Lo sé

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Carrie Fisher, Peter Mayhew y Harrison Ford durante el rodaje de El Imperio contraataca. Imagen: Lucasfilm / Disney / MovieStillsDB.

—¿Qué, barbaridad, con cuál te quedas?— sus manos se frotaban untuosas, extendiendo la crema y la expectativa. Me clavaba los ojos pacientes y ribeteados de picardía.

—Ya lo sabes, abuela. El Imperio, pero esta también me gusta mucho.

En el televisor de tubo la imagen se congelaba en el mismo punto que tantas otras veces —el auditorio se deshace en aplausos hacia la pareja y el wookie, y el sinvergüenza mira de reojo a su compañero con el semblante salpicado de algo parecido a la vergüenza— justo antes de que la pantalla verde chillón expulse la cinta beta donde las letras «A New Hope. Parte dos» se han reducido a intuición.

—No. Que si Han o Luke, señorita.

Encendió la luz de la mesita y se quitó las gafas. Aún sonaban las trompetas.

Ustedes ya saben cuál es la respuesta. Y seguramente también están a punto de pasar página ante la perspectiva de otro flirteo nostálgico con Star Wars. Uno rebosante de anécdotas donde se deslice los años que tenía durante esa conversación, y lo trascendentales que fueron en mi geografía sentimental los viajes a una galaxia muy muy lejana. Temen incluso que mencione los bocadillos de Nocilla, con esa bruma de añoranza infantil de una novela de Stephen King en los ochenta. Y en el fondo, celebro que se lo malicien —aunque estén equivocados — porque significa que saben que hay pasiones que duran años y abarcan vidas. Entenderán entonces que, cuando uno pone los pies en ciertos territorios, coger el desvío personal es inevitable y quizás sobren las disculpas. Que aquí están, para los desapasionados a los que no les acogotaría la nostalgia si alguna vez alguien les pide escribir de Han Solo; capaces de ejecutar sin la emoción que asfixia a quien cree estar encajando palabras sobre su padre, novio, amigo y compañero. Así, todo a la vez. No sobre un héroe colectivo. Ni sobre un icono del space opera, la ciencia ficción, las aventuras, la sensualidad y paradigma de tantas otras cosas que, cuarenta años después de la imagen que ilustra este texto, bien conocen todos los que leen con ceja levantada. A esos no les hacen falta respuestas —¿que por qué Han Solo? No me jodas— así que solo me queda sembrarles una duda, que hasta ahora era de mi propiedad y se la cedo envenenada. Porque sí: es de las malas. 

Antes regresemos al salón. Allí estaba sentada la respuesta, entre nieta y abuela. La que yo esperaba que me requiriera, por pura lógica conversacional. La había dejado ahí porque hacía no mucho que había dado con ella y deseaba volver a usarla: «Me gusta más Han porque él se lo pasa mejor que Luke, que está siempre preocupado». Tan puerilmente obvia como para enmudecer al niño gritón que defendía en el recreo que la espada láser hacía vencedor a Skywalker en la batalla de la molonez. La putada fue que mi abuela nunca me lanzó ese «y por qué» al que yo esperaba con esa bola perfecta abrasándome el paladar. La putada fue que ni siquiera se quitó la despreocupación cuando se fue a por un Bitter Kas y volvió para agendarme la vida. Así, sin gravedad. «Y Han te va a gustar siempre, aunque no por las mismas razones. Pero no siempre vas a querer contármelo», dijo, lectora implacable de mis ganas de explicarme. Más que a vaticinio, su voz sonó lacónica y si acaso entonces hubiera sabido lo que es la mordacidad, habría vislumbrado una brizna de eso. 

Yo también sabía, o creía saber, que Han Solo me gustaría para siempre. Con toda la rotundidad temporal de esas siete letras. Ya saben, esa ansiosa certeza infantil, ese amor vehemente que no contempla bajo ningún escenario que al sumar años y atesorar decepciones, nos dejen de gustar las cosas que nos gustan. Pretendí no darle importancia al torbellino que se estaba formando en mi cabeza y me llevé a la cama la inquietud atribulada del resto de la frase de mi abuela. Y las dos estaban a la mañana siguiente esperándome, burlonas. 

No encaré ninguna. Por cobardía, pero también porque no hay cosa que irrite más a un crío que que le aplacen el conocimiento con uno de esos «lo entenderás cuando seas mayor». Ni tampoco nada más irresistible para un adulto que escuchar cómo van colocándose los engranajes de la cabeza de un niño, aceitándose y crujiendo. Así que me azuzó aún más: «Hay algo más que aún no has visto de Han Solo», anunció. «Y es lo más importante». Su satisfacción le hacía muecas a mi desconcierto. Quise hacerlo, pero no pregunté más. Durante años. 

Entonces —no exactamente entonces, hizo falta que me afloraran tetas y estupidez casi simultáneamente— llegaron las certezas y se quedaron algún tiempo. Sin que nada me alertara de que estaba promediando una frontera invisible, pasé de fantasear con que los brazos de Han Solo me elevaban del suelo para subirme a caballito sobre sus hombros, a anhelar el elevamiento a horcajadas sobre otra parte más meridional de su anatomía. Lo que antes era urgencia paternal —un progenitor aventurero que jamás te haría cepillarte los dientes porque con caries también se puede combatir al malvado Imperio Galáctico— había devenido en pulsión hormonal midicloriana y ruborizante. Confundí la explosión de la entrepierna con epifanía y creí comprender el vaticinio expresado por mi abuela años atrás. Efectivamente: que tu mirada se dirija ahora golosamente hacia el paquete de Han Solo no es el tipo de confesión que suele compartirse con quien ha amamantado a tu padre. Di el enigma por resuelto, presa como estaba de otro descubrimiento. No era solo un azoramiento ante el despertar sexual lo que me hacía mantener en secreto esta nueva y calentorra vertiente del hansolismo. Había algo más que me avergonzaba, que me irritaba increíblemente: el desprecio profundo que empezaba a causarme el piloto.

Ambos eran sentimientos parejos, que se retroalimentaban sin que pudiera poner remedio. Cuanto más ardoroso era el latigazo de su primera aparición —«Soy Solo, capitán del Halcón Milenario»— más me sublevaban sus andares chulescos, esa autosuficiencia tan arrebatadora como engreída. Me crispaba su carácter renegado de todo, su apagada indiferencia hacia las certezas que sostenían el universo de los demás, su cinismo, ese maldito rufián al que solo le interesa el botín. Y mientras chapoteaba en mi desagrado, su bellaquería inofensiva hacía mella, y me derrumbaba con la comicidad de sus comentarios justo a tiempo, su optimismo casi cerril, y esa línea perfecta de unos labios donde hacían equilibrio amor y odio. La sonrisa, asesinando de medio lado. «Te gusto porque soy un sinvergüenza», me retaba —sí, a mí— a través de la pantalla. Y me bullían las entrañas no sabiendo si quería destrozarle la maldita cara a puñetazos o lametones. Supongo que ahí empezó lo de morderme las uñas. Como por aquel entonces no estaba en posición de asumir que no hay pasión sin desprecio, elegí dejar de detestarme metiendo a Han en ese reservorio de cosas de: no-voy-a-permitir-que-me-gusten-porque-soy-demasiado-orgullosa. Allí te quedas, tipo duro, con el resto de mercachifles que creen saber cómo embelesarte con un par de ocurrencias y una autoconsciente sensualidad. Que la escaldada sea otra. 

Pero descartar a Han de un modo romántico festivo no equivalía a nada más que a descartarlo de un modo romántico festivo. El aprecio hacia el personaje permaneció, porque era algo que estaba antes de que yo existiera y que permanecerá cuando me vaya; así que solo hice diana en sus defectos. Y como una broma sin gracia alguna, eso iluminó sus virtudes. Porque sí, Han puede ser un canalla interesado —«quite a mercenary»—, un contrabandista de deje altanero y egomanía descontrolada, pero también es el tipo que querrías tener cerca ante cualquier circunstancia. Porque su aparente equidistancia es solo eso, aparente, y jamás dejaría al débil al amparo del cruel, por mucho que todo eso de la Fuerza le suene a milonga de tarotista barato. Ese rebelde renegado, ese canalla libérrimo, que se sumerge en una ventisca de nieve o en el estómago de un gusano por quien de verdad merece poner sus pelotas en riesgo. El que se asocia con la escoria para lograr el pan, pero se guarda su compromiso para quien cree luchar por una causa justa, aunque lleve la derrota estampada en la cara. El que, qué narices, dice «lo sé» para no hacer más amarga la tragedia de carbonita. Tanto tiempo aparentando que eres alguien de quien desconfiar, para acabar siendo depositario de todas las lealtades. Qué jodido lo de ser héroe, Han. 

Y qué jodida es la estupidez. La propia, digo. Porque no te pone alarmas para avisarte de que te estás pasando de lista, y que la enseñanza de tu abuela no era «no te cuelgues del canalla, que ya te veo venir», que fue lo que pensé durante mucho tiempo. Me pregunto qué habría pasado si, en lugar de pasarme el tramo final de su vida tratando de impresionarla, de no defraudar las engordadas expectativas que siempre tuvo en la niña que eligió a Han ad eternum y en la mujer que se prohibió decirles «te quiero» a los canallas, hubiera aprovechado el momento para reabrir la conversación que encabeza este texto. Aunque eso supusiera plantarme frente a ella tan ignorante como siempre me supe, y preguntar: «¿Qué era, abuela? ¿Qué era lo más importante?». 

Pero lo he entendido como he entendido casi todo en la vida: demasiado tarde. Demasiado tarde para que me vaya a festejar el logro de haber dado con la respuesta definitiva. O no, porque quizás tampoco acierte a la tercera. Puede que esto nunca fuera cosa tan profunda y somos mi nostalgia y yo empeñadas en revestirlo de una pretenciosidad que haría a mi abuela descojonarse en mi cara mientras dice: «¡Solo quería que supieras que Han disparó primero, intensa!». 

Pero me aferro a la teoría de la estupidez, y a mi respuesta. No creo que a ustedes les sirva. Porque llegó de una manera tan igualmente estúpida que solo puede merecerse ser cierta. Tirada en un aeropuerto, sin nada ya que leer, y comprándome una novela de Stephen King de los ochenta que podría recitar de memoria. Y allí estaba —o allí quise ver—, la enseñanza fundamental de mi abuela y de esa trilogía que me acompañará siempre. No en un libro de Mann, ni Chesterton como le habría gustado, sino justo después de una conversación cotidiana entre padre e hija.

—Mira, tú y yo estamos ahora sentados en mi butaca. ¿Tú crees que mañana la butaca seguirá aquí?

—Sí.

—Eso es la fe. Tener fe es creer que va a pasar lo que tú imaginas. ¿Comprendido?

—Sí —Ellie movió la cabeza, convencida.

—Pero ni tú ni yo sabemos si la butaca va a estar. Esta noche podría entrar en tu casa un ladrón de butacas y llevársela, ¿verdad?

Ellie ahogó la risa.

—Pero nosotros tenemos fe en que no ocurra eso. La fe es algo grande, y las personas auténticamente religiosas quisieran hacernos creer que la fe y la certidumbre son una misma cosa, pero yo no lo creo así.

Han Solo es esa fe, no la certidumbre. La fe en que, a pesar de todo, hay un destello de esperanza. Estúpida, si quieres. De esperanza en confiar en quien nos hace dudar, en quien da síntomas de no ser merecedor de seguridades pero que está hecho de esa materia impalpable de las ilusiones. La fe en que en ocasiones, la gente buena viste abrigos de prepotencia, de canallismo o de cualquier material que invisibiliza lo otro, lo importante. Porque resulta que sí, son decentes, como decían. Y eso, estúpida, es mucho más difícil que ser un héroe. A pocos les cuelga esa media sonrisa, pero entre el marasmo de planetas es probable que haya un par de seres —solo un par— que de una manera ridículamente inconsciente, te inoculan esperanza. Te inyectan ese mejunje directamente en el tallo encefálico y pueden, si te dejas, hacerte recuperar la única fe que puede sostenerse. La que no entiende de liturgias dominicales y conjuga a la perfección con el ateísmo feroz que me dejaste en herencia. La fe en la gente buena. ¿Era eso, abuela?.

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4 Comentarios

    • Coincido totalmente. Gracias por este artículo, Sra. Ayuso. Quienes teníamos 7 años cuando se estrenó La Guerra de las Galaxias en los cines españoles comprendemos la disyuntiva entre Luke y Han perfectamente. A esa edad, era muy difícil sustraerse a la fascinación por el sable láser (entonces la llamábamos espada de la luz, pero incorrectamente; en realidad es más bien una katana láser) y al manejo de la Fuerza, y a disponer de un maestro como Obi-Wan Kenobi, pero después, ya metido en la adolescencia, yo también preferí a Solo, si bien por razones diferentes a las suyas: al final, Solo se queda con la Princesa. De nuevo, gracias por su texto

  1. Gracias por el artículo, sólo leer el título y la autora me he tirado de cabeza a por él. “Entre el marasmo de planetas es probable que haya un par de seres —solo un par— que de una manera ridículamente inconsciente, te inoculan esperanza”. Yo creo que hay más de un par, y en este mismo planeta. E incluso cerca de cada uno de nosotros, si nos fijamos bien. Son la Alianza Rebelde. Gracias!

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