Baroja gonzo

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Pío Baroja curioseando en El Rastro madrileño, 1950. La fotografía está dedicada a Sebastián Miranda. ABC. Fotografía vía La Felguera.

Baroja, el eterno paseante

Yo, al hacerme viejo, he perdido, como todos los viejos, mis condiciones de buen paseante. 

Con esta aseveración se retrataba Pío Baroja a sí mismo como parte de los paseantes que rondan las ciudades, aunque la vejez intentara postrarlo en la cama y apartarlo de las callejuelas y las rondas, los verdaderos escenarios de su vida y obra. Un precursor de lo que el género gonzo aportaría al mundo: una visión del periodismo en que el autor actúa como protagonista, influye,  transmuta y convierte la crónica en una ficción real, acaso el más peculiar oxímoron. 

Baroja nació en San Sebastián en 1872, pero se trasladaría pronto a Madrid con su familia, ciudad que acogería sus muchos escarceos nocturnos, como el propio autor se jacta, «de noche parece que se siente uno más libre, menos atado a las convenciones sociales». Estudiaría medicina, pero acabaría por trabajar en la panadería de su hermano, la ahora famosa Viena-Capellanes, que le granjearía no pocas bromas entre sus coetáneos literatos: «Un autor con mucha miga», señalaría Rubén Darío. Y escribiría mucho durante su vida, que habría de terminar a la nada desdeñable edad de ochenta y tres años, recibiendo la visita de Ernest Hemingway, quien diría que el Nobel debiera haber sido para este madrileño de origen vasco. 

De la vida rural a la gran ciudad, pasando por sus viajes a Europa, se adivina en la literatura de este autor un alma nómada. Su producción resultó excelsa entre novelas, cuentos, artículos de opinión y obra teatral. La editorial La Felguera recupera ahora con ayuda de su heredero, Pío Caro Baroja, algunos de los textos del autor que tienen que ver con el vagabundeo, la descripción de la vida en la ciudad, su encuentro con Oscar Wilde en París y su deambular por el Whitechapel de Jack el Destripador. Un recorrido de periodismo gonzo en el que Baroja retrata una sociedad europea y española a lo largo de cincuenta años de escritos y que la editorial afincada en Madrid titula Las calles siniestras, antología del eterno paseante, y acompaña con un excelso estudio introductorio y un interesante repertorio de material fotográfico. 

El gonzo

Y es que de periodismo gonzo andaba llena la España de principios del siglo XX, aunque la historia no lo haya reconocido como tal y señale a Hunter S. Thompson como culpable de una narrativa de ensayo cercana a la autobiografía, que retrata el mundo como es y al escritor como parte activa de este proceso de retrato. En esto tienen mucho que decir los textos de Baroja. Asistimos a un pormenorizado análisis de la sociedad española de primeros de siglo, en los convulsos años entre la monarquía, la república y el golpe de Estado, para encontrarnos con los restos de una nación orgullosa que aún conserva el recuerdo de tiempos mejores. Un Madrid pobre y divido; cuenta el autor: «Al Manzanares, le pasa como al paisaje madrileño; hacia el norte, hacia los alrededores del Puente de los Franceses, tiene aire goyesco y velazqueño; en cambio, en las proximidades del Canal, es feo, trágico, siniestro, maloliente; río negro que lleva detritos de alcantarillas, fetos y gatos muertos». ¿Y cómo recoge estas terribles descripciones de una vida madrileña sumida en la oscuridad y el hambre? Pues tal y como Thompson recogería años después las crónicas de los Hell’s Angels. Arremangándose y metiendo la cabeza hasta el fondo en el fango. Quizás no fue tan lejos como el periodista americano, pero en Baroja, así como en Mariano José de Larra, me atrevo a decir, vemos los orígenes de un periodismo especial, subjetivo, una narración viva que no cobra fuerza hasta que el periodista se inmiscuye en la noticia. 

Las calles siniestras, antología del eterno paseante. Fotografía: La Felguera.

El retrato que Baroja hace de la España negra, la de los suburbios, no es tan distinta del retrato oscuro de ficción que elaboró el británico M. G. Lewis en su novela gótica del siglo XVIII El monje, donde un Madrid deforme y siniestro se rinde a la maldad y la superstición. Pero no se queda en las fronteras conocidas y la obra de Baroja recoge en esta nueva edición su particular visión de la Europa que abandona la época victoriana. Un París que despedía el siglo, en donde vivía por aquel entonces su último año un demacrado y solitario autor: «Vi pasar a Oscar Wilde por el bulevar con aire gigantón acromegálico, vestido de gris, con aspecto cansado, solo, los bolsillos llenos de periódicos […]». Acude también, con solo una década de diferencia, al barrio en que Jack el Destripador cometió sus crímenes, para encontrarse con las huellas de Charles Dickens, con las callejuelas oscuras y siniestras donde había nacido la bohemia, con la inmensidad de un Támesis casi negro y la niebla que cubría el barrio de Bloomsbury en que se alojó. Huyó de las tertulias de escritores por saberse ajeno a todo lo que olía a ricachones jugando al arte, y se lamentó de no haber coincidido con Arthur Conan Doyle, padre de Sherlock Holmes. 

Lo más interesante, sin embargo, viene en las descripciones de las gentes, de los pueblos, de lo humano. Baroja, además de paseante, era buen conversador y no temía relacionarse con desconocidos. Si acudimos a algunas de sus más celebérrimas obras, como La busca o El árbol de la ciencia, nos encontramos con una cínica mirada hacia las clases más pobres. Baroja nunca escondió que era un escritor del arrabal, de pie de calle, e incluso se temió que no acudiera bien vestido a la ceremonia por su ingreso en la Academia Española, en 1934. Esta actitud le llevó a retratar, como hiciera Francisco de Goya con sus pinturas negras, una visión sin edulcorar de la España pobre; de la revolución social y cultural que se quedaba a medio gas, o que llegaba sin fuerza a las clases más bajas, donde la suciedad, el analfabetismo y la vileza se mezclaban con el honor, la camaradería e incluso el amor. Recuerda el autor cómo durante uno de sus viajes, en París, se le recomienda no deambular por algunas calles al caer la noche. Si se ve en apuros, le recomiendan, que diga usted que es español. Ese aire de belicosos parece que tuvimos en Europa, aunque quizás, reflexionan lector y autor, sea más acertado decir que un aire de nada que perder nos envolvía a finales del siglo XIX. Baroja cuenta cómo se encuentra paseando cuando un hombre lo persigue, termina el autor por coger a este de las solapas y espetar: «¿Qué quiere usted? ¡Yo soy español!», forzando así la huida del ladrón. Y en ese curioso episodio se destila, tal vez, la esencia de toda una nación. De estos detalles se encuentran plagadas las obras de Baroja alejadas de la ficción, acaso las ocurrencias y rabietas de un autor apegado a la palabra escrita como único medio de entender el mundo. En estos ensayos nos encontramos con el Baroja personal, con una voz que barrunta una verdad, la suya propia, y que emite juicios y se aleja de la objetividad periodística. Pues el mundo, parece querer apuntar este discurso, solo tiene sentido si lo analizamos. Y el mundo particular es de cada cual. 

Un último paseo 

Pío Baroja falleció el 30 de octubre de 1956 en Madrid, a causa de la arterioesclerosis. Un año antes se tomó la fotografía que cierra esta recopilación de ensayos y artículos del autor. Su último paseo por el parque de El Retiro, frente a cuya puerta del Ángel Caído se encuentra hoy día la estatua homenaje a Baroja. En esta fotografía se observa al autor mirando hacia la lejanía, abrigado por un abrigo viejo y con su habitual boina. La pintora Palmira Abelló, amiga de Baroja, se encuentra subida al borde de una fuente y lee una de las obras de Pío Baroja. Se adivina, en la cara del autor de más de ochenta años, una sonrisa. El periodista Jaime Arias escribiría, durante su visita al hospital, al ver al autor sin su característica prenda: «La boina era el símbolo. Es como si hubiera dejado de ser don Pío».

Las calles siniestras, antología del eterno paseante. Fotografía: La Felguera.

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