El ruido y la furia: Never Mind the Bollocks

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Never Mind the Bollocks
Los Sex Pistols, 1978. Fotografía: Getty. Never Mind the Bollocks

Una vez muerto, no puedes volver, porque de la nada vienes y a ella vuelves;

el rey ha muerto, pero no lo olvidaremos, ¿es esta la historia de Johnny Rotten?

Entonces, mejor arder que desvanecerse. (Neil Young, «Hey Hey, My My», 1979).

Que Johnny Rotten es un bocazas, de eso no hay dudas, pero de que ha dejado frases para la historia, tampoco. El primer single de los Sex Pistols, «Anarchy in the UK», de noviembre de 1976, con la portada negra y los títulos en letras blancas, imitando los recortes que empleaban los secuestradores en las notas de rescate, provocó tal conmoción en la sociedad del espectáculo, que el golpe se sintió hasta en España, donde, a pesar de que el nivel de inglés era nulo, las dos enormidades de la frase del comienzo se entendían perfectamente: anticristo y anarquía. Por si no había quedado claro, Rotten repetía la segunda una, otra, y otra vez, a través de un torrente de velocidad, espasmos y ruido. Los Ramones ya habían inaugurado el desfile de atentados al rock, con su parodia de los productos de la Segunda Guerra Mundial, en «Bliztkrieg Bop», pero esto cuadriplicaba la apuesta. Aquí, entre un muro de sonido y veinte pistas de guitarra, había esputos, carcajadas, blasfemias, exigencias de destrucción y chistes crueles —extrañamente serios para unos chicos de menos de veinte años—, pero, sobre todo, lo que tenía ese disco era el extraño poder de hacer saltar de su asiento a casi cualquier adolescente [email protected] y [email protected] 

Hay de todo en la historia de la música pop, pero nada como esto, ni un disco que haya conseguido lo que este (no) consiguió. Siempre está ahí, en los textos sobre grupos de rock conocidos por sus detalles extravagantes y en la tonelada de escritos, notas y listas copiadas y pegadas sobre curiosidades de la música, haciendo juego la portada con estas postales vacías de la poscultura o notas de rescate de un secuestro torpe y global. Siempre aparece el único elepé que grabaron los Sex Pistols, y siempre aderezado con los mismos tópicos, no sea que el lector pierda su tiempo estimado de lectura pensando en algo. Recién comenzó 2020, ya debían de ir por el millón las exposiciones, documentales, folletos, libros y novelas del advenimiento del punk, yo creo que desde el mismo año 1977, cuando lo que parecía ser un vendaval que venía a cambiar el estado de las cosas se había disuelto ya como un azucarillo en las aguas profundas del mercado, las estrategias de los medios de comunicación y las directivas empresariales.

El caso de los Sex Pistols fue un fiasco formidable, logrado a conciencia por las circunstancias, pero también gracias a la colaboración activa de sus artífices. Elepé y grupo son el ejemplo más contundente de cómo concebir y armar una idea brillante en muy poco tiempo y destruirla con la misma rapidez, mientras el resto del mundo (músicos, estetas, oportunistas, la industria de la moda y el márquetin), asimilaba, desarrollaba y perfeccionaba en múltiples direcciones aquel estilo, pero prescindiendo por completo de sus creadores, que antes de editar Never Mind the Bollocks no eran nada, tan solo una barca a la deriva cuyos pasajeros peleaban entre sí por ver quién la hundía primero. Para su desgracia o para su suerte, los Sex Pistols no terminaron en la MTV disfrazados de vaqueros, ni tocando un revuelto de músicas del mundo: antes de todas esas cosas tan fascinantes, quedaron desactivados por la realidad que pretendían destruir. En el otro extremo de la panoplia punki estarían The Clash, sus rivales de North Kensington. Estos, mejor dirigidos y con más respaldo social y financiero, pasaron en pocos meses de ser un soso grupo de corte mod a reciclarse en trío punk de proclamas antisistema y terminar como triunfante grupo rock especializado en canciones pegadizas, mensajes socialdemócratas y, lo más importante, estilosas perchas de un armario de ropa. Porque eso fue el punk, un surtido de camisetas.

Los Sex Pistols no grabaron un elepé triple, no llegaron a tener un Live at the Budokan, ni siquiera varias sesiones de remezclas con los mejores DJ de la actualidad. Se quedaron congelados en el tiempo, entre finales de 1975 y mediados de 1978. Más que congelados, atrapados como insectos en el ámbar de la mala decisión y las peores intenciones. Sin posibilidad de seguir o de volver al principio. Bueno, retroceder un poco sí, porque empezaron siendo el núcleo de una Factory londinense entre diseñadores, modelos y activistas de la contracultura, la música reggae y el ambiente gay de su ciudad, y terminaron como un grupo simplote de rock para público masculino en su vertiente más hooligan y reaccionaria. Todo conspiró para provocar ese resultado: los medios de comunicación se cebaron con ellos; su mánager les obligó a saltar de discográfica en discográfica, incapaz de manejar aquel peligroso y atractivo material de que disponía, más interesado por su propia carrera de vendehúmos; el público se dividió entre los que, entusiasmados, encontraron el camino, y los que les querían matar, y no de forma metafórica (tras la publicación de «God Save the Queen», el cuarteto recibió varias palizas y navajazos; me encanta la anécdota de la madre de Glen Matlock: empleada de la compañía del gas, recibió una avalancha de llamadas insultantes donde preguntaban por la «señora Sex Pistol»); y, por último, el propio grupo, sin respaldo de una compañía o mánagers solventes, ni tampoco de estructura familiar o financiera, acabó su carrera fulgurante, pero desastrosa, debatiéndose en un atolondrado combate de egos. 

El resultado es un disco tan paradójico como sus ejecutantes, porque hoy, a pesar de las tropecientas remasterizaciones y ediciones de lujo, aunque haya sido parodiado y explotado hasta la náusea, sigue causando sorpresa por muchas razones, y todas contradictorias. Es un insulto a la música rock y a todo lo que significaba la cultura de los setenta, pero a la vez es uno de los mejores discos de rock de los setenta y del siglo XX. Lejos de las interpretaciones finas y sobadas —que si el nihilismo destructivo, que si ataque ideológico a la burguesía y que si los salvajes sonidos de la Inglaterra salvaje de no se qué salvaje…—, no es más que un disco de rocanrol, ergo canto a la utopía y a la revolución desde la música, hecho por unos chavales de clase obrera, pero al mismo tiempo orquestada como producción muy cuidada, que se llevó a cabo (eso sí, un poco a trompicones) en un estudio de grabación importante, con un ingeniero de sonido, Chris Thomas, que había trabajado, entre otros, con los Beatles, y que fue vendida y comercializada por una multinacional, o mejor dicho, una sucesión de grandes empresas discográficas.

Es un disco muy divertido y provocador, un ejercicio adolescente en colorines flúor, gritos desafinados y palabras obscenas, pero también reflexión dramática e invocación de visiones de nuestra propia actualidad, un numerito chusco de vodevil británico, pero ejecutado en un escenario dispuesto para exhibir, no una comedia, sino una pieza del teatro de la crueldad. Todo, por supuesto, sin ser ellos conscientes de nada, y es ahí donde reside su auténtico valor. Las canciones y una carrera acelerada de incidente en incidente los arrastraron a una caída libre, al tiempo que provocaron una reacción en cadena donde miles de músicos en potencia deseaban dar ese mismo paso, tan orgulloso como estúpido. Mientras ellos se quedaban aislados y congelados, surgieron miles de imitadores en Inglaterra, Francia, España, Estados Unidos…, algunos, con más peso, talento y voluntad que los propios Sex Pistols, pero por mucho «Do It Yourself» y otras consignas punk, no todos iban a ser los Pistols. Ninguno tendría a Vivianne Westwood y Malcolm McLaren, dúo de ideólogos pertrechados con un escogido surtido de consignas intelectuales, sin fuste ni demasiado contenido, pero con gran gancho para vender cosas, como el situacionismo y las guerrillas culturales. No iban a tener a un guitarrista voluntarioso como Steve Jones, criado en los discos de los Faces y los Stooges, que se compenetraba a las mil maravillas con su amigo de la infancia, el batería Paul Cook, que era como Ringo Starr, pero en rubio. Y, por supuesto, no tenían a John Lydon, talento hiperbólico en ideas, imagen y actitud, que yo creo que todavía hoy (sí, especialmente, en estos últimos tiempos, que se ha vuelto una parodia de la parodia de sí mismo) no sabe de la influencia que tuvo su personaje en el siglo pasado. Dejemos a un lado el paso de Sid Vicious, que poco hizo en lo musical, pero reconozcamos el pulcro trabajo de Glen Matlock, que compuso alguna de las primeras canciones del (escaso) repertorio del grupo.

Never Mind the Bollocks es, en realidad, un irónico «grandes éxitos» de su brevísima carrera. Casi todos los temas habían sido compuestos entre el verano y el otoño de 1976, los habían tocado en directo y se habían editado, en forma de single, cuatro de los once que lo componían. La publicación de estos singles y elepé supusieron no ya cinco acontecimientos musicales de suma importancia en el decurso de la música pop, sino auténticos sucesos internacionales, incidentes tumultuosos que siguió el público, entre entusiasmo e indignado, a pesar de la censura de los medios de comunicación ingleses. No solo desaparecieron de los titulares, sino que hubo hasta un complot para borrarlos de las listas de los más vendidos: «God Save the Queen» vendió doscientas mil copias en cinco días, pero no fue número uno por decisión de la sociedad de autores; en su lugar, pusieron un single de Rod Stewart. Fue debido a esta censura oficial que se produjo la consagración de los diarios y revistas musicales, una prensa entonces anquilosada en el AOR y el rock progresivo, que tuvo que renovarse a marchas forzadas para dar cuenta de las tendencias, por no hablar del resurgimiento de los fanzines.

Y, en realidad, todo el escándalo no fue más que una concatenación de errores, ajenos, en principio, a los propios músicos. Solo a Malcolm McLaren se le podía haber ocurrido ficharlos por la multinacional EMI, y solo un representante de EMI pudo pensar que era buena idea llevarlos a un talk show de la BBC, ante un presentador en horas bajas que hacía el programa borracho, para promocionar «Anarchy in the U. K.». Dos meses duraron en la discográfica. Otros dos duraron en A&M, la discográfica americana elegida por McLaren, antes, por ejemplo, que Polydor. Tras la famosa firma del contrato ante el palacio de Buckingham y el destrozo posterior de las oficinas, el propio Herb Alpert, dueño de la empresa, les rescindió el contrato. El sello Virgin fue el tercero, y ya sabemos cómo terminó la relación. La presentación del single «God Save the Queen» a bordo de un barco, llamado para más inri Queen Elizabeth, la misma semana de las celebraciones del Jubileo de la reina, se saldó con once detenidos y los Sex Pistols proclamados «destructores de la civilización» y «enemigos públicos número uno». Pero todavía quedaba una gira por los estados sureños y la costa oeste norteamericana, que es pura historia del disparate, esta vez bajo los auspicios de Warner, que fue la que dio la puntilla a esta cadena de meteduras de pata, peleas, detenciones y hasta dos víctimas mortales.

Al igual que los dos primeros singles, el elepé de los Sex Pistols fue vetado en comercios y acusado de «publicidad indecente» por la inclusión de la palabra bollocks en la portada. Abogados y fiscales se enzarzaron en una polémica sobre el origen etimológico de dicha palabra y, al final, el tribunal se vio forzado a declararlos inocentes; eso, sí, apuntaron los magistrados en la sentencia, «muy a nuestro pesar». Esta vez tampoco pudieron evitar que el disco apareciera en el número uno de los discos más vendidos: solo en las tiendas Virgin tenían más de ciento cincuenta mil pedidos antes de la publicación.

A estas alturas, resulta difícil entender el tumulto que provocó en su momento y tomarse en serio este disco. Pero, sin duda, es una de las mejores demostraciones de que la expresión musical va siempre por delante, mucho más rápida, que los discursos, las ideas y hasta los acontecimientos. Que sintetizó lo que una generación entera pensaba y sentía y volcó los miedos de Occidente: hallarse al comienzo del final de un modo de vida, de una forma de ser y de producir. Fue la defunción del rock, el cierre del optimismo social, una burla a la cultura pop y la cuesta hacia el abismo que hoy miramos más de cerca.

Liquidación de parafernalia por derribo

Jamie Reid, diseñador «situacionista» y amigo de McLaren, fue quien concibió las famosísimas portadas y carteles promocionales de los discos. La famosa bandera cortada en trozos alrededor del retrato oficial de la reina, pero atravesada de imperdibles y con unas esvásticas sobre los ojos, fue más de lo que la sociedad inglesa pudo soportar.

Cuando A&M rescindió el contrato, también ordenó destruir las veinticinco mil copias de «God Save the Queen», que saldrían en un prensaje posterior con el sello Virgin (aunque amenazadas por una huelga de los trabajadores, que se negaban a tocar aquellos objetos). Por supuesto, se salvaron algunas copias, y son tesoros del coleccionismo (Nick Hornby los menciona en su novela Alta fidelidad).

Ahora que todo el planeta es devoto del grupo femenino The Slits, me apetece recordar la historia de su cantante, Ari Up, fallecida en 2010. Era hija de Nora Forster, quien a su vez es pareja de John Lydon desde 1979. Ari se instaló en Jamaica en los ochenta, y fue el matrimonio Forster-Lydon quien obtuvo la custodia de sus hijos gemelos. Más cotilleo: el guitarrista Chris Spedding, que supervisó las maquetas de los Sex Pistols en 1976 y 1977, era entonces el novio de Nora.

No contento con el éxito de Never Mind the Bollocks, McLaren decidió sabotear una vez más a sus protegidos y, en ese mismo noviembre de 1977, editó un disco pirata, titulado No Future, con las maquetas que el grupo había grabado un año antes escondido bajo el nombre de «Spunk». Otra rareza para colección. Aunque para absurdos y picaresca, el disco español de 1978 titulado God Save the Queen, editado por Dial e interpretado por «Los Punk Rockers». Dentro de las grabaciones que los sellos encargaban para no pagar derechos y vendían como si fuesen del artista original (y en letra pequeña, los músicos reales), lo de este grupo fantasma que versionaba a los Pistols, con una portada como de Saldos Arias, es la cumbre de la psicotronía, ya no hispana, sino mundial. Y creo que el único colofón adecuado para esta historia. 

Mucha gente tiene la impresión de que los Sex Pistols eran solo negatividad. Estoy de acuerdo, pero ¿cuál es el problema? A veces lo más positivo que puedes ser en una sociedad aburrida es ser completamente negativo. Es útil. Si no lo eres, demuestras flojera y eso es lo último que te puedes permitir. (John Lydon, No Irish, No Blacks, No Dogs (Antonio Machado Libros, 2007, p. 101).

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6 Comentarios

  1. Uno de los 5 grupos/solistas más influyentes del siglo XX, junto con Elvis, Beatles, Black Sabbath y Pink Floyd. Y sin pretenderlo.

    Es posible que alguien me eche a los leones, y puede que todo fuese una estafa bien concertada como dicen The Great RN’R Swindle.

    Pero recordad que estos tíos era ricos antes de grabar un solo disco (bueno, su manager), porque las discográficas estaban tan acojonadas que preferían pagar la cláusula de rescisión que afrontar lo que tenían entre manos. Podrá ser postureo, pero dejan a Jim Morrison, a los thrashers y a otros autodenominados rebeldes como niños.

    • Yo tambien pienso que pudo ser una estafa bien concertada, pero por sus representantes. Ellos creo que no se enteraron, o acaso ya al final, porque a pesar de todo, creo que eran autenticos, por eso hoy aun se siguen vendiendo sus discos.

  2. Siempre me ha parecido que God Save the Queen y Anarchy in UK fueron dos canciones muy buenas. Excepcionalmente buenas. Pegadizas, cortas e intensas, bien estructuradas, coherentes… Dos pedazo de singles como pocos se han parido. Y cada vez que vuelvo a leer lo muy desastrosos e incorregibles que fueron estos alegres muchachos se vuelven mejores. Pero cada vez que alguien escribe un artículo sobre los Pistols, dios le quita a Jhon Lydon unas mil neuronas. Pobre hombre, vais a acabar con él aún más de lo que lo hizo PIL.

  3. Eran jóvenes y cafres y fue todo un montaje perfecto. Estoy de acuerdo en que McLaren y Westwood fueron los grandes urdidores intelectuales, pero a menudo se soslaya el talento de John Lydon, que en mi opinión encontró un mejor espacio para desarrollarse en PiL, grupo incomprendido y musicalmente mucho más interesante que los Pistols. Sin duda se merecen un artículo aparte…

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