Viaje a la memoria colectiva de un país

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En el siglo XVIII, la obra clave, tanto para el Imperio británico como para el español, fue un diccionario. En Inglaterra, el escritor Samuel Johnson emprendió la titánica empresa de componer el más importante que tuvieron en las islas hasta el siglo XX; no en vano, pronto sería conocido —pues así lo publicitaba su portada en posteriores ediciones— como el Johnson’s Dictionary. Para ello, su autor contó únicamente con la ayuda de copistas que transcribieron para su primera edición una impresionante colección de citas «de los mejores escritores», con las que el sabio de Lichfield ilustró sus cuidadas definiciones. Los especialistas en lexicografía nos recuerdan que los libreros de Londres, que fueron quienes le hicieron el encargo, le pagaron mil quinientas guineas (equivalentes a unos doscientos cincuenta mil euros en la actualidad). Con esta obra se prometía, gracias a los «distintos significados» de las palabras y sus ejemplos a partir de la obra de escritores de prestigio, «una historia del lenguaje y una gramática inglesa». Después de siete años de trabajo, el 4 de abril de 1755 apareció A Dictionary of the English Language, un diccionario en dos tomos cuya versión abreviada de 1756 extendería su reinado en Inglaterra hasta la llegada del famoso Oxford English Dictionary en 1928 (que ya había publicado sus primeros volúmenes en la segunda mitad del siglo XIX). 

Cabe recordar aquí que España se había adelantado a Inglaterra con notables ejemplos. Y no solo con la obra pionera del sevillano conocido como Elio Antonio de Nebrija, que se abrió camino en este campo con su Dictionarium latino-hispanicum, publicado en Salamanca en 1492. O con el fascinante Tesoro de la lengua castellana o española (1611), de Sebastián de Covarrubias. En 1713 se daban a conocer los criterios que regirían el diccionario de la Academia en Planta y méthodo, que, por determinación de la Academia Española deben observar los académicos, en la composición del nuevo diccionario de la lengua castellana, a fin de conseguir su mayor uniformidad. Su proyecto lexicográfico, el conocido como Diccionario de autoridades (1726-1939), aspiraba a convertirse en el estandarte de la cultura española con el emblema «limpia, fija y da esplendor», elegido el 24 de enero de 1715, día en que se aprobaron los primeros estatutos de la Real Academia Española. En el espejo retrovisor, por decirlo con un vistoso anacronismo, estaba el Vocabolario de la Accademia della Crusca florentina, que apareció tan solo un año después de la obra de Covarrubias. El imperio de las palabras como clara demostración de fuerza geopolítica.

Precisamente para que sea una herramienta poderosa, todo buen diccionario debe, sin duda, recoger los usos de la lengua más representativos entre sus hablantes, pero ¿qué era aquello que había que limpiar y fijar para conseguir ese ansiado esplendor español? ¿Qué era lo que en realidad necesitaban los libreros de Londres para tener que desembolsar semejante suma? Años antes, en 1707, el anticuario Humfrey Wanley incluyó en su lista de deseos o good books wanted un diccionario que fijara el inglés, y ha de remarcarse que en inglés el verbo to fix significa tanto fijar como reparar. Los ojos estaban puestos inevitablemente en Italia y en Francia. En la lengua inglesa quedaban demasiados rastros de los siglos en los que el francés, o más bien el anglonormando, fue el idioma oficial de la corte de Inglaterra; había también, sin duda, demasiados galicismos en el español. Antes de que el dinero y las vidas se pusieran a disposición de los grandes bloques occidentales a comienzos del siglo XIX, el XVIII fue un excelente caldo de cultivo en el que debatir sobre el estado del idioma. ¿Qué hizo Francia ante este concurso de palabras? Una enciclopedia. La Enciclopedia. Lo decía bien Ramón Gili Gaya al comienzo de su obra sobre la lexicografía del XVIII

Toda obra de ciencia o de arte es un signo cultural de la época que la produjo; nos habla de las preocupaciones de sus creadores, de los supuestos en que se apoyaban, de sus apetencias intelectuales y hasta de los conflictos y contradicciones en que toda cultura verdadera se debate.

Diderot y D’Alembert, los directores a los que el editor André Le Breton encargó su proyecto tras un intento fallido con John Mills y Gottfried Sellius, nos hablaron de la esencia francesa o, al menos, de la esencia que los franceses han querido mostrar siempre a los demás: el conocimiento y la cultura como bienes nacionales. Así, lo que en un primer momento iba a ser una versión francesa de la enciclopedia inglesa de Ephraim Chambers, la Cyclopaedia or an Universal Dictionary of Arts and Sciences (1728), se convirtió en L’Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers (un diccionario razonado, como su nombre indica, de ciencias, artes y oficios), el altavoz de la Francia ilustrada que abandonaba el carácter universal de la obra inglesa para centrarse en los valores a los que debía aspirar la nación gala. Fue, por ello, el germen de la defensa de los principios de libertad, igualdad y fraternidad, una divisa que cobró gran protagonismo en la Revolución francesa, pero que ya asomaba a finales del XVIII en algunos documentos oficiales. En suma, Diderot, D’Alembert y Le Breton instituyeron las bases de un repertorio en el que las aportaciones de las mentes más brillantes sobre temas capitales convivían con entradas sobre los saberes más pegados a la calle: los que atañen, por ejemplo, al oficio del pan o de la marroquinería. Pero la labor de los coordinadores y su equipo de redactores se distinguió fundamentalmente por una independencia y un pensamiento crítico tan inusitados en este tipo de obras que al año siguiente ya se habían prohibido sus dos primeros tomos.

La estela enciclopedista no se disipó en el XVIII. Un siglo después, mientras Pierre Larousse se consagraba a su proyecto de quince volúmenes, conocido familiarmente como el Grand Larousse du dix-neuvième (o Gran Larousse del XIX, 1866-1876), Gustave Flaubert reciclaba las técnicas de Diderot en varias de sus obras. La «enciclopedia crítica en farsa», o una «especie de enciclopedia de la imbecilidad moderna», que define, según su propio autor, a Bouvard y Pécuchet (1881), o el proto-oulipiano Diccionario de lugares comunes de 1913, por citar dos de los títulos que aparecieron en publicación póstuma, son buenos ejemplos de las estrategias flaubertianas. El afán totalizador francés fue pasando de unas manos a otras, como la energía, que nunca se destruye, sino que se transforma, y así hemos podido leer obras como el Léxico sucinto del erotismo (1959), capitaneado por otro André, también Breton. Lo que nació en un principio como un catálogo de la exposición universal surrealista en París acabó con la redacción de un vocabulario que contó con un equipo de colaboradores entre los que figuran Octavio Paz, Joyce Mansour y Alain Joubert.

En los sesenta, una mente clasificadora, obsesionada con las taxonomías de la tipología más diversa, publicaba su propio concepto de enciclopedia: una colección de cuatrocientos ochenta recuerdos que llevó por nombre Je me souviens (1978). Su autor, Georges Perec, lograba resolver con una fórmula simple la expresión de una noción compleja: tratar de aglutinar las piezas de un puzle con las que formar una enciclopedia cultural de Francia. Así lo expresé en el prólogo que llevaba la traducción de dicha obra, publicada en España por Berenice en 2006 con el título de Me acuerdo. No deja de resultar curioso que aún hoy haya personas que le afeen el gesto a Perec, achacándole que Je me souviens no es más que una versión francesa de I remember (1975), la obra del estadounidense Joe Brainard de la que Perec afirma explícitamente sentirse deudor. Nada más alejado de la realidad o tan cerca como la enciclopedia de Chambers y la de Diderot. Al igual que dos diccionarios pueden llevar el mismo título y conducirnos con la misma técnica —por paradójico que pueda parecer— a lugares distantes (piensen en María Moliner frente al Diccionario de la lengua española de la Academia), dos obras pueden titularse Me acuerdo y separarnos, ya no solo por el peso del país en el que se publicaron, sino porque sus estrategias son claramente opuestas.

Quienes afirman que el Je me souviens de Perec es el I remember de Francia demuestran con ello que es muy probable que no hayan leído la obra de Brainard. En una carta a un amigo, el estadounidense le contaba con una sintaxis algo rebuscada que, mientras componía sus recuerdos, se sentía «como si fuera Dios escribiendo la Biblia. Es decir, no siento como si estuviera escribiendo pero es porque es sobre mí sobre lo que se escribe». Basta, como digo, con leer ambas obras. Mientras que I remember (1975) despide esos destellos de lo que hoy llaman el imaginario colectivo aunque, en realidad, no sean más que espejismos de una primerísima persona del singular, Je me souviens recorre el camino opuesto y logra, con ese mismo pronombre, y a partir de experiencias personales, sintetizar un sentimiento compartido por personas de toda suerte, procedencia y condición, porque lo que verdaderamente comparten es la propia esencia de la enciclopedia: el eje que articula tiempo y nación cultural. El salto de Perec es una pirueta cargada de ingenio, el paseo por el alambre de un funámbulo, un desafío a quienes parecen creer que no se puede hacer algo nuevo a partir de una idea anterior o que todo lo que se haga a partir de esa obra previa está condenado a repetirse. En su breve obra El viaje de invierno, también de publicación póstuma, Perec analizaba la experiencia de la apropiación textual. Nada en Perec es nuevo y, a un mismo tiempo, todo lo es, demostrando así que no copia quien quiere, sino quien puede. 

En 1975 aparece Roland Barthes par Roland Barthes, obra en la que el filósofo francés se preguntaba si «no podría definirse cada texto por el número de objetos dispares» que contiene; a la crítica «antiestructural», afirmaba Barthes, «le bastaría para ello con considerar toda obra como una enciclopedia». Ya lo había visto así Raymond Queneau, quien, tras separarse de los surrealistas, comenzó a trabajar en los años treinta en una Enciclopedia de las ciencias inexactas que llevaba por subtítulo «Los locos literarios», y que, con un amargo guiño a su naturaleza heteróclita, rechazaron los editores. Caprichos del destino, en 1956 Queneau se convirtió en el director de la Encyclopédie de la Pléiade de Gallimard. No sorprende, por tanto, que, cuando falleció el 25 de octubre de 1976, al día siguiente Italo Calvino le dedicara su obituario en Corriere della Sera definiéndolo como «un moderno enciclopédico». La enciclopedia, esa memoria colectiva de un país que se infiltra en las letras francesas como los ríos subterráneos que impregnan la tierra que rara vez tocamos. 

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One Comment

  1. Buen artículo. Se entiende que el año en que se terminó de publicar el “Diccionario de autoridades” es 1739, un lapsus debió de introducir ahí un 1939 erróneo.

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