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«Enfermedad, desenfreno, locura, infierno»: del amor y la melancolía en los tiempos antiguos

2048px Charpentier Constance Marie Melancholy 1801
Melancholy, por Constance Marie Charpentier, 1801.  (Clic en la imagen para ampliar).

La melancolía amorosa ha sido objeto de reflexión en todo lo que va de Platón y Aristóteles a Camilo Sesto y —quizá por eso mismo— lo más llamativo es que no se haya resentido nunca su prestigio. Todavía, en efecto, identificamos más el amor con el absolutismo adolescente que con una vida cumplida, como si la maladie d’amour diera un aval de autenticidad a quien la siente. No es algo ajeno a nuestra educación: con modulaciones muy diversas, la melancolía erótica está lo mismo en la Celestina que en el Werther, en Pavese y en Cervantes, en Mann y Leopardi y Ausiàs March. La padecieron Stendhal y «la monja portuguesa», Berlioz y Alain Fournier. La vemos actuar en Píramo y Tisbe, Tristán e Iseo y Romeo y Julieta. La pensaron Rousseau y Plotino, Avicena y León Hebreo, Burton y Ortega y Huarte de San Juan. Y aun fue moda lo mismo entre los vates del Romanticismo que entre los laudistas isabelinos, los pintores de entreguerras o —ahora mismo— los cantantes de la sacarocracia latina.

En el siglo XII, Andreas Capellanus, tratadista del fin’amors trovadoresco, define muy hermosamente la pasión amorosa en calidad de «immoderata cogitatione». Más crudos o más impíos, los expertos contemporáneos no dejan de afirmar lo mismo al subrayar que la experiencia del enamoramiento es lo más cercano a la enfermedad mental que una persona estándar padecerá en su vida. «Odi et amo», «hielo abrasador» o «fuego helado», la percepción shakesperiana de que «mi amor es una fiebre» es tema que está ya en la lírica egipcia y —ante todo— en una tradición que, por espacio de milenio y medio, mezclará filosofía y medicina, fisiología y psicología, desde tiempos de Galeno. «El mejor filósofo» hace ahí «el mejor médico» para esos presos de locura amorosa cuyo destino pasa por «o enloquecer o morir». Y si la teoría humoral de estirpe hipocrática aborda la cuestión del amor insanus como un desequilibrio de los humores constitutivos del hombre —sangre, flema, bilis y bilis negra o atrabilis—, su naïveté precientífica no dejó de propiciar poderosas intuiciones sobre la persona y sus afectos. Ante todo, sobre esos pasadizos siempre oscuros que mueven a un mismo tiempo cuerpo y alma.

Curiosamente, la tradición galénica afirmaría desde antiguo una cierta superioridad moral —vigente hasta hoy— en la personalidad del melancólico. Los tocados por un temperamento saturnino dispondrían de raras armas de sabiduría para «entender e indagar» y tender puentes entre genialidad y locura. De ahí el continuo ascendiente de la melancolía como hondura o lucidez, también en lo atinente al amor. Y de ahí también, paradójicamente, que la propia materia amorosa —«esa deliciosa enfermedad»—, con su capacidad de alteración de los caracteres más moderados, fuera permanente objeto de disquisición para sanar o al menos encauzar esos afectos. A tales fines se iban a consagrar pensadores del Medievo islámico y cristiano hasta alcanzar su eclosión con compiladores como Burton, Bright, Alonso de Santa Cruz y Jacques Ferrand a partir del siglo XVI. Son gentes cuya erudición pasma y cuya lucidez sorprende, al tiempo que —por inocentes o incorrectos— no dejan de movernos hoy a una cierta hilaridad. En todo caso, fueron quienes pensaron en la melancolía amorosa con mayor sistema y mayor fruición. Vayan aquí, por tanto, sus observaciones sobre el amor y sus catástrofes, sus tentaciones, sus remedios y —por supuesto— su gloria[1].

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3 comentarios

  1. Y Cómo es él?
    En qué lugar se enamoró de ti?
    De dónde es?
    A qué dedica el tiempo libre?
    Pregúntale,
    Por qué ha robado un trozo de mi vida?
    Es un ladrón, que me ha robado todo.

  2. Usted a expuesto un montón de calamidades que Agustín, con sus cinco preguntas manda al desván del olvido. También ha repetido con otras palabras las frías consideraciones económicas: el producto de esa pasión enfermiza es el PBI pequeñito de cada país. Y como la culpa de todas nuestras penas son ellas, también me rindo, pero lleno de admiración por esas criaturas frágiles e ingenuas. Excelente artículo. Un gusto leerlo.
    A la mañana, ella baja las escaleras, y después del último escalón se apoyará sobre esta tierra, y no sé si las columnas de este templo diurno podrán sostener y explicar, aunque sea con un oráculo, lo que siento al verla. Es la patología de lo esencial que perdurará mientras la vea.

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