Unamunícese

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DP.

Querido lector intelectualoide, le traigo un consejo: unamunícese. Odie, falte, sea desagradable. Si alguien aparece por sus reflexiones, por sus análisis, por sus tribunas, por sus ensayos, haga lo que haría don Miguel de Unamuno y Jugo con él: descuartícelo. ¿Que se trata de un amigo? No importa, más confianza para estamparle sus debilidades a la cara. ¿Que ya no le quedan amigos? Estupendo, ha cumplido con el objetivo de este texto. En cualquier caso, insisto, clave usted el pendón del yo en las tertulias, no deje títere con cabeza en los cafés del centro, déjeles claro a sus alumnos que su cociente intelectual es superior, monte una masacre en cada prólogo. Pero no lo haga por simple carnaza para el ego, sino como condición indispensable para alcanzar la puerta de la sabiduría. Odie como odió Unamuno.

Es cierto que nuestras acomodadas posiciones del siglo XXI no animan a forjar ese carácter huraño, pero debemos esforzarnos. Unamuno lo había hecho en las tripas del XIX, bajo los bombardeos guerracarlistas contra el Bilbao sitiado de su infancia. Desde entonces, ya no le abandonó. Ya sin el estruendo de los proyectiles liberales y sin el ruido de los asaltos carlistas, Unamuno abandonó su querido País Vasco para recalar en Madrid con el objetivo de estudiar Filosofía y Letras primero, y de sacar adelante unas oposiciones a la cátedra de Románicas en la Universidad Central de Madrid después. A don Miguel, por supuesto, ese Madrid ruidoso y vivo le resultó despreciable. Aquellas oposiciones (que perdió, por cierto, contra un joven desconocido llamado Menéndez Pidal) las preparó junto a otra mente brillante: el granaíno Ángel Ganivet. Cuentan que, visitando ambos la ciudad de la Alhambra, un Unamuno ya residente en Salamanca sugirió: «Mi cátedra por no volver a escuchar una guitarra». La hurañía ya estaba lo suficientemente macerada como para sacudirse a sus doctos parásitos.

Así que, lector, busque usted hurañizarse cuanto antes según el ejemplo unamuniano. Si lo que desea es limpiarse de sus compañeros de patria chica para poder escapar al universalismo reinante, fíjese en cómo Unamuno hizo lo propio con Sabino Arana, paisano con quien había tenido ya sus disputas a propósito del supuesto españolismo de don Miguel. Así que este, aprovechando el adjetivo «maquetos» que Arana le había colocado al resto de españoles, llegó a asegurar: «Sabino Arana, aunque no de talento, carece en absoluto de sentido histórico, a pesar de las historias de que tiene atiborrada la mollera, y se muestra en sus escritos ayuno por completo de cultura científica en cuestiones sociales». Pero no solo del problema vasco podrá alimentarse su misantropía. Si quiere hacerlo con asuntos literarios, hágalo como dicta el precepto unamuniano: císquese primero en los poetas, soldados del género canónico. El propio Miguel lo hizo con Rubén Darío, el versificador más famoso del momento. Fue Unamuno quien difundió la burla que afirmaba que Darío tenía buena pluma, pero buena pluma de indio. Valle-Inclán recogió la susodicha burla y la convirtió en carne de imaginario, hasta que todo el mundo terminó por conocerla. Pero no se quede ahí. Abra fronteras. Unamuno lo hizo y también cargó contra el maestro de Darío, Paul Verlaine, de quien le parecía infumable su musicalidad: «la columna de humo se disipa entera / algo que no es música es la poesía».

A la hora de unamunizarse, procure cambiar de género. Váyase al teatro, por ejemplo, y odie a todos allí. Hablaba este texto poco antes de Valle-Inclán, cómplice de Unamuno en su guerra contra Darío y espada de la reforma teatral del XX con su esperpento. Pues bien, cuentan que, en cierta ocasión, paseaban Baroja y el bilbaíno por Madrid cuando se encontraron con el gallego. Fue tal la discusión entre Unamuno y Valle, por lo visto a cuenta del auge del alejandrino en la poesía modernista, que cuando esta hubo terminado, con don Ramón María a punto de desenfundar el bastón en varias ocasiones, Baroja se encontró solo ante la huida de los dos escritores. Y si con el teatro no se contenta su odio, pásese a la novela, género popular por excelencia. Nuestro prócer Unamuno odió a los dos más grandes del momento. Del propio Pío llegó a decir que deseaba recibir sus obras completas, pero, a ser posible, encuadernadas con su propia piel. Y con el otro gigante del momento, más icónico si cabe, don Benito Pérez Galdós, no fue más simpático: «Es un novelista inferior a otros de su tiempo como Pardo Bazán o Blasco Ibáñez, y su único mérito fue la laboriosidad con fines económicos».

Sea rancio con todos aquellos que osen pasearse por su capacidad analítica como así hizo don Miguel. Haga que sufran las consecuencias. Si este análisis incluye política, pues política toca. En ese plano sufrieron su mordacidad Alfonso XIII («pretoriano imperialista»); Primo de Rivera padre, quien lo desterró a la por entonces perdida isla de Fuerteventura; Azaña, al que tildó de «monodialoguista»; y por supuesto Millán Astray, de cuya polémica con el vasco quieren retirar los historiadores la frase que sí le otorgó la historia: «Venceréis, pero no convenceréis». Y no se olviden de odiar también en el plano filosófico. De hecho, dentro de este decálogo del odio unamuniano, me he reservado el último apartado para su más enconado enemigo: don José Ortega y Gasset. Con él discutió durante años, con dardos certeros desde la tribuna del periódico de turno, defendiendo (en palabras de Joaquín Costa) el africanismo frente al europeísmo de Ortega, y más tarde obviando la ciencia extranjera —que tanto remarcó el filósofo madrileño— para elevar la mística y la metafísica hispánicas. Para Unamuno, no solo se alcanza la sabiduría inventando ferrocarriles o haciendo lucir bombillas, a la manera europea; también se alcanza la sabiduría a través de la lúcida irracionalidad del Quijote, por ejemplo, exclusiva de esta tierra celtíbera. El vasco cerraría su polémica con el madrileño propinándole el que para mí es el mejor insulto de los aquí expuestos: «Bachiller Carrasco del regeneracionismo europeizante».

Así que, querido lector, unamunícese cuanto antes. Unamunicémonos todos, de hecho. Recluyámonos en la cárcel de nuestras propias reflexiones, odiemos, faltemos, seamos desagradables. Visto lo visto, es la única manera de acceder a la puerta trasera de la más alta inteligencia.

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5 Comentarios

  1. Es desconcertante leer que grandes escritores, algunos premios Nobel y otros como un norte americano notable que se roía las entrañas por no serlo, se dediquen a este comercio de “trapos viejos y botellas vacías”. Machismo de gallos de riñas por una “hembra”, antisemitismo de ignorantes, enaltecedores del alcohol y la droga como único medio para alcanzar la inspiración, envidia por los de mayor éxito. Uno esperaría de ellos, que nos desvelaron las miserias humanas con sus personajes, estuvieran libres de tales tentaciones, pero reconozco que es demasiado ingenuo pretenderlo. Al fin y al cabo, en la escritura, el fútbol y la religión, “deportes” de masas por excelencia ya que es lo primero que aprendemos, se dan las mayores excepciones a la regla que, por la naturaleza de tales conocimientos tendrían que ennoblecer a sus artesanos: escribir sin ofender, y en especial modo usando metáforas o sarcasmos geniales, jugar sin malas intenciones, cuidar al rebaño sin aprovecharse de los más débiles. Será por eso que un poeta, para describir la realidad mediante el uso de los tiempos verbales describió el Presente Indicativo como un “rudo y estropeado ex campeón de box, peso pesado envilecido e incoherente… Por cierto, no adheriré al llamado a las armas por el “unamunecismo” porque esa frase de “pluma de indio” implica a más de uno con sus odiosas connotaciones hispano centristas. Excelente y divertido sarcasmo que ha sido leído por un intelectualoide manteniendo la debida distancia para que el vaho de los elogios posteriores no roce sus vestimentas.

    • Escriba Vd. con el único propósito de escribir. Junte una letra con otra letra con la única intención de juntar una letra con otra letra. Y cuando esté frente al portátil y se ponga a la tarea, imagínese a sí mismo como un pintor cuya brocha no soporta la físicalidad del mango y el manojo de cerdas; imagine que tiene en sus dedos un pincel hecho de pintura que se pinta en la pintura pintándose a sí misma. Cuando los lectores lean su obra, si le odian o si le quieren, si le aplauden o si le critican, no sufra. Es algo inevitable.

  2. Me gustaría conocer la referencia bibliográfica de la cita del viaje de Unamuno a Granada. Gracias por el artículo.

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