad y éxito la revista musical de referencia, Rolling Stone, fue la primera en informar. Habían surgido de la nada, grabado tres discos en un mes y, en ese mismo plazo, conseguido un millón de seguidores. A partir de ahí, los elogios se multiplicaron, comparándolos a Creedence Clearwater Revival, considerada una de las mejores bandas de rock de la historia. Pronto el interés de los fans por saber más de ellos desveló incoherencias en sus biografías, descubriéndose que era un grupo generado por IA. Su supuesto creador real concedió entrevistas a Rolling Stone y The Washington Post defendiendo su manera de crear para ser desmentido pocos días después por el creador real, quien se quejó de que le estaban suplantando, pero sin querer desvelar su identidad real.

Aún seguimos sin saber quién está detrás de The Velvet Sundown, y así sucede con la mayoría de creadores de música con IA. Mis esfuerzos por contactar tanto con los creadores que ocupan números uno en las listas de Spotify como con otros mucho más modestos han sido infructuosos. Ni aquí en nuestro país, ni en Estados Unidos, ni en el Reino Unido, y parece que lo mismo les ha pasado a muchos compañeros de profesión. El esfuerzo de todos estos músicos invisibles por ocultarse no puede ser casual, creemos que lo hacen para evitar demandas, ya que muchos usan canciones y voces de otros como base. Que Warner haya llegado a un acuerdo no les pone a salvo, hay otras acciones legales emprendidas por asociaciones de artistas y queda por saber cómo se resuelven. Si fallan en su contra, lo más inteligente habrá sido hacer caja sin revelar quién eres y luego borrar tu usuario de Spotify o YouTube para eludir responsabilidades, coger el dinero y correr.

El autor del segundo pelotazo de la música hecha con IA también ha abrazado la invisibilidad. Es Breaking Rust, un cantante de country que alcanzó el número uno de la lista Billboard en EE. UU., puesto ocupado en el pasado por Johnny Cash o Dolly Parton. Su foto y letras no pueden ser más tópicas: chaqueta vaquera, sombrero cowboy, pañuelo al cuello, hogueras en el campo, horizontes lejanos, carreteras rurales y lirismos como «caigo, pero me levanto con los vaqueros embarrados, no vendo mi alma para sentarme a tu mesa, puedes matar mi fuego, pero no mi alma». ¿En serio, vaquero? Son tan genéricas y cutres que seguramente hayan sido creadas por Suno. Pero más cutre aún es Aubierre Rivaldo Taylor, nombre del que parece ser el creador de Breaking Rust, y que ya intentó monetizar sus creaciones en el pasado, con canciones country porno —al parecer ese género existe— y de country convencional con las que no triunfó. No es que este invisible haya dado la cara y dicho abiertamente quién es, sino que el rastro que ha dejado en internet no es difícil de rastrear.

El tercer invisible de éxito ha sido la poetisa —así es como se califica a sí misma— Telisha Nikki Jones al firmar un contrato por tres millones de dólares con el sello Hallwood Media para que represente a la cantante de IA que ha creado, Xania Monet. Este avatar canta sus poemas y tiene el aspecto de una mujer negra a medio camino entre el mundo de Roger Rabbit y los grupos de adictas a las operaciones de cirugía estética. Dado que la poetisa concede entrevistas podría parecer que no es una invisible, pero nunca ha aparecido con su fotografía, sino con la de su avatar. Tiene treinta y dos años, se definía en sus redes como emprendedora, ahora reivindica a ultranza su condición de artista y explica que el uso de la IA solo es una herramienta para expresarse y, por tanto, no invalida su creación, puramente humana.

Las letras de las canciones de Xania Monet hablan del modo de vida y de la problemática de las personas afroamericanas —para nosotros negras— en EE. UU. y, concretamente, de los problemas en el amor, no solo con sus parejas, sino con sus padres y familiares. Digamos que, en ese segmento de la población estadounidense, el maltrato, el acoso, la violencia y el machismo están generalizados y, al contarlo de forma directa, la poetisa ha encontrado su público. El éxito country de Breaking Rust tiene una razón similar: el tono de voz rasposo del cantante inventado es muy de macho duro, sus letras una pura resignación a seguir viviendo por jodida que sea la vida, puro mito country. En cuanto a The Velvet Sundown, su creador se pegó desde el principio a una lista muy popular en Spotify, Best of Vietnam, música de los sesenta y los setenta relacionada con esa guerra, en la que iban entrando más y más temas clásicos entre los que, de pronto, aparecieron algunos de los suyos. La lista desapareció y hoy existe con otros nombres. Tengo la firme sospecha de que su creador la inició y, cuando se hizo muy popular, metió además su falsa banda, empleando esta estrategia para atraer oyentes y triunfar. Esto subraya una característica propia de la música hecha con IA, y es que, si escuchas los temas seguidos, como un disco, suenan vacíos y repetitivos, pero entrelazados en listas con canciones de artistas humanos parecen formar parte de ese todo y ser igual de buenos.

Rosalía ha dicho que se sintió decepcionada por el resultado de probar la IA para su disco Lux, y está bien que una música famosa del top de ingresos declare abiertamente que esto es lo que pasa. Podemos decirlo los especialistas en escribir, los ilustradores, los pintores, los músicos, cualquier profesional con talento dedicado a una tarea creativa. La IA aporta oficio a los mediocres, pero ni de lejos mejora la creación de los veteranos. Pero si la música humana sirve al alma y al inconsciente, la generada por IA sirve al algoritmo, a las tecnológicas y a las plataformas de streaming: a ellas les da lo mismo si escuchas bazofia o temazos mientras mantengas tu atención ahí, y eso fomenta la aparición de más y más músicos invisibles.

El tsunami de producción es brutal: la revista Billboard ha calculado que los usuarios de Suno generan cada dos semanas el equivalente a todo el catálogo actual de Spotify, o sea, siete millones de canciones diarias. La capacidad de destrucción de músicos humanos también es bestial: la SGAE calcula que, en 2028, sus autores habrán visto reducidas sus ganancias en un veintiocho por ciento desplazados por las creaciones de IA, y los músicos emergentes tendrán cada vez más difícil lograr oyentes dentro de esta marea. España no es ajena al fenómeno. Aparte de la multitud de creadores individuales que ya se encuentran en Spotify, la discográfica española All Music Works, recién creada, tiene por objeto representar únicamente a los músicos de IA que ella misma genera. Carlos Zehr, su fundador, afirma que la tecnología no es una herramienta, sino una fuerza creativa, y que usándola se puede revolucionar el arte. Planea crear conciertos con sus músicos IA mediante proyecciones holográficas en las que cantarían y bailarían en directo, como en un vídeo. No habrá diferencia entre humanos y generados con IA si su música triunfa.

Otro síntoma más de que la música de IA y sus músicos invisibles van a seguir expandiéndose porque sirven bien a los algoritmos y porque pueden conquistar los gustos del público. Lo que de momento tiene difícil la IA es conquistar los corazones como lo hacen los creadores humanos, basta ponerse a escuchar sus canciones en bucle para apreciar lo vacías y huecas que suenan. Aunque a estas alturas sería de soberbios o de ingenuos afirmar que no conseguirán nunca equipararse a los humanos, y ahí está el gusto del gran público abriendo la puerta a que así sea. La verdadera pregunta es si quedarán músicos visibles, humanos, que nos remuevan el alma cuando la IA lo haya saturado todo con su mediocridad. Quizá para entonces los músicos reales tendrán que meter sus canciones entre las de IA y cruzar los dedos a ver si llaman la atención colándose entre las creaciones generadas. Como un día hizo The Velvet Sundown, pero al revés.

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