Cine y TV

Miami, lujo, farlopa y un mesías: Don Johnson

Miami, lujo, farlopa y un mesías Don Johnson
Don Johnson y Melanie Griffith en Miami Vice, 1984. Fotografía: Michael Mann Productions / Universal Television.

Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #54 «El Dorado», ya disponible aquí.

España era fea cuando veíamos Miami Vice, aquí Corrupción en Miami. Aquello era una ventana a otro planeta. Por mucho que tuviéramos zonas playeras glamurosas en la costa y sobre todo en las islas, lo que se veía en la serie era otro nivel. Las pegatinas que venían en los chicles las guardábamos como obras de arte, aunque siempre había alguien que llegaba, como cuando escuchabas Modern Talking, a advertirte con la sensación de que eras cándido y no te habías dado cuenta de «que esos son maricones». En realidad, eran un milagro.

Solo así puede calificarse todo lo que tuvo que ocurrir para que semejante impacto estético explotase en una década que lleva ya un cuarto de siglo de revival, más del doble de lo que duraron los ochenta. Centrémonos en el protagonista indiscutible, Don Johnson. De cuna, era todo lo contrario a lo que se ve en la serie. Había nacido en la meseta de Ozark, entre Misuri, Kansas, Arkansas y Oklahoma. Ahora es el triángulo de la metanfetamina; entonces lo que se cocinaba era whiskey de maíz.

El ejemplo que recibió desde crío fue el de unos padres que acababan de dejar atrás la adolescencia, que no paraban de pelearse. Tuvo que aprenderlo todo por su cuenta y sus números son espectaculares: con doce años perdió la virginidad con una chica de diecisiete y con trece ya estaba robando coches. ¡A los quince ya era expresidiario!

A esa edad se emancipó y se fue a vivir con una camarera. El reformatorio no le gustó nada, se conjuró para no volver y eso le llevó a acabar los estudios. Con el ritmo que llevaba, no le daba para soportar el ritmo escolar, pero ahí estuvo su salvación. Se quedó dormido en clase de Negocios y no le quedó más remedio que apuntarse a teatro para subir la nota media.

Pensaba que iba a ser una chorrada, pero le pusieron a representar West Side Story y fue una experiencia mística. A partir de ahí, supo qué es lo que quería hacer en la vida. Devoró las obras de Tennessee Williams y Faulkner y consiguió que le admitieran en la Universidad de Kansas, donde, fiel a sus costumbres, se acostó con una profesora que tenía tres hijos y se fue a vivir con ella con gran escándalo.

Pero era 1968, todo esto sucedía entre revueltas estudiantiles, drogas y amor libre. Hasta tal punto se adaptó al signo de los tiempos que la profesora le dio la patada y le echó de casa, harta de que acumulase conquistas sexuales en su cara. Y de nuevo la casualidad llamó a su puerta. El director de una escuela de teatro de San Francisco visitó su facultad, Don se las arregló para que le hiciera una prueba y salió del pase con una beca.

Por esas fechas comenzó la que se conoció como crisis de rentabilidad del capitalismo industrial occidental. Un fenómeno que llenó ambas costas estadounidenses de jóvenes que querían escapar de empleos blue-collar con salarios estancados. Así surgieron muchas estrellas, tanto en el cine como en la música, y desgraciadamente muchísimos más estrellados en la toxicomanía y la prostitución. Don Johnson fue uno más de los que dejó atrás el interior y probó suerte en California.

Y empezó fuerte. Estrenó en Los Ángeles la revolucionaria obra Fortune and Men’s Eyes, sobre el sexo en las cárceles. Interpretaba a un joven que era violado; había escenas de desnudez y sexo en las duchas. Era el momento para una obra así y triunfó por todo lo alto. Le llegaron a comparar con James Dean.

Siguió metido en el mismo papel, pero dio el salto al cine. En Amor a su manera era un estudiante que se extraviaba en una espiral de sexo y drogas. Empezaba a ser una marca, el joven rebelde y atractivo. Metro-Goldwyn-Mayer creía que tenía un diamante en bruto y le trató como tal; se pasó el rodaje en suites de lujo y rodeado de sirvientes. Sin embargo, la película resultó un fracaso estrepitoso y el estudio le despidió sin miramientos.

En los siguientes años intentó relanzar una carrera que ni siquiera había llegado a despegar con papeles que buscaban escandalizar con el sexo o conectar con la juventud, como el western rockero Zacarías o la road movie Regreso al condado de Macon. Ciertamente, la mejor es 2024: Apocalipsis nuclear (A Boy and His Dog), sobre un superviviente de la Tercera Guerra Mundial que anda sobre las ruinas desérticas con su perro, con el que se comunica por telepatía. Ahora es una gran curiosidad, pero en la época nadie comprendió el engendro.

Digamos que su carrera se estaba derritiendo en cada título. Pasó a la televisión, apareció en numerosas series, pero sin grandes éxitos, más allá del papel couché. En un rodaje, conoció a Melanie Griffith e inició un romance con ella. La particularidad es que ella tenía catorce años y él veintidós. Más que en las pantallas, Don se convirtió en un fijo del circuito de fiestas de Los Ángeles. Es decir, se convirtió en un profesional de la marihuana, el alcohol y, por supuesto, la cocaína. Cuando se separaron, Melanie salió de la relación enganchada a la heroína. Y él, en una espiral farlopera que le dejó completamente arruinado.

Años después, en entrevistas explicó que aquella era la época del «Venga, vamos a drogarnos», y en las fiestas en Hollywood, así como en las reuniones de trabajo, era normal que se pusiera cocaína para todos como quien coloca los ganchitos en la mesa para ver un partido con los amigos. Saber drogarse con estilo era un requisito para ser aceptado socialmente. El propio Don se comparó a sí mismo con un lemming, siguiendo a la masa hacia el precipicio sin ser consciente de lo que estaba haciendo.

Hay un disco de la época de un grupo llamado Horses, cuya portada la hizo la gran Eve Babitz, que entre sus miembros figura un tal Don Johnson como cantante. Se grabó en Los Ángeles y se especula con que ese podría ser él. El autor de la reedición que se hizo en 2003 escribió una carta al representante del actor preguntándole si era así, que pusiera fin a las dudas, y la respuesta que recibió no podía ser más farlopera: «Dice que “es posible” que fuera él quien figura en el disco, pero que no se acuerda de absolutamente nada».

En algún punto dijo que terminó harto de las charlas de cocaína en las que, durante horas, la gente se empeña en arreglar el mundo y al día siguiente no se acuerda de absolutamente nada de lo que ha dicho. El fenómeno existe, es cierto. Pero tal vez le afectó más la muerte de su madre, alcoholizada, y que un día que volvía de fiesta y entraba en casa se encontró con su siguiente pareja, la actriz Patti D’Arbanville, dando de mamar al bebé que tuvieron. Encontrarse esa escena tambaleándose y puesto hasta las cartolas le hizo sentir basura. Al día siguiente estaba en Alcohólicos Anónimos.

Mientras todo esto sucedía, en Miami la cocaína también estaba causando estragos. En Florida, lugar tradicional para el contrabando de esclavos, por donde se le metían armas a los confederados o el puerto de entrada para el alcohol en la Ley Seca, los pescadores descubrieron que si colaban un fardo de cocaína ganaban el equivalente al trabajo de todo un año en un solo día. Esa gente metía puros cubanos en el país, caviar soviético, alfombras iraníes, animales exóticos y hasta cráneos para rituales, pero ninguna de estas mercancías era tan rentable como el oro blanco.

Aparecieron lanchas rápidas e incluso avionetas. Había barrios enteros construidos por la especulación inmobiliaria, pero sin habitar. Los pilotos aprovechaban las desérticas avenidas de estas ciudades fantasma para aterrizar. La policía luego se encontraba las avionetas por ahí abandonadas. Era tan rentable que podían usar una nueva para cada vuelo.

Aparte de dinero fácil, también fue muy sencillo encontrar la muerte en Miami. Los carteles de Medellín y Cali realizaban sus ajustes de cuentas a diario en la ciudad. Ese despliegue de métodos para asesinar fue generoso e imaginativo; la gracia era echar los cuerpos a los canales que estaban infestados de caimanes, hasta que al final se optó por métodos expeditivos, como ametrallar al que fuera a plena luz del día en mitad de la rue. Los cadáveres no cabían en la morgue y no es una exageración. En 1981 hubo seiscientas veintiuna muertes. El ayuntamiento tuvo que alquilar un camión refrigerador de Burger King para almacenar todos los muertos.

Reagan tuvo que destinar miles de agentes y recursos militares para recuperar el control de Florida. Aunque todo el país estaba en recesión, la sucursal del Banco Federal de Miami tuvo superávit de efectivo. Se estima que solo en 1982 se lavaron treinta mil millones de dólares. A los traficantes no les quedó más remedio que comprarse la ciudad e inyectaron cantidades obscenas en rascacielos de arquitectura delirante y todo tipo de proyecto inmobiliario megalómano. Al menos un tercio de la economía de la ciudad era narcotráfico.

Con este paisaje de fondo, hubo un club elitista y privado, el Mutiny, en Coconut Grove, donde se daban cita todos los gángsters a departir sobre su negociado y montar fiestas pantagruélicas. No había en todo el globo terráqueo un punto de venta mayor de botellas de Dom Pérignon. Los traficantes vaciaban cajas en bañeras para meterse dentro con sus titis. En la puerta solo había Ferraris y Rolls-Royce. Oliver Stone y Brian de Palma se dejaban caer por ahí para tomar notas para el guion de Scarface. No fueron los únicos, de ahí también surgió la inspiración para una nueva serie: Miami Vice.

Como si metiera un prompt, el jefe de entretenimiento de la cadena NBC, Brandon Tartikoff, ordenó que se hiciera una serie que se pudiera describir como «MTV Cops». Con esas dos palabras Anthony Yerkovich y Michael Mann se pusieron a trabajar en el típico policiaco que iba a tener como novedad el tratamiento visual de los videoclips, un fenómeno que acababa de conquistar a las audiencias estadounidenses.

Le dieron un millón de dólares para cada episodio, algo fuera del mercado en aquel momento. El acierto de Mann estuvo en una paleta de colores pastel, con el azul cobalto, el violeta y el rosa como protagonistas, junto al amarillo fosforito. Y, por supuesto, descartados todos los tonos tierra y el rojo. Fueron tan lejos con la estética que repintaron edificios enteros de South Beach para que salieran en la serie.

Cuando buscaban actores para protagonizar un proyecto tan ambicioso, Don Johnson estaba completamente limpio y escarmentado. Cuando leyó el guion que le dieron para el casting, afirmó sorprendido: «¡Esta es mi vida!». Había pasado por todo lo que se mencionaba ahí. La NBC lo sabía también y por eso mismo no quería contratarlo. No solo había fracasado todo lo que había tocado, sino que le precedía la fama de ponerse hasta las trancas. Sin embargo, otra vez tuvo coña. En la prueba, cuando empezó a interactuar con Philip Michael Thomas, el gran Ricardo «Rico» Tubbs, la química surgió al instante.

Tartikoff se la jugó. Quiso emular el éxito de la CBS con Tom Selleck en Magnum P. I., que antes de aceptar ese papel —para el cual rechazó protagonizar Indiana Jones y el arca perdida— encadenaba fracasos inmisericordemente. La NBC investigó de arriba abajo a Don Johnson para asegurarse de que realmente ya no era un adicto y finalmente le dio el papel. Acertaron.

Al ritmo de los sintetizadores de Jan Hammer, la serie arrasó. El personaje de Don, Sonny Crockett, un detective que vivía en un barco con un caimán que se llamaba Elvis, se conoce que era lo que necesitaba América. Al menos, le daba lo que le gusta, que es ese hombre, rotundamente varonil, que está cansado de la vida, de verbo lacónico, un poco de vuelta de todo y que mira de medio lado con cara de «no me toques la pirola». Y a eso, que se remonta a William S. Hart, Cary Grant o John Wayne, le puso trajes italianos de Versace que le quedaban como un guante, siempre chaquetas de lino sobre camisetas con colores pastel, nada de calcetines y una barba de tres días. Ese detalle causó tal conmoción que se vendieron como churros maquinillas de afeitar con cabezal para dejar la barba sombreada.

De yonqui acabado, Don Johnson pasó a recibir quince nominaciones para los Emmy y convertirse en el macho más deseado del planeta. Ronald Reagan, el que estaba mandando miles de agentes a contener a la peña que vestía como el actor, le confesó en un encuentro en la Casa Blanca que no podía parar de ver la serie. Graciosamente, el efecto de Miami Vice llenó la ciudad de turistas, así que seguía entrando pasta a espuertas por la cocaína, aunque fuese de manera indirecta.

Pero lo más estadounidense era el subtexto de la serie. Pintaba una ciudad que había sido invadida por el capitalismo basura del tercer mundo, que inundaba el mercado honorable de un pueblo trabajador y piadoso de Dios de productos perniciosos como era la cocaína. Al mismo tiempo, mientras la industria local se estaba deslocalizando y chapando en el Medio Oeste, el lujo máximo era representado por coches italianos y productos tecnológicos japoneses; América no pintaba nada. Subliminalmente, el espectador podía sentir que su país se estaba yendo al garete por una crisis moral.

No solo eso, esa obsesión por colocarse y adquirir codiciados productos extranjerizantes había corrompido todas las instituciones. Era el colapso del Estado, no se podía confiar en nadie. ¿En nadie? No, aún quedaban Crockett y Tubbs quienes, pese a ir vestidos de esa guisa, se las arreglaban para enfrentarse a los malos y también a los supuestos buenos, las instituciones federales llenas de burócratas incompetentes, políticos corruptos y jueces progres más preocupados por los derechos de los criminales que por la seguridad del buen pueblo americano. Un capítulo que se lleva la palma en este sentido es «A Need to Know», uno en el que el FBI protege a un pederasta porque posee secretos militares. A Crockett se le llevan los demonios ante un Estado profundo tan sumamente amoral. Y así conectaba con América, que anhelaba en él la figura del samurái solitario, el último guerrero, que, insobornable, va a dar el puñetazo en la mesa de una vez.

En otro episodio, una joven promesa del fútbol americano, para poder comprarse unas botas decentes para jugar, hace un trapicheo con droga y le pillan. El fiscal le presiona para que haga de informante y al final es asesinado. Crockett, al final del capítulo, tira a la basura un balón de fútbol que le había regalado. Todo un símbolo de que el sueño americano se había ido por el retrete, ya no quedaba nada de ese idealismo de persigue tus sueños, no dejes de creer —a ritmo de Journey—, sepultado bajo toneladas de farlopa.

En esos años, en los que hubo varias oleadas morales, contra el sexo, contra Satán, contra el heavy metal, Don Johnson se apuntó a la cruzada contra la droga que tanto le había gustado otrora y protagonizó sinceras campañas en televisión, en las que admitía que se había puesto bastante y eso no rentaba.

De hecho, tal era su experiencia, que en muchas escenas Don se permitía el lujo de modificar los guiones explicándoles a los autores que lo que querían retratar no era así en la calle. Se convirtió en un asesor informal para todo lo relativo al barrillo de la droga y darle más realismo. En lo que se les fue un poco la flapa fue en la trama policial; el asesor, un teniente, acabó dimitiendo por los despropósitos, que consideraba denigrantes para el cuerpo.

Con el éxito, Don pudo comprobar la paradoja de los grandes estudios. Si al principio no le querían contratar por exalcohólico y drogadicto, cada vez que reventaban las audiencias la NBC le enviaba cajas de champán. Y en cada fiesta en la que se presentaba, todo el mundo se empeñaba en ofrecerle cocaína para congraciarse con él, pensando que seguía siendo el rey del tema. Y era cierto, en el momento más alto de su fama fue un consumado politoxicómano. Confesó que se despertaba cada mañana como si le hubiera «atropellado un camión», que llegaba a sentir «dolor en la piel», pero a las seis de la tarde volvía la burra al trigo. Todo esto en una época anterior al sida, que en lo sexual él mismo definió como «¡Sodoma y Gomorra!». Su asistente llamaba a agencias de modelos y le hacía llegar remesas de veinticinco chicas para cada fiesta. Cuando el Mesías dijo que esa era su vida al leer el primer guion de Miami Vice, está claro que no mentía. Ni Hollywood, capaz de convertir la decadencia de su país en un espectáculo más, con muchos colores fosforito y musicón.

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Un comentario

  1. José Parras Canuto

    Cocaine cowboys.

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