Traducción de Carlos Uxo y Juanma García-Ruiz

(English version here)
Cuando a principios de 1800 le preguntaron al gran químico Michael Faraday por el secreto de hacer ciencia, respondió: «trabajar, acabarlo, publicarlo». Hablaba el sensato sentido común de un humilde autodidacta, que pasó de ser un obrero a recibir (y rechazar) en su madurez la presidencia de la Royal Society.
Los extraordinarios experimentos de Faraday sobre el electromagnetismo son innumerables. Debido a su estatus, sus palabras son aún hoy día atesoradas por los científicos que seguramente las transmiten generación tras generación a innumerables jóvenes investigadores de postgrado. La visión de Faraday de la ciencia experimental sigue siendo de rigor en la actualidad: «No soy un poeta, pero si pensáis por vosotros mismos, como yo hago, los hechos crearán un poema en vuestras mentes».
Esa última cita insinúa que la ciencia puede ser una empresa etérea, algo más que un viaje cuyo único propósito sea descubrir. ¿Es la ciencia poesía? Por otra parte, la insistencia de Faraday en los «hechos» como materia de su poesía resulta para muchos tranquilizadora, volviendo a poner los pies en la tierra. La brevedad y la apelación subliminal al sentido común de ambas citas me parecen un sello distintivo de la ciencia británica. Veo una línea directa, por ejemplo, desde el sensato y práctico Faraday hasta (en mi opinión) el científico más británico de todos, el (¡neozelandés!) Ernest Rutherford, quien consideraba que toda ciencia era o física o filatelia, y quien calculó que las probabilidades de apostar contra la ciencia eran de 1012 frente a 1. Así que me sorprendió encontrar estas otras palabras de Rutherford…
Creo que se puede afirmar con rotundidad que el proceso de descubrimiento científico puede considerarse una forma de arte. Esto se aprecia mejor en los aspectos teóricos de la ciencia física. El teórico matemático construye paso a paso un edificio majestuoso sobre la base de ciertos supuestos y de acuerdo con reglas lógicas bien entendidas, mientras que su poder imaginativo pone de manifiesto las relaciones ocultas entre sus partes. Una teoría bien construida es, en algunos aspectos, una producción artística. Un buen ejemplo es la famosa teoría cinética de Maxwell. … La teoría de la relatividad de Einstein, al margen de cualquier cuestión sobre su validez, no puede dejar de ser considerada como una magnífica obra de arte.
Estas palabras pueden interpretarse como que la creatividad reside en la ciencia, al igual que en el arte. Esta afirmación no es una amenaza para la ciencia moderna, pero ¿qué pasaría si se tomara más literalmente? Para un científico con carné (incluido yo mismo) resulta algo sorprendente leer de nuevo las palabras de Rutherford… ¡«el descubrimiento científico puede considerarse una forma de arte»! ¿Es la ciencia un ámbito más de la práctica artística, junto a la escultura, el cine, etc.? Tal vez esta lectura sea exagerada; después de todo, Rutherford invoca explícitamente la noción de una progresión lógica hacia el «descubrimiento» científico, un credo implícito muy querido por muchos científicos en activo. Sin embargo, también admite la creación de teorías científicas como obras de arte puro, independientemente de su validez. ¡Uhm! ¿Los científicos «crean» en lugar de «descubrir»? Es más, ¿los artistas «descubren» o «crean»?
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Muy buena lectura, señor. Excelente. Se lo agradezco, y en especial modo por esas pocas palabras, casi escondidas diria, que denotan una relación de amistad y reconocimiento sincero y profundo, me refiero a esas de “como en tus cañas, hay una forma especial de soplar todo lo bueno”. Han sido un estímulo y me han traido recuerdos, también de amigos y sobre el, digamos más o menos mismo tema. La “voluminosidad” o no del mundo.
“Deja tus poliedros bidimensionales que son “incubos” en tres dimensiones, buen amigo, y refúgiate en la poesia, una manera de inconsciencia, de insensatez o extravio supongo. Magro consuelo diría, pues vivir en una realidad euclidiana inestable o en una onírica-poliédrica segura, al final no ayuda en nada. Pero por lo menos en los sueños no hay necesidad de las palabras que delimitan y ofenden el otro lenguaje del mundo.
Toma, ésto es para tí, un regalo que nada tiene de regio o real, es solo una forma de la pobreza necesaria como el soplar o el sentir. Ignoro si te gustarán así como son y ¡distintos! porque ahora, cuando me desprendo de aquello que fue mio, arrepentido diría pues no era único sino múltiplos, como esos nidos de inocentes avejas salvajes que no labran la miel y de pentágonos viven, desparramando con el zumbar el temor, la libertad y las ganas de vuelo sobre todas las buenas personas.