¿Por qué cayó el imperio de los zares?

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Zar Nicolas II. Fotografía: Rue des Archives. Cordon Press

La revolución empezó al salir de misa. Era domingo, 9 de enero de 1905. Las familias obreras se habían congregado en las iglesias para rezar. Al acabar, marcharían en dirección al centro de la ciudad, al Palacio de Invierno, donde se encontraba su vínculo terrenal con Dios: el zar. El padre Gapón encabezó la procesión. Los obreros llevaban cruces e iconos. Cantaban himnos religiosos en las calles heladas de San Petersburgo, donde todavía quedaba nieve de la noche anterior. El padre Gapón les había prometido que el zar escucharía sus penurias y los ayudaría. Tenía la obligación divina de cumplir las demandas de su pueblo. Por eso marchaban hacia el Palacio de Invierno: para que Nicolás II oyera directamente las voces de sus súbditos, que le suplicaban que arreglase su miseria.

Algunos de ellos temían estar caminando hacia la muerte. Mientras sujetaban sus cruces y gritaban sus plegarias, doce mil miembros de las tropas del zar estaban preparados para impedir que esa masa obrera llegara hasta la residencia de los Románov. El Gobierno había avisado de que detendría esa manifestación con los métodos que hiciera falta. Pero Gapón gritaba que los policías y los soldados no se atreverían a detenerlos. Que era mejor morir por sus demandas que seguir viviendo como lo habían hecho hasta ahora. Y la gente respondía levantando las manos y haciendo la señal de la cruz con sus dedos.

En primera línea iban las mujeres y los niños, vestidos con su mejor ropa de los domingos. Los soldados no se atreverían a disparar a una manifestación pacífica. El zar no lo permitiría, repetía Gapón, cargado con una gran cruz. Enfrente del Arco del Triunfo de Narva, todavía lejos del Palacio de Invierno, un regimiento de infantería se colocó delante de las masas dirigida por el clérigo. Dispararon al cielo una vez. La gente se asustó, pero continuó avanzando. Ametrallaron el aire una segunda vez. Las cruces e iconos siguieron caminando en dirección al zar. Entonces el ejército apuntó y disparó.

La gente empezó a caer y a gritar, a correr desesperadamente. Presos del pánico, los soldados dispararon sin parar contra la turba de mujeres, niños y obreros que chillaban ante ellos. Cuarenta personas murieron en los primeros disparos. El Padre Gapón cayó derribado, sin heridas, observando la desesperación de su alrededor. El zar había disparado a su pueblo. Dios no estaba con ellos. Dios no estaba con nadie. El padre Gapón se levantó, entre fusiles que tronaban. Rodeado de sangre y gritos, repetía las mismas palabras sin cesar: «Ya no hay Dios. Ya no hay zar».

¿Cómo se había llegado a esta situación?

El mito de la comunión divina entre el zar y el pueblo no era algo que se hubiera inventado el padre Gapón. Nicolás II, el último Románov, difundió esta narrativa desde el inicio de su reinado: su modelo era una autocracia bizantina y despótica, opuesta al absolutismo europeo. Renegaba de dirigentes rusos como Pedro I o Catalina II, que apostaban por un modelo occidental de Estado burocrático y moderno, donde la ley estaba por encima del monarca. Nicolás II —en cambio— profesaba que Dios le infundía la política al zar, y que solo a este debía rendir cuentas. Su ministro Serguéi Witte escribió que Nicolás creía que «Dios lo dirige todo, y el zar —el elegido de Dios— no debe escuchar consejos de nadie, sino únicamente de su inspiración divina». Los cargos políticos medios eran una barrera entre él y su pueblo: la malvada burocracia que impedía el contacto del «Buen Zar» con sus «hijos» campesinos. Como puede verse, no era una visión política demasiado adaptada a los grandes cambios del siglo XX.

Pero el problema del zar no era solo su ideología, sino su persona. Su padre, Alejandro III, lo consideraba débil y estúpido, incapaz de gobernar como un auténtico monarca ruso. Cuando su padre murió de manera inesperada, Nicolás se puso a llorar desesperadamente ante la tarea imperial que se le venía encima. Una vez que asumió el poder, prefería refugiarse en minucias burocráticas antes que encarar los grandes problemas a los que se enfrentaba el Estado. Tenía una presencia y talante de monarca a la inglesa, no de todopoderoso déspota ruso. Su manera de sentirse un auténtico emperador era tener a sus funcionarios débiles y divididos, con el objetivo de defender su poder autocrático y bloquear cualquier discrepancia. Su oposición a toda reforma liberal del Imperio (que, posiblemente, habrían podido salvar su reinado) era inquebrantable. Decenas de ministros y funcionarios vieron desesperados cómo el Gobierno se iba hundiendo por el inmovilismo de su líder.

Su mujer, Alejandra, inflamaba en Nicolás sus ideas autoritarias y bizantinas, creyendo que su poder sobre Rusia era absoluto y eterno. La zarina escribió a la reina Victoria: «Aquí no necesitamos ganarnos el amor de la gente. El pueblo ruso adora a sus zares como a seres divinos, de los que emana toda su caridad y fortuna». Alejandra era alemana, pero se convirtió al cristianismo ortodoxo y a las ideas místicas del pueblo ruso al poco de llegar al país. Esta espiritualidad eslava fue la puerta de entrada del tercer personaje en el triángulo de poder de los Románov: Rasputín. Para Nicolás, este campesino sucio y perverso era la representación del pueblo ruso con el que quería una comunión directa. Para Alejandra, era un enviado de Dios para curar la hemofilia de su hijo Alekséi: sus palabras hacían que la enfermedad del pequeño zarévich remitiera, e incluso consiguió «curarlo» una vez mediante un mensaje de telégrafo. Era un ser extraño que fascinaba sexual y místicamente a la clase aristocrática rusa. Las damas de la corte se sentían extasiadas cuando eran humilladas por ese campesino piojoso y depravado. Los escándalos públicos eran habituales: un día llegó borracho a un bar —acompañado de periodistas y prostitutas— y empezó a menear su pene al aire mientras representaba teatralmente un coito con la zarina. Los intentos de encarcelarlo o castigarlo se topaban con la protección de la familia real.

Esas tres personas —de caracteres y potencial claramente dudosos— eran las que gobernaban Rusia. Pero la nobleza también dejaba mucho que desear. No había una clase burguesa o aristócrata que hubiera peleado por una autonomía económica frente al Estado. Entre la nobleza había sectores reformistas, que apostaban por ampliar las libertades políticas hacia una Constitución. Pero Nicolás II tenía el poder para imponer la última palabra, y siempre apoyaba al bando tradicionalista de las élites, que veían en la mano dura la única manera de frenar la revolución secular y liberal que amenazaba a la autocracia.

Si en las ciudades había cierto debate sobre el rumbo que debía tomar el país, en el campo la situación estaba totalmente dejada de la mano de Dios. A pesar de algunos nobles liberales de los zemstvo (gobiernos locales), que promovieron ciertas mejoras educativas y de infraestructuras en el campo —y que siempre se topaban con la obstrucción del zar, que veía todo liberalismo como algo peligroso—, la mayoría de la aristocracia y nobleza era totalmente ajena a la situación del campesinado ruso, que formaba el 80 % de la población del imperio. El príncipe Lvov —líder del zemstvo de Tula en 1980— lo expresó así: «Conocemos tanto del interior de Tula como conocemos de África Central». La mayoría del terreno y la población rusa escapaba del control del Gobierno, ajeno a la vida de las provincias, donde apenas llegaban la policía y la administración. Era un vacío entre el Estado y los campesinos que cada vez se ampliaba más. Y que —en un futuro— las nuevas fuerzas políticas revolucionarias no dudaron en intentar ocupar.

La única vía fuerte de conexión entre el Estado y los campesinos era la Iglesia ortodoxa. Los clérigos hacían homilías propagandísticas sobre el zar, se encargaban de denunciar a los disidentes y educaban a los niños en la lealtad a la monarquía. Los manuales de catecismo de la época rezaban: «Debemos mostrar completa lealtad al zar y estar preparados para dar la vida por él», o «Los culpables no lo son solo ante el Soberano, sino también ante Dios. La palabra del Señor dice, “Cualquiera que se resista al poder, se resiste a las órdenes de Dios”». El sentimiento religioso del campesinado ruso era fuerte, pero no demasiado riguroso. Casi nadie conocía la Biblia y la religiosidad cristiana se mezclaba con las creencias paganas y mágicas. Los campesinos creían que Dios era un ser humano de carne y hueso, y los santos eran venerados como dioses paganos clásicos, vinculados a fenómenos naturales o sociales.

Y es que el mundo rural ruso era bastante diferente a un remanso de paz y humildad cristiana, tal y como lo imaginaban la nobleza y la intelectualidad urbana. Algunos jóvenes que chocaron con esta cruda realidad rural formaban parte de los populistas (naródnik), estudiantes radicales que elogiaban el modelo comunal ruso, base de la utopía que querían construir. Cuando llegaron a los pueblos del interior en los que se habían propuesto pasar el resto de sus días, se encontraron con una realidad plagada de violencia y atraso. Los campesinos recelaron completamente de ellos y los terratenientes los atacaron desde el primer momento. El sistema campesino era comunal, sí, pero básicamente por utilidad en términos de cosecha y supervivencia, no por unos valores de convivencia más elevados. Los campesinos desconfiaban del Estado y vivían en una especie de anarquía rural, con sus propias y oscuras tradiciones. Las aldeas estaban dominadas por una asamblea patriarcal y opresiva de ancianos, que controlaba a cualquiera que viviera en su territorio e imponía leyes agresivas. Un ejemplo de esta violencia normalizada eran los típicos proverbios del campo ruso: «Golpea a tu mujer con el culo del hacha, agáchate y mira si todavía respira. Si es así, está fingiendo y quiere todavía más», o «Cuantas más palizas le des a la vieja, más buena estará la sopa». El ámbito sexual también tenía un aire «comunal»: en varios lugares de Rusia era habitual que una pareja recién casada copulara por primera vez ante toda la aldea. Si el marido se mostraba impotente, un hombre de más edad podía ocupar su lugar y acabar la tarea.  

Ante esta situación, era normal que los jóvenes aldeanos con cierto nivel educativo huyeran a la ciudad ante la mínima oportunidad. A pesar de las duras condiciones urbanas (San Petersburgo tenía la media de mortalidad más alta de cualquier capital europea), allí los jóvenes campesinos ganaban independencia y se acercaban a doctrinas seculares y humanistas. Muchos se unían a organizaciones laborales o políticas, y sus camaradas de grupo —la mayoría aldeanos desarraigados como ellos— se convertían en su nueva familia. Estos nuevos obreros también se toparon de manera constante con la intransigencia del zar, que se negaba a cualquier reforma laboral, incluso cuando buena parte de ellas eran meramente simbólicas, de dignidad personal. Todas ellas quedaban fuera del modelo medieval que defendía Nicolás II, y no había más que hablar.

Esta nueva masa obrera organizada se solía encontrar con los intelectuales de clase alta de la época, la llamada intelligentsia, los más ávidos defensores de la revuelta y la violencia contra el Estado. Los grandes líderes revolucionarios salían de este segmento social —culto y sectario— en el que compartían lecturas, modas y costumbres. Elogiaban (y financiaban) el terrorismo y despreciaban el débil liberalismo reformista. Eran un grupo aislado de la política de la corte rusa, pero también de las clases bajas: sus planteamientos radicales estaban basados en los libros e ideas que debatían, en especial el marxismo, pensamiento que interpretaban de manera dogmática y totalitaria, dividiendo el mundo entre amigos y enemigos, entre fuerzas del progreso y de la reacción. Su clase social alta avivaba su compromiso: todos ellos sufrían la culpa de sus privilegios y riquezas, y liberar al pueblo de sus cadenas era la manera de redimir su «pecado original», aunque el camino comportara todavía más sufrimiento. Su modelo era Rakhmetov, el héroe revolucionario —sacrificado y ascético— de la novela ¿Qué hacer? de Nikolái Chernyshevski (Lenin, por ejemplo, se leyó esta novela cinco veces en un mismo verano).

En esta época empezaron los debates dentro de las organizaciones socialistas sobre qué camino seguir. ¿Debían apostar por la educación y la propaganda para que las masas se sublevaran por ellas mismas? ¿Debía una vanguardia revolucionaria tomar el poder y establecer una dictadura en la que el pueblo tendría el contexto adecuado para impregnarse del ideal socialista? ¿Era legítimo esperar a que se dieran mejores «condiciones revolucionarias», o era necesario actuar «ahora o nunca»? ¿Se tenía que apostar, en primer lugar, por mejorar las condiciones de los trabajadores dentro de un capitalismo moderno? ¿Se debía liderar a las masas hacia una revolución inmediata, sin previo paso por una «democracia burguesa»? Estos eran los dilemas que crearon divisiones dentro del movimiento socialista, entre los «economistas» y los «políticos», o entre los populistas, los mencheviques y los bolcheviques.

Pero en medio de estas discusiones, estalló una fuerte protesta popular un «domingo sangriento» de 1905. Empezando con la procesión masacrada del padre Gapón, las revueltas, huelgas y enfrentamientos se extendieron por todo San Petersburgo. En las masacres hubo un cambio radical en la mente de las masas rusas, y un bolchevique que se encontró en medio de los baños de sangre lo dejó por escrito: «Observé las caras a mi alrededor y ya no vi miedo ni pánico. No, las caras reverenciales y devotas se transformaron en hostilidad y odio. Vi esas miradas de odio y venganza en literalmente cada cara, vieja o joven, de hombre o mujer». Las calles se empezaron a llenar de barricadas, varios regimientos militares se sublevaron y pogromos descontrolados arrasaron con los barrios judíos. Las turbas «políticas» o de criminales —la mayoría de veces costaba diferenciarlas— atacaban y saqueaban a toda persona o edificio que representara la riqueza o la autoridad. Durante estos primeros días de anarquía y descontrol, el zar parecía totalmente despreocupado de la situación en las calles de su país. Su diario está lleno de notas sobre el tiempo, el número de pájaros que había cazado ese día o su compañía durante la hora del té. Finalmente, ante el descontrol y la represión sangrienta de las protestas, varios ministros de Nicolás II le pidieron que aprobara reformas liberales y constitucionales, y la apertura de un Parlamento —la Duma— para canalizar la rabia política a través de las elecciones. El zar aceptó a regañadientes, aunque su intención era destruir el poder e influencia de la Duma en cuanto tuviera la oportunidad. Los servicios secretos del zar espiaban a los parlamentarios cuando salían del Palacio Táuride, la sede del nuevo Parlamento. El monarca disolvió varias veces la Duma, la primera vez, setenta y dos días después de haberla inaugurado.

Fotografía: Cordon Press.

Los diferentes sectores políticos se organizaron en nuevos partidos. Los liberales se agruparon en los kadetes o los octubristas: la inflamación popular y el inmovilismo del zar harían que su camino reformista entre la autocracia y la revolución cada vez fuera más estrecho e imposible. A su derecha aparecieron varios partidos monárquicos y antiparlamentarios, el más importante de ellos la Unión del Pueblo Ruso, que intentó organizar a las masas al estilo fascista. Extendió la teoría de la conspiración de una «dominación judía» sobre Rusia, visión que compartían el zar y la mayoría de aristócratas. La Unión formó grupos paramilitares que realizaron pogromos con total libertad, sin oposición de las fuerzas del orden. En muchos lugares, la misma policía armaba y regalaba vodka a las turbas antisemitas, además de imprimir y repartir panfletos que demonizaban a los judíos. La xenofobia fue uno de los últimos intentos del zar para atraer al pueblo a su lado. Por su parte, algunos socialistas se organizaron políticamente, y otros acabarían en prisión o en el exilio. Buena parte de la intelligentsia de clase alta, al ver de lo que era capaz la masa enfurecida, se recluyó en el esteticismo y el hedonismo frívolo, una manera de tapar y olvidar sus antiguos deseos subversivos.

Durante todos estos años, una institución clave en la supervivencia del monarca se había ido erosionando poco a poco. Los militares cada vez tenían más tensiones con el zar, especialmente los soldados rasos y de origen humilde. Las derrotas de los últimos decenios en Crimea, Turquía o Japón no auguraban nada bueno para el Ejército ruso. Era un cuerpo caduco, que se fiaba más de la caballería y de las bayonetas que de la artillería o de los trenes, esenciales para la guerra moderna del siglo XX. El soldado ruso estaba peor armado, entrenado y pagado que su contraparte europea: muchos tenían que plantar lo que sería su propia comida o remendar sus uniformes, además de trabajar en las minas o las cosechas para conseguir un sueldo mínimo. Sus superiores militares —la mayoría de ellos de origen aristocrático— los trataban de manera medieval y despectiva. Tenían restringidos derechos como fumar en lugares públicos, ir a restaurantes y teatros, o coger el tranvía. Algunos parques tenían colgado el cartel: «Prohibida la entrada a perros y soldados».

Aunque los motines y protestas habían sido constantes desde hacía décadas, el Ejército llegó preparado para la Gran Guerra de 1914. El zar no se encontraba en una posición fácil: si escogía participar en el conflicto, se exponía a que estallase una revolución en Rusia; en cambio, si no lo hacía, se arriesgaba a la ira patriótica de sus súbditos. Hacía meses que el sentimiento antigermánico proliferaba en las calles, en especial entre la clase media y alta. Se imponía la narrativa de que era imposible la coexistencia entre el espíritu eslavo y el teutón —entes que incluían varias naciones periféricas de Rusia y Alemania—. Nicolás II quiso aprovechar este ánimo militarista para volver a unir un país lleno de brechas. Incluso cambió el nombre de San Petersburgo a Petrogrado, para darle una denominación más «eslava» a la capital de su imperio.

Pero los ejércitos rusos, al empezar la guerra, no se encontraron con lo que esperaban. Creían que el conflicto sería corto y rápido, pero cada vez iba transformándose más en una guerra lenta y de trincheras. Pese a este cambio de circunstancias, buena parte de los jefes militares rusos —muy aristócratas, pero poco profesionales— enviaban a sus tropas a campo abierto y estas morían masacradas por doquier. Al fin y al cabo, eran simples campesinos con bayonetas, carne de cañón sumisa y fácilmente renovable. La mayoría de estos soldados tenían un patriotismo muy poco desarrollado, y no entendían esa guerra cruenta contra Alemania (país del que, por cierto, algunos nunca habían oído hablar). Algunos dirigentes militares de rango bajo, que experimentaron esta falta de competencia del Ejército, se unirían al cabo de unos años a los bolcheviques y serían importantes dirigentes del Ejército Rojo. La decepción de la Gran Guerra los llevaría a buscar un cuerpo militar más profesional y moderno, donde el mérito se valorara más que el origen social.

Dentro de esta guerra entre naciones empezaba a crecer el conflicto social que dividiría al Ejército ruso. Corrían las teorías de que la zarina —de origen alemán— estaba conspirando junto a Rasputín y la corte para que Alemania arrasara el país. Nicolás II creyó que la mejor respuesta a esta situación era ponerse al mando de su ejército y unificar el mando. Pero su nula presencia de mando y su desconocimiento de lo militar no aportaron nada bueno en el campo de batalla. Y, quizás todavía peor, dio manga ancha a la zarina y a Rasputín —al que asesinarían en pocos meses— para controlar los asuntos del Estado. Aumentarían las huelgas espontáneas y las protestas por la falta de alimentos. Solo hacía falta un hecho explosivo que desencadenase todo el resentimiento que se había acumulado durante años de penurias, represión y violencia.

Si la Revolución de 1905 empezó al salir de la iglesia, la de 1917 empezó en la cola de las panaderías. El frío del invierno había paralizado el transporte de harina hasta Petrogrado, y se creaban largas colas para conseguir una simple barra de pan. Las mujeres que esperaban conseguir algo de comida empezaron a esparcir rumores sobre especuladores judíos o alemanes —o incluso miembros de la corte— que estaban acaparando el pan que el pueblo necesitaba. El 23 de febrero, Día Internacional de la Mujer (las mujeres rusas celebraron su primer Día Internacional de la Mujer el último domingo de febrero de 1913), miles de ellas salieron en protesta por la escasez de alimentos. A esa masa enfurecida se sumaron trabajadoras del textil y obreros de la metalurgia, todos en dirección al centro de la ciudad. Cada vez más obreros se dirigían al interior de Petrogrado, armados con cuchillos y martillos para enfrentarse a la policía. Y ya no se pedía solo pan, sino la caída del zar.     

Al día siguiente, todavía más gente salió a las calles, y la capital rusa vivió una gran huelga general. Las banderas rojas aparecían entre los manifestantes, y proliferaban las pancartas en contra del zar y la guerra. Los choques entre policías y obreros eran cada vez más agresivos. Pero había un factor crucial que desencadenaría la sensación de poder en las masas de Petrogrado y haría triunfar la revolución. Mientras los policías se ensañaban con la población y reprimían con dureza, cada vez más soldados y cosacos rusos se negaban a coger sus fusiles y disparar contra el pueblo. En el tercer día de protesta, por ejemplo, sucedió una escena simbólica que mostró cómo el poder había cambiado de bando. Cerca de la catedral de Kazán, un grupo de manifestantes se encontró cara a cara con un temible regimiento de cosacos. La fuerte tensión y el derramamiento de sangre se palpaban en el frío aire de febrero. Cosacos y trabajadores se habían quedado paralizados, pero de repente, de entre la masa angustiada de obreros, salió una niña que empezó a caminar lentamente en dirección a la tropa armada. Todas las miradas se posaron en ella. La respiración se cortaba en las gargantas. Al llegar frente al oficial del regimiento, la niña sacó algo de debajo de su capa. Era un ramo de rosas rojas, y se lo ofreció al líder cosaco. Hubo una pausa larga, de desconcierto absoluto sobre qué sucedería. El cosaco sonrió y cogió el ramo de rosas. Los obreros empezaron a vitorear y a gritar alabanzas a sus «camaradas» cosacos. Se marcharon felices con la convicción de que la historia estaba de su parte. Con el paso de los días, cada vez más soldados y cosacos unieron sus armas a los martillos y cuchillos de las masas, atacando a los policías del zar que todavía seguían reprimiendo las protestas populares, ya extendidas por todo Petrogrado.

Pero la clave de la revuelta fueron, por encima de todo, los soldados (bastantes cosacos siguieron reprimiendo las manifestaciones, aunque una parte se sublevó contra las órdenes del zar). Las tropas amotinadas de Petrogrado hicieron que las protestas se convirtieran en una revolución: capturaron armas de los depósitos oficiales, y tomaron el control de las telecomunicaciones e infraestructuras. Los policías, el único cuerpo completamente fiel al zar, se atrincheraron en los tejados de los edificios, desde donde disparaban a la gente que pasaba por las calles. Las turbas obreras destruyeron por completo los cuarteles de policía y las prisiones de la ciudad. El caso más sonado fue la toma de la Fortaleza de Pedro y Pablo, la cárcel para presos políticos más importante del país. Los rumores sobre los horrores y cuerpos que encerraba esta prisión eran habituales entre los corros obreros y socialistas. Pero, al llegar allí, los revolucionarios se encontraron que estaba casi vacía, con apenas diecinueve soldados que habían sido detenidos por haberse amotinado hacía unos días. El interior de las celdas estaba arreglado de manera bastante decente, y no había rastro de hacinamiento de presos. Pusieron una gran bandera roja ondeando encima de la fortaleza y se callaron lo que realmente habían visto en la temida «Bastilla rusa». El mito sería bastante más útil a la revolución que la decepcionante realidad.

La Revolución de Febrero fue un auténtico levantamiento popular, es decir, genuina pero anárquica. Las masas empezaron a atacar a la gente bien vestida que encontraban por la calle, que veían como símbolo del antiguo régimen. El libertinaje sexual se abrió paso por las esquinas de Petrogrado; las mujeres empezaron a vestirse con la ropa de sus maridos o hermanos. Los niños encontraban pistolas por la calle y —sin tener idea de cómo funcionaban— apretaban el gatillo por curiosidad, matando a las personas que tenían delante por accidente. Los criminales liberados de las prisiones llamaban a las casas haciéndose pasar por revolucionarios y saqueaban, mataban y violaban a las personas que caían en su trampa.

Todo este caos debía organizarse de alguna manera. Dos instituciones se pusieron a trabajar para ello: la antigua Duma, que reunió a liberales y moderados para hacer una nueva Constitución y Parlamento democrático, y el Sóviet de Petrogrado, que organizó a los obreros y soldados bajo su autoridad. Eran dos centros de poder que poco a poco irían rivalizando: el Comité Temporal de la Duma tenía la autoridad formal institucional, pero el Sóviet tenía el control real de las masas obreras que dominaban las calles. Un hecho decisivo sería que los soldados, los que habían decantado la balanza de la Revolución de Febrero, solo reconocieron la autoridad del Sóviet, que poco a poco fueron controlando a expensas de los obreros y trabajadores.

¿Y qué hacía el zar durante la revuelta que arrasaba la capital de su imperio? Nota de su diario, el 26 de febrero de 1917: «Hay mucha gente en el desayuno, incluidos todos los extranjeros. He escrito a Alix y he ido a caminar cerca de la capilla por la calle Bobrisky. El tiempo era bueno y frío. Después del té he leído y charlado con el senador Tregubov, antes de cenar. He jugado al dominó por la tarde». El zar, como en otras ocasiones, vivía en su mundo paralelo. Es posible que cuando todos sus comandantes y funcionarios le pidieron que abdicara —para detener la revolución y poder continuar la guerra— su primer sentimiento fuera el de alivio. Nicolás II firmó su renuncia con buena conciencia: antes dejaría el trono que convertirse en un monarca «liberal y reformista».

Su renuncia fue celebrada en las avenidas de las ciudades, donde los símbolos monárquicos habían sido arrancados y atacados durante las protestas. En la mayoría de aldeas la primera respuesta fue de incertidumbre, pero, poco a poco, los campesinos arroparon la idea de que la caída del monarca era buena para su futuro. En muchos pueblos se celebraron procesiones religiosas para agradecer a Dios las nuevas libertades que ofrecía el derrumbamiento de los Románov. La Revolución de Febrero de 1917 acabó siendo una revuelta contra la monarquía, institución que quedó asociada al atraso y oscurantismo de Rusia. La leyenda negra era uno de los pilares en los que se sostendría el nuevo régimen: hubo una gran producción de dibujos, obras de teatro y películas que mostraban a los zares como degenerados, progermánicos, satánicos e inmorales. Algunos de los panfletos más famosos eran «Los días gais de Rasputín» o «Las orgías nocturnas de Rasputín», donde —por supuesto— aparecía toda la familia real.

La caída de los zares, pese a todo, no hizo que el pueblo ruso dejara de pensar en términos monárquicos. La necesidad de un liderazgo fuerte y de una cabeza visible en tiempos convulsos hizo que un líder socialista, de discursos enardecidos y fieros, empezara a coger popularidad. Era el único político que estaba tanto en la Duma como en el Sóviet, las dos grandes instituciones del nuevo régimen. Sus arengas eran vibrantes —siempre había querido ser actor— y sus palabras apelaban a la moralidad y la entrega, con términos más similares a los que utilizaría un clérigo que un político ateo. Empezaron a venderse pequeños retratos suyos, y su cara llenaba los negocios y casas particulares. Era Kérenski, el nuevo «zar» de la revolución, el nuevo líder que la gente necesitaba. No tardaría en caer.


Nota: Buena parte de las anécdotas del artículo están extraídas de A People’s Tragedy: The Russian Revolution 1891-1924, de Orlando Figes. Es interesante complementarlo —porque es un libro magnífico y porque los hechos encajan con una exactitud sorprendente— con la novela-reportaje El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales.

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10 Comentarios

  1. «El sistema campesino era comunal, sí, pero básicamente por utilidad en términos de cosecha y supervivencia, no por unos valores de convivencia más elevados.»

    ¿Hay algún sistema social y económico que no lo sea en términos de «cosecha» y supervivencia?
    ¿En los sistemas «sanos» hay unos valores de conciencia elevados que sostienen el entramado?

    Por favor…

    Y así unas cuantas perlas.

  2. Políticamente correcto con base en el pensamiento dominante actual; en parte coincido con las críticas de Máximo.
    La ecuanimidad es muy difícil, y hablo por mi.
    El revisionismo histórico lo hacemos todos, consciente o inconscientemente y sólo consigo mitigarlo estudiando las fuentes, de un lado y del otro. Y atendiendo a los hechos en lo posible.
    A la espera de algún artículo suyo sobre China y Asia, donde espero aprender mucho.
    Agradecido por el buen rato en cualquier caso.
    Saludos cordiales

  3. Las similitudes entre la Revolucion Rusa y la Revolucion Francesa son evidentes, en ambos casos un pueblo desesperado por su miseria y la indiferencia de los monarcas. La experiencia y legado de la francesa hizo mella en todas las casas reinantes de Europa pero con más de 100 años de distancia, no fueron consideradas en Rusia, los resultados fueron similares a los de la revolución francesa, pero de la mano de una ideología perversa que aprovechó el caos reinante para sus propósitos totalitarios, que sumieron a Rusia en una dictadura tanto o más cruel que la zarista y que extendería por todo el mundo con diferentes resultados e intensidades, en algunos casos hasta la actualidad, además de la intención permanente de implantar dicho régimen dictatorial en varios países, como podemos apreciar en Chile y otras naciones, que aún así no han aprendido nada.

    • Hay riesgo real de implantar el comunismo soviético en Chile, según entiendo de lo expuesto.
      Por favor, avísennos cuando esto ocurra y, si es posible, infórmennos ya de dónde se encuentra la cabeza de dicho movimiento revolucionario para tener claro el enemigo a combatir.

  4. Caundo llegué a » El príncipe Lvov —líder del zemstvo de Tula en 1980— lo expresó así:» dejé de leer…

  5. A ver si somos mas constructivos con las críticas. Leemos en esta web artículos muy por encima de la mediocridad reinante en la red y nos ponemos en tono erudito y pedante. Un respeto a los autores.

    • Cuando se trata de Historia especialmente, siempre hay un chévere más erudito- y pedante- que viene a romper la huevada en hora matutina. Hágale, vos sabe más que nadie, tenga la medalla y andate. Le fue divino el masaje al ego, pero la autoestima está en la llanura abisal compadre.

    • Tono erudito y pedante. Ahí le has dado. Los ofendiditos que dejan de leer ( buenísimos artículos, y gratis,oiga!) por una errata.. Cuánto articulista frustrado.

  6. Por favor, señores. No nos olvidemos de lo principal: los sufrimientos inimaginables de un pueblo que nadie quisiera para el suyo. De esta tragedia creo que lo único que podemos rescatar es que, agotados los delirios revolucionarios, liberales o conservadores, se presenta una era en la cual será difícil demostrar a los poderosos de turno, que los gobiernos populares que buscan solo justicia social tienen que ser ser derrocados o fagocitados. Si aceptamos la lucha en democracia sin testas caldas, y con el respaldo de los desastres que han dejado teorías inhumanas, voraces e insensibles se podría cambiar el paradigma político que ha imperado hasta ahora: solo los poderosos mandan.

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