Ahmed Rashid: un burro cargado de poemas y una novia en Eslovenia

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Rashid
Guerrilleros baluches en algún lugar de las montañas de Afganistán. Foto: Karlos Zurutuza.

Ahmed les dice a sus padres que acompaña a su nueva novia a un rodaje en Eslovenia. Es actriz. La coartada funciona durante un año, hasta que su nombre aparece en una lista de busca y captura. El periodista más reconocido cuando se habla de Afganistán, el único capaz de convertir un libro sobre los talibanes en un bestseller fue una vez un joven guerrillero en el fin del mundo. Hablamos de Ahmed Rashid.

Nos lo va a contar todo desde la terraza de un bar junto a la Plaza Mayor de Madrid; allí nos espera leyendo en New York Times, un periódico en el que ha publicado infinidad de artículos y columnas de opinión. No hay cabecera internacional de prestigio que no cuente con él cuando se trata de Afganistán. Sin embargo, sus diez años de juventud en la guerrilla baluche conforman un episodio de su vida desconocido para muchos de los que le leen, y hasta los que le entrevistan. Se oye la armónica de un afilador a nuestra espalda cuando Rashid retrocede hasta el año 1968. Tiene veinte años y, como muchos hijos de la élite pakistaní, cursa estudios universitarios en Cambridge. Pero fuera de esa burbuja victoriana arden Vietnam y las calles de París, el Che no lleva muerto ni un año y Mao y Lenin siguen vivos en los corazones de una generación dispuesta a todo.

«Empecé a estudiar Filología Inglesa pero no dudé en matricularme en Ciencias Políticas en cuanto se abrió la facultad», recuerda Rashid. Son veinticinco como él, jóvenes cargados de posibles al alcance de poquísimos pero que beben de un caudal de literatura marxista prohibida en el Pakistán de entonces. Además, conocen mejor la realidad de su país gracias a la prensa británica porque en Pakistán nadie sabe nada, y menos aún de Pakistán Oriental, esa provincia desconectada del territorio y brutalmente castigada por Islamabad. Tras una sangrienta guerra, acabará convirtiéndose en un Estado soberano en 1971: Bangladesh.  

«Estábamos muy preocupados por aquello: aquel baño de sangre, aquel desastre… Había que hacer algo y una revista es lo primero que se nos ocurrió». Pakistan Zindabad («Larga vida a Pakistán») recogerá artículos sobre los derechos nacionales y de las minorías, la situación en Bangladesh y su explotación económica y otros tantos muy críticos con el Gobierno de Pakistán. Se distribuye entre la nutrida comunidad pakistaní de Londres, Manchester y Birmingham, pero un puñado de copias consigue circular entre círculos de la izquierda pakistaní, e incluso más lejos. Un ejemplar llega hasta las manos de Khair Bux Marri, el líder de un poderoso clan baluche. Este es un momento clave en esta historia, pero antes de seguir hay que explicar quienes son los baluches. 

Su tierra, Baluchistán, está hoy dividida por las fronteras de Irán, Afganistán y Pakistán, por lo que no hace falta decir que sufren la brutalidad de tres de los países más beligerantes del mundo. La mayoría vive en Pakistán, una entidad que apareció sobre el mapa tras la retirada de los británicos en 1947 y que celebra su independencia cada 14 de agosto. Los baluches lo hacen el 11 de ese mes, pero se trata de una fecha amarga. Disfrutaron de lo más parecido a un Estado propio que han tenido jamás durante ocho meses, hasta que este fue anexionado por la fuerza por Islamabad. Es una historia de manual: tras la retirada de las potencias coloniales, el pez grande siempre se come al pequeño, desde el Sahara Occidental hasta la pequeña isla de Papúa. 

En 1971, Marri envía a un tal Mohamed Bhaba —un baluche establecido en Sudáfrica y con fuertes vínculos con el Congreso Nacional Africano— a Londres para contactar Rashid y el resto. La oferta para los jóvenes es clara: si realmente buscan hacer la revolución y poner en práctica aquellas ideas plasmadas sobre el papel, Marri les hará un hueco en Baluchistán. Los universitarios se han concentrado tanto en la situación en Pakistán Oriental que apenas saben nada de lo que pasa en Baluchistán (realmente nadie lo sabe, ni siquiera hoy), pero deciden reunirse para valorar la invitación. Hay trato. Siete aceptan, pero dos de ellos se echan atrás en el último momento. Rashid hace su último examen y se larga sin molestarse en recoger la nota. «El rodaje de mi novia empieza ya y me esperan en Liubliana», les dice a sus padres. Incluso alguien les mandará cartas desde allí durante un año para que estén tranquilos, pero lo cierto es que el llamado «Grupo de Londres» ha enfilado hacia Karachi (sur de Pakistán). Desde allí, y a través de las montañas, accederán a las áreas tribales de los Marri.

Rashid
Talpur con los Marris en Kandahar. Foto: Coleccióm Mir Mohamed Al Talpur.

Ninguno de ellos habla el baluchi, ni tampoco el urdu sus anfitriones, por lo que la ayuda de un traductor será imprescindible hasta que aprendan el idioma. No tardan en hacerlo porque viven y en los campamentos que la guerrilla tiene levantados en la zona. «Allí lo aprendimos todo, desde medicina de emergencia hasta el manejo de armas, preparación de explosivos… Nosotros también aportábamos, nos habíamos tomado muy en serio lo del desarrollo social de los baluches y asistíamos no solo a combatientes sino también a civiles. Conseguimos hacer llegar medicamentos para gente que no los había probado en su vida; aquello tuvo un impacto enorme en la salud, mejoraban enseguida». Y había mucho más. A Rashid le brillan los ojos cuando habla de «aquel gran descubrimiento» a cargo de un lingüista baluche: ni más ni menos que un alfabeto para su lengua. «En solo seis semanas conseguíamos que gente pudiera leer y escribir textos sencillos. Era realmente emocionante porque, si bien se había escrito en baluche utilizando el alfabeto urdu (inspirado en el arábico), había que estar muy formado para hacerlo, y toda aquella gente era analfabeta», subraya Rashid tras su segundo café con leche de la mañana. 

Así pasa los dos primeros años: aprendiendo, asistiendo a enfermos y heridos, enseñando y leyendo. Falta de todo menos lectura porque los camaradas de Karachi y el resto de Pakistán no dejan de mandar libros que llegan a lomos de camellos. También se debate: mientras los Marris quieren recuperar su Estado independiente, los de Londres insisten en que punyabíes, baluches, pastunes sindis y el resto de los pueblos de Pakistán deben emanciparse juntos y de forma simultánea. Los baluches no lo entienden así, y menos aún que alguien entre sus filas defienda la preservación de Pakistán como país. «Discutíamos mucho, pero, a la vez, nos tomaban por profetas cuando comenzó la guerra de la que les habíamos avisado, aunque era de esperar». La escisión de Bangladesh llevó a Islamabad a establecer un cerco para evitar que la gangrena se extendiera hasta Baluchistán. Ya es 1973.

Rashid sabe de sobra cuánto se sufre caminado entre diez y quince horas diarias por montañas y pedregales sobre unos pies planos. De noche es mucho peor, y no solo porque sea miope. «Perdí el tímpano izquierdo en una explosión y, claro, mantener el equilibrio a oscuras me resultaba casi imposible, me caía constantemente». No será el mejor combatiente, pero sí un activo importantísimo: tiene una Olivetti con la que reporta lo que ve sobre papel cebolla, «ese que ocupa muy poco espacio una vez enrollado y te puedes comer en caso de apuro». Aquellas notas llegan al mundo a través de Jebel, una revista que se publica de forma clandestina en Karachi y se distribuye al resto del país entre los círculos de izquierda. No es el único que escribe; de hecho, cuatro de entre el quinteto de Londres acabarán convirtiéndose en periodistas.

Rashid escribe entre marchas a pie interminables y bajo una dieta a base de pan y alguna cebolla, o pimiento, o manzana que les ofrezcan los lugareños. Transporta su Olivetti un burro que también carga con sus diarios y sus poemas, pero una nueva ofensiva del ejército les hará correr por sus vidas. «Capturaron al animal y con él se perdió todo lo que llevaba, incluidos cincuenta poemas. Me dolió mucho. Probablemente descubrieron así que había alguien entre los baluches que hablaba inglés», dice Rashid. En cuanto a sus padres, hace tiempo que encontraron el nombre de su hijo en aquella lista de «traidores a la República Islámica de Pakistán». La ofensiva de Islamabad es inmisericorde. En una entrevista, Assad Rehman —otro de los cinco de Londres— decía recordar «de forma muy vívida» cómo se secuestraba a las mujeres, muchas de las cuales acababan como esclavas sexuales de la tropa, y cómo se arrojaba a los hombres desde helicópteros (esto sigue ocurriendo a día de hoy). Algunos de aquellos aparatos eran un regalo de la vecina Irán, quién también temía que la insurrección acabara por sacudir el avispero baluche en su provincia suroriental. 

Era una batalla desigual entre decenas de miles de soldados y en torno a cinco mil guerrilleros. Uno de estos últimos era Mohamed Ali Talpur, un joven llegado de la vecina provincia de Sind que también se había unido al maquis baluche en 1971, poco después de licenciarse en Periodismo. «Siempre me han incluido en el grupo de Londres pero lo cierto es que no conocía a ninguno de ellos hasta que me los encontré en las montañas. Ni siquiera he estado en Londres», dice Talpur por teléfono desde Karachi. Tras pasar una temporada en un hospital en el que trabajaba un familiar suyo, el activista decidió que podía poner aquellos conocimientos básicos de medicina al servicio de la revolución. También recuerda los diarios perdidos de Rashid. «Ahmed tenía una letra atroz. Siempre bromeábamos diciéndole que le buscaban para descifrar aquellos manuscritos». Fue esa misma ofensiva la que parte el grupo en dos. Tras una travesía inenarrable, Talpur y Rashid consiguen llegar a Sind, donde se ocultan en zonas rurales.   

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Foto de grupo en una de esas escuelas levantadas para los niños Marri. Foto: Colección Mir Mohamed Ali Talpur.

Fotografías y poemas

Más que músculo militar, la principal aportación del Grupo de Londres fue la de traducir sobre el terreno todas las tácticas de insurgencia que habían extraído de los libros del Che Guevara o el genera norvietnamita Vo Nguyen Gia, entre otros. No se podía combatir al ejército pakistaní de una forma convencional por lo que la guerra de guerrillas era la única opción. Duró hasta 1977, año en el que el general Muhammad Zia ul Haq declaró la ley marcial antes de convertirse en el sexto presidente de Pakistán. Si bien se decretó una amnistía para los líderes baluches y sus súbditos, el Grupo de Londres se volvería a juntar Afganistán, donde ayudarían a organizar los campos de refugiados para los miles de Marris que habían huido de los ataques indiscriminados contra civiles. Como había ocurrido durante la guerra de Pakistán Oriental años atrás, el resto del país no tenía ni idea de lo que había ocurrido en Baluchistán. Hablamos de una de las páginas más oscuras en la historia de Pakistán. 

Decenas de miles de refugiados fueron bienvenidos por unos vecinos afganos que empatizaban con su dolor, pero también por el Gobierno comunista en Kabul. «Habíamos instalado varios campamentos en Kandahar y Helmand, pero no sabíamos que iban a hacer los rusos cuando llegaran. No éramos prosoviéticos, creíamos en un marxismo más experimental en el que el nacionalismo tenía un hueco», recuerda Rashid. Mientras él y los líderes baluches media con los rusos en Kabul, Talpur se dedica en cuerpo y alma a la enseñanza de los niños baluches en precarias escuelas levantadas en aquellos campamentos. Finalmente, Moscú los deja estar, pero no será suficiente. La entrada de los rusos en Afganistán en el 79 contribuirá a aumentar la ya ingente cantidad de dinero y suministros que llegaban a Pakistán desde Estados Unidos: está en juego la batalla final de la Guerra Fría, y un pueblo del que nadie ha oído hablar no es una prioridad para Washington. Afganistán se sumerge en un caos que también acabará arrastrando a los refugiados baluches.

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Con los rusos en el sur de Afganistán. Foto: Coleccióm Mir Mohamed Al Talpur.

Tras diez años en la clandestinidad, vapuleado por la malaria, la hepatitis y, sobre todo, por el agotamiento, Rashid vuelve a casa. Talpur lo hará en 1991, tras pasar veinte años entre los Marris. Nos manda fotos de aquello. Es fácil reconocerle: busquen al más alto entre hombres tocados con turbantes exagerados y calzados con esas sandalias con las que trepan por los riscos como cabras. Posan orgullosos con sus rifles de asalto o comparten tazas de té con soldados rusos en vísperas de que estos se vuelvan a casa, ya para siempre. A sus setenta y cinco años, Talpur dice que sigue vinculado al movimiento, principalmente escribiendo artículos y columnas de opinión pese a las múltiples presiones por parte del Gobierno pakistaní. Baluchistán apenas ha cambiado. Sigue siendo la provincia más grande del país, pero también la más despoblada; la que tiene las tasas más altas de analfabetismo y mortalidad infantil; la más castigada por la violencia; la más rica en recursos pero también esa en la que se cocina con estiércol de camello sobre una enorme reserva de gas. Es la miseria más atroz.

Rashid conserva cuarenta y un poemas escritos entonces y que no se llevó aquel burro. Planea publicarlos el próximo otoño, pero, si quiero, les puedo echar un vistazo. Claro. Más allá de su valor literario (me atrevo a decir que lo tiene), es un testimonio único de un capítulo de la historia apenas contado que nos llega de la pluma de un veinteañero perdido en las montañas. Está hambriento, agotado y quizá enfermo, pero no se rinde. Elegimos una de esas estrofas para acabar esta historia:

Mientras se limpian rifles y se escriben poemas,

Incluso hasta aquí, no demasiado a menudo,

Atravesando los caminos más intrincados del mundo,

Por avión, camión, autobús o una larga marcha a pie,

Llega una carta de alguien que amo.

Rashid
Ahmed Rashid en su última visita a Madrid. Foto: Karlos Zurutuza.

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