Ciencias

El sol de la infancia

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Mánchester, 1954. Fotografía: Getty.

El 22 de febrero de 1939 fallece en Colliure (Francia) el poeta Antonio Machado. Tenía sesenta y cuatro años. Su hermano José, que le acompañaba, relata que un par de días después encontró en uno de los bolsillos del abrigo de Antonio una cuartilla de papel arrugada donde había escrito su último verso: «Estos días azules y este sol de la infancia». Hay veces que el talento se arremolina y se presenta donde menos se le espera. Ese verso, esa ráfaga de luz sevillana que le llega Antonio Machado con el aire de la muerte es, en su sencillez, uno de los más hermosos que un servidor ha leído en castellano.

En el a 1958, en el prólogo a su libro El revés y el derecho, el escritor francés Albert Camus recuerda los días soleados llenos de pobreza y felicidad que poblaron su niñez argeli­na y que están en la base de su personalidad y de su obra: «En todo caso, el calor que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento». Camus escribió esto un año después de recibir el Premio Nobel de Literatura y dos años antes de morir. Entonces no atravesaba por un buen momento: luchaba a brazo partido contra Sartre por la supremacía intelectual en Francia. Fue este un cruel combate en el que Camus, poco dado a componendas, recibió duras críticas de los más prestigiosos círculos culturales galos. Así pues, en lo más crudo de su vida, Camus también recordaba las fortalezas adquiridas en una infancia cálida y protegida.

Sobre los hombros de Albert Camus, el escritor y periodista canario Juan Cruz ha tejido brillantes tramos de sus libros de memorias, que son varios y amenos. Tal vez sea en El niño descalzo (2015) donde el autor tinerfeño se declara más abiertamente heredero de la atmósfera de luminosidad y calor que tanto ayudó a Camus a salir a flote. Cuando descubrí la famosa frase del argelino resultó que Juan Cruz llevaba años trabajando en ella y sobre ella había escrito con letra de adolescente enamorado su primer ensayo, titulado Sobre la obra de Camus hay mucho sol. El artista César Manrique contaba que cuando se sentía confuso o cansado necesitaba volver a pisar las arenas de la playa de su infancia, en Lanzarote. Y que entre la luminosidad de La Caleta y la pulsión telúrica le rebrotaba el alma. Escribió Manrique: «La alegría más grande que tengo es la de recordar una infancia feliz, veraneos de cinco meses en La Caleta y  en la playa de Famara, con sus ocho kilómetros de arena fina y limpia, enmarcada por unos riscos de más de cuatrocientos metros de altura que se reflejan en una playa como un espejo. Esa imagen la tengo grabada en mi alma como algo de una belleza extraordinaria que no podré borrar en mi vida».

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5 comentarios

  1. Ataúlfo Llàdor

    Leer que el omnipresente tinerfeño se atreve a comparar cualquier dimensión de su existencia con la de Camus es suficiente para abandonar la lectura del artículo…

  2. Interesante. Yo no tengo dudas de que la verdadera patria de una persona es su infancia, salvo que haya sido terriblemente desgraciada y sin atisbos de alegría.

    Leyendo el artículo, me ha surgido la duda de por qué el sol y la luz de nuestra etapa adulta no nos impactan con la misma fuerza que los que recordamos de la infancia. Quizá sea porque de niños nos sumergimos en la naturaleza con quince sentidos, con todo nuestro cerebro y sentimientos abiertos a la fascinación de un amplio mundo que para nosotros aún es misterioso y está lleno de posibilidades, mientras que de adultos nuestra relación con la naturaleza es más cerebral, reflexiva y desengañada. Podremos ir a un centro de reposo cada año, pero creo que, en la vejez, lo que seguiremos recordando con añoranza serán las sensaciones infantiles.

  3. No es la temperatura sino el descubrimiento del mundo. Cuando descubres algo, lamentablemente, no puedes volver a descubrirlo.

  4. “Nunca acaba, nunca acaba la infancia”. Hermosa y sugestiva afirmación no obstante su insensatez. Una de las tantas Intuiciones a las cuales los poetas y escritores deben su merecida fama, porque solo con una mirada de niño se puede, no digo comprender, pero sí aceptar a regañadientes el extraño mundo de los adultos al cual pertenecen. Me vienen a la memoria “El Idiota”, que solo por motivos literarios no se intituló el niño o el joven, el “Guardián en el centeno”, “Harry Potter”, y tantos otros. Los poetas con sus palabras son como los comodines de las barajas que aparecen cada tanto para dar sentido al juego del mundo, pero cuando vence tal o cual color con sus inesperadas llegadas, luego ni se acuerdan de ellos porque están convencidos de que no son necesarios. Sin embargo, si faltaran sería imposible tener la más mínima esperanza. Golpe a golpe, verso a verso, decía un poeta. Esperanza en la “insensatez”. Notable el comentario de K. El paso de la infancia a la adolescencia, cuando uno inevitablemente ya comienza a ser viejo a pesar de los pocos años vividos, creo que es más evidente en las niñas que en los niños.

    “Adolescencia de repente”, de otro poeta que, además de libertino murió alcoholizado.
    Me parece que la nena del vecino,
    ayer,
    mientras jugaba, dejó de serlo,
    porque
    abandonando en el suelo
    una bolsita llena de figuritas coloreadas,
    hilos de seda, perlitas y botones
    y en un gesto ya olvidado
    ¡se puso a mirar el cielo!,
    más allá del techo del establo,
    por encima de los árboles,
    entre las nubes,
    y ahí quedó extraviada,
    sin darse cuenta
    de que algo había cambiado,
    tal vez un poco más de quietud en la mirada,
    parsimonia en los gestos,
    los pasos ya no precipitados.
    A la rastra sus ojos se trajeron aquel cielo
    al que jamás había hecho caso
    y por esto no podía reconocer a sus juguetes,
    los acomodó con cuidado dentro de donde
    habían llegado, uno por uno, luego
    se abotonó despacio y con escrúpulo
    el cuello de su camisita desordenada,
    inspeccionó sus manos, alisó su falda
    y al descubrirme que la observaba sonrió,
    feliz,
    como una niña,
    a todo aquello que la circundaba.
    Algunas estrofas de una zamba del hemisferio sur.
    Me veo chango en el patio jugar,
    el “cachimoto” mirarme y torear,
    y en la batea con “puyos” “tapao”
    leudando está el amasijo para hacer el pan.
    Qué tiempo feliz el de la niñez
    velay yo no sé para qué pasará,
    palabrita e’dios que dan ganas e’llorar
    de solo pensar que no volverá….
    Veo a mi tata contento y feliz
    pitando un “chala” y meta matear
    mientras mi mama dele trajinar
    secando va sus santas manos
    en el delantal…
    Gracias por la amena lectura.

  5. Pingback: El sol de la infancia – Colectivo Perrotrespatas

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