
Entre las muchas cosas que dijo Aristóteles se encuentra la idea de que las ciudades deberían tanto ser seguras para sus habitantes como también hacerlos felices. A finales del XIX en Viena se publicaba un libro que enfatiza la importancia de la segunda parte de la frase, o el equilibrio entre lo técnico y lo artístico. El libro en cuestión es La construcción de las ciudades según principios artísticos (Der Städtebau nach seinen künstlerischen Grundsätzen) y su autor, el arquitecto Camillo Sitte. La premisa es sencilla: la construcción de todas las ciudades desde la Antigüedad ha seguido una serie de patrones clásicos, que el urbanismo moderno pone en peligro. Pero el método es diferente y delicioso. En poco más de cien páginas con ilustraciones, Sitte se dedica a observar ciudad tras ciudad para intentar extraer principios básicos. «El autor solo tratará ciudades que haya visitado y cuyos efectos estéticos haya podido observar, lo cual limita la muestra a Alemania, Austria, Italia y Francia», nos dice. ¡Y quién pudiera haber estado en sus pies para ese trabajo preparatorio! La lista incluye Palermo, Ferrara, Salzburgo, Colonia, Florencia y decenas más. Aunque el libro trata sobre el diseño de las ciudades al completo, y se merece varios artículos, quizá su parte más entrañable es la que dedica a las plazas, el centro de la vida pública de las ciudades.
El espacio y el vacío
Si pensamos en cuáles son las plazas más bonitas de nuestro país, saltarán decenas de candidatas. Quizá algunos se decanten por alguna de las grandes, como el Obradoiro o la plaza Mayor de Salamanca. Las hay más pequeñas y con igual encanto, como la plaça del Rei de Barcelona o la de Trujillo. Sin embargo, todas tienen un elemento común: son un espacio. Antes de que dejéis de leer, dejadme aclararlo. Los humanos buscamos patrones y figuras en todo, por lo que tendemos a completar figuras geométricas, al estilo de los experimentos de la psicología de la Gestalt o los juegos de unir los puntos. Con las plazas pasa algo parecido. Necesitamos puntos de referencia (en este caso planos verticales de muros o edificios) para poder percibir que estamos en un lugar con fronteras definidas.
Un espacio sin fronteras —porosas— no es tal. La idea de la porosidad. Una plaza demasiado cerrada es un patio privado inutilizable, y una plaza con demasiadas entradas no es nada. Como dijo Gertrude Stein del urbanismo de Oakland, California, «the trouble is that when you get there, there isn’t any there there». Parte de la culpa la tiene el tráfico, que actúa como frontera impermeable. Sitte se queja con razón de que muchas ciudades modernas degradan las plazas convirtiéndolas en apéndices de los caminos y calles, en vez de en lugares donde estar. El auge de la glorieta o rotonda supone la creación de algo que aspira a ser espacio pero que jamás podrá serlo porque es inalcanzable. Es imposible llegar al centro de una glorieta, y, si se llega, es desagradable permanecer ahí por el tráfico que la rodea. El resultado es que cualquier monumento se tiene que observar desde una distancia excesiva y queda fuera de nuestro alcance.
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Como un aforismo de 5 folios, redondo
Muy interesante. Estos artículos nos reflejan la poca historia que sabemos de nuestro hábitat.
Gracias por recuperar a Sitte y su urbanismo que Le Corbusier llamaba «el camino del burro»: https://bailarsobrearquitectura.com/2015/12/10/el-camino-del-burro/
Estimado Iago: ¿somos almas paralelas? Acabo de leer esa entrada en tu blog… Mira ésta:
https://blog.universidadeuropea.es/es/diseno-y-arquitectura/club-de-arquilectura/el-urbanismo-del-burro-urbanism-donkey
Me he quedado atónito.
Nunca defrauda este rincón literario, por la calidad de los que escriben y comentan, y por los inevitables recuerdos de una común literatura. Usted arranca con Aristóteles y sus preocupaciones por el bienestar de su “animal político” y solo recuerda por contingencia algunas reflexiones de él con respecto a las ciudades, pero de las otras hay una que siempre me causó curiosidad: decía, sin aportar prueba alguna o debate, que una ciudad no debería tener más de quince mil habitantes. Seguramente que con esta cifra la Covid-19 no habría hecho tanto estrago en estos tiempos. ¿Cuáles habrán sido sus consideraciones para llegar a esa cantidad? De otro clásico que no recuerdo el nombre hay otro pasaje, aún más estupefaciente y hasta diría desopilante. El historiador dejó para la posteridad la sospecha o convicción de un reinante persiano, enemigo de los griegos, que afirmaba que nada de bueno se podía esperar de esas gentes (las colonias del Asia Menor) que no tenían nada mejor que hacer que inventarse un agujero o espacio inútil en el medio de la ciudad, en los cuales podían… engañarse mutuamente. Supongo que estos reyes despóticos no veían con buen ojo que se reuniesen más de dos o tres personas.
Minoría en democracia.
Si tuviera que elegir
entre dos facciones
que se disputan la verdad,
elegiría la más débil,
la más desperdigada,
como hizo aquel hebreo
con aquellos de espíritu pobre,
los que esperan ver cambiar
las cosas y los hombres,
ni para el Bien ni para el Mal,
sólo hombres sabedores
de sus precariedades reunidas
en una plaza de la ciudad,
con el corazón hecho harapos,
por los amigos, mujer y prole,
en pie o sobre sillas tambaleantes,
o debajo de una higuera,
con alzada de mano
donde a veces hay defecciones,
nuevos extraviados y hasta traidores,
abúlicos, soñadores, extremistas
y hablar hablar hablar sabiendo que no hay
ninguna verdad que dure más de un año.
Uno de sus poemas de adolescente de un joven catamarqueño “iluminado” por el troskismo, maoísmo y otras yerbas, y que lo llevaron a ensuciar sus manos de sangre. Terminó sus días inserido en esa sociedad burguesa que tanto odió y quiso destruir, como un apreciado profesor de Filosofía e Historia.
Gracias por la excelente lectura.
Se reposa en un banco de la plaza
viendo pasar de árbol en árbol,
aves, y más arriba, en fuga,
emigrando las bandadas,
sin saber que se desplazan
para mantener el equilibrio
de este mundo tan solo regresando
al mismo lugar de donde han salido,
y a mis pies la hecatombe turbulenta
de la vida diminuta, insectos obstinados,
hormigas levantiscas bidireccionales
como los automóviles que pasan
siempre apurados por la nafta.
En el cielo emigran polen y semillas,
debajo el humus se transforma,
los obreros cavan zanjas y los aviones…
rompen la formación de las bandadas.
Hay un gran quehacer alrededor
de este pacífico banco de la plaza.
De un poeta cuyano, apolítico, itinerante, que del trabajo solo le gustaba mirar la inconmensurable habilidad de sus congéneres para inventar mil manera de llevarlo a cabo.
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