178 pulsos por segundo

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Foto: Simon Fraser University. (CC)

Este texto ha obtenido el segundo premio en el concurso DIPC de divulgación científica de Ciencia Jot Down 2019.

Estaba trabajando el día que le rompieron el corazón.

Tarareaba distraído no sé qué canción, un murmullo constante que se había transformado ya en el hilo musical de aquella mañana en el departamento de Biología de la Universidad Simon Fraser, en Canadá. Estaba tenso. Sabía que hoy era un día importante y que él desempeñaba un papel fundamental en el éxito de la investigación. Tarareaba insistente mientras Gerhard Gries, director del estudio, se concentraba en ultimar los preparativos del experimento y un poco más allá, un estudiante de PhD hundía el flequillo en la pantalla del móvil.

Ajeno a su murmullo y a las tareas de Gries, el doctorando diseñaba cuidadosamente su perfil de apareamiento, tratando de anticipar qué rasgos resultarían más atractivos a sus pares femeninos. Si jugaba bien sus cartas, lograría hacer match y podría iniciar el rito de mensajería que le llevaría, con suerte, al encuentro físico. Cuando estuvo satisfecho con el elaborado sistema de comunicación sexual que había creado, comenzó a deslizar la pantalla, casi siempre a la derecha, filtrando a toda velocidad a sus potenciales compañeras.

La espera se alargaba. Su murmullo de impaciencia estaba a punto de empezar a ser molesto para sus compañeros cuando, de pronto, algo invadió el límite de su ojo izquierdo e instintivamente le hizo girar. Inmediatamente un nuevo haz de luz impacto en su visión, cegándole de dorado unas milésimas de segundo e interrumpiendo definitivamente el tarareo. Un nuevo brillo, delgado pero certero, le golpeó desde el otro lado de la habitación. Varios más le deslumbraron. Al otro lado, ella. Oculta a plena luz.

Se giró hacia sus compañeros. El portátil estaba encendido y Gerhard, ocupado. El estudiante seguía matando moscas a cañonazos en su app de citas, con la vista clavada en los parpadeos del móvil. Aparentemente nadie se había percatado del extraño cortejo que acababa de iniciarse y que le atacaba sin tregua.

El reflejo, rosa y verde de alquitrán, volvió a cegarle. Le buscaba. Él, deslumbrado de púrpura y plata, no podía verla, pero empezaba a imaginarla. En pocos segundos adivinó su juventud, perfiló su intención e intuyó su sexo. Ella insistía. Retaba y suplicaba a la vez. Jugaba a torturarse desde el otro lado de la habitación, con un arma tan fina y etérea que era invisible para los otros. Una danza de luces, solo para él. El código morse de un reflejo en el agua.

Comprendió que habían iniciado una conversación privada. Un juego con un único final posible. Casi juró que su sangre, siempre fría, comenzaba a templarse. A veces, muchas —demasiadas—solo saberse objeto de deseo bastaba para despertar los instintos. Ella le reclamaba. Él quería complacerla.

Los pulsos de luz, cada vez más apresurados. Tal vez seguían el ritmo de la respiración de ella. Tal vez el movimiento de su cuerpo, también acucioso, también invisible para todos los demás. Él obedecía el compás y aceleraba su pulso con cada nueva estela de plata. Deseaba arrojarse —mejor dicho, ya se había arrojado— a una escalada irrefrenable de intensidades, de luces, de golpes. Avanzó hacia ella, completamente ciego.

Avanzó. Y en el mismo segundo en que posó sobre ella una de sus patas, peludas y pegajosas, se sintió estafado. Las sedas de su cuerpo no percibieron la humedad que esperaba. Ni temperatura, ni olor. Frotó sus patas con fuerza, con rabia, como quien sacude un mal pensamiento. Frotó para que nada se interpusiera entre su tacto y el de ella. Trató de sentirla. Nada.

Ella —una esfera negra, reluciente, atérmica— continuaba emitiendo impasible 178 destellos de luz LED por segundo. Imitaba, descarada, la forma en que las hembras jóvenes comparten sus perfiles de apareamiento, reflejando la luz del sol en sus alas para atraer a los machos. Ella, que había comunicado hábilmente su disposición a la cópula, se apagó dejándole sin respuestas.

Gerhard avanzó sonriente hacia ellos. Acababa de demostrar que la frecuencia de los destellos de luz, y no cualquier otra característica morfológica, era la señal de apareamiento de las moscas. ¡Es más, había conseguido atraer a un macho incluso en ausencia de moscas hembra reales! «Esto explica la baja propensión de apareamiento de las moscas en los días nublados», proclamó satisfecho, «¡las moscas son más atractivas en los días de sol!».

Foto: Simon Fraser University. (CC)

Él, aferrado aún a la traicionera esfera negra, trataba de entender. Sus ocelos, cegados de amor, no podían ver a Gerhard, ni cómo sus pupilas chispeaban de admiración ante la inmensa velocidad de procesamiento de los fotorreceptores que le habían hecho volar, al instante, hacia su pareja perfecta.

Gerhard, antropólogo frustrado y entomólogo de profesión, se volvió de pronto hacia el estudiante, que deslizaba impasible la pantalla de su móvil. Siempre a la derecha. «Chico, la próxima vez que te tomes una selfi para tu perfil de citas, asegúrate de tener buena iluminación. Si algo hemos aprendido de las moscas es que una buena iluminación puede ser de gran ayuda para encontrar la pareja que has estado buscando».

Levantó la vista del móvil sin dejar de mover el pulgar y Gries siguió reflexionando en voz alta. «Los humanos, como las moscas, son muy buenos filtrando información a gran velocidad y también usan un elaborado sistema de comunicación sexual para filtrar candidatos incompatibles». Ellas, pensó, baten sus alas para lograr 178 Hz de luz; ellos, 212. Ellas aumentan el número de fotografías en el perfil para presentarse ante el sexo opuesto, mientras buscan en ellos biografías nutridas. Ellos, casi siempre con biografías vacías, buscan hembras fotogénicas.

En total, 26 millones de matches al día entre 50 millones de usuarios. Eso son más de 9000 millones de coincidencias al año, calculó Gerhard mirando de nuevo al estudiante y tratando de adivinar el número exacto de hembras decepcionadas al comprobar que su elección sistemática no se sustentaba en las características reales del sujeto. Volvió a centrar su atención en la esfera negra y en el pequeño don Juan que aún posaba sobre ella. Respiró aliviado y complacido. En la naturaleza en cambio, el mecanismo de las primeras impresiones funcionaba a la perfección y, afortunadamente, nunca, nadie, resultaba decepcionado.

Foto: Simon Fraser University. (CC)

Este artículo está basado en el estudio de Courtney Eichorn et al. (2017) «How flies are flirting on the fly», BMC Biology: DOI 10.1186/s12915-016-0342-6; en las declaraciones de uno de sus autores, Gerhard Gries, recogidas en el artículo «Flirting on the fly: humans can learn a thing or two from blow flies about attraction on dating apps» (14 de Febrero de 2017) en la web de la Universidad Simon Fraser; y en el estudio de Gareth Tyson, Vasile C. Perta, et al. (206) «First Look at User Activity on Tinder».

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2 comentarios

  1. Me apena el destino de estos insectos de compañía domésticos que engañamos utilizando el común instinto sexual. ¿Qué diríamos nosotros si la señorita que nos guiña el ojo insinuante, al momento del contacto comprobáramos que es un artefacto? (Bromeo, pero no tanto) Muy buena divulgación.

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