
Baroja, el eterno paseante
Yo, al hacerme viejo, he perdido, como todos los viejos, mis condiciones de buen paseante.
Con esta aseveración se retrataba Pío Baroja a sí mismo como parte de los paseantes que rondan las ciudades, aunque la vejez intentara postrarlo en la cama y apartarlo de las callejuelas y las rondas, los verdaderos escenarios de su vida y obra. Un precursor de lo que el género gonzo aportaría al mundo: una visión del periodismo en que el autor actúa como protagonista, influye, transmuta y convierte la crónica en una ficción real, acaso el más peculiar oxímoron.
Baroja nació en San Sebastián en 1872, pero se trasladaría pronto a Madrid con su familia, ciudad que acogería sus muchos escarceos nocturnos, como el propio autor se jacta, «de noche parece que se siente uno más libre, menos atado a las convenciones sociales». Estudiaría medicina, pero acabaría por trabajar en la panadería de su hermano, la ahora famosa Viena-Capellanes, que le granjearía no pocas bromas entre sus coetáneos literatos: «Un autor con mucha miga», señalaría Rubén Darío. Y escribiría mucho durante su vida, que habría de terminar a la nada desdeñable edad de ochenta y tres años, recibiendo la visita de Ernest Hemingway, quien diría que el Nobel debiera haber sido para este madrileño de origen vasco.
De la vida rural a la gran ciudad, pasando por sus viajes a Europa, se adivina en la literatura de este autor un alma nómada. Su producción resultó excelsa entre novelas, cuentos, artículos de opinión y obra teatral. La editorial La Felguera recupera ahora con ayuda de su heredero, Pío Caro Baroja, algunos de los textos del autor que tienen que ver con el vagabundeo, la descripción de la vida en la ciudad, su encuentro con Oscar Wilde en París y su deambular por el Whitechapel de Jack el Destripador. Un recorrido de periodismo gonzo en el que Baroja retrata una sociedad europea y española a lo largo de cincuenta años de escritos y que la editorial afincada en Madrid titula Las calles siniestras, antología del eterno paseante, y acompaña con un excelso estudio introductorio y un interesante repertorio de material fotográfico.
El gonzo
Y es que de periodismo gonzo andaba llena la España de principios del siglo XX, aunque la historia no lo haya reconocido como tal y señale a Hunter S. Thompson como culpable de una narrativa de ensayo cercana a la autobiografía, que retrata el mundo como es y al escritor como parte activa de este proceso de retrato. En esto tienen mucho que decir los textos de Baroja. Asistimos a un pormenorizado análisis de la sociedad española de primeros de siglo, en los convulsos años entre la monarquía, la república y el golpe de Estado, para encontrarnos con los restos de una nación orgullosa que aún conserva el recuerdo de tiempos mejores. Un Madrid pobre y divido; cuenta el autor: «Al Manzanares, le pasa como al paisaje madrileño; hacia el norte, hacia los alrededores del Puente de los Franceses, tiene aire goyesco y velazqueño; en cambio, en las proximidades del Canal, es feo, trágico, siniestro, maloliente; río negro que lleva detritos de alcantarillas, fetos y gatos muertos». ¿Y cómo recoge estas terribles descripciones de una vida madrileña sumida en la oscuridad y el hambre? Pues tal y como Thompson recogería años después las crónicas de los Hell’s Angels. Arremangándose y metiendo la cabeza hasta el fondo en el fango. Quizás no fue tan lejos como el periodista americano, pero en Baroja, así como en Mariano José de Larra, me atrevo a decir, vemos los orígenes de un periodismo especial, subjetivo, una narración viva que no cobra fuerza hasta que el periodista se inmiscuye en la noticia.
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