Hebras y nodos

No te rindas conmigo: educar y criar en la era de la fragilidad adolescente

Educar y criar en la era de la fragilidad adolescente
Foto de Luisella Planeta (CC)

«Mamá, necesito que no te rindas conmigo. Sé que te lo estoy poniendo difícil. Sé que a veces parece que te hago daño a propósito. Pero necesito que aguantes un poco más. Que no tires la toalla conmigo. Ojalá pudieras ver el caos que tengo en la cabeza. Siento cosas que no entiendo. Hago cosas de las que me arrepiento al momento. Me da vergüenza no saber quién soy. Echo de menos al niño que era. Tú también».

Hace unos días cayó en mis manos esta conmovedora carta de un adolescente a su madre. Me atravesó. Abrió una rendija por la que me asomo a diario como madre y docente y que me permite ver el interior de una adolescencia que duele tanto a quien la vive como a quien la acompaña. Se trata de una súplica: «no te rindas conmigo», y no se dirige únicamente a una madre. Nos interpela a todos.

A las familias exhaustas. A los docentes desbordados.

A una sociedad que exige resultados mientras ignora los procesos.

Porque hoy educar y criar se parecen más a resistir que a enseñar.

Adolescencia: el conflicto no es la excepción

La sensación de estar perdiendo a un hijo en la adolescencia es un sentimiento normalizado, un relato compartido. Ocurre incluso en hogares atentos, presentes, amorosos. No hablo de abandono, sino de desconcierto. Me refiero a la vivencia íntima del fracaso.

Y si esta herida aparece al acompañar a un solo hijo, piensen qué sucede cuando se multiplica por veinte o treinta en un aula de cincuenta metros cuadrados durante horas. Quienes trabajamos en educación lo sabemos: en ocasiones, hoy la escuela contiene más de lo que instruye, acompaña más de lo que enseña y asiste más de lo que educa.

Ansiedad, depresión, autólisis, trastornos de conducta, hiperactividad. El vocabulario clínico ha invadido el aula. La pregunta es incómoda, pero inexcusable: ¿siempre fue así o ahora, por fin, lo vemos?

Durante décadas, muchos adolescentes simplemente desaparecían del sistema. Eran etiquetados como problemáticos, vagos o inadaptados. No había diagnósticos: había expulsiones, silencios y resignación. Hoy el malestar tiene nombre. Y cuando algo se nombra, deja de poder ignorarse.

Educar no siempre fue acompañar: una breve mirada histórica

La historia de la educación demuestra que enseñar nunca ha sido un acto neutro. Desde la Didáctica magna de Comenio (1657), donde ya se defendía una enseñanza gradual y adaptada al desarrollo del alumno, hasta la escolarización obligatoria del siglo XIX, la escuela se configuró como un instrumento de orden y cohesión social.

Émile Durkheim entendía la educación como el medio por el cual la sociedad se reproduce moralmente (Educación y sociología, 1922). La disciplina, la norma y la autoridad eran pilares incuestionables, por lo que el aula debía moldear ciudadanos funcionales, no sujetos emocionalmente complejos.

No será hasta el siglo XX cuando esta mirada empiece a resquebrajarse. John Dewey defendió que educar no era preparar para la vida, sino vivirla (Democracia y educación, 1916). María Montessori colocó al niño en el centro del proceso educativo, reconociendo sus ritmos y necesidades. Freinet rompió con la «enseñanza bancaria» para introducir la experiencia y la cooperación.

Aun así, durante décadas no se exigió al docente comprender la psicología del alumno. Bastaba con dominar el contenido. Y el sistema funcionó… o eso creímos.

Psicología: del castigo al conflicto interno

La historia de la psicología acompaña este giro. El conductismo redujo la conducta humana a estímulo y respuesta, convirtiendo el castigo y el refuerzo en herramientas legítimas para modelar comportamientos.

Con Freud apareció la idea del conflicto interno, del malestar que no siempre se explica por lo visible. Más tarde, la psicología humanista —Maslow, Rogers— situó la emoción, la autoestima y la necesidad de sentido en el centro del desarrollo.

Erik Erikson describió la adolescencia como la etapa de la crisis de identidad (Infancia y sociedad, 1950): un tiempo de confusión necesario para llegar a ser. No saber quién se es no es un error del sistema; es el proceso; el problema surge cuando esta crisis se vive sin sostén, sin referentes y bajo una presión constante por definirse.

Hoy sabemos, además, que el cerebro adolescente no está terminado. La corteza prefrontal —responsable del control de impulsos, la planificación y la toma de decisiones— madura tarde, por lo que exigir autorregulación adulta a un cerebro en construcción no es educación: es desconocimiento.

Pantallas, hiperestimulación y fragilidad emocional

A este escenario se suma un factor radicalmente nuevo: la hiperestimulación digital. Redes sociales, vídeos breves, gratificación inmediata… Numerosos estudios nos están advirtiendo del impacto sobre la atención sostenida, la memoria de trabajo y las funciones ejecutivas. Sin embargo, no hacemos lo suficiente, y lo peor de todo es que el daño más profundo no es cognitivo, sino emocional. La identidad adolescente se construye hoy bajo el foco permanente de la mirada ajena. Comparación constante, validación externa, exposición sin descanso. El yo deja de explorarse para exhibirse, y como resultado obtenemos una paradoja cruel: jóvenes permanentemente conectados y profundamente solos.

Docencia: cuando la vocación ya no basta

En este contexto, la figura del docente ha mutado. Ya no basta con saber historia, matemáticas o lengua, ni siquiera con saber explicarlas bien. Hoy se nos pide detectar sufrimiento, contener crisis, acompañar procesos emocionales complejos. Esto plantea una exigencia ética ineludible: formarse o desistir. Estoy totalmente convencida de que la docencia sin compromiso emocional está condenada al desgaste y al fracaso, no por falta de conocimientos, sino por ausencia de vínculo.

Educar hoy exige inteligencia emocional, empatía, habilidades sociales y una formación continua que muchos sistemas educativos aún no garantizan. Debemos ser conscientes de que sin salud emocional no hay aprendizaje posible: lo cognitivo llega después, o no llega.

Familias: criar en un mundo que ya no existe

Desde casa, el desconcierto no es menor. Muchos modelos de crianza heredados —autoridad incuestionable, silencio emocional, castigo sistemático— resultan hoy ineficaces o dañinos. No porque fueran erróneos en su contexto, sino porque el contexto ha cambiado.

Criar hoy implica aprender a poner límites sin romper el vínculo. A escuchar sin renunciar a la responsabilidad. A perder batallas cotidianas para no perder la relación o la batalla final.

Subirse al carro de la modernidad no significa cederlo todo, sino comprender el tiempo que habitamos y educar desde ahí.

Resistir para ganar

La carta con la que abríamos este texto acaba con una promesa taciturna: debajo de todo esto sigo estando yo.

Resistir es creer en nuestros adolescentes cuando abrazar ya no es fácil, cuando la escuela parece desbordada, cuando la crianza duele. Resistir no es endurecerse: resistir es quedarse.

La educación y la crianza atraviesan un cambio de paradigma histórico y negarlo solo agranda la herida, por lo que defiendo con vehemencia que asumirlo exige valentía, formación y compromiso.

A los docentes se nos pide vocación, pero también responsabilidad formativa. A las familias, presencia y conciencia. A la sociedad, coherencia. Porque educar no es domesticar y criar no es poseer, sino acompañar procesos humanos frágiles, contradictorios y profundamente valiosos.

Y porque, a veces, ganar no es corregir ni imponer. A veces, ganar es simplemente no irse. No soltar cuando el otro más se pierde.

«Mamá, no te rindas conmigo».

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