Cómics para quedarse en casa

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Siempre me ha gustado pensar que una de las bazas que disfruta el cómic respecto a otros medios es tener la virtud de ser ventana a un mundo visual propio, único en cada obra. Una historia contada con un lenguaje de trazos y colores, de luces y sombras cuya representación de lo que enseña o cuenta está intervenida por la «caligrafía» específica de cada autor y autora. Por eso cada vez que abrimos un cómic nos asomamos a una perspectiva visual muy específica que nos acompañará durante el correr de las páginas. Y cuando terminemos, la siguiente obra nos propondrá una perspectiva diferente.

Quizás eso es lo que necesitamos en estos momentos. Los tebeos nos hicieron buena compañía durante el confinamiento. Nos abrieron ventanas, ampliaron nuestro espacio interior. Algunos incluso se crearon durante esos días para hablarnos de lo que nos estaba ocurriendo. Quizás surgieron en las mentes de sus autores como forma de terapia individual pero, al llegar hasta el lector, por la vía digital, nos decían de alguna forma que no estábamos solos. Propuestas como las de David Ramírez, Laurielle o Álvaro Ortíz enfocaron la pandemia desde el humor, los géneros o el relato íntimo y nos lo hicieron un poco más llevadero.

Alguien dijo entonces que la cultura no es algo esencial. Pero la verdad es que el cerebro también come. Así que ahí van unas recomendaciones para llenar la despensa. Ya saben, por si acaso.


Devastación, de Julia Gfrörer (Alpha Decay)

Hay quien pudiera pensar que Julia Gfrörer se adelantó a la pandemia, a este extraño postapocalipsis que estamos viviendo, con la publicación de esta novela gráfica. En realidad basta leer unas pocas páginas para intuir que la autora sabe perfectamente que el apocalipsis ya sucedió en otros tiempos y en otros lugares, sigue sucediendo ahora y sucederá mañana. Con ese conocimiento dibuja uno de esos momentos —en algún momento durante los años de la peste negra en Europa— alejado del momento actual, lo que permite, de alguna forma, «desnormalizar» la catástrofe, verla desde fuera.

Trazo fino y algo rígido con una narrativa que abunda en cierta poesía visual, Gfrörer ahonda en las vivencias de unos personajes sobrepasados por la catástrofe y sus secuelas y que, aun así, de alguna forma, siguen. Alejada de lugares comunes tanto temáticos como visuales en el género de la vida tras la desgracia, la obra destaca como retrato íntimo del dolor y de lo que hacemos los seres humanos con él y a pesar de él.


Verdad, de Lorena Canottiere (Liana Editorial)

Que los cómics sobre la guerra civil abundan y puede que haya quien opine que ya se hayan dibujado suficientes podríamos sentarnos a discutirlo. Sí es cierto que tanto la ficción en cómic ambientada en esta época histórica (y posteriores) como las adaptaciones de memorias biográficas de familiares de los autores han abundado en una serie de rasgos formales. Narrativas convencionales y líneas claras han sido el común denominador habiendo poca variabilidad y mucha menos experimentación formal. Por eso el trabajo de Lorena Canottiere en esta novela gráfica asombra al lector al pasar las primeras páginas. El uso del color que emplea la autora enfrenta fríos y cálidos para un despliegue formas y texturas que construyen la biografía de una mujer. Biografía de ficción con tintes de realismo mágico Verdad es una reflexión sobre las utopías y su consistencia en tiempos de guerra.


Imbatible: superhéroe de proximidad, de Pascal Jousselin (Editorial Base)

Para los más pequeños de la casa también habría que hacer acopio, así que un buen tebeo a recomendar es uno que difícilmente llegará a la gran pantalla cinematográfica. ¿Por qué? Porque Imbatible es una oda al cómic y a la riqueza de su lenguaje visual. El protagonista de este cómic de Pascal Jousselin obtiene sus poderes de la conciencia de saberse en un cómic y que puede saltarse las viñetas arriba y abajo a su antojo. Igualmente, otros personajes demostrarán habilidades similares que sorprenderán al lector. Superhéroes con un estilo visual de vieja escuela —la de Marcinelle, que sigue vivita y coleando—, ingenio a raudales y golpes de humor. Un tebeo que gustará a los más jóvenes pero también a los talluditos con nostalgia de los cómics de los dominicales de antaño como El Pequeño País.

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El Clan de los Poe, de Moto Hagio (Ediciones Tomodomo)

La publicación de las obras de los grandes autores del manga crece cada año en nuestro país. Este año hemos visto la llegada de Cráter de Osamu Tezuka y El niño de los ojos de gato de Kazuo Umezz. Sin embargo, lo que también se está empezando a ver en España por primera vez es la publicación de las obras de grandes autoras, tan históricas como los anteriores. «El grupo del 24», el colectivo de autoras de manga que revolucionaron el shojo manga. Así, mangakas como Keiko Takemiya, Riyoko Ikeda y Moto Hagio han sido recuperadas con justicia.

El Clan de los Poe es un manga de mucho éxito cuando surgió que bien podría servir de muestra ejemplar de algunas de las características compartidas por esta generación, tanto por la cuestión temática como la estilística. Drama, amores prohibidos e inspiración gótica en los devenires de una familia de «vampirnellas» que vagan por Europa destrozando vidas. Todo ello bañado en un preciosismo visual con un dibujo de trazo elegante, expresivo con las emociones y ornamentado con detalles que construyen la atmósfera gótica perfecta… vista desde Japón.


Lluvia, de Mary M. Talbot y Brian Talbot (Ediciones La Cúpula)

Por si una pandemia fuera poco, debemos recordar que estamos viviendo una crisis climática. Así que pocos cómics más urgentes se me ocurren recomendar que este Lluvia. ¿Qué significa adquirir conciencia climática? ¿Cómo se relacionan los diversos aspectos del ecosistema? ¿Qué intereses hay detrás de la continuada destrucción irresponsable del medio ambiente? ¿Quiénes son sus principales victimas? ¿Qué tipos de activismos existen en la actualidad? Mary M. Talbot y Bryan Talbot entienden que la mejor forma de dar algunas respuestas a todas estas preguntas sobre temas que están definiendo ya nuestro presente —y van a determinar nuestro futuro— es construyendo una ficción con base en la realidad. Con el arranque inocente de la historia de dos mujeres que inician una relación, la trama se va desplegando para ir incluyendo más y más temas y así crear una imagen global de las consecuencias de la huella que estamos dejando sobre el planeta. En Lluvia, el formato apaisado resulta ideal para este objetivo. En términos de medio ambiente, el escenario, el paisaje es tan protagonista como los personajes, los seres humanos que están en medio de él. Una historia que engancha, preocupa, que hace pensar. Y que, esperemos, mueva a actuar. El tiempo se acaba.


La espiral, de Aidan Koch (AIA / Ediciones Valientes)

La vanguardia en cómic en España está en un momento interesantísimo, con una quinta de autores y autoras como Begoña García-Alén, María Medem, Andrés Magan, Cynthia AlfonsoJosé Jajaja o J. M. Vaquero, cuya escasa difusión en medios no especializados oculta todo ese gran talento. Si a los divulgadores ya nos cuesta hacer llegar al público general obras más canónicas y de temas más populares, pueden imaginarse la dificultad que supone dar a conocer las obras más experimentales. Pese a todo, los autores entregados a este camino menos transitado van abriéndose paso; y lo van abriendo para que las vanguardias del cómic internacionales lleguen a España también. Dos modestísimas editoriales como AIA (a cargo del autor Arnau Sanz) y Ediciones Valientes (a cargo del también autor Martín López Lam) han unido fuerzas para traernos esta pieza de la autora AIdan Koch. La espiral es una historia de personajes en busca de su lugar en el mundo, en términos físicos pero también emocionales y sociales. La odisea de encajar en sitios y en personas con patrones determinados. Como forma es fondo, la autora expresa entre borrones y manchas contra frágiles líneas. Curvas contra rectas. La espiral es un extraño puzle que es, además, un viaje al interior.


Mis cien demonios, de Lynda Barry (Reservoir Books)

El de Lynda Barry es el recurrente caso de autora de cómics con una historia descomunal a sus espaldas que llega a nuestro país con bastante retraso, especialmente si lo comparamos con homólogos masculinos que han tenido menos presencia y carrera en el medio. Barry ha sido historietista, pintora, profesora, dramaturga, escritora y correctora y ha publicado tiras durante treinta años en varios periódicos en Estados Unidos. Precisamente, Mis cien demonios es una excelente carta de presentación sobre ella misma. La obra recoge tiras de contenido autobiográfico narradas con soltura y profundidad, muy lejos de cierta dinámica historietística de lucir egos, virtudes y defectos para epatar al lector y/o crear un personaje propio más allá del autor. Al contrario, «los demonios» de Barry destilan honestidad: son una suerte de espinitas clavadas en lo más profundo del ser, arrastradas desde diferentes etapas de la vida de la autora, a las que se les trata de dar voz, desahogarlas. Quizás incluso comprenderlas, dejando cierto espacio también para un humor del grosor de un papel de fumar. Dibujo naif y artesanal con una suerte de aire de diario íntimo, se enmarca en elementos de collage, lo que le da un empaque de naturalidad en esta transmisión de la memoria emocional. Como broche, la voluntad de la autora de invitar al lector a la práctica de este ejercicio de confesión. El libro se cierra con una guía en la que se enseña como hacer nosotros también un diario y así plasmar nuestros propios demonios en la página.


Llamarada, de Jorge González (ECC Ediciones)

Otra historia biográfica de coordenadas completamente distintas (y  también muy interesante) es la proyectada por el artista Jorge González. Su propuesta comprende un recorrido por cuatro generaciones en el tiempo: desde su abuelo, Norberto Omar Eresuma, célebre goleado marplatense (cuyo apodo se usa de título a esta novela gráfica) hasta el hijo del autor de la obra. También será un recorrido en el espacio, dado que nos llevará desde la Argentina de principios de siglo pasado a la España de principios de este. Pero el relato sobre la familia González no responde tanto a querer dejar constancia de unas memorias familiares, como de hacerse preguntas sobre cuestiones tan difíciles de asir sobre la predestinación y la herencia familiar. El estilo abstracto de González es idóneo para cada estampa ilustrada y especialmente apropiado para evocar sensaciones y pálpitos que no se pueden explicar. Una trabajo con muchas voces conectadas con una virtud poética que aspira a plasmar un cierto desgarro invisible.


Bella Muerte: La Rata, de Kelly Sue DeConnick, Emma Ríos y Jordi Bellaire (Astiberri)

La gallega Emma Ríos y la americana Kelly Sue DeConnick han vuelto a la carga con el tercer arco de esta serie de fantasía oscura que tiene un cierto aroma a aquellos cómics del sello Vertigo cuyas premisas cruzaban lo mundano con lo sobrenatural empleando referencias de mitología y folclore. Más allá de ese planteamineto, Bella Muerte tiene lo que muchas series de Vertigo no tuvieron, una artista impecable que desafía los límites de lo imaginable, Emma Ríos (recientemente galardonada con un Eisner por las portadas de esta tercera entrega) acompañada de una de las mejores coloristas de la industria americana, Jordie Bellaire.

Bella Muerte: La Rata recoge el testigo de sus dos antecesoras. Si en el primer arco se establecían atmósferas visuales de género y pautas argumentales extraídas del wéstern y del bélico respectivamente, aquí las autoras tiran de noir, emplazando la acción en el Hollywood de los cincuenta. Ahondando en la cuestión de la creación de historias, la explotación del artista y la búsqueda de cierta justicia —que a ratos es indistinguible de la venganza— las autoras nos embarcarán en un inquietante viaje en busca de la verdad que no estará exento de ciertos peajes.


Memorias de una guitarra, de Román López-Cabrera (Panini Cómics)

Lo bonito del cómic es que según pasa el tiempo más y más temas dejan de ser inéditos por la audacia de autores que entienden que, como medio para contar historias, entre viñetas se puede  contar absolutamente todo. No esperaba yo, en estas, que un cómic sobre la profesión de cantautor en la España del tardofranquismo y la transición iba a fascinarme como lo ha  hecho, siendo tan didáctico como emotivo. Román López-Cabrera construye la biografía ficticia de Pepe Soller, el cantautor protagonista, a través de aspectos del histórico cantautor Paco Ibáñez, que es un recorrido por las penurias que estos héroes, que lucharon por la libertad de expresión y multitud de otras causas en solidaridad con otros pueblos, tuvieron que pasar en sus días. Memorias de una guitarra es, de hecho, un testimonio de las múltiples formas en las que funcionaba la represión de la dictadura franquista, desde la censura ejecutada administrativamente —y aquello sí que era censura— hasta las palizas y torturas que ejecutaba su policía. Una notable pieza para la pervivencia de la memoria histórica tanto como para que siga viva la llama.


Squeak The Mouse, de Mattioli (Fulgencio Pimentel)

El cómic underground fundacional se cebó a placer con sus parodias de personajes de rasgos animales, de toons y funny animals. Los furros, para entendernos. En nuestro país hemos visto ya obras notables, desde las fumadas sexuales de Crumb a las irreverencias de Kaz. Nos faltaba, eso sí, esta pieza esencial de este subsubgénero, que son los tebeos de Squeak The Mouse de Mattioli. El italiano tomó de base las inacabables correrías de Tom y Jerry para darles una vuelta de tuerca cruzándolas con las historias de serie B. Slasher, zombis, ciencia ficción, sexo gratuito… toda una serie de recursos y giros de esas temáticas se entrelazan aquí con los ires y venires de gato y ratón. Mattioli juega con la premisa de la inmortalidad del personaje de dibujos animados para trazar toda una serie de ciclos sisifescos donde el lector podrá alucinar viendo cómo y hasta qué punto los dos antropomórficos rivales pueden morir y volver a la vida. Y si todo esto les hace recordar a los famosos Rasca y Pica de Los Simpsons, es porque Matt Groening se inspiró en Squeak The Mouse.


Orlando y el juego – Cheminova, de Luis Durán (Diábolo)

Para terminar, una cumbre. Seis años le ha llevado a Luis Durán elaborar la pentalogía de novelas gráficas de fantaciencia, Orlando y el juego, en las que el autor toca muchos palos distintos y todos con atino. Por una parte, el autor construye una trama de fondo que hila toda la serie: la persecución de una agente rebelde de un grupo que vigila un multiverso de realidades y que está cambiando algunas de ellas por motivos desconocidos. Por otro, va sembrando una intriga ambientada en España en la Edad Media, con la cuestión del traslado de unas reliquias. E intercalado en esas dos tramas, un extenso y rico mosaico de historias ambientadas en diversos tiempos y espacios, que abundan en referencias populares del cine, la literatura y los tebeos. Todo ilustrado con el dibujo de Durán, una caricatura de estilo cubista mutable según la intención del autor y una gran maestría narrativa que conduce al lector entretenidamente a través de las páginas. Con Cheminova, se concluye una de las obras seriadas modernas de cómic más largas en España. Un Ministerio del Tiempo diferente.


 

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