Cuando éramos normales 

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nueva normalidad
Foto: Cordon.

La normalidad está claramente en decadencia. Se ha hecho vieja y ha sido relevada por un sucedáneo llamado «nueva normalidad» en el que besar está prohibido, no puedes salir de casa sin mascarilla y sabes lo que es la hidroxicloroquina. Pero el proceso de deterioro comenzó mucho antes de que empezáramos a saludarnos con el codo y sería poco riguroso atribuirlo únicamente al coronavirus. Digamos que la epidemia fue la patada final. He aquí algunos ejemplos.

Lo normal era votar cada cuatro años. Lo recordarán: las campañas duraban quince días —besos a bebés, carantoñas a vacas, pausas dramáticas, tríadas de manual («sangre, sudor y lágrimas»; «independentistas, comunistas y batasunos»)— y hasta el domingo. Al día siguiente sabías quién iba a gobernar y empezaba un periodo de normalidad llamado legislatura, con sus leyes educativas nuevas cada vez, sus presupuestos y sus promesas incumplidas. Pero eso saltó por los aires, y tras superar una época en la que había casi tantas elecciones como misas, vivimos en una campaña permanente con los presupuestos perennes del hombre que ríe siempre el último: Cristóbal Montoro. En la nueva normalidad, el PSOE y Podemos gobernaron meses con las cuentas del PP. 

Lo normal era tener unas rutinas, unos horarios. Aunque aquí he de confesar que yo puse la primera piedra del desorden. Empezó como un juego; mi novio de entonces y yo decidimos un domingo que sería muy divertido comer a la hora de desayunar. Inventamos el brunch, aunque nos faltó visión para ponerle nombre, y cuando nos dimos cuenta, estaba en los menús de los sitios de moda a partir de veinticinco euros. A mi padre le pasó algo parecido: inventó el selfie, pero le puso un nombre poco comercial, sin punch —la «autofoto»— y le levantaron la patente en su cara. El caso es que empezamos comiendo para desayunar y todo se desmoronó. Aquella cosa que se llamaba jornada laboral, y que después de mucha sangre, sudor y lágrimas había quedado estipulada en ocho horas, también saltó por los aires. Los políticos empezaron a convocar ruedas de prensa a las siete de la tarde, a enviar comunicados a las diez y a publicar tuits incendiarios a las once de la noche. Las fuentes se hacían de rogar hasta las tantas. Luego había que dormir. Ocho horas según la OMS. Pero llegaron las plataformas de pago: Netflix, HBO, Amazon, Movistar… 

Lo normal era ver un capítulo de una serie y esperar una semana para ver cómo seguía la historia. Pero de repente podíamos pegarnos atracones de una temporada entera y nos pudo la gula. Por lo menos a mí. Creo que hay que tener mucha sangre fría para irse a la cama sin saber quién es el asesino cuando es tan fácil como darle a «Ver siguiente» y siguiente y siguiente. Ahora, cuando noto a alguien irascible por las mañanas, ya no pregunto: «¿Qué te pasa?», sino: «¿Qué serie estás viendo?». Mañana puedo ser yo. 

Trabajamos más, dormimos menos y lo peor: nos han quitado dos estaciones del año. Se habrán dado cuenta, ahora pasamos del invierno al verano, lo que quiere decir que la operación bikini hay que empezarla en Navidad. Misión imposible. 

Lo normal era vivir dos o tres días históricos por año, no más. Si se daba muy mal, uno. Ahora es un no parar. Si no hay una abdicación, hay una moción de censura o un rey le quita la paga a su padre o se declara el estado de alarma. La excepcionalidad se ha abaratado. Hasta los clásicos se fueron devaluando. En 2011 llegaron a jugar cuatro en dieciocho días. 

Y para rematar la jugada, una pandemia. Los últimos reductos de normalidad que nos quedaban, dinamitados por un virus: fútbol sin aficionados, discotecas sin baile, besos sin besos. ¿Cómo no vamos a estar desquiciados? La serenidad es una facultad que nace y crece en las rutinas, pero las que teníamos han sido destruidas. Hasta que fabriquemos unas nuevas, parecidas a las de la decadente y vieja normalidad, keep calm y mucho sentidiño. 

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2 Comentarios

  1. Divertido artículo.
    Me ha hecho mucha gracia eso de la “autofoto”, en realidad a mí me gusta más que “selfie”, pero yo es que soy uno de esos raritos que pensamos no hace falta decirlo todo en inglés.

  2. No hay nada como el sentido del humor para reflexionar a fondo sobre tantos y tantos cambios que no tienen ni pizca de gracia. Enhorabuena por el artículo.

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