La larga marcha con tacón cubano de Santiago Auserón

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(Detalle) Santiago Auserón fotografiado por Lupe de la Vallina.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 38

Al llegar a la edad que cantaban los Beatles, «When I’m sixty-four», Santiago Auserón anda en mil frentes: presenta su disco Vagamundo con la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia a la vez que gira con el sexteto de Juan Perro. Le queda tiempo para revisar su tesis doctoral sobre la música en la Grecia antigua para publicarla en libro y seguir viajando con frecuencia a Cuba para tocar e impartir conferencias en la Universidad de las Artes. Un viaje increíble si tenemos en cuenta que el artista se presentó en sociedad en los setenta con un punk power pop adolescente. Como estudioso de la filosofía que es, nuestro encuentro con él se podría titula con el epígrafe nietzscheano: «Cómo se llega a ser lo que se es». Así rememoramos la difícil carrera de la legendaria Radio Futura hasta que se hizo inevitable el cambio de rumbo.

«Veneno en la piel» o «Escuela de calor» son hits incontestables que fueron debidamente reconocidos en las listas. Forman parte de la eternidad ochentera, pero Radio Futura no era en realidad un grupo orientado al pelotazo. Sus discos no admiten precocidad. Exigen un diálogo con quien quiera sumergirse en ellos. Idas y vueltas hasta engancharse a esa nube eléctrica de la que emanan melodías latinas y ritmos negroides entre versos enigmáticos pero sugerentes. Su legado ni se alargó más de lo conveniente ni ha vuelto a ser reivindicado en reuniones, y, sin embargo, levantarlo fue una tarea titánica. Una gesta que merece ser contada. 

En una taberna portuaria de la Barceloneta, el tupé de Santiago Auserón hace juego con el entorno. Es un cuadro perfecto de mestizaje o, como él dice, «transculturación». Fue así como llegó el rock y la música negra americana a España. Por las inyecciones que supusieron las bases militares americanas. Al personal destacado en ellas le llegaban, junto a la crema de cacahuete y los helados, los lanzamientos discográficos solo una semana después de aparecer en Estados Unidos. 

La presencia de la Sexta Flota en Barcelona impulsó el jazz local y creó escuela. A Gualberto y Eduardo Rodríguez Rodway en Sevilla se les contaminó su guitarra flamenca con los sonidos blueseros que escapaban de las bases de Morón y Rota. En Madrid, los americanos del barrio de la Concepción obsesionaron con sus rockolas al que luego sería un periodista clave en el devenir de la música popular española, Jesús Ordovás. En Zaragoza, en la base de San Gregorio, trabajaba el padre de los hermanos Auserón. 

Cuando se animaba, nos ponía discos, organizaba fiestas, hacía cócteles con dry Martini, nos adoctrinaba con sus discos de Louis Armstrong, Sinatra, Nat King Cole, Ella Fitzgerald, Duke Ellington, mientras que, antes, nuestra madre siempre nos había puesto a bailar antes de comer con un musical de televisión en el que aparecían los grupos de moda españoles haciendo versiones de los Beatles, Kinks, Who o Rolling Stones; grupos como Los Brincos, Los Mustang, Los Sírex, Bruno Lomas, Lone Star

El curro llevará a los Auserón a Villanueva de los Castillejos y Puebla de Guzmán, en Huelva, donde lo que se escucha es soul. Santiago empieza a trabajar con quince años de delineante. En los ratos libres, le dejan estudiar sobre la mesa de dibujo y se enamora del libro de Filosofía de sexto de bachillerato: «Se reveló en mi cerebrito una propensión a lo abstracto. Como no entendía nada de lo que querían decir con la relación entre materia y forma de Aristóteles, o los conceptos de espacio y tiempo de Kant, pero me imaginaba de todo, sentí la necesidad de averiguarlo». Al mismo tiempo, junto a su hermano Luis se subió por primera vez a un escenario con una guitarra: «Intentaba componer canciones progres, dylanianas, y le pusimos música al Romancero gitano delante del cura del pueblo y la Guardia Civil, que estaban sentados en primera fila y asistieron todos impertérritos, pues el Romancero todavía era objeto de censura». 

Enganchado a la funesta manía de pensar, se desvió de la línea que habían marcado para él sus padres, el paradigma del niño bien de la época franquista: estudiar para ingeniero de caminos. Y tiró por la Filosofía, aterrizó en la Universidad Complutense y en una ciudad, Madrid, que al compás del declive del régimen empezaba a agitarse a merced de corrientes subterráneas y un ambiente cultural efervescente. 

En los bares se juntaba la gente de la periferia con la gente bien, eso fue el germen de la nueva ola. Empezó a decaer el rollo y la cultura del ácido en Barcelona, y empezó a subir en Madrid, donde en la universidad todavía estaban con la canción progre y contestataria, pero en los barrios escuchaban rock selecto e iniciado. Estaban mejor informados en San Blas que en la Complutense; iban de Soft Machine a Kevin Ayers, Robert Wyatt, Velvet Underground, Lou Reed, John Cale, Roxy Music, Brian Eno, Mahavishnu Orchestra y Weather Report, además de Miles Davis, por supuesto.

Pero el objetivo de Santiago era convertirse en profesor. Para doctorarse, acudió a París. Al Centro Universitario Experimental de Vincennes, también conocido como París VIII. Una facultad que recogía los impulsos de Mayo del 68 con profesores como Gilles Deleuze, Jean-François Lyotard, y François Châtelet. «Al principio, se formó allí un foco de igualitarismo, pero luego fue rebeldía antisocial, tráfico de drogas y delincuencia», recuerda. Para ganarse la vida tuvo que pintar pisos y empapelar apartamentos hasta que el padre de su novia le contrató a media jornada en un despacho de contabilidad, con lo que pudo alquilar un angosto apartamento sin baño.

Le llevó hasta allí el escándalo que se había montado en la Complutense con el libro El Antiedipo, que no había gustado ni a escolásticos ni a hegelianos marxistas, y solo fue bien recibido entre los pocos nietzscheanos. Sin embargo, en esta moderna facultad no encontró su sitio: «No me sentí igual que el alumnado izquierdista más iluminado, me parecía que en el radicalismo de aquella gente había un porcentaje de pose e impostura. Igual eran sinceros, pero yo veía una inclinación a la pose por cómo hablaban, cual jacobinos airados, y a mí todo eso me daba un poco de dentera… o náuseas». 

Mientras tanto, en esas fechas, finales de los setenta, al ritmo sucio y frenético de los Ramones y los Sex Pistols, Madrid ya ardía. Los moradores de las galerías de arte empezaron a dejarse ver por los conciertos, y viceversa. Santiago regresó a la capital y se sumergió en el ambiente formando el colectivo Corazones Automáticos para escribir en grupo críticas de discos y conciertos. 

Un día había que entrevistar a un artista, Herminio Molero, del que sabían, por el pintor Manolo Quejido, que quería formar un grupo «al estilo de Brian Eno». La realidad era más prosaica, se había hecho con el sintetizador ARP que llevó Brian Eno en su concierto con Robert Fripp en Madrid y pretendía inventar «un rock castizo madrileñista con ciertos aires perversos publicitarios».

La estrategia de Molero pasaba por montar «una coral pop, de chicos y chicas jóvenes cantándole a la vida», ríe. Pero lo mejor era su coartada intelectual. Molero les aseguraba: «Utilizaremos la publicidad para acceder a los medios y, cuando nos demos a conocer, haremos arte radical». Ese fue el juego. «Una estrategia entre warholiana y maoísta», sigue riéndose, «un izquierdismo taimado… falso», sentencia Santiago.

Contagiados del ambiente propio de los tiempos, Luis Auserón acepta el reto y se mete en el grupo a tocar el bajo, algo que siempre ha querido, pero que no ha hecho en la vida. Santiago se encarga de guitarra y voz. Y Molero recoge en el Rastro a Enrique Sierra, que venía de Kaka de Luxe pero se había quedado sin grupo por la mili. El invento, originalmente llamado Orquesta Futurama y luego Radio Futura, se presenta en una convención de cómic de ciencia ficción y echa a andar de la mano de Hispavox con el típico contrato leonino de la época y un objetivo claro e inequívoco: llegar al máximo de gente posible aprovechando el fenómeno fan. 

A Herminio le guardo cariño y agradecimiento, pero no ponía el acento en la preparación, aunque es verdad que en todos los locales de ensayo pasaba lo mismo, todo el mundo quería subirse a un escenario sin protocolo previo. No había ninguna perspectiva de éxito ni de carrera profesional. Lo que ocurrió después fue una sorpresa absoluta. Nos reuníamos en asamblea para discutir el rumbo que debía seguir el grupo y teníamos discusiones feroces con Herminio, que solía convencernos porque era emocionalmente contagioso y muy inteligente. Aunque, antes de ponerse a elucubrar, se metía unas pipas de hachís que se desmayaba. Esas lipotimias acabaron con su carrera en directo porque había que recogerlo del suelo. 

Pronto hubo desavenencias. En giras con Mabel, Leif Garrett y Pedro Marín, el grupo tenía que actuar en playback, lo que enervaba a Enrique, que era un guitarrista heavy de Moratalaz, y a los Auserón. Negociando con el sello, aceptaron hacer cuatro presentaciones en playback si se montaba otro bolo en directo en cada ciudad que visitaban. 

La publicación de su primer LP, Música moderna, con el megahit «Enamorado de la moda juvenil», de alguna manera se convirtió en una invitación al do it yourself para toda una generación. A la crítica también le hizo gracia la colorida propuesta. La percibieron como una suerte de B-52’s o Talking Heads con caja de ritmos, pero la diferencia de caracteres y objetivos artísticos era una grieta demasiado ancha. Molero quería seguir con un grupo de power pop con algo de psicodelia y un marcado espíritu de teen-idols. Los Auserón y Sierra, no obstante, se deslizaban ya hacia el afterpunk y la nueva ola. Para rematar, el plan de Hispavox para ellos estaba más cerca de Los Pecos que de Música moderna

Recuerdo a un ejecutivo de pelo inmaculado, que iba por el despacho limpiando las cenizas de nuestros cigarros, que nos citó para proponernos lo que iba a hacer grande de verdad a Radio Futura. Nos puso «¡Qué idea!» de Pino D’Angiò y nos dijo que con una versión de esa canción nos comeríamos todo, España y América. Nosotros nos miramos, nos levantamos y nos fuimos sin responderle nada. Molero tampoco pudo argumentar nada ahí. 

El sello, como no podía domesticarlos, les cerró las puertas. Tenían contrato, pero no les dejaban grabar. Por el camino, lo dejó Herminio, padre de la criatura, que no quiso entorpecer la sólida evolución creativa que estaban tomando. Pero predicaban en el desierto. Mandaban a Hispavox las maquetas de «Escuela de calor» y el sello no se las tomaba en serio. Santiago tuvo que pedir explicaciones por carta al capo de la discográfica, José Luis Gil, que le contestaba despectivamente a cada misiva. Solo avanzaron las cosas en los márgenes del negocio y de la industria gracias a que Jesús Ordovás podía pinchar grupos sin pasar por una discográfica. 

Tocábamos mucho por los pueblos, los rockeros con chupa de cuero en el interior de Castilla venían con cestas de huevos creyendo que éramos como Ramoncín, pero lográbamos que pasasen de estar malencarados al principio a terminar todos bailando sin camiseta y a lo loco con ayuda de algunas anfetaminas. 

Apoyados por un directivo díscolo, Carlos Juan Casado, lograron plasmar el nuevo sonido en un single, La estatua del jardín botánico / Rompeolas al que Hispavox se negó a darle su marca. Aparece en el mercado con un sello nuevo creado para la ocasión, Flush, que lo mismo significa ‘transacción monetaria’ que ‘tirar de la cadena’. «Muy acorde con el espíritu de la casa», bromea Santiago. 

Enrique Sierra, Carlos Velázquez, Luis Auserón y Santiago Auserón. Fotografía cortesía de La huella sonora.

Tampoco la crítica entendió que el grupo escapase de las melodías directas y asequibles. Se les tachó rápidamente de pretenciosos. A los nuevos fans de Radio Futura hay que buscarlos desde entonces en los jóvenes españoles que querían ser poetas o artistas.  

En ese single quise meter mis lecturas de filosofía, como la Monadología de Leibniz, que para mí tenía un valor estético y seductor tremendo con esa idea de que cada ser es una unidad dentro de otra unidad más grande. Apostamos por una línea de creación completamente distinta. Algo que aunase el simbolismo francés y la poesía clásica española, que tenía que entrar por derecho. Encontramos que entre la letra y la música había un territorio inexplorado. Esa fue nuestra clave, meter el castellano en los ritmos sincopados internacionales. 

El respeto les llegó por la fuerza de los hechos, en este caso, de los riffs. Si antes del single, en un concierto en Castelldefels, habían sido teloneros de Los Rebeldes y los rockers, moteros de pedigrí, les habían obsequiado con una lluvia de botellas, fueron teloneros de Elvis Costello y lograron salir airosos. Funcionaba.

José María Cámara, de Ariola, quiso ficharlos ese mismo día, en el camerino, a cualquier precio. Pero la postura de fuerza en la negociación la tuvo por primera vez el grupo. Ya tenía el éxito y lo había logrado sin sello. Habían obtenido la carta de libertad de Hispavox unos meses antes. El empresario estuvo audaz. Les dijo que si querían fichar sin contrato podían hacerlo. Y así fue. Con un pacto de caballeros. Tuvo ojo para apostar por ellos, pero en el mercado internacional grupos como los Clash, con London Calling o Sandinista!, ya se estaban abriendo a los sonidos de otras latitudes. 

El éxito les llegó por el método ortodoxo, colocando un hit: «Escuela de calor». El riff inicial de Santiago sonaba a George Benson, a jazz light, pero pasado por la centrifugadora de Enrique cobró otro sentido. «Lo considerábamos un temilla más, pero vimos que gustó a todo el mundo, hasta a la gente del jazz, a los que les decíamos avergonzados que se trataba solo de dos acordes. Ellos contestaban que en realidad no hacían falta más, cuando uno sabe improvisar», confiesa Santiago. En ese mismo LP otra canción despechada también se convirtió en histórica. Era la última, «Semilla negra», originalmente compuesta para Miguel Bosé en un intento de dar un giro a su carrera, pero la rechazó. Era muy mestiza, una guajirita que en el estudio engalanó Raimundo Amador. Luis Auserón le puso el título. Marcó el palo por el que tirarían en los siguientes trabajos sin vuelta atrás.

Con la «Escuela» pegando en la radio, se volvieron a subir a una ola que en parte habían creado con «Enamorado de la moda juvenil». Eran aquellos días, sobre cuyo legado todavía no hay ningún acuerdo consensuado, que tuvieron a bien ser denominados «la movida». 

Empezó a haber movimiento en bares de Chueca, sitios a los que todavía iban los de Fuerza Nueva a sacudir a la peña y tenían que salir los camareros con bates de béisbol. Había gente como García-Alix o Ceesepe, y pronto llegaron los medios a prestar atención al movimiento que se notaba; detrás de ellos vinieron las discográficas. Yo desconfié un poco de la noche madrileña, o desconfiaba hasta que una noche salía y volvía a casa dos días más tarde. Pero cuando me recuperaba de la resaca guardaba cierto resquemor, necesitaba volver a los libros y ver todo aquello desde fuera. Tampoco me he fiado nunca mucho del negocio del espectáculo, con Radio Futura pudimos habernos forrado y no lo hicimos porque no quisimos. 

Fueron de los primeros en dar el salto de las setenta y cinco mil copias a las ciento cincuenta mil, y luego doscientas mil. Ese potencial lo invirtieron en que sus discos se produjeran con todas las garantías. Viajaron a grabar Londres, donde Joe Dworniak les metió el gusanillo por los sonidos jamaicanos que sonaban por las esquinas de los barrios de Inglaterra. Ya sabían de qué iba. Mink DeVille ya había retratado así el Bronx, con todos sus ecos latinos, y había sido, durante los años de gestación del nuevo sonido de Radio Futura, la certeza de que no podían estar equivocados. 

Aun así, pronto apareció otra controversia. Enrique y Luis querían sonar más anglo y Santiago tuvo que convencerlos para hispanizar cada vez más el sonido. Otra pelea surgió por la vía hedonista. A Solrac, el batería, que a la querencia latina la llama con rechazo «merecumbé», le tira demasiado la noche y empieza a dejar plantado al grupo con demasiada frecuencia. «Probablemente la mejor formación de Radio Futura fue con él, yo quería que todo fuese por igual en el grupo, pero la respuesta no fue la misma. Yo ya estaba embroncado con sacar eso adelante, así que, si te vas de juerga, lo siento mucho: cambiamos de batería». 

Todo con los pies en el suelo. No eran dioses. En Londres, si desaparecía algo en el estudio, los culpaban a ellos. En Nueva York, donde fueron a facturar La canción de Juan Perro, los Talking Heads, propietarios de los estudios Sigma Sound, los miraban por encima del hombro en los pasillos. «Siempre he sido muy sensible a ese tipo de miradas entre civilizaciones», recuerda Santiago, que para entonces ya ha puesto la proa a Cuba y sabe que, si bien no es capaz de conducir a Radio Futura hasta el Caribe, la isla le servirá de plan de escape. 

Lo que estaba pasando en España en aquellos años era la continuación de la generación del 27, todo lo que había en España y fue interrumpido por la Guerra Civil y la dictadura, aunque nosotros ya no éramos hijos de la burguesía como ellos, sino hijos de obreros que habíamos llegado a la universidad. Fue una pena que un fascista se cargase a Lorca, porque, si hubieran llegado, tanto él como la generación del exilio al rock and roll nos habrían enseñado mucho. Pero a mí lo que me pasó esos días es que me encontré con la tradición española musical más pura en Cuba. Fue un shock; me encontré una imagen de lo español mejor conservada allí que aquí, y con más futuro allí que aquí. Hay más respeto por España en la Revolución cubana que en la España misma. 

Una nueva complicación fue la salud de Enrique, que pronto empezó a deteriorarse. Sufría una enfermedad renal hereditaria y había visto a su madre y a su hermano morir de ella. Sus entradas y salidas del hospital no fueron meros trámites. Entraba al borde de la muerte. «Tenía una voluntad de acero por salir adelante», dice Santiago, al que una vez se le desmayó en los brazos. Como escribió Cristina Rodríguez en Rock Bottom: «Enrique no era un guitar hero, era un héroe, a secas». 

En sustitución, comenzó un periplo de guitarristas ocasionales que fueron un quebradero más en la cabeza de Santiago. Sobre todo porque Enrique, siempre que podía, volvía. «Una vez se escapó del hospital y se presentó en un concierto, nos dijo que, si tenía que morir, prefería hacerlo en el escenario que en la cama, que por favor le dejásemos estar con nosotros», recuerda emocionado. El guitarrista que mejor llevó los relevos con Enrique fue Ollie Halsall, uno de los mejores de la historia del rock and roll. Su legado con Mike Patto y Kevin Ayers es un tesoro. Pero en los ochenta se encontraba en España colaborando con proyectos tan dispares como Manzanita y Hombres G, y encontró un trágico final propio de los tiempos. 

Nos sabíamos sus punteos de memoria. Fue el que mejor llevaba las entradas y salidas de Enrique. Le cuidó como si fuera su hijo. Era un caballero de cojones. Murió por la heroína, pero él odiaba la heroína. Había visto a Kevin Ayers machacarse con ella, lo que pasaba es que Ayers era un toro, se metía un pico y se iba a hacer pesca submarina. El problema de Ollie fue que, tras tontear y ponerse el morro caliente con un batería amigo suyo en una gira de Radio Futura, se enamoró de una cantante de blues argentina que estaba enganchada. Ahí se pilló en serio. La última vez que le vi fue en una cafetería de Gran Vía; cuando fue a pagar, dijo que invitaba él y sacó un puñado de monedas pequeñas, lo que se había ganado tocando en el metro. 

Ollie logró, entre otras cosas, que una idea que le rondaba a Santiago por la cabeza y con la que no sabía muy bien qué hacer se convirtiera en el riff de «Veneno en la piel». «Interpretada por él sonaba bien», se parte de risa Santiago. Fue su último rompepistas, pero para cuando salió el grupo ya estaba finiquitado. La decisión de abandonar tuvo cuatro pilares. Las discusiones, las giras, los robos y los pleitos. 

Hubo giras en las que llegaron a temer por su vida, como la de México. El país llevaba ocho años sin un solo concierto de rock por prohibición gubernamental y el primero que se celebró cuando se levantó la ley fue el de Radio Futura. La expectación fue máxima y alguien decidió vender el doble de aforo. En las inmediaciones del show se triplicaba la asistencia permitida. La policía tuvo que disolver a los presentes, pero la verdadera masacre pudo ocurrir en el interior. 

Ocho mil personas, dentro de un hotel, bailando pogo. Las paredes se movían, oscilaban. El edificio estaba diseñado para resistir terremotos y se estaba moviendo. Hubo que sujetar a mano las torres de amplificadores para que no se cayeran sobre la gente. Al terminar el concierto, Santiago estaba fuera de sí y el jefazo de Ariola en México lloraba como un niño. No ocurrió una tragedia de milagro. En España ocurría algo semejante. Demasiados walkie-talkies por los pasillos, demasiada seguridad, demasiada expectación. Cuando el público coreaba «Veneno en la piel» los músicos no se oían a sí mismos. Y en esa confusión pasaban cosas como que, de repente, desapareciera el dinero. 

Nuestra mánager, Paz Tejedor, en ocasiones había tenido que negociar con empresarios de la noche que le habían puesto una pistola encima de la mesa. Nuestra última gira, que lo tenía todo vendido, la hicimos con una empresa vasca que montaba los conciertos más importantes. El que manejaba la empresa estaba muy enganchado a la farlopa y, después del último concierto, un llenazo en Las Ventas, desapareció con los veintidós millones de pesetas que nos tenía que haber pagado. También se la hizo idéntica a Duncan Dhu, por lo que sospecho que más que una adicción igual era el impuesto revolucionario. Una empresa vasca de esas dimensiones en aquella época no pudo ser ajena a todo eso. Igual dijeron: que paguen estos pringaos. Mientras se metía los gramos de tres en tres. Cuando hacíamos reuniones se metía al baño cada cinco minutos y salía con la corbata toda blanca. Apareció meses más tarde de fugarse haciendo de DJ en Punta Umbría y murió poco después. No sé si al intentar dejar el vicio, como suele ocurrir en los consumidores de ese nivel. A mí, todo aquello me parecía inmanejable, absurdo y desagradable. Había que huir. 

Así se produjo la penúltima paradoja de Radio Futura. Como apunta La Fonoteca, en el último LP alcanzaron su sonido definitivo, pero ya no sabían qué hacer con él. Santiago asume esta crítica. «Hice las canciones para cumplir con el contrato, con prisas», reconoce. Pero el golpe definitivo se lo asestó una marca de moda y complementos: Don Algodón. 

«Entraba un día a Madrid por la M-30 y me encontré una valla de siete metros que decía: “Veneno en la piel, Don Algodón”». Fue un golpe más anímico que económico. La canción criticaba la superficialidad y la mella que estaba haciendo la publicidad en una generación con los looks juveniles y las modas. Esa campaña convertía la canción que denunciaba los eslóganes en un eslogan. «Fue una jugada maestra por su parte», admite. Pero fue denunciada inmediatamente. Los abogados de la empresa ofrecieron diez millones de pesetas, pero el grupo consideró que era una obligación moral llevar aquello al juzgado. Sin embargo, no les dieron la razón. La juez considero que las palabras del título estaban en el diccionario y podían usarse, sentencia que ratificó el Supremo. «Las palabras en cuestión nunca se habían puesto en ese orden en toda la historia de la lengua española y su uso publicitario fue una perversión ética del propósito de la canción, lo cual debería pagar daños y perjuicios», lamenta. Pero no fue así, es más, creó jurisprudencia. Encima, las costas ascendieron a diez millones de pesetas. Lo mismo que les ofrecían para arreglarlo. «Todavía no me he quitado de encima todo el estrés que sufrí», advierte Santiago. 

La compañía no entendía que lo dejásemos, hubo que decir que no, que no y que no, que no seguíamos. Cuando nos disolvimos definitivamente, el cabreo que generamos por no atender las leyes del negocio fue importante. Pero siempre he tenido una cosa clara. Yo me mataba a currar para salir adelante, pero, cuando lo conseguía, ya no me importaba perder dinero. Es decir, si me entra un spot, no lo hago. Si me ofrecen mucha pasta para ser presentador de televisión, no lo acepto. Si me quieren embarcar en una gira bajo un eslogan de moda, paso. Solo gano dinero por ciertos medios; por otros, no paso. Al final de Radio Futura, me hice un cálculo: aunque ganara la cuarta parte como Juan Perro, podría vivir bien y dedicar la mitad de mi tiempo a la filosofía. Sería feliz, porque me estaba volviendo infeliz, pero no me salió del todo bien la jugada. Para mantener un nombre algo provocador después de Radio Futura hay que poner toda la carne en el asador, tengo que currar el doble para ganar la vigésima parte. 

Lo que se entiende en su tierra de nacimiento, Zaragoza, con el dicho «hacer un pan como unas hostias». «He hecho un pan como unas hostias, exactamente, pero estoy muy feliz, muy orgulloso de que La Huella Sonora pague sus cuatro sueldos todos los meses, con su seguridad social». 

Pedimos una caña y pasamos a otros temas. Santiago acaba contando que el día anterior ha tocado en un casino y, con la iluminación que había, no veía el mástil de la guitarra. Ahora todo es más pequeño, pero más real. 

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8 Comentarios

  1. ¿Radio Futura teloneros de Ramones?, ¿Cuándo?, ¿Cómo? Que yo sepa, ninguna noticia de ese evento. Por favor, contrastadlo, porque de no ser cierto estáis incurriendo en una información falsa. Gracias

  2. «dos años después fueron teloneros de Elvis Costello»… RF fueron teloneros de Elvis Costello en 1979, no dos años después del single de La Estatua, single que es de 1982…

    • Relájate, amigo, que no es un caso de vida o muerte, todo el mundo se equivoca. Has analizado cada punto del texto y reclamando fe de erratas como si dependiese tu vida de ello, no hay para tanto. Está bien que lo escribas para aclarárselo al redactor, pero de ahí a esa histeria que denotan expresiones como «contrastadlo, porque de no ser cierto estáis incurriendo en una información falsa», da la sensación de que hablamos de espionaje ruso.

      • Perdón por corregir y dar los datos buenos… ya sabemos que lo mejor es el conocimiento inexacto de las cosas, los datos imprecisos -algunos garrafales, pero lo dejo aquí que ya estoy tecleando a toda velocidad-, el spa de la ignorancia. Todo lo demás es histeria y nerviosismo. Saludos desde Arbat

  3. Perdonen la intromisión, pero Brian Eno no usaba un ARP de gira, sino un EMS Synthi AKS. De hecho Molero aparece con uno en una actuación de tv, cosa que me llamó la atención, ya que no habían muchas unidades en España por entonces.
    Como curiosidad, Eno regalo su Synthi a Bowie años después (el cacharrito estuvo expuesto en la expo que hizo Bowie en Bcn).

    Saludos

  4. Para un servidor el mejor grupo español de siempre y su mejor L.P.»De un País en Llamas» al que no se hace mención alguna, claro que, hablan de Santiago Auserón no de Radio Futura.

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