Me acuerdo

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Ilustraciones de Pablo Amargo

A los que no conocen el libro de Joe Brainard les puedo decir que son afortunados, por la misma razón que lo son los que todavía no han visto la segunda película de Jean-Claude Lauzon. A los que no conocen el libro de Brainard les pasa lo mismo que a los que nunca han visitado Vozpornoche o todavía no han probado el Negroni. Dice Paul Auster que Me acuerdo es una obra maestra que perdurará, y que además es uno de los pocos libros originales que ha leído; lo auténtico y diferente que no abunda. Yo lo descubrí hace poco tiempo, y este es mi pequeño y personal homenaje. Todo es inventado, porque recordar es inventar.

Me acuerdo de cuando empecé a apuntarlo todo. Fue en uno de esos cuadernos de caligrafía que tienen rayas para que no te salgas. Hice una lista con mis músicos favoritos. Tenía cuatro o cinco años, y desde entonces hasta hoy necesito apuntarlo todo; lo que hago, lo que leo, lo que pienso, listas, deseos, dudas, secuencias de acordes. Todo. No quiero que nada se me olvide.

Me acuerdo de esconderme debajo de la cama y taparme con fuerza los oídos para no escuchar los chillidos durante la matanza del cerdo.

Me acuerdo mucho de Léolo. Mucho. Y de su hermano.

Me acuerdo de cuando mi padre me dejó acompañarlo a su trabajo. Conducía el camión de la basura. Llevábamos bocadillos de tortilla que nos había hecho mi madre. Recorrimos la ciudad mi padre y yo en un camión enorme que él conducía. Nunca me había quedado despierto hasta tan tarde. Mi padre se sabía el nombre de todas las calles. Yo lo miraba mientras conducía y me sentía el niño más afortunado del mundo. Cuando el camión estuvo lleno fuimos al vertedero a descargar. Había otros muchos camiones. Todos tenían las luces encendidas. Hasta donde estaba iluminado todo eran montañas de basura. Hacían mucho ruido al descargar. De repente, aparecieron miles y miles de ratas. Salían por todas partes y nos fuimos. Me acuerdo del olor. Estaba muy orgulloso de mi padre. Ahora que soy adulto todavía lo estoy más. Esa sigue siendo una de las mejores noches de mi vida.

Me acuerdo de que cuando dispararon a Lennon me senté en el piano a tocar «Imagine» y mi madre me abrazó.

Me acuerdo de lo mucho que se sorprende la gente cuando descubren que no veo los colores.

Me acuerdo de que tuve dudas sobre si mi libro favorito debía seguir siendo Moby Dick, pero lo volví a leer y las dudas desaparecieron para siempre.

Me acuerdo de lo poco que me gusta el contacto físico con la gente que no conozco.

Me acuerdo de que cuando me diagnosticaron el Asperger, primero me dio un ataque de risa, y después otro de ansiedad.

Me acuerdo de la rabia que me da la gente que llega tarde y ni siquiera pide perdón.

Me acuerdo de unos versos de Bolaño: cae la nieve, que cosa tan frágil, tan sola.

Me acuerdo de que tengo que ir a las reuniones con alguien de confianza para saber y entender lo que pasa en función de las reacciones de mi acompañante. Por eso nunca voy solo, porque me acuerdo, y además lo tengo apuntado.

Me acuerdo del pasillo del conservatorio, donde se mezclaban todos los sonidos de todos los instrumentos.

Me acuerdo de buscar en el diccionario la definición de sarcasmo.

Me acuerdo de cuando quería que me cortaran el pelo como Bruce Lee.

Me acuerdo de que cuando empiezo a comer mandarinas no puedo parar. A mi hermana le pasa lo mismo, pero ella le quita la piel a los gajos y yo no.

Me acuerdo de la música de Luz de luna y de Canción triste de Hill Street. Y de Cybill Shepherd.

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Me acuerdo de lo que me dijo el psicólogo militar: aquí se te va a quitar la tontería.

Me acuerdo de la noche que cenamos mejillones de roca y raya a la mantequilla con Alessandro Baricco.

Me acuerdo de que horas después nació mi primer hijo.

Me acuerdo del día que se me perdió ese mismo hijo durante casi dos horas. Sin duda, las peores dos horas de mi vida.

Me acuerdo de que viví un largo y frío invierno con una infección pulmonar y, a ratos, la idea de salir a pasear descalzo por la nieve hasta morir congelado no me parecía ninguna idiotez.

Me acuerdo de cuando me di cuenta de que iba a ser así para siempre.

Me acuerdo de que cuando no tenía piano dibujaba con tiza el teclado en el suelo y leía las partituras con los dedos sobre las teclas pintadas. Y cantaba. 

Me acuerdo de que desde entonces los pianos suenan cuando los miro, aunque nadie los esté tocando.

Me acuerdo de cuando descubrí que Schumann y Debussy eran igual de importantes que Mozart o Chopin. Y también de cuando encontré a Arvo Pärt.

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Me acuerdo de estar arrestado en un calabozo leyendo La comedia humana de Saroyan y fumando sin parar.

Me acuerdo de un amanecer en Medellín y de un atardecer en Somo.

Me acuerdo de cuando me enseñaron a respirar en la terapia.

Me acuerdo de que no me invitaron a la boda de un buen amigo cuando le di mi opinión sobre su futura mujer.

Me acuerdo de sentir la necesidad de que todo a mi alrededor estuviera en silencio. Con lo que suena en mi cabeza constantemente ya tengo suficiente.

Me acuerdo de esperar a mis hijos en la puerta del colegio mientras los demás padres se saludan, sonríen e incluso se abrazan.

Me acuerdo de cuando grabamos el primer disco de Marlango; yo tomaba litio y todo parecía una despedida.

Me acuerdo de lo bien que me sienta desayunar melón y beber agua con limón antes de acostarme.

Me acuerdo del perro que me mordió en el tobillo, y de mi reacción para quitármelo de encima. No me di cuenta del acantilado. Fue un accidente.

Me acuerdo de que mis ídolos eran Ayrton Senna, Oscar Wilde y Dražen Petrović. También Delibes. Y, por supuesto, Mozart.

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Me acuerdo de cuando estaba solo y no me gustaba estar solo.

Me acuerdo de una conversación sobre quesos con el primer ministro de Francia, Dominique de Villepin, en la barra del bar del Hyatt de Tokio.

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Me acuerdo del miedo que sentí la primera vez que fuimos a bañarnos de noche en el mar.

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Me acuerdo de sacar toda la ropa de la maleta y ordenarla en el armario cada vez que llego a un hotel.

Me acuerdo de un gol de vaselina de Rádchenko al Bilbao en el viejo San Mamés y de otro de Munitis al Madrid en el viejo Sardinero cuando el Racing le ganaba a cualquiera.

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Me acuerdo del día en que murió mi profesora de piano.

Me acuerdo de estar horas y horas haciendo tests para descubrir un posible «desorden mental», y de que días después me dieron una beca dadas mis «extraordinarias capacidades».

Me acuerdo de cuando pasaba el afilador con su bicicleta.

Me acuerdo de que siempre me ha parecido exagerada la manera que tienen de celebrar cada punto en el voleibol.

Me acuerdo de volverme casi loco del todo preparando Gaspard de la Nuit de Ravel y alguna que otra sonata de Scarlatti.

Me acuerdo de no entender los dobles sentidos en el colegio. Ni de adulto.

Me acuerdo de fotógrafos que me piden que sonría en las sesiones de fotos.

Me acuerdo de muchas cosas que no estoy seguro de si sucedieron o no.

Me acuerdo de que cuando escucho «You Can’t Always Get What You Want» quiero ir en bicicleta y tener un hermano mayor al que defender.

Me acuerdo de lo que me costó aprender a nadar.

Me acuerdo de la primera vez que me dieron un puñetazo en la cara, de la punzada de dolor en el cerebro y de que no sonó como suenan los puñetazos en las películas.

Me acuerdo de la máquina de coser Singer en la cocina de mi madre.

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Me acuerdo de estar en un escenario grande, con mucho volumen, teloneando a Robert Plant en Calais. Y de acabar esa noche tocando un piano de pared en un burdel.

Me acuerdo de las noches leyendo con una pequeña linterna bajo las sábanas.

Me acuerdo de que cuando perdí la virginidad sonaba «Down Under» de Men at Work y hacía frío.

Me acuerdo de que desde que tengo uso de razón suena en mi cabeza una música que no soy capaz de reproducir. Me gusta pensar que se detiene cuando me duermo, pero no estoy seguro, porque cuando sueño también suena. No tiene una tonalidad definida ni una melodía que recordar, ni ritmo, pero se mueve; va cambiando, y me acompaña en función de lo que esté sucediendo. Cuando estoy en el piano también está ahí y complementa lo que esté tocando. A veces es muy reconfortante, pero casi siempre es algo parecido a una sutil y constante tortura.

Me acuerdo de cuando no me gustaba el vino.

Me acuerdo del día en que casi pierdo dos dedos intentando desatascar una vieja cortacésped sin apagarla. Sí, ya lo sé… 

Me acuerdo de que perdí el conocimiento por el dolor, y que los guantes me salvaron los dedos.

Me acuerdo de un concierto de Ivo Pogorelich; tocó «Para Elisa» de Beethoven para terminar.

pablo amargo acuerdo

Me acuerdo del boxeo, de los entrenadores gritando, del dolor en los hombros, en los brazos, en el abdomen, en las piernas, en las manos, de vendarme muy fuerte porque quería ser pianista, del protector bucal, de la vaselina, de la sangre. Y de lo feliz que me sentía durante los tres minutos de cada asalto. Me acuerdo de que era feliz porque no tenía miedo.

Me acuerdo del primer concierto.

Me acuerdo de todos los conciertos.

Y, además, lo tengo apuntado todo.

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5 Comentarios

  1. Pues yo no recuerdo haber leído un artículo tan emocionante, entretenido y maravilloso en muchísimo tiempo. Coincido en algunas, o bastantes, cosas con lo escrito, como la de la exagerada celebración de cada punto en voleyball. Resumen: me ha encantado su artículo y se me han humedecido notablemente los ojos. Supongo que no le importará que lo comparta, si es que se puede. Tengo un amigo al que le va a encantar. Esta aprendiendo a tocar el piano. Algo toca .Enhorabuena y muchísimas gracias por este momentazo escrito. De corazón.

  2. Pues yo he olvidado.
    He olvidado el sabor de las comidas de mi abuela.
    He olvidado el olor del after-shave de mi tío, que me hizo de padre.
    He olvidado el aspecto pícaro de mi abuelo, cuando me enseñaba a jugar y a beber.
    He olvidado al amor de mi vida perdido y que juré no olvidar.
    Bueno, eso último casi lo he olvidado.
    He olvidado la emoción que sentí al oír cantar ópera por primera vez.
    He olvidado un montón de libros que siguen dentro de mí y soy incapaz de enumerar.
    He olvidado la forma de caminar de mi madre.
    He olvidado lo que sentí cuando supe que no iba a tener hijos.
    He olvidado el patio donde pasé la mayor parte de mi infancia.
    Y otras cosas que ni siquiera puedo enumerar.
    Pues nunca apunté nada.
    Elegí vivirlo todo.

  3. Qué buen artículo, señor! Deslumbrante y desgarrador. Habrá que agenciarse tal muestra de sabiduria al alcance de todos. Y vaya con los comentarios! Si en materia de literatura actuamos por resonancia o “simpatía” como algunos afirman, he aquí una prueba donde se manifiesta lo mejor. Lástima que Fco-mig me haya ganado de mano, puesto que mientras leía ya se me perfilaba un argumento especular como el suyo. De cualquier manera, creo que no lo podría haber hecho mejor. Estoy seguro…(por eso me siento un poco árido, despojado, justo hoy en que el dia prometía tanto. Me han sacado el recuerdo y el olvido. Tendré que conformarme con el presente y dejarme de elucubrar con el futuro…) Muchas gracias a todos.

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