Sociedad

Como si galoparan sobre sus caballos

Niños en la escuela de Tskhiri en la castigada región de Mingrelia.
Niños en la escuela de Tskhiri, en la castigada región de Mingrelia.

Clanes que luchan a orillas del mar Negro; un cliché postsoviético en sepia. Abjasia es también un país pequeño en el que todos se conocen, literalmente.

Imaginamos que Verne habría usado esas imágenes en sepia para ilustrar su viaje, pero es sabido que no llegó a pisar casi ninguno de aquellos lugares que tan escrupulosamente documentó a lo largo de su obra. Tampoco le hizo falta viajar a Abjasia, para eso estaban sus personajes. Como Keraban, al que llamaban «el testarudo»; ese rico comerciante de tabaco que rompe en cólera cuando, a orillas del Bósforo, descubre que tiene que pagar un impuesto para llegar hasta su casa en el lado asiático. A pesar del valor casi simbólico de la tasa, el tabaquero desafía al policía de aduanas con un insólito itinerario: 

Atravesaré Turquía, el Cáucaso y Anatolia y llegaré a Escútari sin haber pagado una sola moneda de vuestro impuesto». Así comienza una fantástica aventura alrededor del mar Negro. Tras dejar atrás los Balcanes y la península de Crimea, Kerabán llega a la misteriosa Abjasia, justo a mitad de travesía. Se presenta a sus ojos como una provincia aparte, situada en plena región caucásica donde, dice, el nativo permanece todavía en un estado casi salvaje, y su lengua carece de vocabulario suficiente para expresar las ideas más elementales. Como es habitual en toda su obra, Verne describe la Abjasia de hace cien años con gran minuciosidad: las distancias entre las aldeas y pueblos, indicadas siempre en leguas y verstas, los frescos de los templos ortodoxos, y alguna que otra comida «bañada en una sopa agria y sazonada con kéfir y azafrán. 

Keraban pasó por allí a finales del XIX, cuando la destrucción causada por los rusos durante la ocupación del Cáucaso era aún patente. Verne da cuenta de ello en su relato, pero resulta paradójico pensar que el bretón apenas habría encontrado diferencia alguna cien años más tarde. Son las huellas de otra guerra las que le habrían provocado esa sensación de déjà vu.

Al igual que en Moldavia o en Chechenia, el desmoronamiento de la Unión Soviética en 1991 trajo consigo el enfrentamiento entre sus antiguos inquilinos. Los abjasios pusieron sobre la mesa una propuesta confederal que les permitiera vivir junto a los georgianos, pero la respuesta de Tiflis fue clara: «Georgia para los georgianos», espetó orgulloso Zviad Gamsajurdia, el primer presidente de la Georgia independiente.

Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.

Regístrate gratis

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5€mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

5 comentarios

  1. muy interesante artículo

  2. Qué excelente hoja de un «cuaderno de viajes»! Probablemente estas poblaciones pertenecían a la estirpe de los escitas, esos grupos guerreros que tanto se nombran en la literatura antigua: diestros jinetes que vivían prácticamente sobre sus monturas, temibles con sus arcos y flechas y que comían carne cruda. Usted ha nombrado, porque era inevitable, a Jason y el vello de oro, pero permítame agregar, ya que el artículo evoca un problema aun no resuelto, que la mujer que volvió con él, Medea, es el primer caso de intolerancia racial: las mujeres griegas la despreciaban por ser «bárbara». Gracias por la lectura.

    • Cimex Lectularius

      Pobre mujer Medea, qué vida de caca vivió y qué mal rollo tuvo siempre a su alrededor… eso no quita que Medea mató a sus hijos para joderle la existencia al marido, ¿eh?

  3. Gracias a ti por leer, Eduardo. Haces bien en recordar a Medea porque se nos olvida la importancia del Cáucaso en al mitología griega. De hecho, basta rascar un poco para descubrir las sagas Nart bajo el barniz. Respecto a los escitas, hablamos de tribus indoeuropeas (no caucásicas, por lo tanto) de las que los descendientes más directos serían los osetas (llamados también «alanos» en el pasado). Un saludo.

  4. Fantástico artículo Karlos ¡Enhorabuena!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*