Cine y TV

Alfredo Landa, Frank Sinatra, un tal Raúl Núñez y el club de los nacidos para perder

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Alfredo Landa en Sinatra. Imagen: I.P.C. Ideas y Producciones Cinemat.

Esta es la historia de Antonio Castro Fernández, un hombre corriente de cuarenta y tantos años que vive la Barcelona de la década de los ochenta. Se dedica a beberse y fumarse la vida mientras intenta ahuyentar la pesadumbre que lo invade. Es más bueno que el pan y está más solo que la una. Suele tener muy mala suerte. Todo el mundo le llama Sinatra porque se parece a Sinatra.    

A Sinatra lo ha dejado su mujer. Abandonó todo lo que le recordaba a ella y ahora trabaja de portero nocturno en una pensión en la calle Hospital, en el Raval. Las noches de curro se esfuman entre el aburrimiento y los largos tragos de Soberano. Las mañanas libres son jornadas de reflexión en los baños más inmundos, soñando con un estofado casero en una casa limpia con tele en color y buena compañía.      

Un día Sinatra decide apuntarse a un club de amistades por correspondencia y comienzan sus problemas, también se dará alguna alegría. Conocerá a otras alimañas metropolitanas, errantes como él, que buscan el calor de un aliento y de un cuerpo jugoso para ganarle la partida a la soledad aunque solo sea por una vez. 

Sinatra (1988), dirigida por Francesc Betriu, es una de las películas españolas más inclasificables de los ochenta. Adaptación —casi transcripción— de la novela del escritor y poeta Raúl Núñez, está protagonizada por Alfredo Landa, en uno de sus papeles menos conocidos. Es un combinado de esperpento madrileño con sentimiento barcelonés, bien mezclado con la iconografía del cine de perdedores clásico —los animales solitarios, los neones parpadeantes, las aceras pegajosas, las noches en vela, los diálogos humeantes—. Un número cabaretero de barrio en el que la música de Joaquín Sabina y Pancho Varona arroja luz y ritmo a imágenes bien cargadas. Un retrato de la Barcelona más crápula, granuja y absurda. 

Barcelona y los años ochenta

«Barcelona ciudad / No existe un solo lugar / Donde poderte colgar». Lo canta Loquillo  —la letra es suya y de Sabino Méndez— en su primer y flamante disco de estudio con los Trogloditas, El ritmo del garaje (1983). Una Barcelona en la que «nada se hará realidad». La ciudad condal filmada, disecada, en Sinatra es el canto de cisne de una galaxia nada brillante en tránsito hacia el más allá.  

Sinatra y las demás criaturas habitan el que era el famoso distrito quinto, tradicionalmente proletario por el día y criminal por la noche, siempre miserable. Una olla a presión social, de continuo a punto de estallar. Llegó el momento de hacer limpieza: en 1985 comenzó un programa de recuperación arquitectónica del casco urbano, con campañas para incentivar el turismo. También se reorganizaron los distritos en los que se dividía la urbe. Este districte V, cuya delimitación era originaria del siglo XV, pasó a ser el primero, Ciutat Vella. En 1987, el año en que se rueda Sinatra, el concejal del distrito, Joan Clos, comienza un ambicioso plan de rehabilitación.

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7 comentarios

  1. Constantino

    Es usted todo un recreador de mundos perdidos.
    Enhorabuena.

  2. Carlos Castro

    Brutal. Muchas gracias por la historia, Daniel.

  3. Fantástico en toda la extensión de la palabra. Aun con la erratilla de unas miles de pesetas, para disfrutar

  4. Bravo Daniel.

  5. Magnífico artículo, enhorabuena al autor.

  6. Gracias. He tomado notas en mi cuaderno dedicado a las cosas muy importantes que no puedo olvidar y en las que tengo que profundizar un día de estos.

  7. Pingback: Raúl Núñez, la guitare et le « clochard céleste » – ECCO et Co.

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