Entre la fatalidad y la insensatez

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Stiv Bators. Imagen: Sire Records.

Dice la Real Academia Española que una de las acepciones de «destino» es «encadenamiento de los sucesos considerado como necesario y fatal». Hasta ahí todo bien. La mayoría, unos por convicción, otros por pereza, lo asumimos y no estamos dispuestos a luchar contra eso. «Que venga lo que tenga que venir». Pero incluso adoptando esta postura conformista, siempre podemos poner algo de nuestra parte para que el destino no nos trate de forma cruel. Vamos a repasar en estas líneas cómo la falta de sentido común, unida a la fatalidad, desencadenó la tragedia, provocando la muerte de algunos músicos célebres. Quizá dándole una pensada antes de llevar a cabo su última acción hubieran conseguido hacerle un simple guiño al destino, como cantara Bob Dylan. Y quizá no.

Cuidado con esa bombilla, Claude

Claude François fue el primer cantante galo en actuar en el Royal Albert Hall. Fue en enero de 1978 ante seis mil personas, la mayoría fans enloquecidas. Para poder llegar a conseguir este hito, Claude Antoine Marie François, alias CloClo, el chico de cara angelical y alma torturada, se había convertido en el segundo cantante francés de los sesenta y setenta, por detrás de su eterno rival Johnny Halliday, a quien detestaba. El momento clave en su carrera llega en 1967 cuando el compositor Jacques Revaux consigue que François grabe una canción suya, titulada «For You», después de ser rechazada por cantantes como Petula Clark y Dalida. Pero a este no le convence ni el tono lúgubre de la canción ni su cadencia, y reforma melodía y letra, convirtiéndola en «Comme D’habitude» («Como de costumbre»), un canto al amor fosilizado. A finales de ese maravilloso año, Paul Anka, de vacaciones en París, vio a François interpretándola en televisión. Ni corto ni perezoso, como se suele decir, compró los derechos de la canción, le cambió la letra y la convirtió en una agridulce reivindicación. El 30 de diciembre de 1968, Frank Sinatra grababa «My Way» en una sola toma, y en marzo de 1969 se convertía en un clásico inmortal, y Françoise se aseguraba cobrar royalties de por vida, aunque esta se truncase solo nueve años después.

El 11 de marzo de 1978,  pasadas las tres de la tarde, Claude François estaba relajado en la bañera de su magnífico apartamento de París. En el plató de la cadena televisiva SFP le esperaban sus Clodettes, junto a Sylvie Vartan y el presentador de Rendez-vous du dimanche para grabar una actuación. François advirtió que la bombilla que iluminaba la estancia comenzaba a parpadear. Molesto, y desprovisto temporalmente de sentido común, intentó fijarla, aún en la bañera, cuando recibió la descarga fatal que recorrió su menudo cuerpo. Aunque los servicios de emergencia llegaron con presteza, no pudieron hacer nada por salvar su vida. A las 16 horas los informativos anunciaban la muerte de Claude François. No había cumplido aún los cuarenta.

Cuidado con ese cigarro, Steve

El último acto de la tragedia griega de Steve Marriott tuvo lugar el 20 de abril de 1990. El Marriott que se adentra en la década de los noventa es un hombre acabado, castigado por la droga, es solo un recuerdo con un buen puñado de canciones a sus espaldas, pero aún tiene una oportunidad de reflotar su carrera y su dilapidada economía: una reunión de Humble Pie junto a Peter Frampton —casi dos décadas después de que este abandonara la formación para convertirse en estrella planetaria— para un disco y una gira, por un montante de tres millones de libras. A sus cuarenta y cuatro años era una oferta irrechazable, el último salvavidas para su errática madurez.

El 19 de abril de 1990, Marriott y su tercera mujer, Toni Poulton, volaban de vuelta desde Los Ángeles a Londres después de participar en las sesiones de grabación del futuro disco de Humble Pie. A la ingesta de pastillas para calmar la ansiedad hay que sumarle el alcohol y las drogas que le acompañan desde la disolución de Small Faces, prácticamente, y durante el viaje en avión la pareja no para de discutir y alterar el orden. Una vez en Londres, les recogió un amigo, el promotor Brian Shaw, y fueron a cenar al restaurante Straw Hat, en Sawbridgeworth, cerca de Essex, donde la pareja siguió discutiendo. A la salida fueron a casa de Brian, donde decidieron pasar la noche. Toni cayó dormida en la cama, después de discutir con Marriot por enésima vez, y cuando despertó vio que él no estaba. Había pedido un taxi y se había ido a su mansión del siglo XVI en Arkesden, Essex. Y allí se consumó la tragedia, a medida que se consumía el cigarrillo que Marriott se encendió tumbado en la cama justo antes de quedarse dormido. Steve Marriot estaba a punto de dejar el tabaco.

Aproximadamente a las 6:30 del 20 de abril, un automovilista que pasaba vio fuego saliendo por el techo de la vivienda de Marriott y avisó a los bomberos. En declaraciones a los medios, Keith Dunatis, el oficial de bomberos de la división, que fue quien encontró el cuerpo, dijo:

Fue muy difícil llegar arriba. Registramos las áreas de los dormitorios y hacía mucho calor, supimos de inmediato que nadie podría haber sobrevivido al incendio. Empezamos a palpar las paredes y lo descubrimos tirado en el suelo entre la cama y la pared. Diría que estaba en la cama y trató de escapar. Tan pronto como vi el cuerpo claramente, supe quién era. Yo era un fan, es difícil expresar mis sentimientos con palabras. La escena era espantosa en ese rincón de la habitación. Lo vi tirado allí y pensé que era una pena. Me ocupo de muchos incendios, pero este fue como caminar por el sendero de la memoria. Logramos rescatar todas sus guitarras y equipo musical. Fue como ver que parte de nuestras vidas se ha ido para siempre.

El incendio despertó al guitarrista, quien, desorientado y confuso, salió de la cama por el lado equivocado, hacia la pared, en lugar de dirigirse a la puerta del dormitorio, por donde podría haberse salvado. No tuvo tiempo de reaccionar y falleció por inhalación de humo.

Cuidado con esa pistola, Johnny

Corría el año 1954 cuando Johnny Ace adquirió en Florida un revólver Harrington & Richardson, del calibre 22, por unos cincuenta dólares. Según el director de su banda de acompañamiento, Johnny Board, «Johnny Ace se comportaba como un niño. Se compró la pistola en Florida y trataba el arma como un juguete».

John Marshall Alexander Jr. salió del tremendo semilllero de Beale Street de su Memphis natal a principios de los cincuenta, de la mano de Ike Turner. Comenzó grabando para el sello Moderna como acompañante al piano de B.B. King —otro clásico de la escena de la calle Beale— y, posteriormente, como cantante en solitario. De ahí pasó al sello Duke, donde empezó a escalar el Olimpo del rythm and blues hasta llegar a la fatídica Navidad del año 1954. En diciembre de ese año Ace ha sido nombrado el artista más pinchado, en una votación realizada entre disc jockeys por el semanario Cash Box, y las ventas de sus grabaciones se disparan.

Fue Big Mama Thornton la encargada de abrir el concierto del día de Navidad de 1955 en el City Auditorium de Houston al filo de las nueve de la noche. Posteriormente hizo su aparición Johnny Ace y acabó su set cantando a dúo «Yes Baby» con Thornton. Luego, en el backstage se desencadenó la tragedia. Según la versión de la propia Thornton, recogida en The late great Johhny Ace (James M. Salem) en el camerino se encontraban, aparte de ella y Ace, su novia, Olivia Gibbs, una amiga de esta, Mary Carter, y otro conocido de la pareja. Olivia se sentó sobre su falda y, para variar, Johnny Ace, botella de vodka mediante, sacó su pistola y comenzó a gastar bromas pesadísimas, como apuntar a la cabeza de Mary Carter y disparar, sin resultado. Luego hizo lo mismo apuntando a la cabeza de su chica, y el arma tampoco se disparó. Aunque Thornton intentó disuadirle de que dejara la pistola quieta, Ace al parecer le dijo que no se preocupara, que la pistola no se iba a disparar. A continuación, apuntó a su sien y apretó el gatillo y la única bala que había en el cargador se alojó en su cerebro. Johnny Ace cayó muerto al suelo y la sangre comenzó a brotar de su cabeza, para espanto de los presentes.

Un mes y medio después de su absurda muerte, Johnny Ace se situó durante diez semanas seguidas en lo más alto del Billboard de R&B con «Pledging My Love», convirtiéndose en el primer artista que alcanzaba el primer puesto después de muerto.

Cuidado con esa pistola, Terry

Cuenta Walter Parazaider, saxofonista de Chicago, que una noche a finales de los sesenta, después de un bolo en el Whiskey A Go Go, en Los Ángeles, se le acercó Jimi Hendrix en el camerino y le felicitó. «Los vientos son un auténtico pulmón. Y ese guitarrista es mejor que yo».

Ese guitarrista no era otro que Terry Kath, uno de los fundadores en la segunda mitad de los sesenta de Chicago Transit Authority, conocida mundialmente como Chicago a partir de 1969. La propuesta de la banda, instalada en la contracultura reinante en la época, se alejaba del pop y la psicodelia imperantes, sobre todo en la costa oeste adonde se trasladaron, para desarrollar su propia personalidad a base de sección de vientos, creatividad, y el uso de cualquier estilo disponible a su alcance, principalmente soul y rock and roll, con numerosas incursiones en el mundo del jazz.

Centrándonos en la figura de su cantante y guitarrista, a medida que la banda va subiendo posiciones en el escalafón mundial, coleccionando números uno y Top 10 en el Billboard estadounidense, Kath se va sintiendo menos a gusto con la deriva del grupo, y con la suya propia, abismada por el abuso de drogas.

En 1978 Terry Kath, coleccionista y amante de los coches, las armas y las guitarras, tiene casi finalizado un disco en solitario donde poder dar rienda suelta a su universo, al margen de la banda, donde su enorme talento no se veía lo suficientemente recompensado. Un álbum que no verá nunca la luz porque el de Chicago no respetó la primera de las cuatro reglas del manejo seguro de armas de fuego, popularizadas por el marine nortemericano Jeff Cooper, que fue un historiador e instructor sobre el uso de armas de fuego. Esta regla reza: «Un arma de fuego siempre está cargada».

El 22 de enero de 1978, Kath se presentó en casa de su compañero James Pankow después de otra de sus peleas con su mujer. Llevaba varios días sin dormir e iba hasta arriba de drogas. Este le recomendó que se fuese a dormir, y Kath le dijo que iría a pasar varios días a casa de Don Johnson, uno de los roadies de la banda. El lunes 23 de enero lo primero que hizo Kath fue pegarse una fiesta en casa del roadie. Para las estrellas del rock un lunes es un día tan bueno como otro cualquiera para montar una fiesta. Y cuando esta acabó, quedaron únicamente Kath y el dueño de la casa en el salón, el primero jugueteando con una pistola del calibre 38 que solía llevar encima. Johnson, preocupado, le advirtió que dejara el arma quieta, a lo que el guitarrista respondió, levantándola, «No te preocupes, está descargada, ¿lo ves? ¿O piensas que me voy a volar la tapa de los sesos?». A continuación, apuntó el arma a su sien y apretó el gatillo. Y no, el arma no estaba descargada, alojaba una bala fatal en el cargador. Terry Kath estaba a una semana de cumplir los treinta y dos años.

Cuidado con ese disolvente, Robert

A finales de los sesenta, Robert Higgimbothan dejó la música y se estableció como agente inmobiliario en New Jersey. Antes de eso había sido boxeador en categoría amateur y, lo que más nos interesa, creador del clásico de rythm & blues «Hi Heel Sneakers» —del cual vendió más de un millón de copias en los sesenta— e intérprete original de «Long Tall Shorty», escrita al alimón por Herb Abramson —cofundador de Atlantic Records— y Don Covay y popularizada, entre otros muchos, por los Kinks. Claro que para las dos ocupaciones anteriores, Higgimbothan hizo uso del apodo con el que se dio a conocer en el equipo de fútbol de su instituto: Tommy Tucker. A mediados de los setenta volvió al mundo del espectáculo, grabando dos elepés para los que reclutó nada menos que a Bo Diddley.

Tucker, o Higgimbothan, tomó una decisión fatal el viernes 22 de enero de 1982: reparar el suelo de madera de su vivienda con un producto que contenía tetracloruro de carbono. En el pasado, dicha sustancia se usó en la producción de líquido refrigerante, como plaguicida, como agente para limpiar y desgrasar, en extinguidores de fuego y para remover manchas. Debido a sus efectos perjudiciales, estos usos están prohibidos hoy en día y solamente se usa en ciertas aplicaciones industriales. Si la exposición al tetracloruro de carbono es muy alta, el sistema nervioso, incluso el cerebro, es afectado. Las personas expuestas pueden intoxicarse y sufrir dolores de cabeza, mareo, somnolencia, náusea y vómitos. Estos efectos pueden desaparecer si la exposición cesa, pero en casos graves, pueden llevar al coma e incluso a la muerte.

Tommy Tucker murió a consecuencia de la inhalación de tetracloruro de carbono en el College Hospital de Newark, en Nueva Jersey. Tenía cuarenta y ocho años. Su hija Regina, nacida en 1958, ha seguido sus pasos como cantante de blues bajo el nombre artístico de Teeny Tucker.

Cuidado con ese taxi, Stiv

Certeza: a todos nos aterra tener que acudir a urgencias de cualquier hospital. A la gravedad del hecho que nos lleve allí, hemos de sumarle el fastidio de tener que esperar horas hasta que nos atiendan en una sala recubierta de azulejos llena de gente. Eso mismo pensaría Stiv Bators cuando el 3 de agosto de 1990 se marchó de un hospital de París tras esperar varias horas sin ser atendido, algo que todos hemos hecho o hemos pensado alguna vez. Pero es que a él acababa de atropellarle un taxi.

Steven John Bators fue un punk transoceánico. Vivió el auge y ocaso del punk en sus dos cunas principales: Nueva York y Londres. En la gran manzana, como líder de los Dead Boys, carne de CBGB, enarboló la bandera de la autodestrucción, el nihilismo y la pose y actitud punk. En 1980 decide cruzar el charco y se aferra en Londres a los rescoldos del movimiento a la vez que intenta una tibia reinvención musical al frente de los Lords Of The New Church, de donde salió escaldado cuando la década tocaba a su fin. Tras conocer a Caroline Warren —la exmujer del capo de Crypt Records, Tim Warren—, se mudó con ella  a París, llevándose con él su desordenado proyecto de vida, con la idea de seguir componiendo y huyendo hacia adelante.

Fue en esta tesitura cuando ocurrió la fatalidad, acentuada por la falta de sentido común de nuestro protagonista. Respecto a la secuencia y naturaleza de los hechos hay varias versiones, pero la más extendida es que, después de ser atropellado en la tarde noche del 3 de agosto de 1990 en París, Bators se dirigió a que lo examinaran de sus heridas. Al parecer, tras varias horas de espera sin ser atendido, se hartó y se marchó a su casa, aparentemente en buen estado. Pero el daño provocado por el atropello no era visible, y Bators, a sus cuarenta años, murió mientras dormía a causa de las heridas internas sufridas.

Lo curioso es que, años antes de su fatal accidente, el loco de Bators estuvo a punto de perder la vida haciendo méritos para aparecer en este artículo. En una de sus performances al frente de los Lords Of The New Church, le dio por autoestrangularse en el escenario con el cable del micro, pero se le fue la mano y estuvo casi un minuto inconsciente, teniendo que ser reanimado en el backstage por un guardia de seguridad y su novia, momento recogido en vídeo y que circula por YouTube.

Cuidado con esa paquetilla, Robbie

Por desgracia, abundan en el mundo del espectáculo las muertes relacionadas con el consumo de drogas, pero en el caso que vamos a tratar, al mero hecho de consumir sustancias, que puede ser autodestructivo o esporádico, se suma la fatalidad de la confusión. O sea, meterse una cosa pensando que es otra. Y, en estos ambientes, ello te puede acarrear la muerte.

A mediados de la década de los setenta, la música funk y disco, por un lado, y el rock sinfónico y pomposo, por otro, han desplazado a las grandes bandas de pop y rock de los sesenta. Claros exponentes del primer caso son los escoceses Average White Band, que en agosto de 1974 lanzan su segundo álbum, AWB, con el que llegarán a lo más alto de las listas, gracias, entre otras, a su canción más conocida, la tremenda «Pick Up the Pieces». Un mes después, el 22 de septiembre de ese año, en plena promoción y saboreo de las mieles del éxito, los chicos de AWB acuden a una fiesta en la mansión del millonario Kenneth Moss después de petarlo en un concierto sold-out en Hollywood, en el célebre Troubadour. En un momento de la fiesta, alguien pasa una paquetilla con lo que todos piensan que es cocaína, así que directo a la nariz, a qué esperamos.

Poco tiempo después, todos los que habían esnifado los polvos blancos enfermaron y presentaron dificultades respiratorias. Robbie McIntosh, el batería de la banda, que contaba con veinticuatro años de edad, fue llevado por su esposa de regreso al motel cercano de Howard Johnson, donde murió alrededor del mediodía del día siguiente. Una autopsia mostró que la causa de la muerte fue «intoxicación aguda por heroína-morfina» por ingestión nasal. Cher, también presente en la fiesta, pero más comedida, se llevó al bajista Alan Gorrie de regreso a su mansión de Beverly Hills y lo mantuvo caminando hasta que se recuperó, lo que le salvó la vida.

La policía investigó al responsable de la fiesta, el excéntrico magnate Kenneth Moss. Este se declaró culpable de homicidio involuntario y fue sentenciado a ciento veinte días de cárcel y cuatro años de libertad condicional.

Cuidado con escalera mecánica, Frankie

No sabemos, en los hechos que provocaron la muerte de Frank Jalovec —quizá el menos conocido de los que visitan este artículo—, qué porcentaje hay que atribuirle a la fatalidad y cuánto a la insensatez, si es que la hubo. Para conocer a nuestro protagonista tenemos que remontarnos a la segunda mitad de la década de los setenta y situarnos en Chicago, donde Jalovec entra a formar parte de una banda llamada Local 710, que acabará llamándose The Kind en 1977, y compartiendo local con Pezband, lo que puede dar una idea de por dónde irán sus tiros. Efectivamente, siguiendo la senda del naciente power pop.

En 1980 se disuelve la banda, dejando para la historia una sola canción grabada, y Jalovec pide permiso para seguir usando el nombre, reclutando otros miembros, que serán los que trasciendan musicalmente en la línea de los propios Pezband o los Plimsouls. Con él como voz principal y guitarra rítmica, la banda grabará dos elepés antes de disolverse por segunda vez en 1985.

Y en 1993 llegó la tragedia. Frank Jalovec trabajaba en Montgomery Elevator Co., una empresa de transportes verticales, entre semana, y aplastaba su gusanillo musical los fines de semana tocando en los Legends, una banda más de versiones. El 26 de enero de ese año, el Chicago Tribune informaba de la trágica muerte de un trabajador de esa empresa, aplastado por una escalera mecánica. El sargento Ted O’Connor declaraba que Frank Jalovec, un empleado de Montgomery Elevator Co., estaba reparando el sistema de frenos de la escalera mecánica cuando le pidió a su compañero de trabajo que activara un interruptor eléctrico determinado, lo que provocó que la escalera mecánica comenzase a moverse, aplastando al que fuera líder de The Kind. Tenía cuarenta y un años.

Fuera del mundo de la música, pero aún dentro del mundo del espectáculo, cabe recordar el trágico fin de la bailarina y coreógrafa de principios del siglo XX Isadora Duncan. El 14 de septiembre de 1927 se montó en el coche de su amigo Benoit Falchetto, un Amilcar CGSS, descapotable dispuesta a dar un paseo. Al día siguiente, el New York Times publicaba su obituario:

El automóvil iba a toda velocidad cuando la estola de seda que ceñía su cuello empezó a enrollarse alrededor de la rueda, arrastrando a la señora Duncan con una fuerza terrible, lo que provocó que saliese despedida por un costado del vehículo y se precipitase sobre la calzada de adoquines. Así fue arrastrada varias decenas de metros antes de que el conductor, alertado por los gritos, consiguiese detener el automóvil. Se obtuvo auxilio médico, pero se constató que Isadora Duncan ya había fallecido por estrangulamiento, y que sucedió de forma casi instantánea.

Los dos últimos protagonistas en pasar por este artículo proceden del teatro amateur, y murieron en idénticas y sorprendentes circunstancias: Renato di Paolo, italiano, de veintitrés años de edad, murió el 21 de abril de 2000, Viernes Santo, y Thiago Klimeck, brasileño de veintisiete, perdió la vida el 22 de abril de 2012, tras pasar en coma desde el 6 de abril, Viernes Santo. Ambos interpretaban a Judas Iscariote y ambos acabaron ahorcados accidentalmente dando vida al traidor en sendas recreaciones teatrales.

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6 Comentarios

  1. Ha habido muertes aún más sórdidas. David Carradine pereciendo por asfixia erótica autoinflingida. Vaya final para «Kung Fu». Y, todavía peor, Farrah Fawcett, «sex symbol» absoluto de mediados de los 70s, muerta a consecuencia de un cáncer anal. Vaya final para el fenómeno sociológico «Jill Monroe».

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