
1937. Madrid. España. La ciudad está asediada y el ruido de los obuses, cayendo por doquier, se ha convertido en parte de la cotidianidad de los madrileños. Han aprendido a convivir con el estallido de los adoquines y los esqueletos de edificios que, hasta hace bien poco, llamaban hogar. La guerra civil española, en pleno apogeo, se coronará como la más mediática del siglo XX, atrayendo la atenta mirada de una Europa (y América) que afila sus fusiles bajo la sombra del feto de la Segunda Guerra Mundial.
Nos encontramos en la Gran Vía, entre dos puntos de referencia. Por un lado, en la parte alta de la calle, en el número 28, «la Telefónica», el, hasta el momento, edificio más alto de toda la urbe y epicentro de las comunicaciones del gobierno de la República con el extranjero. Allí se localizaba la Sección de Prensa y Propaganda del Ministerio de Estado, la Oficina de Prensa Extranjera, lugar en el que el novelista Arturo Barea se encargaba de la censura, y algunos despachos del servicio de contraespionaje republicano. Por otro, calle abajo, el famoso Hotel Florida, en la plaza de Callao, donde se hospedaron gran parte de los archiconocidos escritores y reporteros de guerra que vinieron a cubrir el conflicto a pie de trinchera.
George Orwell, Jay Allen, Ted Allan, John Dos Passos o el propio Ernest Hemingway son algunos de los nombres que, hoy instalados en el imaginario colectivo, cruzaban la calle al galope de un edificio a otro, bajo una lluvia de balas y explosiones, para enviar sus crónicas a sus respectivos empleadores. Sin embargo, hay un nombre que en numerosas ocasiones ha quedado relegado a un segundo plano, incluso tercero, mencionado normalmente como complemento de uno de los tres anteriores: Martha Gellhorn, una de las corresponsales de guerra más importantes del siglo pasado, que llegó a presenciar y cubrir buena parte de los conflictos bélicos más relevantes del planeta durante los sesenta años que estuvo en activo.
Gellhorn (1908, St. Louis, Missouri, EE. UU. – 1998, Londres, Inglaterra), que en 1930 tomó la resolución de convertirse en periodista tras graduarse en 1926 en la John Burroughs School y abandonar el Bryn Mawr College en 1927, conoció a Hemingway, a quien admiraba por sus novelas Fiesta y Adiós a las armas, en un viaje familiar a Cayo Hueso (EE. UU.) en 1936 y, juntos, decidieron aventurarse a cubrir la guerra de España.
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De la guerra civil siempre he oído hablar de los grandes reporteros extranjeros Ernest Hemingwai,pero nunca de las reporteras de guerra . Me parece un gran trabajo de investigación. Gracias
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