Arte y Letras Literatura

Literatura en el cementerio

Fotografía Margaret Bourke White Getty
Fotografía: Margaret Bourke-White/ Getty.

La muerte, los muertos, importaron siempre mucho, de ahí que no sea de extrañar que el grupo epigráfico más abundante que nos haya legado la Antigüedad sea el funerario, pues mediante la palabra se vencía, de algún modo, a la muerte, se le daba la posibilidad a quien ya no podía hacerlo de que volviera a decir algo. La conciencia de ser mortal es la que turba al poderoso Gilgamesh y lo hace ponerse en marcha para darle muerte a la muerte («¿Para qué ha sangrado mi corazón?»). El asiriólogo Juan Errandonea dedicó una monografía —Vita in memoria hominum— a las inscripciones reales de los sumerios y los acadios en las que se apreciaba cómo la inmortalidad de la fama obtenida durante la existencia por los hechos que compusieran la vida ya perdida de alguien era la única manera que teníamos de vencer a la muerte, si es que eso podía ofrecer algún tipo de alivio o sembrar alguna semilla de esperanza. Entre la fama imperecedera, que perecerá, y la larga vida de la que no quede más registro que una inscripción, Aquiles eligió la primera y sigue levantándose cada mañana para combatir troyanos en las páginas de la Ilíada. Ya decía Thomas Browne que «ser leídos en meras inscripciones que nos confieran eternidad, ser descifrados por arqueólogos, o recibir nombres nuevos como les acontece a las momias, son fríos consuelos para quien aspira a la perpetuidad».

El género fúnebre propiamente, el compuesto por los textos que se inscriben sobre las tumbas, se puede dividir en dos tipos: el formado por aquellos en los que hablan los vivos acerca de quien ya no está —son los epitafios— y el que forman los textos en los que quienes hablan son los propios muertos —autoepitafios—. Todo un libro, el VII, de la fundamental Antología palatina se dedica al poema fúnebre y, a través de una sucesión de autoepitafios, el poeta Edgar Lee Masters construyó uno de los grandes libros de poemas del siglo XX: Antología de Spoon River. Se publicó en 1915 y tuvo un éxito inmediato —hasta el punto de que ese mismo año se hicieron casi dos decenas de ediciones—. Lee Masters, un abogado de Chicago que quería reaccionar, rebajándole los humos a lo poético, contra la poesía experimental de los modernistas, sin tener en cuenta que acabaría siendo un baluarte esencial del modernismo (Pound lo incluyó en su exquisita Catholic Anthology, donde «católico» ha de ser tomado como «universal»), tuvo la genial idea de contar la historia de un pueblo a través de los epitafios de quienes fueron sus habitantes.

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2 comentarios

  1. Excelente y divertida lectura. Gracias

    Caminante, que pasas afligido buscando el sentido
    de la vida en la muerte, recuerda que sobre este
    manto verde que me cubre es permitido pisar el
    césped, pasear el perro, ligar, jugar a la pelota,
    solo te pido que tengas cuidado con la lápida
    a guisa de pararrayos para que no me caiga otro,
    sería el colmo de la mala suerte.

  2. Que buscas, parca,

    ¿Qué buscas, parca,

    entre los desechos del fondo?

    ¿Alabanzas por tus triunfos en la guerra?

    ¿Miedos abandonados?

    ¿Qué buscas, que no encuentras,

    hurgando en cestos de papeles

    poesías que te ensalcen,

    ideas que te nombren,

    argumentos supervivientes

    de encastre perfecto

    con el corte vital

    que tu mano apartó?

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