
Antes de que un autor pueda ejercer sobre mí el poder de enseñarme el horror, tiene que ganarse mi confianza.
(Ursula K. Le Guin sobre José Saramago)
Dios no precisa del hombre para nada, salvo para ser Dios
—Dios ¿dónde está? Antiguamente se decía: «Está en el cielo», pero el cielo no existe.
José Saramago recorre en coche un paisaje volcánico y habla pausado, va soltando las frases mientras mira por la ventanilla con los brazos cruzados, es evidente que debe de haber un interlocutor detrás de la cámara, sin embargo, él parece conversar consigo mismo.
—No hay cielo. ¿Qué es eso de «el cielo»? Existe el espacio, los límites del universo se encuentran a trece mil setecientos millones de años luz —se abre entonces un silencio en el que da tiempo a que se dibuje en la cabeza del espectador el número trece mil setecientos millones; justo en ese punto, don José se vuelve y mira, ahora sí, directamente al objetivo de la cámara y repite:
—¡Años luz! ¿Dónde está Dios? Quien quiere creer, cree, y se acabó.
Quizá no sea tan grave negar a Dios como poner en duda sus motivos. Los creyentes siempre pueden justificar que se lo niegue por la ignorancia del que lo hace, sin embargo, cuestionarlo es un pecado de la soberbia y por ahí la doctrina cristiana, que tiene en la humildad uno de sus pilares fundamentales, no ha estado nunca dispuesta a dejar pasar ni una disidencia. En El Evangelio según Jesucristo, solo unos cuantos años antes, Saramago creó un cielo de ficción desde el que un Dios ficticio sonríe cuando ve por fin que aquel al que los hombres consideraban Mesías está siendo crucificado. Jesús de Nazaret se da cuenta entonces de que ha sido utilizado, que desde el principio ha sido llevado como una oveja al sacrificio y que su muerte será símbolo sobre el que se justificarán todo tipo de calamidades. En ese momento, las nubes se abren como el telón de un teatro y el Dios sonriente sentencia que aquel es su hijo, al que ama y aprueba, pero no lo salva del dolor y la humillación de morir como un delincuente. En el último suspiro, Jesús, desengañado, grita:
—Hombres, perdonadle porque él no sabe lo que hace.
En la Biblia, la cortina del templo se rasga en dos y la tierra tiembla en el momento en que el Mesías muere. En Portugal, El Evangelio según Jesucristo crea una polémica sin precedentes. Los católicos se sienten insultados y exigen una reparación, el gobierno, de un Estado oficialmente laico, veta la candidatura de José Saramago al Premio Europeo de Literatura. El escritor se va del país y se instala en Lanzarote, porque el mejor sitio para refugiarte cuando te persiguen las antorchas es en medio de los volcanes, sobre un suelo de cenizas.
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Cuánto se le echa en falta en estos tiempos. Qué inmensa pérdida, la suya.
Es fácil hablar sin saber así que pido perdón de atemano, pero soy del parecer que Lanzarote desnortó a Saramago. Si hubiera vuelto a Portugal tras unos años, creo humildemente, que hubiéramos disfrutado de alguna obra maestra más. Su estilo en portugués se resintió de su tiempo en España (al igual que la calidad de sus traducciones al español, pero ese es otro tema) y creo que desde la retaguardia se escribe con demasiada comodidad.
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