
El cerebro. Después de hurgar a lo largo de un par de siglos en sus entrañas, en sus células y en sus moléculas, sabemos todo sobre él pero no cómo funciona. Igual hemos sido demasiado optimistas (o ingenuos) en pensar que una maquina tan prodigiosa se pueda entender sencillamente descomponiendo y analizando sus microscópicas componentes, y luego haciendo una aglomeración de unidades que, como siempre, al final nunca puede alcanzar la belleza de su todo.
Un sistema complejo, por definición, no es igual a la suma de sus partes porque, como decía Henri Poincaré, lo que realmente cuenta no son los elementos sino sus relaciones. Saber cómo funciona una neurona es fundamental, cierto, pero es fundamental para saber cómo funciona una neurona, no un cerebro. Y, mucho menos, una mente. La palabra «mente», aunque alguien muy reduccionista la pueda tachar de concepto abstracto y espiritual como si fuese un «alma», biológicamente se refiere al conjunto de procesos y mecanismos que generan nuestras capacidades cognitivas. Y a estas alturas son muchas las teorías y las evidencias que sugieren que esta mente no es un producto del cerebro, sino un proceso, que se genera gracias a una interacción entre cerebro, cuerpo y medio ambiente. Aunque queda por ver en qué medida estos tres componentes aportan al mecanismo general y con qué roles, y aunque tal vez el cerebro sea el microprocesador de toda esta máquina, tenemos la evidencia de que el cuerpo, con toda probabilidad, tiene su papel activo en el proceso cognitivo (a menudo se usa el término embodiment para referirse a estas funciones), y que el medio ambiente (incluso la cultura y en particular la tecnología) también carga con una parte crucial del mecanismo.
Así que ya tenemos tres componentes para entender nuestra cognición, y entonces podemos actuar en los tres ámbitos para forjar nuestra mente que, al fin y al cabo, es el resultado de un flujo de información entre ellos. Como los electrones, viajando entre situaciones de diferentes potenciales, generan una corriente eléctrica o un campo magnético, así la información viajando entre cerebro, cuerpo y ambiente, genera una «mente». Tenemos que hacer un esfuerzo bastante extremo para hacernos con estos conceptos, porque llevamos siglos dando por hecho que el cerebro es un ordenador autónomo y que lo hace todo solito. Nos cuesta mucho ahora tener que incluir, por lo menos, elementos periféricos (la tecnología) que exportan parte de sus funciones y de sus capacidades más allá del sistema nervioso.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Hay artículos como este con un argumento difícil de asimilar que son reconfortantes por lo inteligibles. Así espero, porque “siento” una contradicción entre su primer parágrafo y todo lo posterior. Usted dice que no sabemos cómo funciona, pero luego describe múltiples experiencias que me induce a pensar que, sí, no lo sabemos, pero estamos ahí, con unos milésimos insignificantes de incertezas, más de retoque final de un trabajo que de aportes o sustracciones al objeto tratado. A menudo pienso que la maravilla cotidiana de la percepción de todo lo que me rodea, incluyendo mi cuerpo, nos lleva en manera equivocada a considerarnos trascendentes, mágicos o únicos. Esto ha dado lugar a ideas y obras de arte y ciencia insuperables, con religiones incluidas, las más comprometidas a tal fin, pero que, en el fondo no somos más que un organismo con el privilegio de conectar ese espacio tridimensional que nos dan los sentidos con nuestro “espacio” interno, con tiempo y materia incluida, más o menos como usted explica. Existimos ambos y no nos preguntamos cómo. Si no tuviera una dinámica “vivaz” el plástico inerte de mi ordenador no lo percibiría. Sin saberlo sabemos que están tan vivos como nosotros, se muevan o no. Sucede que están “afuera” lo que es aún más fantástico, y más estupefaciente es que no nos damos cuenta. En definitiva, seríamos parte de un todo como han intuido religiones y ciencias esotéricas. Creo que la conciencia, ese objeto tan misterioso no es otra cosa que la suma de todas las percepciones que hemos heredado del momento que aparecimos sobre la tierra, necesarias para nuestro cerebro, no para “nosotros”. Sueños incluidos. Creo que tendría que detenerme aquí. Es todo tan difícil de explicar que daría razones para avalar que sí, que no sé cómo funciona. Sin embargo, me parece tan banal nuestras existencias que no me lo creo.
Es una pena que no haya comentarios sobre este tema tan apasionante, lo que me lleva a pensar que todavía no me acostumbro a lo relativo.
Existir es un escándalo quedo con todos sus pequeños escándalos subordinados de amores, de odios,
de fe, de avaricia, heroicidad y revanchas en los cuales estamos todos de acuerdo. No se si respiro para que el mundo continúe a girar o si éste de vueltas para que yo no cese de aspirar sus agridulces y sanos venenos.
A veces quiero rescatar el amor de ese escándalo, pero lo cierto es que no sabré jamás de que esencia
estás hechas tú, muchacha morena y menos la substancia, la razón del color de tus flores y tu amor hacia ellas. Cuando te abrazo abrazamos un cuerpo tibio que con su espacio carnal como una broma de tontos
escondemos los dos lo que es verdadero; nuestro propio ser que al escándalo calla porque simplemente no sabe explicarlo.
Excelente lectura. Muchas gracias.
Pingback: Notas de dolor | Quenántropo
Pingback: Un mattino, al risveglio da sogni inquieti | La graticola di San Lorenzo
Pingback: Acústica Mente | Quenántropo
Pingback: Risvegli | La graticola di San Lorenzo
Pingback: La música en los tiempos del cólera | Quenántropo
Pingback: La voz del silencio | Quenántropo