El fin de la risa (II)

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«The Funniest Joke in the World» en Monty Python’s Flying Circus. Imagen: BBC / Python (Monty) Pictures.

(Viene de la primera parte)

El fin de la risa es categorizar

La risa es una herramienta taxonómica básica y afilada. Un ejemplo claro es comprobar cómo sirve para caracterizar a las personas religiosas. Son nutridas las evidencias de que los religiosos no aprecian el humor. Evidencia inapelable son las intrigas de la película El nombre de la rosa para ocultar un libro de chistes. Entre la solemnidad del culto y la sacralización de las creencias, tenemos un caldo de cultivo poco apropiado para el humor, sea este transgresor, crítico, irónico o incluso blanco e «inteligente». Y es que otro fin de la risa es distraer de asuntos serios a gente como Platón, que la prohibió en su obra La República. Sin embargo Vassilis Saroglou explicaba en su artículo «Being religious implies being different in humor» («Ser religioso implica ser diferente en el humor») que era una cuestión de dar con el tipo de humor adecuado. El investigador utilizaba el Humor Style Questionnaire (HSQ), desarrollado por el profesor Rod A. Martin de la Universidad de Western Ontario. En él se definen cuatro tipos de humor: affiliative (se utiliza para mejorar las relaciones con los demás de una manera positiva), self-enhancing (principalmente usando la capacidad de reírse de uno mismo), aggressive (caracterizado por el uso de sarcasmo, humillaciones, críticas, burlas y cualquier humor utilizado a expensas de otros) y self-defeating (básicamente reírse de uno mismo). Este cuestionario es tan reconocido que hasta se han realizado intentos de confirmar que funciona con alemanes, con dispares resultados, todo hay que decirlo.

Bien, pues, aunque a primera vista pudiera parecer que los religiosos no eran muy dados a ninguno de estos estilos de humor, los resultados demostraban que sí apreciaban notablemente el humor de un determinado tipo: el self-enhancing humor. En dos muestras de menos de doscientos participantes, vale, pero algo es algo. La cuestión es que el self-enhancing humor es un estilo de humor relacionado con «tener una actitud amable hacia la vida, tener la capacidad de reírse de uno mismo, sus circunstancias y las idiosincrasias de la vida de una manera constructiva y no perjudicial». Entre los múltiples ejemplos de este tipo de chistes podemos encontrar un clásico de Snoopy: «Solo en los problemas de matemáticas puede uno comprar sesenta caramelos sin que alguien le diga nada». O el típico «Si tienes siete naranjas en una mano y ocho naranjas en la otra, ¿qué tienes? Unas manos muy grandes». En resumen, un humor que busca resaltar el lado positivo de las cosas, fomentando una actitud positiva incluso en las peores situaciones, y que se puede utilizar para reducir la ansiedad. Intuitivamente, por tanto, la conclusión tiene sentido.

Ya hemos visto hasta dónde podemos llegar con el cuestionario del HSQ, pero cuatro categorías pueden ser algo muy básico. La risa de para mucho más, como confirmaba Scott Dikkers durante su participación en un podcast. El creador del medio satírico The Onion (America’s Finest News Source) llegaba a la conclusión, preparando la guía docente de un curso, que en toda su carrera no había encontrado «un chiste o algo gracioso» que no cayera en una de las once categorías siguientes: ironía (el significado pretendido es distinto del significado literal), personajes (personajes cómicos por alguna característica de su personalidad), referencias (experiencias comunes con las que la audiencia puede empatizar), shocks (chistes que sorprenden sobre todo utilizando sexo, drogas, humor grueso…), parodia (hablar sobre un personaje conocido, o un cliché, de una manera desconocida o inesperada), hipérbole (exageración hasta extremos absurdos), juegos de palabras (rimas, dobles sentidos, etc.), analogías (comparar dos cosas totalmente diferentes), excentricidades (sinsentidos, tonterías, locuras…), metahumor (chistes sobre chistes o sobre la comedia) y desplazar el foco (enfocar la atención sobre el aspecto equivocado). Por supuesto salpicaba cada una con ejemplos de su propio proyecto. Así, desplazar el foco era utilizado en la noticia «Un juguete muy divertido es prohibido por las muertes de tres niños estúpidos». El creador explicaba también cómo se pueden usar estas categorías para desarrollar nuevos chistes. Basta elegir la premisa y después ir probando con cada una de ellas.

Las posibilidades de medición, análisis y categorización son casi infinitas. Por ejemplo, podemos dividir los chistes en función de su nivel de gracia. De este modo sería posible resolver el problema de si un chiste es humor o no, es decir si es bueno o no, y para quién. A fin de cuentas, los juegos de palabras solo se entienden y funcionan como chiste en un idioma y sufren cuando son traducidos. Basta con ver los títulos de películas traducidos al español. La cuestión es que el doctor Richard Wiseman debió pensar que era una buena idea llegar a una conclusión rigurosa y contundente sobre el debate abierto por los Monty Python con su sketch, «The Funniest Joke in the World». Así, desde el «LaughLab» de la Universidad de Hetfordshire decidió determinar, con un enfoque científico, cuál era el chiste más divertido del mundo. La primera fase del proyecto implicaba recopilar chistes. Recibió cuarenta mil. Incluso alemanes enviaron chistes. Estos fueron evaluados con una novedosa herramienta, el «Giggleometer», que básicamente era una escala Likert que iba del 1 (nada divertido) al 5 (muy divertido). Según unas versiones se obtuvieron trescientas cincuenta mil valoraciones, según otras casi dos millones de personas de todo el mundo, alemanes incluidos, participaron. Una de las más curiosas conclusiones que arrojó el análisis por ordenador fue que los chistes más divertidos tenían de media ciento tres palabras. El chiste ganador contaba con ciento dos palabras. Respecto a los chistes de animales, definitivamente el rey de la jungla de los chistes era el pato. Los resultados les permitieron ser reconocidos por el Libro Guinness de los Records, así como publicar un libro con Random House. El chiste ganador, en versión española, fue el enviado por Gurpal Gosall, psiquiatra de treinta y un años, que escribió desde Mánchester (Reino Unido):

Un par de cazadores de Nueva Jersey están en el bosque cuando uno de ellos cae al suelo. No parece estar respirando, tiene los ojos en blanco. El amigo saca su teléfono móvil y llama al servicio de emergencia, gritando al operador:

—¡Mi amigo está muerto! ¿Qué puedo hacer?

El operador, con una voz tranquila y calmada dice:

—Lo más importante es tomarlo con calma. Yo le puedo ayudar. Primero, asegurémonos de que esté muerto.

Se hace el silencio en la línea e inmediatamente se escucha un disparo.

—OK, ¿y ahora qué?

El experimento comenzó en septiembre del 2001, una fecha cada vez más importante para entender los cambios en el estilo del humor de la nueva generación Z (de zombi). Aunque es posible que no tenga relación con la efeméride, pero americanos y canadienses encontraban más divertido el humor donde alguien era muy tonto o quedaba como un tonto (el zasca nuestro de cada tuit). Y curiosamente los alemanes encontraron todos los chistes igualmente divertidos. Aunque no lo es tanto si pensamos en que la estandarización tiene grandes ventajas en los países industriales. Otros países europeos, como Francia o Bélgica, preferían el humor absurdo (como por ejemplo reírse de las órdenes en la UE). Y es que el humor regional es imposible de ignorar. A fin de cuentas, otro fin de la risa es categorizar a nuestros vecinos geográficos. Vizcaínos y giputxis, australianos y tasmanos, ingleses y franceses… En todo el mundo los chistes permiten identificar regionalidades o nacionalidades. Así, los argentinos se suicidan saltando desde su ego, los canadienses piden perdón simplemente poniéndose de pie, los vascos tienen una cultura más antigua que nadie porque levantan piedras, en China se hace de todo menos niñas, y a los italianos no les gustan los testigos de Jehová… ni ningún otro testigo.

Estos chistes permiten también remarcar diferencias entre vecinos, no necesariamente entre regiones. Un ejemplo es que los vizcaínos hablan de los guipuzcoanos en términos similares a los franceses de los belgas, tomándoles por simples… y en contrapartida los segundos ahondan en la arrogancia de los primeros. «¿Por qué los belgas tienen patatas fritas y los árabes petróleo? Los belgas eligieron primero» es respondido con un «Después de que Dios creó Francia, pensó que era el país más hermoso del mundo. Como la gente se iba a poner celosa y para hacer justicia, decidió crear a los franceses».

Hay excepciones, como el mapamundi de Bilbao, que es obra de un bilbaíno. O los múltiples chistes sobre los habitantes de la ciudad más grande del mundo, Bigbao, promocionados por ellos mismos como todo el mundo sabe («¿La deuda mundial? ¡Esta ronda es mía!»). Volviendo al fenómeno de encontrar el mismo chiste en diferentes regiones con el público objeto de la chanza adaptado, explica el amante de las películas de superhéroes protagonizadas por Will Smith cómo el sociólogo británico Christie Davies descubrió en 1974 este hecho durante un viaje a la India. Los chistes de británicos sobre la estupidez de los irlandeses tenían en la India como protagonistas a los sikhs. Tras una exhaustiva investigación descubrió que en Argentina se referían a los «gallegos» españoles, en Brasil los chistes se hacen con los portugueses, portugueses que se ríen a su vez de los españoles y así podríamos seguir encontrado similares chistes por prácticamente todo el mundo, menos en Japón. Sí, en Alemania también lo hacen. Con los de Frisia Oriental. Y los bávaros con los prusianos. Ya, lo sé. Pero lo hacen. No, es en Japón donde no. Fijo. Seguimos.

Otro ejemplo. Un chiste ampliamente repetido en nuestro país en los últimos años es el siguiente:

El presidente de México, de visita oficial en Brasil, queda deslumbrado por el palacio del que es propietario su homólogo en el centro de la ciudad más importante del país. «¿Cómo lo has conseguido?», le pregunta. El anfitrión se acerca con él al balcón y señala un centro comercial, un puente, una autovía y otras obras públicas. «¿Ves todo eso?», pregunta. «Pues el 50% ha sido mío». Impresionado, el presidente mexicano vuelve a su país dando vueltas a lo que ha aprendido. Pocos meses después el presidente brasileño devuelve la visita. Es recibido por una limusina privada, llevado en helicóptero a una finca gigantesca, en medio de la cual se encuentra un castillo medieval traído piedra a piedra y reconstruido. Maravillado con la riqueza de su contraparte, muy superior a la suya, pregunta. «¿Cómo lo has conseguido? ¡Y en tan poco tiempo!». El anfitrión lo invita a sobrevolar la capital en su avión privado. «¿Ves el estadio, el teatro, puente, y la autopista?», pregunta. «No, no los veo», responde el brasileño. «100%», dice el mexicano.

El avezado lector puede cambiar México por España y Brasil por Alemania. O cualquier país europeo del que provenga con otro de reconocida menor corrupción. Comprobará cómo el tópico americano y el europeo son parecidos. Sí es cierto que no conocemos ningún Chiste Oficial Americano, pero sí existe uno propuesto como «Chiste Oficial Europeo»:

Paraíso europeo:

Estás invitado a un almuerzo oficial. Te da la bienvenida un inglés, la comida es preparada por un francés, un italiano la ameniza y todo está organizado por un alemán.

Infierno europeo:

Estás invitado a un almuerzo oficial. Te da la bienvenida un francés, la comida es preparada por un inglés, el alemán se encarga del humor, y todo está organizado por un italiano.

Podemos comprobar la ausencia de españoles en la oficialidad. Probablemente en contrapartida a la famosa frase de Carlos I de España y V de Alemania, dónde afirmaba hablar «latín con Dios, inglés con los amigos, italiano con las damas, francés en la corte y alemán con mis caballos». Y es que el humor y el rencor sobreviven al tiempo y al espacio.

Otra variante de este fenómeno son los chistes comparando tres países, que normalmente se basan también en una clasificación estereotípica, pero que a su vez siguen la regla de los tres pasos. Veamos un ejemplo.

Van un francés, un inglés y un español, discutiendo sobre la persona más rápida del mundo. El francés dice:

—La persona más rápida del mundo es un francés que lanza una flecha con su arco y llega a la diana antes que la propia flecha.

Automáticamente responde el inglés:

—No, no; la persona más rápida del mundo es un inglés, que dispara una carabina y llega a la diana antes que la propia bala

Automáticamente responde el español:

—Os equivocáis, en España tenemos las personas más rápidas del mundo. Los funcionarios españoles terminan de trabajar a las tres y a las dos ya están en casa.

Por malo que el chiste parezca, es valioso como objeto de estudio. Tanto que un 2006 un grupo de investigadores analizaba el patrón AAB en música y chistes. En general un tipo de chistes que funcionan a la perfección tienen un formato conocido como AAB, por los tres elementos que lo componen. El primer elemento proporciona el contexto del chiste; el segundo es similar al primero, generando una tendencia que provoca una expectativa sobre el resultado final; el tercero rompe con dicha expectativa, impulsando la risa. Introducción, desarrollo y remate. Un ejemplo propuesto por los autores es el siguiente:

A:

Tres hombres están a punto de ser fusilados. El guardia adelanta al primer hombre y el verdugo le pregunta si tiene alguna última solicitud. Él dice que no, y el verdugo grita: «¡Listos! ¡Apunten!». De repente, el hombre grita: «¡Terremoto!». Todos se sorprenden y miran a su alrededor. En la confusión, el primer hombre escapa.

A:

El guardia adelanta al segundo hombre y el verdugo le pregunta si tiene alguna última solicitud. Él dice que no, y el verdugo grita: «¡Listos! ¡Apunten!». De repente, el hombre grita: «¡Tornado!». Todos se sorprenden y miran a su alrededor. En la confusión, el segundo hombre escapa.

B

El último hombre ha visto claro cómo salir indemne. El guardia lo adelanta y el verdugo le pregunta si tiene alguna última solicitud. Él dice que no, y el verdugo grita: «¡Listos! ¡Apunten!», y el último hombre grita: «¡Fuego!».

Según esta teoría la clave se basa en el cambio de tercio final, la «desviación». En general no importa cuántas líneas de A incluyamos mientras exista una línea de desviación final. Sin embargo, la experiencia demuestra que los chistes que siguen la estructura AAB son más divertidos y funcionan mejor que otros formatos, como AB o AAAB. La regla de los tres pasos. Así que la próxima vez que vea un cómico maltratando su monólogo, cuente las veces que la estructura AAB aparece en su rutina. Se sorprenderá. Y si de contar se trata qué podemos decir de los intentos de categorizar con fórmulas el humor. El guionista de Los Simpson y escritor de comedía, Brent Forrester, proponía el «Principio de Humor y Duración», que explica grácilmente el refrán «lo bueno si breve dos veces bueno». Él prefirió al refrán la ecuación G=C/T, donde G es la gracia del chiste, que depende de C, referida a su calidad, y dividida por T, que es el tiempo que se tarda en contarlo. O, en otras palabras, que este artículo está dejando de tener su gracia. Igual de serio el tema que la fórmula de Peter Derks, quién postulaba que «Humor = saliencia (rasgo + estado) x incongruencia + resolución». Y hasta aquí voy a leer.

En esta línea académica, pero sin fórmulas, Francisco Yus realizaba una clasificación de las tipologías de los chistes mucho más exhaustiva que las que hemos comentado hasta el momento. Diferenciando desde la raíz entre chistes intencionados e inintencionados, entre los primeros tenemos los integrados en la conversación y los no integrados. Los segundos se basan en diferencias culturales e información que la audiencia ya tiene sobre el contexto, como los chistes sobre sexo, profesiones, países, etc. Los primeros se basan en la interpretación de la expresión humorística, vulgo chiste. Aquí se pueden diferenciar entre estrategias de múltiples interpretaciones o resolución incongruente. Entre estos tenemos tres nuevos tipos, el primero basado en la inferencia del sentido explícito (lo que incluye homofonías, similitud fonética, ajuste conceptual, polisemia, asignación de referencias, etc.); el segundo en los límites entre lo explícito y lo implícito (con dos opciones, explícito como implícito y viceversa); y el tercero basado en la inferencia del significado implícito (con dos opciones también, premisas o conclusión implícitas). ¿Y para qué sirve clasificar de este modo los chistes? Para aprender.

El fin de la risa es enseñar

Fotografía: simpleinsomnia (CC BY 2.0)

No solo las ecuaciones y clasificaciones anteriores, sino también disciplinas muy diversas. Por ejemplo, filología. Gran parte de la clasificación anterior se puede encontrar incluida de otro modo en el riguroso trabajo tuitero de Mamen Horno Chéliz. Psicolingüista, profesora de la Universidad de Zaragoza y educadora de pro, aprovecha los chistes de la fauna tuitera para difundir su saber con el hastag #twitterparalingüistas. Gracias a ella sabemos que los chistes nacen de la ambigüedad léxica («Yo confío mucho en el destino, sobre todo en el de vacaciones»); de los cambios en los verbos (de movimiento a causativo: «—Hola, ¿es aquí la agencia para encontrar pareja? Tiene que subir una planta. He traído unas flores. ¿Valen?»; o de transitivo a intransitivo: «En el gimnasio –Primero tienes que calentar – Vale, ¿a quién?»); por la diferencia entre la frase hecha o la construcción frente al significado composicional («Mira, ese es el coche de mi hermana. Ah, por cierto, ¿y qué es de tu hermana? Pues no te estoy diciendo que ese coche.»); por los cambios de referente que implican un cambio de significado en la palabra ambigua («En el Metro: Perdone ¿Sabe si Tirso de Molina tiene correspondencia con Velázquez? No lo creo, murieron hace mucho tiempo»); mediante falsos prefijos («Tienes la barra vacía Sí, la juventud prefiere sentarse en las mesas. Claro, son jóvenes promesas.»); por los complementos confusos («¿A qué te dedicas? Soy escritora de novela fantástica. Eres un poquitín creída, ¿no?»); usando construcciones («No veo el momento», «ir a por el niño», «tener un retraso», «no doy crédito», «decir algo de»); apoyados en expresiones referenciales (general versus individual, asignación de referencia, referencia y cambio de función… «¿Bomberos? Mi casa está ardiendo!! ¿Dónde se originó el fuego? En la prehistoria, y yo que cojones sé, pero VENGAN YA!!!»); por los mecanismos que generan entonación interrogativa («Nunca os ha pasado que leéis una frase como si fuera interrogativa cuando no lo es.»); por la diferencia entre literal y metafórico («Señor, estoy embarazada ¿Me dejaría sentarme en su sitio? Lo siento, me duele mucho la rodilla, póngase en mi lugar A ver si se aclara»); sintagma frente a locución (Vengo de bucear con un argentino …y la verdad es que en el fondo no hablan tanto.); palabras en la cadena hablada y/o pronunciación («¿Sabe usted sumar? Sí, claro, el Mediterráneo.»); verbo versus nombre («Me he comprado un reloj nuevo.¿Qué marca? Pues qué va a marcar gilipollas, la hora»); los valores del tiempo presente («Cari, ¿y si tenemos un niño? En cinco años de matrimonio nos habríamos dado cuenta ¿no?»); y junto a alguna otra más, como la derivación o la disyunción lógica, y por supuesto las máximas de Grice.

Dentro de la lingüística existe una teoría pragmática, propuesta por el filósofo británico Herbert Paul Grice en 1975. Esta plantea que la clave de la comunicación es la cooperación, y dicha conducta cooperativa se basa en cuatro máximas. La máxima de calidad se centra en decir la verdad. La máxima de cantidad en ni pasarse ni quedarse corto de contenido. La de relevancia con la conexión entre la nueva información y la previamente aportada. Y la de pertinencia en evitar la impertinencia de las ambigüedades, desórdenes o complicaciones. Así, la máxima de máxima de Relevancia de Grice se relaciona con chistes como «Una técnica de marketing que seguro funcionaría muy bien es etiquetar tu producto de alimentación con un «NO CONTIENE CIANURO» bien grande, y que la gente se pregunte si las otras marcas sí lo llevan», o

—Buenas tardes 

—Buenas tardes, señor agente 

—Se le va a realizar un test de alcoholemia, ¿tiene algún problema? 

—Mi hermano se ha dejado las llaves de casa por dentro y no puedo entrar ahora. 

—Algún problema en realizar el test… 

—Si no tengo que usar la llaves, ninguno…

@Quadrophenio

Un chiste similar a este último aparecía en Pienso, luego río (1987), la magistral obra de John Allen Paulos con la que daba una lección de filosofía… usando chistes. Inspirado en Ludwig Wittgenstein, quien dijo que se podría escribir una buena obra de filosofía solo con chistes, y tras publicar Matemáticas y humor: un estudio de la lógica del humor, el divulgador creaba una obra genial e imprescindible con la ayuda de Groucho Marx y Bertrand Russell. Por ejemplo, para explicar la paradoja de Russell sobre los conjuntos que se contienen a sí mismos, nada como el chiste de Groucho sobre que jamás aceptaría ser miembro de un club que le aceptara como miembro. O el corolario a la frase de Robert Benchley «en el mundo hay dos tipos de personas, las que dividen a todos en dos tipos y las que no», siendo este último el grupo paradójico de Mr. Benchley. El libro también habla sobre lingüística con una conocida historia. En ella un filósofo impartía una conferencia sobre lingüística afirmando que la construcción doblemente negativa tiene un significado positivo en algunos idiomas y un significado muy negativo en otros. Continuó su charla afirmando, sin embargo, que en ningún lenguaje se daba el caso en que una construcción doblemente positiva tuviera un significado negativo. En este momento Sidney Morgenbesser, otro conocido filósofo que estaba sentado en la parte trasera de la sala de conferencias respondía con voz burlona «Sí, sí». Una visión que me ha perseguido tras leer el libro es cómo Paulos explicaba que, ante la misma situación risiblemente ilógica, o malentendido lingüístico típico, Lewis Carroll se lo tomaba a coña mientras que el casi alemán Wittgenstein sufría lo que no estaba escrito.

Paulos utilizaba el humor para las matemáticas porque consideraba que «tanto las matemáticas como el humor son formas de juego intelectual, simplemente el énfasis en las matemáticas está más en la parte intelectual, en el humor más en el juego». Pablo Flores, de la Universidad de Granada, y probablemente inspirado por esta visión, recopilaba en un artículo chistes relacionados con educación y matemáticas, comenzando por el clásico «¿Qué pasa cuando x tiende a infinito? Que infinito se seca», analizándolos con herramientas como la regla de los tres pasos. También enseñaba con humor el profesor Randy Pausch, quién impartía una inolvidable «Last Lecture» de casi dos horas en Carnegie Mellon, sabiendo que no era una tradición sino que ya tenía fecha para su espada de Damocles particular. Se hizo tan famoso por ella que no mucho después Oprah Winfrey le invitaba para que pudiéramos aprender con él, en apenas diez minutos, cómo alcanzar nuestros sueños de infancia.

Por supuesto se puede aprender economía con chistes. Yoran Bauman, doctor en economía y graduado en matemáticas, además de impartir docencia en la Universidad de Washington se define como Stand-Up Economist. Es clásico ya su vídeo sobre los diez principios de la economía explicados, o su estudio académico sobre la hiperinflación en el infierno, donde no se corta en dar cera a los creadores del euro. Bauman es coautor de los cómics Introducción a la economía: microeconomía e «Introducción a la economía: macroeconomía». No, nada que ver con Ligonomics. En Irlanda se celebra desde 2010 y anualmente el Kilkenomics Comedy and Economic Festival, que como su nombre indica está dedicado a la economía y la risa. Con su propia divisa, el «marble». Con una premisa del tipo «si Lenny Bruce se encontrara con Keynes», el festival cuenta con periodistas especializados, asesores gubernamentales, banqueros y economistas, que son divertidamente humillados por cómicos de todo tipo. Y con personalidades en su décima edición de 2019 como Dan Ariely, Paul Krugman, Samantha Power o Yanis Varoufakis, que se enfrentaron en varias mesas redondas a cómicos como PJ Gallagher o Allison Spittle.

La risa también sirve para aprender historia. Así se desprende de los doscientos cincuenta y seis chistes del Philogelos, antología de la risa con más de mil seiscientos años. De esta obra de referencia habla también uno de los mayores expertos en risología aplicada y chistes de Jaimito de nuestro país. La obra permite comprobar cómo no hemos cambiado tanto, ya que algunos chistes de esta obra son muy similares a los que escuchamos hoy en día. De hecho, son tan actuales que el cómico Jim Bowen obtuvo un notable éxito en 2008 con una escogida selección de los chistes originales, traducidos del griego por el profesor William Berg, eso sí. Texto y vídeos están disponibles en la web. Los chistes en el Philogelos están divididos en categorías, algo de lo que ya hemos hablado antes. Y aunque hay gente que afirma que incluso se puede aprender alemán con chistes, no había chistes sobre alemanes en el Philogero. ¿Por qué? Como explicaba la profesora de Cambridge Mary Beard, citando a un viejo crítico Romano cascarrabias que conocía bien a los por entonces conquistados germanos, «Los alemanes no se ríen del vicio». Y los romanos ya apuntaban maneras desde por aquel entonces.

El fin de la risa es aprender sobre la risa. Por ejemplo, leyendo libros como Ja, la ciencia de cuando reímos y por qué, donde Scott Weems analiza algunos de los ejemplos de este artículo. O con Only Joking: what’s so funny about making people laugh de Jimmy Carr y Lucy Greeves. O cualquiera de los que se citan en esos mismos libros y en el resto de los libros recomendados en el texto. Todos, salvo el de Christie Davis, Jokes and their relation to Society, que habrá que fiarse de que Jaime R. H. lo haya leído, porque cuesta más de cien euros en cualquier sitio que esté disponible, y maldita la gracia.

Eso sí, cuando no podemos aprender, al menos la risa nos ayuda a sobrellevar lo que no entendemos.

(Continuará)

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5 comentarios

  1. Como argentino desapruebo eso de que nos suicidamos arrojándonos desde lo alto de nuestro ego, ya que es imposible llegar hasta él. Nos cansaríamos de escalar y volveríamos a pisar la tierra para aceptar resignadamente el triste destino de ser lo que somos: los mejores.
    Y no creo que solo los alemanes sean reacios a la risa. Cuando más al frío norte se va, más serios son. Y no es aconsejable abrir la boca.
    Y es ofensivo el proverbio «reír de oreja a oreja» ya que implica tener una boca grande, visto que hay tanta gente desafortunada. Qué culpa tienen si en vez de decir «cucurucho» les sale sin querer «batata». Me reído de oreja a oreja. Gracias.

    • Guillermo de Haro

      «El ego es ese pequeño argentino que todos llevamos dentro»
      ¡Gracias!

  2. Muy bien dicho, Guille! Yo hubiera escrito con mayúscula TODOS, talvez en blanco y celeste como para afirmar que la humanidad no tuvo origen en el cuerno de Africa, sino en la pampa rioplatense, quizás ya con el mate en la boca y comiendo asado.

  3. Corrigendo

    De la cita de Carlos I de España y V de Alemania se pueden encontrar muchas versiones diferentes, pero la que se indica en el artículo no parece que pueda ser correcta, porque en el siglo XVI se le daba una higa del inglés hasta al que asó la manteca (es decir, que salvo los ingleses difícilmente nadie iba a tener ningún interés por ese idioma). La versión más probable de lo que dijo Carlos fue algo así como «Hablo en español a Dios, en italiano a las mujeres, en francés a los hombres, y en alemán a mi caballo», lo que tiene mucho más sentido teniendo en cuenta las circunstancias de la época. O por lo menos así lo indica el jesuita francés Dominique Bouhours en su libro «Les entretiene d’Ariste et d´Eugène», publicado en 1671: «Si Charles Quint revenoit au monde, il ne trouveroit pas bon que vous missiez le François au dessus du Castillan, luy qui disoit que s’il vouloit parler aux Dames, il parleroit Italien; que s’il vouloit parler aux hommes, il parleroit François; que s’il vouloit parler á son cheval, il parleroit Allemand; mais que s’il vouloit parler áDieu, il parleroit Espagnol.»
    Y hay que recordar también que Pierre de Bourdeille cuenta en su obra «Bravuconadas de los españoles» que estando Carlos I en Roma reunido con el Papa y diversos dignatarios, dos embajadores franceses protestaron porque hablaba en español, y Carlos I respondió: «Señor obispo, entiéndame si quiere; y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana.»

    • Guillermo de Haro

      Efectivamente ha sido una licencia poética. Hay múltiples versiones sobre los idiomas que se incluyen, pero el español no suele estar. De hecho lo que sí encontré en varias fuentes es que se encontraba muy incómodo en lengua de Cervantes
      http://www.antimoon.com/forum/t15575.htm
      Pero la de este texto es un apaño mío. Bien visto!

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