El peso del mundo

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Combate entre el campeón del mundo Jack Johnson y Arthur Cravan en La Monumental. Foto cortesía del Arxiu Fotogràfic del Centre Excursionista de Catalunya.

Barcelona, 23 de abril de 1916.

En un ring improvisado en la Monumental, el campeón del mundo Jack Johnson se enfrenta a un blanco de ciento cinco kilos que responde al nombre de Arthur Cravan. Ambos púgiles combaten por una bolsa de cincuenta mil pesetas que ya se han repartido antes de subir al cuadrilátero. La velada supera lo previsto convirtiéndose en un capítulo de la historia del arte y de sus vanguardias.

Visto con el privilegio que otorga la distancia, el dadaísmo no podría haber encontrado mejor escenario que el que proyecta la sombra del tongo. Al final, resultó que no fue en un cabaret de Zúrich donde se sentaron las bases del nuevo lenguaje, sino en el escenario limitado por las doce cuerdas reglamentarias de un ring. De esta manera tan atlética, las contraseñas secretas de dadá se reducen a la sencillez primitiva que expresa la danza gestual del boxeo. El baile de sombra que se agranda y achica con movimientos ingobernables y que corresponden a un genio complejo, capaz de golpear y recibir a la vez.

Es la caricia y el crimen o, mejor dicho, es la tensión contenida de ambos impulsos la que al final romperá la piel de Europa. Ante esto, Cravan va a dar respuesta orgánica a un mundo cuyo peso alcanzará el orden de las ruinas. Por decirlo con la semántica de los tiempos: el combate entre Cravan y Johnson es un fragmento de dadá, la nueva corriente artística, una epidemia danzarina que viene a purificar el terreno de la Gran Guerra; el ocaso necesario que hunde sus raíces en la agitación política, instalándose al otro lado del futurismo italiano y de su cadencia marcial; siempre cerca del cubismo francés, con el que dadá se encuentra en el carnaval de las máscaras tribales.

Son los orígenes. Con esta cuna, el movimiento dadá no puede mecerse sin antes precipitar su peso a la velocidad de la guerra. Por ello dadá no se presenta como un proyecto localizado en un núcleo único e intransferible. Dadá se movía a la velocidad de la guerra. Tal y como apuntaría Hugo Ball, agitador del movimiento desde el Cabaret Voltaire de Zúrich: «El mundo entero había empezado a hacer de médium». A esas mismas horas, en Barcelona, un blanco de nombre artístico Arthur Cravan transformaba el boxeo. Porque hasta entonces, hasta aquel domingo de primavera, el boxeo solo se parecía al boxeo, es decir, el boxeo tan solo se había interpretado.

Noches antes, en la barra del Excelsior, ambos púgiles habían quedado para beber. No hizo falta una tercera copa para llegar al acuerdo. Cravan aguantaría en pie el tiempo suficiente para que el público no se enfadase. Bien mirado, no podía ser de otra manera; el orgullo de Jack Johnson no hubiese permitido lo contrario. Por otra parte, a Cravan le daba igual lo que dijesen de él. Siempre supo mantenerse distanciado de las percepciones que su persona suscitaba. Le daban igual las calificaciones. Cravan necesitaba el dinero. Eso era lo importante, pues, como ya se sabe, la bolsa siempre ha sido el nervio de la agitación artística.

Arthur Cravan había llegado a España escapado de Francia, cruzando a nado el río Bidasoa. Hasta el momento de la huida se le podía ver en París de madrugada, como un gigante paseando por la orilla más oscura del Sena, siempre acompañado por mujeres a las que trataba con ternura animal, como si fuesen gatitas que pudiesen caberle en el bolsillo del abrigo. Era verdad, las mujeres seguían a Arthur Cravan por donde quiera que fuese. Formaban una tropa que azotaba la sangre de una ciudad en guerra. Los soldados le abrían paso y Cravan parecía desfilar entre ellos, seguido por los maullidos incesantes de todas aquellas que querían acabar en su bolsillo.

Ninguno de aquellos soldados que desfilaban en París era capaz de enfrentarse a él. Por su aspecto, Cravan era un coloso, un gigante de hueso y músculo que cargaba en cada mano el peso del mundo. Tampoco la ingenuidad le venía pequeña cuando rellenaba sus guantes con rizos de mujer. Pensaba que así, de esta forma, no haría tanto daño al contrincante. Por decirlo con rimbombancia balsámica tal y como él hubiera permitido a la hora de escribir sobre su valentía, el único heroísmo que Cravan reconocía era el heroísmo moral. El arrojo del que nunca tiene miedo a ser reconocido como un cobarde. Por eso huyó de Francia a las claras del día. Del tiempo aquel, en París, queda su deriva; noches que solían empezar en un salón de baile junto a su amigo Blaise Cendrars, apareciendo los dos con sus camisas amarillas, iguales a arlequines órficos de botines tordos, manchados de pintura y siempre con aquellas corbatas para sordos, berrendas de salsa picante. Con los primeros golpes, la vanguardia salía a bailar el tango de los apaches. 

Los futuristas de Marinetti andaban al acecho de todos sus movimientos. El mismo Marinetti había mandado a uno de sus hombres a seguir de cerca a la pareja de arlequines. El encargado de espiar, un tal Gino Severini, telegrafiaba cada noche a Milán para dar el parte que llegaría a ser difundido hasta Rusia, donde el poeta Mayakovski esperaba las últimas tendencias en salsa picante. Tal vez Marinetti no espiase solo por ser testigo de las intimidades ajenas, tampoco por la sensación de poder que otorga el hecho de ver-sin-ser-visto. En realidad, Marinetti espiaba por un oscuro impulso de celos. Sospechaba que algún día, no muy lejano, Cravan conocería a la misma mujer que Marinetti amaba. El miedo fue lo que llevó a Marinetti a espiar a Cravan; el miedo a que aquella mujer le condujese a la velocidad de un bólido para decirle aquello de: «He decidido dejarte».

Porque al principio de todo siempre hay una mujer y, en este caso, es una poeta peculiar que juega con el tiempo en sus escritos. Fecha sus poemas en el futuro y se hace llamar Mina Loy. De momento, sigue con Marinetti. Cravan y ella no se han conocido aún. Arthur Cravan está en París, acompañado de su inseparable Blaise Cendrars. Juntos van a poner en práctica la irreverencia del dadá mucho antes de que el dadá se ponga en práctica.

Luego, hay un valor añadido en su historial que a Marinetti le llama la atención, pues Cravan, además de hacer gala de su cobardía, la hace de su parentesco con Oscar Wilde. En el árbol genealógico es posible cruzar coincidencias sin tronchar las ramas, y en él Wilde se encuentra con el inventor de las reglas del boxeo. Se trata del mismísimo marqués de Queensberry, que se ha posado en una de ellas. 

Cabe apuntar que, cuando este pájaro de noble pelaje ideó el guante de boxeo, no lo hizo para proteger la cara del contrario, sino para proteger los nudillos de los marineros del Támesis, que durasen otro combate más y que las apuestas siguiesen corriendo. De esta manera, con el inestimable genio del marqués de Queensberry, el boxeo empezaba a ser dominado por la dinámica de las apuestas y de sus corredores. Por seguir con la metáfora, la adrenalina del deporte se hacía espíritu coagulado, pongamos, mercancía en acción, dispuesta para golpear con fuerza los bolsillos. El inventor de la gracia, el citado marqués de Queensberry, engendraría un hijo famoso por dejarse amar por Oscar Wilde, autor de vicios teatrales. Con el tiempo, azares históricos quisieron que Wilde tuviera un sobrino boxeador y de una ingenuidad tan grande como el tamaño de su cuerpo.  

Envenenado por una mezcla de literatura y cobardía, Arthur Cravan huyó de París y de la guerra. Se refugió en Barcelona, una ciudad de zona neutral al igual que lo era Zúrich en Suiza pero más caliente, picada por la sal mediterránea y con toda la morbidez que la neutralidad implica a la hora de sacar beneficios de un conflicto bélico.

Cuando la feria de descomposición se ha instalado ya en Europa, Cravan se sube a un ring instalado en la plaza de toros de Barcelona. Viene dispuesto a aliviar de peso al mundo. En el ritual que antecede al gong del primer asalto, choca guantes con su adversario, Jack Johnson, rubricando así el acuerdo al que ambos púgiles habían llegado sobre la barra del Excelsior, un bar de estilo americano que servía cócteles y champán de primeras marcas y donde una botella de Pomery o de Viuda de Cliquot no valía más de treinta pesetas. Un precio conseguido a expensas de la tragedia que asolaba Europa. Porque, cuando un país se mantiene neutral, nunca lo hace por confianza en la paz sino por complicidad con los intereses mercantiles que desata una guerra. Tras la barra, el barman, de impecable esmoquin, es testigo silencioso del pacto.

Al final, Jack Johnson no pudo alargar más la pelea. El público había unido sus gargantas para abroncar a los púgiles y Arthur Cravan, que se sabía perdido, movía su cuerpo, provocando preguntas y negando respuestas. Encajó los últimos golpes de su contrincante con un solo gesto hasta que cayó sobre la lona. Fue en el quinto asalto, tras ejecutar un movimiento de sonámbulo, arrastrando sus pies hacia delante y con la vista vuelta hacia arriba y los puños levantados, como si buscase el interruptor de la luz. Pero no será hasta el siguiente asalto, en el que Cravan cae vencido por KO, cuando la policía tenga que intervenir.

Entre los remolinos de público se puede distinguir a un hombre que sonríe. Es manco, le falta su brazo derecho y, en su caso, la ausencia de este apéndice es un valor de más. Parece divertirse con lo que está ocurriendo. Hay un momento en el que se lleva su única mano hasta el cuello de la camisa para aflojar el nudo de una corbata que luce berrenda. Se llama Frédéric Sauser-Hall, aunque se hace llamar Blaise Cendrars. Había perdido su brazo hacía poco, en el frente. Era el brazo con el que solía escribir.

A su lado hay otro hombre tirando a gordo, bigote sedoso y piel agitanada. Se llama Irvin de Monico y es el mismo que por las noches se pone de esmoquin para servir cócteles en el Excelsior. Se comporta como un diplomático que no sufre alteración alguna en su pulso a la hora de cumplir con la misión encargada. Ha seguido impasible el combate; la evolución de los movimientos de Arthur Cravan cada vez que bajaba la cabeza o curvaba la espalda, hasta que ha caído en la lona. Irvin de Monico sabe que el momento del KO es definitivo para ponerse en marcha. 

Poseído por la misma vibración orgánica, Blaise Cendrars le sigue con la manga vacía de su brazo. Juntos suben al cuadrilátero. Con urgencia arrastran el cuerpo de Cravan y logran sacarlo de la plaza de toros para meterlo en un coche y desaparecer de escena a toda velocidad. Hay quien dice que Gino Severini, el pintor futurista a sueldo de Marinetti, se ajustó el monóculo estupefacto.

No sería la primera desaparición pública de Arthur Cravan. Ni tampoco la última, ocurrida pocos años más tarde, en 1918, cuando murió arrastrado por las aguas del golfo de México, aunque esto es difícil de creer. Porque la vida siempre fue para Cravan lo más parecido a una fábula donde es preferible desaparecer antes que morir del todo. 

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5 Comentarios

  1. Curioso personaje este Arthur Cravan. Es raro encontrar un poeta, por dadaísta que sea, que ame el boxeo lo bastante para subirse efectivamente al ring. Debía saber que no tenía ni una oportunidad frente al Gigante de Galveston. Este sólo había venido a Barcelona a hacer un par de exhibiciones y no sé si llegaría a asombrarse que esa especie de combate sin historia, como tantos que había librado, llegara a hacerse tan famoso en su historial.
    Y el destino de Cravan sigue siendo un enigma. No sabemos si organizó su propia desaparición, fue un simple accidente, una combinación de ambas cosas o… Un juego de espejos que anticipaba el surrealismo, hijo directo del dadá.
    Es posible que la idea que existen combates de boxeo que son, en sí mismos, una obra de arte, provenga precisamente de esa extraña velada. No sé si llegaron a filmarla, aunque sí existen fotos, creo.

  2. Puedo escribir 27 artículos mejores sin despeinarme. Pero, como no me llamo Montero Glez, nunca me los publicará Jot Down.

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