Los hijos de Hanno Buddenbrook

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Hanno Buddenbrook
Kai al lado de la cama de Hanno, en un fotograma de la película alemana de 1959 Buddenbrooks. Imagen: Filmaufbau.

De entre todos los personajes literarios que se asocian con la mezcla de refinamiento sensual e intelectual y parálisis de la voluntad que los germanistas alemanes llaman románicamente Dekadenz, la figura de Hanno Buddenbrook es la que con mayor firmeza está asentada en el imaginario colectivo alemán. Construida alrededor del trágico y último vástago de una familia de comerciantes hanseáticos —tan escasamente ficcional que medio Lübeck se enfadó con su autor—, Los Buddenbrook. Decadencia de una familia incluye en su subtítulo original la palabra Verfall, que, como el verbo del que se deriva (verfallen), puede aludir a la decadencia —como es el caso—, a la caducidad (Verfallsdatum) o a caer rendido a los pies de alguien (jemandem verfallen sein), formas más variadas de decaer que las de su traducción románica y que siempre flotan un poco junto al significado principal. Verfall einer Familie: decadencia de una familia, la historia de su caducidad o, forzando el juego, de cómo cae rendida a los pies de algo.

Hanno Buddenbrook es torpe y silencioso, aprende tarde a hablar y a andar y su boca suele estar cerrada mientras se hurga con la lengua una de sus muelas. Muchas veces no puede reprimir el llanto cuando se ve forzado —casi siempre por su nietzscheano e insoportable padre— a hablar en público, lo cual suele aprovechar su progenitor para insinuar o decirle a las claras que parece una niña. Es físicamente débil y de carácter exótico, medio extranjero por parte de madre, holandesa de Ámsterdam y extraordinaria violinista, y por ella también se convertirá Hanno en un apasionado amante de la música, el único medio por el que consigue expresarse. Y al fin, el niño que fracasa en la escuela y en todo lo demás resulta ser un artista de la improvisación musical, aunque sea incapaz de interpretar una partitura. Es en sus fantasías musicales donde alcanza el éxtasis: las descripciones de sus improvisaciones al piano son la mejor muestra del género «descripción —aparentemente— involuntaria de un orgasmo» desde santa Teresa y el famoso ángel con el dardo. Hanno tiene un único amigo, Kai, rubio, bruto, conde y rebelde, que lo adora, y Hanno a él. Sobre el género «descripción —aparentemente— involuntaria de un enamoramiento homosexual» en Thomas Mann ya hablamos otro día con tiempo, aunque ya se ha dicho todo en muchos volúmenes. Además de la música y a Kai, Hanno ama el teatro: juega con las figuras de un teatrito que le regalan en Navidad, señal inequívoca de incapacidad vital en un hijo de un comerciante alemán desde el Wilhelm Meister de Goethe. Son figuras de Fidelio, la ópera favorita de Hanno y de los demócratas alemanes de entonces. Hanno, como la democracia alemana de la época, no tiene buenas cartas en la vida.

Hanno es una vida robada a la muerte y se nos recuerda constantemente desde su nacimiento, al que «casi no llega», en palabras del doctor, pasando por diversos episodios de enfermedad en los que el narrador llega a decirnos que mejor estaría muerto, el pobre (una idea muy nórdica para la que los narradores nórdicos no suelen tener en cuenta la opinión del afectado). Marcado por la muerte al nacer, tiene unas sombras azuladas alrededor de sus «extraños» ojos castaños dorados (extraños para un narrador nórdico, claro). La muerte lo reconoce por estas marcas y viene a cobrárselo sin dejarle llegar a adulto, poco después de la descripción de su última y más extática improvisación al piano, a la que sigue una descripción descarnadamente objetiva de los efectos del tifus, terrible como solo pueden serlo las muertes de niños contadas por Thomas Mann; quien haya leído la muerte de Echo en Doktor Faustus sabrá de lo que hablo.

La constelación formada por una constitución débil, el exotismo (suroriental, muy frecuentemente judío), la sensibilidad artística (muy especialmente la musical), el homoerotismo y/o indefinición sexual en un personaje de la literatura alemana del siglo XX es sinónimo de olerle a uno mucho el pecho a muerto. Un sistema social autoritario y militarista, supuestamente sano y vital, que premia a los fuertes, desvergonzados y agresivos y expulsa —cuando no elimina— a los vulnerables, que prioriza la voluntad y la estructura frente a la intuición y la observación del detalle, presenta aún en su literatura como una obviedad sus engañosas victorias sobre los Lebensunfähigen, los «incapaces de vivir». Pocos ven, en cambio, la ceguera de esta sociedad ante su propia inviabilidad, que en apenas cuatro décadas la llevaría a dos guerras mundiales y a su completa autodestrucción, a desplomarse como un castillo de naipes al final de la segunda. En esto, Thomas Mann, que construye el personaje de Hanno basándose en su propia infancia y en buena medida conjura con la muerte del personaje los peligros que le acechaban a él mismo, no es una excepción, a pesar de todo, sino uno de los ejemplos más claros. Después de Los Buddenbrook, Thomas Mann deja atrás el fantasma del niño que fue Hanno para convertirse en un cónsul del mercado literario más parecido a su tocayo en la novela y en padre en la vida real. Quien se sorprenda de la defensa cerrada del orden del II Reich y el ataque a lo «civilizatorio» en Consideraciones de un apolítico no estuvo atento leyendo las novelas y relatos escritos antes y después.

Mientras tanto, en la vida real, los decadentes, entre ellos los hijos de Thomas pero herederos de Hanno —que, pobrecito, había hecho dos rayas bien grandes debajo de su nombre en el libro de la familia porque pensaba que después no venía nadie más—, los que en los años de Weimar escandalizaban y divertían con locura a toda Alemania exhibiendo o impostando su poco normativo físico, su drogadicción, su homosexualidad, su indefinición sexual, sus parafilias diversas, su exotismo o su sensibilidad, a veces casi incompatible con la vida, se hacen fuertes mientras el sistema de valores heredado de la era guillermina se pudre definitivamente y desemboca en la locura nacionalsocialista. Los años del nazismo, del exilio y de la guerra verán la persecución y el exterminio de muchos «decadentes», pero también verán crecer a los supervivientes por encima de sí mismos. Veremos a la heroinómana y lesbiana declarada Erika Mann abanderando el antifascismo en el exilio y empujando a su padre a abandonar el papel de cónsul con Premio Nobel, a tomar partido por el antifascismo y a dejar de preocuparse solo de las ventas de sus libros en el Reich, y a sus hermanos Klaus (abiertamente homosexual y heroinómano) y Golo (discretamente homosexual, sin adicciones conocidas) haciendo lo imposible para que los admitan en el ejército estadounidense y así poder luchar contra Hitler. Klaus aprovechará su entrada en la Alemania derrotada con las tropas de Estados Unidos para entrevistar, en mitad de un paisaje de ruinas, a unos cuantos personajes destacados de la cultura alemana que se habían acomodado al nazismo, con descorazonadores resultados: ninguno de ellos parecía sentirse responsable de nada. Esta y otras muchas decepciones políticas, literarias y personales lo irán minando hasta su suicidio en Cannes en 1949. 

Otros muchos «incapaces de vivir», ambiguos, silenciosos o exóticos hijos de Hanno Buddenbrook, sobrevivieron y dieron guerra mucho más tiempo aún. Además de Erika y Golo son de sobra conocidos casos como el de la inalcanzable Marlene Dietrich (bisexual), la reina de los decadentes berlineses que en los años veinte se fotografiaba con Anna May Wong, y, ay, Leni Riefenstahl, entrando en Europa con la invasión estadounidense, comprometida hasta sus célebres cachas con el antifascismo y aceptando sin rechistar pasarse toda la campaña militar de mano en mano fingiendo ser por unos minutos la chica soñada de cada uno de los G. I. en su avance hacia Berlín; por no hablar de los miles de judíos europeos que no acabaron como ovejas en el matadero y se dieron la vuelta como un calcetín en Palestina en los meses previos a la fundación del Estado de Israel, cuya mentalidad de hierro no se entiende sin contrastarla con los centenares de textos contemporáneos de Los Buddenbrook que trataban a los judíos de la diáspora como enfermos intelectualizados y degenerados carentes de vitalidad, muchas pequeñas losetas textuales en el camino que los llevó al Holocausto. En la Alemania de posguerra veremos, en fin, al doblemente «decadente» Fritz Bauer (judío y homosexual) volver del exilio y luchar casi en solitario desde la fiscalía por sacar a la luz a los criminales de Auschwitz, contra el boicot sistemático de su actividad por un sistema judicial plagado de nazis sin depurar, y hacer visible en detalle, ante la atónita mirada de los jóvenes alemanes de los sesenta, lo que hicieron sus padres con otros seres humanos, momento inicial de un amplísimo movimiento de crítica a la Alemania de Adenauer que cambió el país de arriba abajo. Un «decadente» que personifica una idea de justicia que aún hoy guía a juristas y ciudadanos alemanes de a pie y que fundamenta la necesidad de una memoria democrática —esa que aún no hemos conseguido entender en España— para garantizar la salud y la vitalidad de una sociedad. 

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4 Comentarios

  1. Sí. El autor tiene razón. Los crímenes de ETA y su mundo y el silencio (por miedo o afinidad ideológica) de muchos pronto se olvidará de la Historia, para deleite de determinados partidos autonómicos y del Gobierno de la Nación. Estas víctimas del supremacismo vasco racista sí que lo tienen jodido.

  2. No te has enterado Vigasito. El autor se refiere a los crímenes del fascismo, que en España son, mayormente, los del franquismo. Los que recibieron el apoyo militar de los nazis para masacrar a poblaciones enteras como la de Gernika. Quienes, prolongando la ignominia, prefieren mantener enterradas en las cunetas a las víctimas a resalcirlas, pese a que lucharon por la democracia en nuestro país.

  3. maravillosamente explicado.
    Justo esto le ha faltado y le falta a España. Le falta a nuestra historia, a nuestra cultura y a nuestra idea de justicia. Algo como lo que supuso en Alemania la familia Mann y Fritz Bauer.

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