Ese objeto de deseo

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Corto Maltés, de Hugo Pratt. Cortesía de Norma Editorial.

La todopoderosa (y mojigata) Marvel anunció la cancelación de dos portadas de Milo Manara. Otra vez. Una decisión muy lógica teniendo en cuenta que antes se las había encargado y que tampoco era la primera vez que trabajaban con él. Como si Marvel fuera nueva en esto. Como si nadie en el mundo conociera el trabajo de este novato que es Manara. El detonante ha sido la portada que el italiano había dibujado para la edición americana de Spider-Woman #1, en la que Jessica Drew posa en una postura, suponemos, demasiado sensual para las cabezas de la editorial y las de muchos de los que se han quejado. La Mujer Araña con el culo en pompa. Lista para que los lectores dejen volar su imaginación. Una posición, por cierto, mil veces realizada por el reverso masculino del personaje cada vez que alcanza el techo de un edificio neoyorquino. Es probable que muchos de los que esto leen hayan oído hablar del italiano Milo Manara (Luson, 1945). Si no, lo que es seguro es que hayan visto alguna de sus mujeres.

Porque más que de los cómics de Milo Manara sería más correcto hablar de las mujeres de Manara, como si de un género dentro de la novela gráfica moderna se tratara. Ya les adelanto que el que esto escribe no es un gran fan de la obra de Manara. A decir verdad, considero que sus cómics, salvo un par de excepciones de las que me ocuparé más adelante, son bastante prescindibles (Cuarenta y seis, esa especie de tributo a Valentino Rossi es uno de los mejores ejemplos). Pero están sus mujeres. Y yo el único problema que le encuentro a las mujeres de Manara es que sean dibujos.

No puede faltar un repaso a los cómics italianos. No de una manera general, lo que daría para libros enteros, sino de unos cuantos autores, italianos, que han transcendido las fronteras de ese país con forma de bota para convertirse en iconos mundiales de lo que los transalpinos llaman con muy buen tino y mejor gusto fumetto, en referencia al icónico globo de diálogo o bocadillo. El nacimiento de la historieta en Italia va parejo al desarrollo del medio en países vecinos, especialmente el conglomerado franco-belga, todavía hoy tierra prometida de los artistas europeos.

Hay sin embargo un par de salvedades que la convierten en especial. La primera tiene que ver con el propio contexto sociopolítico de un país que si algo nos ha enseñado es el camino para ser una potencia careciendo por completo de un Gobierno serio. Dos guerras mundiales, una civil no declarada, el enemigo metido en la cocina en forma de mafia en sus múltiples variantes y un fascismo no superado han producido una de las corrientes de cómic mejor establecidas. Quizá el peso del flujo migratorio entre ambos países fue el responsable de que precisamente en Italia triunfara antes el cómic norteamericano. Pero en los años treinta gobernó Mussolini (mucho antes, por cierto, que Hitler en Alemania) y aquel, como todo descerebrado fascista, encontró en la importación de historietas una amenaza para su causa nacional, por lo que no quedó más remedio que avivar la imaginación propia.

Pero hablemos de nombres y, sobre todo, de dos arquetipos que, en el fondo, son el mismo. Y aquí entra lo segundo que me gustaría subrayar porque, seamos francos, ha sido Italia la encargada de dibujarnos al héroe que todo hombre ha soñado con encarnar. Pero también, y especialmente, a la mujer que todo hombre ha soñado, y perdonen el verbo, con poseer.

El hombre

Está Corto Maltés y luego todos los demás. Hugo Pratt (Playa de Lido, 1927) tuvo una vida de película hasta el punto de que ya resulta imposible separarla de su personaje más icónico. Fascista por accidente, luego intérprete para los aliados y, finalmente, dibujante y guionista de cómics. Pratt, cuyo árbol familiar es un mapa del mestizaje europeo, vivió en Italia, Etiopía y Argentina para acabar muriendo en Suiza en 1995. Fue Argentina el país definitorio para su carrera. Allí compartió mesa con Héctor G.Oesterheld (El Eternauta, 1957-1959) para quien acabaría por dibujar personajes como el Sargento Kirk (1952), Ticonderoga (1957-58) y Ernie Pike (1957-59). Todos ellos respondían al perfil de aventurero clásico. Es a su regreso a Italia cuando Pratt daría a luz a Corto, más que un personaje una forma de vida. Corto, antes que Pratt, fue testigo a lo largo de sus doce arcos argumentales de buena parte de los acontecimientos que marcaron el pasado siglo. Solo la muerte del autor nos privó de conocer el destino final del personaje y, a cambio, nos regaló su inmortalidad. Sus fans nos hemos negado siempre a creer la versión de Cush en Los escorpiones del desierto (1927-1995): según su amigo, tras alistarse en las Brigadas Internacionales en favor de la II República, Corto desapareció y fue dado por muerto. Yo prefiero seguir pensando en él, anciano, pasando sus días al lado de Pandora Groovesmore, la primera de sus muchas mujeres.

Imaginamos su final pero conocemos su principio: un marinero de Cornualles desembarca en Gibraltar donde deja embarazada a una hermosa gitana sevillana. En La Valeta, en una casa de blanco mediterráneo nace Corto la mañana del 10 de julio de 1887. Poco sabemos del destino de su padre más allá de las habladurías de la gente, pero de su madre sabemos que acabó en el barrio judío cordobés donde creció un niño instruido por el rabino Ezra Toledano. Y ahí el primer acto de rebeldía del aventurero eterno, del buscavidas que en lugar de perseguir su suerte decide crearla el día en que una gitana le dijo que carecía de línea de la fortuna. Con la navaja de su padre, el joven Corto se dibujó la fortuna sobre su propia mano derecha. Y de ahí a 1904, en pleno enfrentamiento ruso-japonés en Manchuria, acompañado por el entonces joven periodista Jack London. Más tarde, a los veintiséis años, rescatado en el Pacífico tras haber sido atado a una balsa de madera y arrojado al mar por una tripulación amotinada. Y desde La balada del Mar Salado (1967) errando por los puertos de una treintena de países hasta perderse en 1925, año en que Corto Maltés protagoniza su última y más extraña aventura, Mu (1988).

Deseo
Corto Maltés en Siberia, Hugo Pratt. Cortesía de Norma Editorial.

Cínico, arrogante y misterioso. Aparentemente sin mayor interés que el dinero y vivir al día, dejando atrás un pasado carente de importancia y al que nunca conviene aferrarse. Fiel a sus pocos amigos y a su enemigo más íntimo, Rasputín. Y también, por qué negarlo, misógino, no en vano nos advirtió de que «las mujeres serían maravillosas si todo pudiera caer en sus brazos sin caer en sus manos». De su autor dijo Umberto Eco que era un Salgari «pero escribiendo bien». Hoy reconocemos su absoluto dominio de la narración gráfica. El trazo de Pratt fue evolucionando desde una suciedad inicial hasta hacerse cada vez más simple y estilizado; para qué más, si de lo que se trata es de retratar sentimientos universales. Hay en Corto un erotismo sobreentendido manifestado en su propia personalidad y proyectado en sus mujeres, aparentemente débiles, pero depositarias de una fuerza a la que solo un marino despreocupado podía hacer frente. Lobo solitario, solo pidió a una mujer que lo acompañara en su incierto camino. Por supuesto, esta dijo no.

Es Corto Maltés, si no el primero, sí el aventurero por excelencia. Sin él no serían posibles otros que vendrían después. Piensen un momento en el Han Solo de La guerra de las galaxias y entenderán en qué consiste eso que los críticos más sesudos llaman la posmodernidad. Es por eso que siguiendo su estela, en los albores del cómic alternativo de los años ochenta, aparecieron personajes pulp como Dylan Dog (1986), obra de otros italianos, Tiziano Sclavi y Sergio Bonelli. El detective de lo oculto con la cara del actor Rupert Everett comparte con Corto la misma actitud cínica ante la vida y cierto erotismo —esta vez más explícito— a la hora de escenificar una relación de claro distanciamiento con el lado femenino de la existencia.

Igual de descreído es Max Friedman, el siguiente personaje salido de la factoría italiana que debe ser reseñado. Las aventuras de Max Friedman (1982-2008) se componen de cinco álbumes —los tres últimos son en realidad uno situado en la guerra civil española—, que son una delicia imprescindible para entender la Europa de entreguerras. El protagonista es un agente de los servicios secretos franceses cuyas aventuras se desarrollan durante la agitada década de 1930 en diversos países europeos y es obra de otro italiano universal, Vittorio Giardino (Bolonia, 1946). La tesis de Giardino es simple: la guerra española no fue otra cosa que la primera batalla de la II Guerra Mundial, y como tal, se inició fuera de nuestras fronteras. Un desastre colectivo en el que perdimos todos, especialmente aquellos que, desde su principio, sospecharon que el conflicto no se podía ganar por la profusión de enemigos tanto dentro como fuera del bando al que acompañaba la razón. Frente a Corto, Friedman, un pelirrojo introvertido y suspicaz acompañado siempre de su pipa y su bufanda roja, campa por una Europa que es un juego de sombras en el que nada es lo que parece. Sobre todo si se trata de una presencia femenina que no sea su hija. Da la sensación de que Max le teme más a una mujer que al fascismo. Tal ha debido ser la herida causada por su ex y madre de su hija, Vera Meyer.

cómic
No Pasarán, Vittorio Giardino. Cortesía de Norma Editorial.

Y la mujer

Exceptuando el manga nipón en sus distintas variantes, puede que ninguna otra tradición como la italiana haya exacerbado sobremanera la feminidad en las páginas de un cómic. Piensen en el medio como una extensión de buena parte de su arte clásico. O sitúense más cerca de nuestros días. Hay una famosa fotografía de Ruth Orkin titulada American Girl in Italy (1951), en la que se ve a la norteamericana de veintitrés años paseando por una calle de Florencia siendo presa de las miradas y los comentarios lascivos de un grupo de hombres (1). Es una fotografía sí, un momento captado en el tiempo, pero bien podría resumir buena parte del retrato femenino en el cómic transalpino. La presencia del componente erótico en el cómic viene ya del siglo XIX. No hay que olvidar que en los orígenes marginales del medio estriba la facilidad para dar cabida a lo prohibido, un adjetivo siempre aplicado a la mujer como objeto de deseo. En los años sesenta, el cómic comienza a hacerse adulto y con la mayoría de edad, el público asiste a la plasmación de las fantasías más oscuras en sus páginas.

Es cierto que fue un francés, Jean-Claude Forest, quien con Barbarella (1962), abrió la espita en Europa. Pero fue un italiano, Guido Crepax, quien con Valentina (1965) convirtió a la mujer desinhibida y poderosa en protagonista. A estos dos personajes le siguieron muchos otros que alcanzarían su cénit en las mencionadas mujeres de Manara.

El personaje de Crepax es fruto de la onda psicodélica y liberadora de los años sesenta. En un principio no era más que una secundaria, compañera de Philip Rembrandt, crítico de arte e investigador ocasional en el número 2 de la revista Lunus. Pero Crepax se dio cuenta rápidamente del potencial y pasó a colocarla en un primer plano hasta alcanzar una serie propia. Inspirada en Louise Brooks, actriz de cine mudo,o en Luisa Crepax, esposa del propio autor, Valentina explora el componente más opresivo y mercantil de la sociedad de consumo en unas aventuras a caballo entre lo real y lo onírico. Es precisamente el terreno de los sueños el campo abonado a la fantasía. Lo fue desde los albores del medio en las páginas de Little Nemo in Slumberland (Windsor McCay, 1905-1911), considerado el primer clásico de las viñetas y que muchos años después sería parodiado por el propio Giardino en Little Ego (1985). Si en el clásico de McCay era un niño quien se iba a dormir, en la versión de Giardino es una muchacha en la veintena quien cada noche revive en sueños sus fantasías más ocultas.

Las féminas de Manara son caso aparte. Si bien este autor es un claro producto del cómic alternativo de los ochenta, hay en su obra dos vertientes bien diferenciadas. La erótica-pornográfica —El Clic, (1988), y sus secuelas es su historieta más famosa—, y otra más aventurera en la que, curiosamente, va de la mano de Hugo Pratt —a quien homenajearía en su serie Las aventuras de Giusepe Bergman (1978)—, y con quien acabaría firmando dos obras que, estas sí, merecen mucho la pena: Verano indio (1986) y El Gaucho (1991). Ambas rezuman aventura clásica por los cuatro costados, melodramas históricos sostenidos por la pluma de Pratt y el impecable dibujo de Manara. En estos títulos está buena parte de lo que ya teníamos en Corto Maltés, pero, sobre todo, de lo que carecíamos: erotismo sin censuras.

Hay quien ha visto en Manara el ejemplo perfecto del peor machismo, la cosificación de la mujer llevada al paroxismo. Puede ser cierto y al menos en sus historias más duras, la mujer no deja de ser un mero contenedor en el que depositar el falo del varón, aunque el lector inteligente debe tener presente que se mueve en el campo de la pornografía, un espacio en el que hace mucho tiempo que ya está todo inventado. Más allá de esto, las mujeres de Manara son jóvenes y de una belleza inmaculada, poseedoras de unas piernas infinitas y con una tendencia a perder la ropa a cada paso, cuando no directamente a pasearse por el mundo sin ropa interior. Por supuesto, haciendo gala de una sexualidad desaforada. Si uno es capaz de superar la primera impresión, es posible encontrar algo bien diferente: se trata de mujeres fuertes y orgullosas de su condición, conscientes de que su sexualidad, como ha sido siempre, es también un arma de control. Y por primera vez en sus manos. Es frente a estas mujeres donde el hombre aparece como un auténtico descerebrado frente a una compañera que domina la situación en cada momento. Es esta la temática última del cómic de Milo Manara: el sexo como divertimento pero, sobre todo, como instrumento de poder. No hay nada más que echar un vistazo a Los Borgia (2005), obra firmada (otra vez) con un especialista del guion como Alejandro Jodorowsky.


(1) La protagonista de la foto de Orkin se llama Ninalee Craig y tiene ochenta y seis años. Con motivo del sexagésimo aniversario de la imagen en 2011 declaró: «Hay gente que quiere utilizarla como un símbolo de acoso a las mujeres, pero eso es por lo que hemos estado luchando todos estos años, no es un símbolo de acoso. Es un símbolo de una mujer pasándolo maravillosamente bien». Quizá ahí y no en segundas lecturas radique el sentido de la obra de Manara, Crepax o Giardino. En esa libertad ya dibujada por el maestro Hugo Pratt.

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4 Comentarios

  1. Te felicito por el artículo. Ciertamente el cínico Corto posee un magnetismo realmente indescifrable y casi diría que enfermizo. En mi caso le descubrí por casualidad en una biblioteca pública hace bastantes años y desde ese día mi casa es una especie de santuario de este seductor empedernido. Sin duda, Pratt creó un mito imperecedero e inmortal que, como bien apuntas, podría estar con Pandora en algún éxotico destino. Yo sin embargo, prefiero imaginàrmelo en una angosta calle veneciana contando batallitas a los gatos. Saludos

  2. Mi abuelo, que en paz descanse, era legionario durante la Guerra Civil. Contaba que una vez, atacando una posición en el frente de Madrid, tomaron un puesto donde solo quedaba un hombre en pie.
    Hecho este prisionero, durante la misma noche sucedió algo curioso: apareció por el puesto de guardia el propio José Millán-Astray, ordenando que liberaran al hombre en cuestión y se lo llevó consigo al comedor, donde comieron y bebieron en abundancia. Hablaron mucho, aunque nadie consiguió escuchar bien de qué.
    A la mañana siguiente, el hombre tomó un caballo (al final era un asno, pero el caballo quedaba mejor) y partió con un último saludo. Acto seguido, Millán-Astray reunió a toda la compañía, incluidos los sorprendidos oficiales y les dijo simplemente: «Caballeros legionarios: lo de esta noche, no ha sucedido, ¿comprendido?»
    Durante años, contó esta anécdota preguntándose quién sería ese misterioso individuo hasta que, creo que fui yo, alguien llevó a casa «La balada de la mar salada». Sí, lo han adivinado: mi abuelo, al ver el dibujo exclamó: «¡es él! Era más viejo, pero el pendiente era el mismo, ¡y los rasgos de la cara! Os lo juro, mi memoria no falla».
    Mi abuelo falleció convencido que el hombre misterioso, el extraño amigo de José Millán-Astray, era Corto Maltés. No hubo forma de convencerlo de que era solo un personaje de ficción.

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