Arte y Letras Filosofía

Quod vitae sectabor iter?

oie 1113631jRMf7kq6
Las tres Parcas, de Alexander Rothaug, c. 1910. DP.

Es cierto que los que han estado allí saben que existen las magníficas praderas floreadas de las que habla Platón en su libro décimo de la República.  Lo que ninguno ha sido capaz de ver es el huso con sus grandes ruedas y engranajes girando mientras la diosa Necesidad va eligiendo y repartiendo nuestros próximos destinos en los que hemos de reencarnarnos hasta que llegue nuestra hora:

Llegaron a un lugar desde donde podía divisarse, extendida desde lo alto a través del cielo íntegro y de la tierra, una luz recta como una columna, muy similar al arcoíris pero más brillante y más pura, hasta la cual arribaron después de hacer un día de caminata; y en el centro de la luz vieron los extremos de las cadenas, extendidos desde el cielo; pues la luz era el cinturón del cielo, algo así como las sogas de las trirremes, y de este modo sujetaba la bóveda en rotación. Desde los extremos se extendía el huso de la Necesidad, a través del cual giraban las esferas; su vara y su gancho era de adamanto, en tanto que su tortera era de una aleación de adamanto y otras clases de metales… El huso entero giraba circularmente con el mismo movimiento, pero, dentro del conjunto que rotaba, los siete círculos interiores daban vueltas lentamente en sentido contrario al conjunto… En cuanto al huso mismo, giraba sobre las rodillas de la Necesidad; en lo alto de cada uno de los círculos estaba una sirena que giraba junto con el círculo y emitía un solo sonido de un solo tono, de manera que todas las voces, que eran ocho, concordaban en una armonía única. Ya había tres mujeres sentadas en círculo a intervalos iguales, cada una en su trono; eran las Parcas, hijas de la Necesidad, vestidas de blanco y con guirnaldas en la cabeza, a saber, Láquesis, Cloto y Atropo, y cantaban en armonía con las sirenas: Láquesis las cosas pasadas, Cloto las presentes y Atropo las futuras.

Así lo narra Platón en la República.

Todo esto sucede mientras los pobres humanos asistimos atormentados (unos más que otros) a ese reparto ajeno a nosotros y gobernado por la diosa Necesidad. En Consciencia. Más allá de la vida, un estudio de Pim van Lommel (Atalanta) se recogen las ECM (experiencias cercanas a la muerte) de un gran número de pacientes que cuentan sus experiencias secretas en circunstancias próximas a la muerte, y que ante la seriedad e insistencia de los grupos médicos dedicados al estudio de esta nueva preocupación científica —que no filosófica, puesto que desde la antigüedad la muerte es uno de los temas centrales de la filosofía— se prestan a relatar estas experiencias que antes guardaban en un cajoncito que solo era abierto en la intimidad de su soledad o en muy raras ocasiones.

Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.

Regístrate gratis

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Un comentario

  1. Esta lectura abre escenarios inesperados. Con respecto a los individuos que participaron e ECM sería interesante saber la edad media de los mismos. Me lo pregunto porque, con respecto a los reanimados que vieron seres queridos, ¿qué será de los lactantes que no conocen a nadie? Y de los ancianos, que ya las han visto todas y se resignan como es debido. ¿También les sucede?
    Pienso que el cuerpo no se muere, termina de podrirse, su destino inexorable desde su constitución. Lo que se muere es el cerebro, nuestro compañero independiente con el cual crecimos juntos y, como su soporte que le toca en suerte, tiene un miedo pánico de morir. Y cuando lo hace, como Última y Definitiva defensa y esperanza, pone en escena lo imposible como un virtuoso escenógrafo, en un milésimo de segundo, como cuando nos paralizamos frente a un peligro donde todo cambia de valor, o con los sueños donde nos muestra cosas que él sabe y nosotros no. Por supuesto, son todas ideas mías. Hay una trilogía (qué extraño este numeral con tantas evocaciones, ¿no?) de libros que pasarán a la Historia como mediocres consejeros con el debido respeto por los momentos histórico: La Biblia, La República y El Capital, con intuiciones y certezas no siempre comprobables y beneficiosas. Me parece llamativo que las más grandes invenciones del hombre, la democracia, la navegación, la literatura, el teatro, la poesía, la bicicleta, el fútbol; sí, metamos también Wikipedia, el dulce de leche, el mate (perdón por el patrioterismo barato e inaudito) no hayan tenido necesidad de semejantes librazos. Somos ampulosos y excesivos, no hay dudas, dotes necesarias para sobresalir, pero, ¿a coste de qué? Nuestra civilización judío cristiana nos ha llevado a un estado de esquizofrenia constructiva, de preconceptos, de partir un cabello en dos, de acaparar (“Los europeos son todos ávidos”, una sentencia no mía, la de un campesino cercano) y de inquietud interior, que me pregunto si las civilizaciones orientales comparten y si también tienen experiencias de ECM. Y después, como no podía faltar, al final, la libertad después de la vida, nuestra querida patria, la bendita Libertad en tiempos de virus.
    Me río de buena gana cuando me descubro susurrándome al oído que soy libre y procedo como tal, sabiendo que es muy difícil arrastrar estos setenta y pico de kilos de materia tibia y húmeda sin peligros a la vista y escondiéndome detrás de las justificaciones del sexo y del amor. Seguramente libre no soy, pero tampoco soy esclavo, ¿y ahora?; y ahora no me queda más remedio que adornar el país de Jauja que vendrá esperando tiempos mejores, y no me voy a poner a buscar una liberación que me redima vaya a saber de qué pecado, y menos todavía fundar otro dogma férreo que ya los hubo por demás. Me quedo con esta democracia, prostituta ingenua y escandalosa que no conoce el valor del mercado y recibe en su seno rateros, locos y héroes demacrados, andando en lo posible más o menos en equilibrio entre la apatía del despierte y el frenesí del estar, del ser y finalmente del olvido.
    Una observación (que tal vez se deba a la falta de un mayor despliegue teórico del tiempo y de las ideas), con respecto a la frase “… de la apología de Platón… resultó muy fácil hacer los diez mandamientos…”. Las Tablas de la Ley fueron recibidas por los israelitas después de la salida del Egipto, históricamente alrededor del primer milenio antes del nazareno. En esos tiempos Platón y Sócrates no existían. Gracias por la difícil lectura.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*