Las canciones que Nucky Thompson nos enseñó

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Boardwalk Empire (2010). Imagen: HBO.

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Boardwalk Empire se presentó en 2010 como un proyecto más que ambicioso. La publicidad nos saturó con un presupuesto disparatado y un equipo técnico y artístico de primera fila. El creador de la serie, Terence Winter, venía con el prestigio de haber sido el responsable de Los Soprano. Ahora volvía con una historia inspirada en las vidas (reales) de los personajes que crearon Atlantic City durante la década de los años veinte. Un momento histórico que se abre con la ley seca y el contrabando de alcohol, el reinado de las mafias, la corrupción política… y se cierra con el crack financiero de 1929. Pero es también la narración del entretenimiento durante el periodo de entreguerras: la vida en torno a las salas de bailes y locales donde se servía alcohol de forma clandestina (los célebres speakeasies). La serie prometía una atención escrupulosa a los detalles y, desde luego, no defraudó. Pero si hay algo que destacar, aparte del sobresaliente guion y las interpretaciones, es la música. La banda sonora de Boardwalk Empire es una obra de arte. El propio Winter ayudó en la selección, pero el trabajo fue encargado a Randall Poster, supervisor musical cinematográfico con experiencia que ha sido premiado ampliamente. 

La tarea no era fácil: había que envolver la historia en la música que sonaba en Estados Unidos durante el periodo que abarca la serie, entre 1920 y 1931. Este terreno es un espacio desconocido para la audiencia actual. Ni siquiera había televisión, pero la música pop ya existía. Es un hecho, además, que en los años veinte se encuentran algunos de los sonidos más formidables de la música popular del siglo XX. Randall Poster realizó un gran trabajo, porque equilibró la inclusión de canciones originales con revisiones contemporáneas de las mismas, sin perder en ningún momento la conexión con sus referencias en el sonido. Para la documentación se realizaron visitas a la Biblioteca del Congreso y al Centro Harry Ransom de Austin (Texas), que alberga una gran colección de discos, fotografías y objetos de la cultura norteamericana. La productora contrató al músico Vince Giordano, quien lleva décadas entregado a la difusión de la música de los años veinte y treinta con su grupo, Nighthawks Orchestra, un combo de diez instrumentistas que por esta peculiaridad ha participado en otras series y películas ambientadas en esos mismos años, por ejemplo, El aviador, de Scorsese, o Cotton Club, de Francis Ford Coppola. Giordano, además, es un coleccionista de discos y estudioso de la música de aquella época, que supo perfectamente armar la banda sonora con versiones de su orquesta de grandes clásicos de la era del hot jazz y los éxitos de los veinte. 

El actor Steve Buscemi, caracterizado como el tesorero de Atlantic City, Nucky Thompson, abre su pitillera de oro, enciende un cigarrillo y se enfrenta a una playa que se va llenando con botellas de whisky canadiense. De fondo suena un tema vigoroso, «Straight Up And Down», con aires psicodélicos, a cargo del grupo californiano The Brian Jonestown Massacre (1996). Elegida personalmente por Terence Winter como sintonía para la serie, no debió ofrecer muchos visos de verosimilitud. Quizá, pensaron algunos, la serie iba a tirar por el camino de películas con banda sonora anacrónica, como el pastiche Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001) o las canciones indies en Maria Antonieta (Sofia Coppola, 2006). Nada más lejos de la realidad. Con esta decisión, Winter dejaba claro que su serie era una creación artística, no un documental. Por otro lado, este tema agresivo y melancólico compone un fiel reflejo de la vida del personaje Nucky Thompson. Es la presentación más certera para Boardwalk Empire

Las cinco temporadas de la serie se estructuran sobre la música que se escuchaba en los años a los que corresponde la acción. Además, con cada año, trama y personajes nuevos, se van incorporando distintos estilos y artistas, con los que se compone una panorámica musical «casi» completa y muy bien escogida de la década (solo faltarían los sonidos rurales, al discurrir la serie en enclaves urbanos). En las primeras temporadas tenemos ragtime y canciones pop con raíces en la tradición irlandesa o alemana (desde mazurcas o polcas al foxtrot, el cakewalk negro y, más adelante, el charlestón), que ejecutaban orquestas con solista y artistas de variedades que eran auténticas estrellas. Es un tiempo de frivolidad tras la guerra, por lo que suenan melodías alegres y estribillos simpáticos, derivados del teatro de vodevil, los shows circenses y la tradición del minstrel, aquel espectáculo que llevó a todo el país las canciones del sur, con una perspectiva, vamos a decirlo suavemente, idílica, con los músicos blancos con la cara tiznada de negro. Triunfan las revistas musicales (las Follies del empresario Florenz Ziegfeld), los seriales radiofónicos. Los actores lo mismo hacen parodia que cantan baladas. Estas «parodias» conforman un género particular conocido como novelty y lo ejecutan orquestas y solistas que aportan sonidos curiosos (clarinetes que imitan los sonidos de animales, inclusión «dadaísta» de bocinas y otros cacharros, etc.). Hasta los jingles de productos comerciales se hacen igual de famosos a través de la radio de lo que lo son en la actualidad. 

La serie rinde tributo a los artistas de Hollywood. No podía faltar Al Jolson, de quien se incluye el tema «Avalon», de 1920. El aclamado artista, formando en el minstrel, canta este tema inspirado en las melodías operísticas que utilizaban las orquestas (lo mismo ofrecían un rag que un aria). Personajes como el tenor Enrico Caruso seguían siendo una celebridad, igual que Tito Schipa. La serie incluye una de sus más bellas interpretaciones, «O Lola», de Cavalleria rusticana (claro homenaje a El padrino, de Coppola).

El más popular de entre las figuras de Broadway fue el neoyorquino Eddie Cantor, quien aparece como personaje dentro de la serie, interpretado con gran maestría por el actor Stephen DeRosa. Cantor triunfaba en el teatro y la radio, gracias a sus gestos exagerados y sus canciones cómicas. DeRosa interpreta varios temas de su repertorio, como en el gran final de la primera temporada, con «Life’s a Funny Proposition». Los guionistas aciertan de pleno al introducir a Cantor como artista invitado en las fiestas de Nucky Thompson y, además, mientras canta la pegadiza «Old King Tut», que se publicó en 1923, aprovechando los ecos del descubrimiento de la tumba de Tutankamón. Pero antes de esa fecha las canciones con arreglos «orientales» ya estaban muy de moda, por la película de Rodolfo Valentino El jeque y cierta nostalgia de la literatura de viajes. Hay muchos ejemplos que suenan en la serie: «The Sheik of Araby», un clásico del jazz de 1922, compuesto en el Tin Pan Alley y grabado por el trío Regal; foxtrots como «By The Pyramids», de The Happy Six (1919), formidable orquesta de novelty dirigida por Harry Yerkes; «Hindustan» (1921), de la Orquesta de Joseph C. Smith, el grupo que ambientaba la sala de baile del Hotel Plaza de Nueva York, o «Araby», una pieza del mejor hot jazz a cargo de la Orquesta de Fletcher Henderson, grabación de 1924 realizada por un grupo de jóvenes e imparables músicos, Don Redman y Louis Armstrong entre otros. 

Como escribió Francis Scott Fitzgerald, los años veinte fueron la «era del jazz». Los músicos venidos de Nueva Orleans y San Luis se establecen en las grandes ciudades y allí mezclan el blues con arreglos contemporáneos. Las orquestas de músicos negros que pueden por fin grabar discos acompañando a solistas femeninas se convierten en un movimiento arrollador. En Boardwalk Empire suenan los primeros éxitos. No falta el «padre» del ragtime, Scott Joplin, el pianista que publicó las primeras partituras del estilo, con un número de 1911, «A Real Slow Drag». Ni tampoco William C. Handy, el autoproclamado «padre del blues» (que no fue padre, a lo sumo, un divulgador del género) con su «Yellow Dog Blues», de 1922. Podemos escuchar el primer disco grabado por una artista negra que llevaba esta palabra —blues— en el título, el millonario «Crazy Blues» (1920) de Mamie Smith. Lil Hardin, por entonces esposa de Armstrong y vocalista de los Red Onion Jazz Babies, interpreta el clásico «Riverside Blues», de 1924. Los Jazz Babies fueron un grupo increíble formado por el pianista Clarence Williams, junto a Sidney Bechet y Alberta Hunter. Una formidable banda que venía del primer Hot Five de Nueva Orleans. La misma canción se incluye en la versión de la banda de King Oliver, la Creole Jazz Band de Chicago, en 1923. Del genio Jelly Roll Morton podemos escuchar «The Crave», grabada en 1937 pero compuesta veinte años antes. El pionero del jazz aporta otras canciones a la serie. Estamos ante los mejores músicos del mundo de aquel momento, y no solo de la música negra.

Por ejemplo, Boardwalk Empire recoge también la explosión de la música hawaiana. En la segunda temporada, concretamente en su agónico final, suena el disco de debut del matrimonio Helen Louise y Frank Ferera, «Hawaiian Hula Medley» (1917). No se trata de una simple anécdota: la técnica del slide guitar e instrumentos como el ukelele de las islas, que venían posiblemente de Portugal y ya se conocían a principios de siglo, se convirtieron en las manos del virtuoso y prolífico Ferera y después en las de otros grandes artistas en un verdadero acontecimiento que marcó el desarrollo de la forma de tocar la guitarra. Otro estilo imprescindible es la música cubana, que aparece en la temporada final, aprovechando la visita de Nucky Thompson a La Habana para cerrar un acuerdo comercial. Además de la soberbia recreación de la capital caribeña en 1931, los sonidos sublimes del Cuarteto Matamoros («Buchipluma Na’ Ma’», 1925) y del Sexteto Habanero («Cómo está Miguel», 1927) aportan otro de los pilares de la música de la década.

El pop de los años veinte vivió una época irrepetible. Los compositores del Tin Pan Alley registraron una cantidad de temas inmortales, que desde entonces se han versionado una y otra vez en las voces de diferentes cantantes y estilos. La serie recoge alguno de los éxitos de Irving Berlin y George Gershwin (como «Blue Moonlight», de 1920, en la versión de la popularísima Orquesta de Paul Whiteman, que fue quien estrenó «Rhapsody in Blue», un encargo del director al propio Gershwin). También aparecen las voces de cantantes ahora totalmente olvidados que entonces vendieron millones de discos con sus baladas, caso de Albert Campbell y Henry Burr. Antes de la Gran Depresión, este último grabó cinco mil discos con distintos seudónimos y era un artista increíblemente popular. Lo mismo le sucedió a Gene Austin, uno de los primeros crooners de la música pop, allá por 1925. El público podía elegir entre los artistas cómicos, estos cantantes «serios» con voz de tenor y también, por supuesto, las intérpretes femeninas, una nueva ola de música y actitud totalmente opuesta a la de la moda victoriana precedente. Bajo la influencia de las variedades nacieron las primeras big hot mama, como Sophie Tucker, May Irwin, Stella Mayhew o Flo Bert. Defensoras de los derechos individuales de la mujer, se mostraban desinhibidas y cómicas, cantando ragtimes con letras sin ningún tapujo sexual, incluso utilizando el blues negro en su repertorio, para escándalo de aquellos que preferían personajes como el de Marion Harris, exquisita cantante de Broadway con una prolífica carrera discográfica, quien, sin embargo, también era feminista y defensora de los derechos civiles de la minoría negra.

Boardwalk Empire se cierra en plena Depresión y también su música: tras el esplendor y la plenitud de los veinte, asistimos al nacimiento de figuras como el actor Rudy Vallee y sus canciones ilusorias para ahuyentar la miseria, y esa colección de canciones supuestamente alegres que sonaban en la radio con esa misma intención, como «Happy Days Are Here Again», interpretada por la orquesta de Ben Selvin (1930). Bing Crosby, que aparece con alguna de sus primeras grabaciones de los veinte, cierra la quinta temporada con un tema memorable, «I’m Through With Love», de 1931.

Para la colección de discos que acompañan a la serie sobre el nacimiento de la ciudad del juego, el equipo de producción convocó a un variado grupo de cantantes. Con el acompañamiento de los Nighthawks, el resultado queda lejos de ser un mero reenacting vintage. Las canciones son ejecutadas en el mismo estilo vital, elegante y absolutamente único en el que se grabaron, tan distinto de la uniformidad pop que se oferta en estos días. Eso sí, las interpretaciones difieren mucho. Por ejemplo, «All By Myself», el número de Irving Berlin de 1924, lo canta Martha Wainwright, ajustándose al tono original. Su hermano Rufus acomete un novelty extremo, capaz hoy de herir ciertas sensibilidades, como es «Jimbo Jambo» (1922), y consigue convertirlo en un confuso medio tiempo dramático. Loudon Wainwright III aporta cordura en sus canciones tradicionales irlandesas, como «The Prisoner’s Song» y «Carrickfergus». Annie Clark, aka St. Vincent, interpreta «Make Believe», un estándar de Jerome Kern de 1928, y lo trae a un presente lleno de presagios nada halagüeños. Pokey Lafarge toca sin arriesgar «Lovesick Blues», el clásico de Emmett Miller (1928), celebrado cantante de minstrel, uno de los primeros éxitos del estilo yodel. Neko Case hace su aportación, un poco fallida, con una de las más grandes canciones de la década: el blues «Nobody Knows You When You’re Down and Out», un tema de Jimmy Cox, que hizo popularísimo Bessie Smith en 1929. Karen Elson canta de forma correcta «Who’s Sorry Now», balada de 1923 que grabó la gran Marion Harris. Matt Berninger, el vocalista de The National, se transforma en crooner fúnebre y se atreve con «I’ll See You in my Dreams», un hit de 1924. David Johansen convierte el número dixie «Strut, Miss Lizzie» en un show a su medida. Patti Smith salva el «I Ain’t Got Nobody», tema eterno de los músicos de San Luis de la década de los diez. Elvis Costello ajusta a su inconfundible estilo el «It Had To Be You», un éxito conocidísimo del compositor y director de orquesta Isham Jones, de 1924. Mejor de lo que lo hizo, por cierto, Bob Dylan en su último disco de versiones. Lo mismo hace Regina Spektor con «My Man» de la Mistinguett, que fue llevado a Estados Unidos por Fanny Brice en 1921. Norah Jones cierra el desfile de invitados con «If You Want the Rainbow» (1928), un tema que recupera felizmente a la cantante sureña Lee Morse. Nombres conocidos aparte, lo que brilla de verdad en esta banda sonora son los músicos de Vince Giordano y los ejecutantes contemporáneos de la música antigua: figuras como el británico Keith Nichols, el pianista Ehud Asherie, el percusionista Pedrito Martínez, el clarinetista Dan Levinson, la orquesta de Harry Lubin, cantantes muy jóvenes como Lauren Sharpe (la joven música neoyorquina, que hace una preciosa versión de «Japanese Sandman» al ukelele) o Margot Bingham, clásicas como Katherine Russell o Kathy Brier, y veteranos como Leon Redbone o el guitarrista David Oquendo. Definitivamente, lo antiguo es mejor. Y más divertido.

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2 comentarios

  1. A.johnson

    Cómo echo de menos Mondo brutto y sus absolutamente fantásticos artículos,sobre todo los de música
    Gracias Grace

  2. Javier

    Que maravilla de artículo.
    Gracias!

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