Arte y Letras Lengua

El vocabulario de la psicodelia offset

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Fotograma del videoclip «Subterranean Homesick Blues», de Bob Dylan. Imagen: Columbia. vocabulario

¿Por qué underground? Porque no hay lugar para moverse overground.

Lincoln Bergman

No era solo lo que decía, también cómo lo decía. Aquel tono de displicencia desdeñosa que destilaba la crítica de El cuento de la criada que Mary McCarthy publicó en The New York Times, en 1986, tuvo que resultar lacerante para su autora. Más de veinticinco años después, la herida, todavía en carne viva, quedaba a la vista cuando Margaret Atwood sintió la necesidad de tomarse la revancha e insinuar, amparada por la popularidad alcanzada por la novela, lo equivocada que había estado McCarthy. Pero ninguna circunstancia extraliteraria —ni siquiera el éxito sostenido de la obra, apuntalado recientemente por la apabullante publicidad de la adaptación televisiva que contó con la inestimable ayuda de la desvergonzada misoginia de Donald Trump—consigue rebatir algunos de los demoledores argumentos literarios que McCarthy esgrimía al comentar las que, en su opinión, eran las dos grandes fallas de la novela. La primera, El cuento de la criada no conseguía, a diferencia de otras grandes obras del género como 1984 de George Orwell o Un mundo feliz de Aldous Huxley, el mordiente de la sátira. La segunda, y más importante todavía, tal vez «imperdonable», Atwood no había inventado un vocabulario para Gilead ni para el movimiento de resistencia clandestina a ese Estado totalitario, no había sido capaz de imaginar un lenguaje que expresase por sí mismo los cambios operados en esa sociedad y que bastase, sin necesidad de la peripecia argumental, para colocar al lector en el aterrador escenario de una distopía; es decir, nada permitía ni siquiera una remota comparación con el tour de force lingüístico de Anthony Burgess en La naranja mecánica. 

«Un futuro que no tiene un lenguaje propio carece de personalidad», concluía Mary McCarthy. Los que juegan en el campo de la política dirían más, mucho más: el lenguaje no solo define la originalidad del futuro, lo invoca. Por eso mismo todos los conatos subversivos, todas las rebeliones en ciernes, se saben obligados a concebir un vocabulario nuevo. Ninguna revolución ha triunfado sin ganar la batalla de las palabras. Lo sabía bien la amalgama, prodigiosa e inverosímil, de hippies, yippies y beatniks, pacifistas y naturistas, consumidores de LSD y marihuana, comunistas, anarquistas y libertarios,  lectores de Noam Chomsky, Herbert Marcuse y Carlos Castaneda, devotos de Angela Davis, Janis Joplin y Jimi Hendrix, todos aquellos que, en fin, de una u otra forma, creyeron en el vaticinio —«The Times They Are A-Changin’»— y participaron en el movimiento contracultural que sacudió Estados Unidos en la década de los sesenta y principios de los setenta. No eran tan naíf como pretende la caricatura, ni tan indolentes, así que se pusieron manos a la obra. Fundaron cientos de periódicos, revistas y panfletos por todo el país y a esa legión de papeles, más o menos radicales, más o menos amateurs, se ha atribuido la creación del lenguaje contestatario de la época. Pero ¿cómo lo consiguieron?

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