«¡Yo acuso!» El caso Dreyfus y el big bang del periodismo moderno (y III)

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zola dreyfus
El ultraje de Zola, tela al óleo de Henry de Groux, 1898. (DP)

(Viene de la segunda parte)

El juicio contra Émile Zola fue, como los anteriores, un despropósito. El abogado del escritor, Fernand Labori, mantuvo tensos intercambios con un tribunal que saboteaba cada una de sus maniobras y ponía toda clase de problemas para la intervención de los numerosos testigos de la defensa. Apenas empezado el juicio, cualquier esperanza de que Zola fuese absuelto quedó rápidamente disipada. Ante esto y el creciente ambiente de agresividad que rodeaba el proceso, los amigos de Zola insistían en que saliera del país para evitar la cárcel en caso de ser condenado, o un atentado en caso de ser absuelto. Con el juicio todavía en marcha, el escritor terminó haciendo caso y embarcó hacia el Reino Unido.

«¡Yo acuso!» consiguió atraer la atención internacional y estaba destinado a influir decisivamente sobre el desarrollo del caso Dreyfus, pero tuvo también inesperados efectos negativos que deprimieron a Zola. Durante los dos meses siguientes a la publicación, setenta localidades francesas sufrieron disturbios, o más bien pogromos racistas en los que se agredía a ciudadanos judíos y se encendían hogueras usando ejemplares del periódico L’Aurore. Los disturbios estuvieron dirigidos, o cuanto menos instigados, por organizaciones nacionalistas que empapelaron las calles con carteles antisemitas. El lado negativo del poder de la prensa quedó también demostrado por la influencia que ciertos titulares falaces del extranjero tenían en la propia Francia. Cuando un periódico sensacionalista inglés publicó la noticia de que Alfred Dreyfus había intentado fugarse de la isla del Diablo, la historia llegó a Francia, cruzó el Atlántico hasta la Guayana y llegó a oídos de los carceleros de Dreyfus, quienes decidieron encadenarlo al camastro de su cabaña, pese a que Dreyfus nunca había intentado fugarse. De hecho, Dreyfus no solo estaba demasiado débil como para pensar en escapar, sino que desconocía todo lo que estaba sucediendo en la Francia continental. No había oído hablar del movimiento dreyfusista ni de que el mismísimo Zola había intervenido en su favor con tanta vehemencia, así que su encadenamiento fue una desagradable sorpresa más.

El papel de la prensa fue denostado no solo por Dreyfus, sino por algunos periodistas franceses que, aunque parezca chocante, denunciaban ellos abusos que los periódicos estaban haciendo de su recién descubierto poder. En octubre de 1899, el periodista francés de origen checo Henri Blowitz, que ahora residía en los Estados Unidos, publicó en la revista The North American Review un análisis titulado «La prensa francesa y el caso Dreyfus», y estas eran algunas de sus impresiones:

La caída del imperio rápidamente cambió las maneras y el espíritu de la prensa. (…) En los últimos veinticinco años, un único diario ha sido castigado con una multa. Fue el diario que acusó a M. Challemel Lacour [presidente del Senado] de haber hecho trampa jugando a los naipes. En general, como espectáculo, el periodismo malicioso puede mantenerte atado de pies y manos para desdén de la humanidad. Hombres, mujeres, niños, incluso los ancestros de cada cual son puestos con absoluta impunidad en manos de la prensa, y no existe suficiente compensación judicial. (…) La persona difamada está obligada a citar al periódico que la ha atacado a una vista preliminar antes del juicio, y aquellos individuos cuya profesión no obliga a entrar en semejante lucha, casi siempre dudan si presentarse a esa vista preliminar. Varios días antes de que empiece el juicio propiamente dicho, el periódico acusado publica la lista de los miembros del jurado. Así, cuando el difamado ya aterrado por lo solemne del entorno aparece en el tribunal, el diario aterroriza también al jurado que ha de dictar sentencia. Así que es muy raro que una persona privada inicie semejante combate. Aún más raro es ver un juez que se atreva a desafiar a un periódico para defender a un ciudadano. (…) Durante el juicio de Zola, el infortunado jurado tuvo que deliberar en mitad de pasiones encendidas y bajo las amenazas de periódicos que acusaban a sus integrantes de traicionar a la patria. El jurado terminó pronunciando la pena más alta para Zola, cuando, unos meses después, quedó probado que Zola había sido simplemente un testigo y casi podría decirse que un profeta.

Además de la internacionalización del caso, la grana portación del «¡Yo acuso!» consistió en la presentación compacta y transparente de la información más pertinente en torno al caso. Hasta entonces había imperado el ruido de una discusión confusa e interminable, y para un francés común había sido difícil componerse un esquema claro de los acontecimientos. Aunque las reformas educativas habían elevado los niveles de alfabetización muy por encima del promedio europeo, muchos ciudadanos recibían sus informaciones de oídas o de periódicos locales que respondían, por lo general, a intereses partidistas. Fue Zola quien presentó ese esquema; quien quisiera saber qué había ocurrido en el caso Dreyfus, encontraría en «¡Yo acuso!» la explicación más clara, transparente y concisa. Pese a los numerosos ataques que recibió Zola, nadie fue capaz de desmentirlo presentando un relato alternativo que tuviese lógica, así que la neblina del embarullado juicio paralelo empezó a disiparse.

Las consecuencias no tardaron en producirse. Conspiradores que habían recibido el visto bueno de la cúpula militar empezaron a ser investigados, y ahora en serio. Por ejemplo, fueron descubiertas las manipulaciones del oficial de contrainteligencia Hubert Joseph Henry, que tiempo atrás había falsificado dos de los documentos que habían ayudado a inculpar a Dreyfus. Fue detenido e interrogado; durante una hora, creyendo quizá que la cúpula militar aún lo estaba protegiendo, Henry negó las acusaciones. Sin embargo, al darse cuenta de que estaba solo, terminó confesando y fue encarcelado. Poco después se suicidó en su celda, desangrado tras haberse provocado una herida en el cuello. Estos descubrimientos empezaron a sucederse y el castillo de naipes del caso Dreyfus se tambaleó por primera vez en años. El Tribunal Supremo francés anuló el consejo de guerra que había condenado a Dreyfus a cadena perpetua, y ordenó que se repitiese el juicio en otro tribunal militar. Fue entonces cuando Dreyfus, atónito, supo por fin todo lo que había estado sucediendo en su país mientras el sobrevivía como podía en la infernal isla del Diablo.

La cúpula militar no iba a rendirse tan fácilmente, sin embargo. Aunque Dreyfus fue devuelto a Francia, se lo mantuvo encerrado en la cárcel militar de Rennes a la espera del nuevo juicio, pese a que técnicamente ya no pesaba condena alguna sobre él. Durante un mes, Dreyfus estuvo en su celda hablando con sus abogados y estudiándose muchos detalles, para él hasta entonces desconocidos, de su propio caso. Por cierto, un cambio gubernamental permitió el retorno de Zola, a quien ya no se atrevieron a enviar a prisión. Zola colaboró como pudo con la defensa jurídica de Dreyfus.

El 7 de agosto de 1899 comenzó en Rennes el segundo consejo de guerra contra Dreyfus. La tensión era tal que las autoridades decretaron el estado de sitio para toda la ciudad. Y no exageraban con la medida. El abogado de Zola fue tiroteado por la espalda en los alrededores del tribunal, aunque sobrevivió y, con el tiempo, pudo reanudar su trabajo. El primer día del juicio, Alfred Dreyfus acudió al tribunal, lo cual era un momento histórico que tenía a los franceses en vilo. El hombre que había centrado la discusión política francesa apareció en público por primera vez en varios años. Su aspecto produjo conmoción entre los presentes, pues era evidente que aquel hombre demacrado había atravesado por un infierno y no se parecía a las imágenes que se habían popularizado por todo el país.

El sector conservador del ejército seguía resistiéndose a admitir sus errores. Los testimonios que varios altos mandos dieron ante el tribunal parecieron increíbles. Como contraste, aquel Dreyfus que parecía enfermo sorprendió a todos los presentes cuando demostró que se había familiarizado con los papeles del caso hasta el punto de mostrar un completo dominio de la situación. Aun así, el consejo de guerra demostró una vez más que no servía para impartir justicia, sino para defender los intereses de la cúpula militar. Dreyfus fue nuevamente condenado por espionaje pese a la total ausencia de pruebas convincentes, aunque esta vez el tribunal citó «atenuantes» para tratar de contemporizar con la opinión pública. Dreyfus fue sentenciado a diez años de prisión. Como de costumbre, recibió el castigo con la cabeza alta y reafirmando su inocencia.

Esta vez, sin embargo, la idea de enviar a Dreyfus a la cárcel tenía implicaciones que un lustro atrás no había tenido. Ahora, el mundo estaba pendiente del destino de Dreyfus, y su encarcelamiento podría convertirse en un motivo de escarnio internacional para Francia. De hecho, esta nueva condena constituyó un escándalo en el extranjero. Muchas figuras foráneas denostaron públicamente a las autoridades francesas; uno de los ejemplos más célebres es del compositor noruego Edvarg Grieg, quien se negó a acudir a su programada gira por el país galo. Mantener a Dreyfus entre rejas proyectaba una pésima imagen, así que la cúpula militar tenía preparada una solución «de compromiso» con la que, sin tener que absolver a Dreyfus, se evitase la vergüenza internacional de devolver a prisión a un hombre al que ya casi todo el mundo consideraba inocente. Dreyfus recibió una oferta: si aceptaba declararse culpable, recibiría el perdón y no entraría en la cárcel. Con ese acuerdo su nombre quedaría oficialmente mancillado, pero sería libre en la práctica. Dreyfus, ansioso por reunirse con su familia y creyendo, quizá no sin razón, que moriría pronto si volvía a ser enviado al trópico, aceptó.

El acuerdo sirvió para que la tensión social y política acumulada durante años empezase a decaer (aunque, como vamos a ver, ni mucho menos desapareció del todo). Muchos franceses pensaron que la solución pactada, si bien imperfecta, proporcionaba una salida satisfactoria al problema. Ya casi nadie creía sinceramente en la culpabilidad de Dreyfus —otra cosa era lo que algunos dijesen en público para seguir defendiendo ideas nacionalistas o antisemitas—, así que verlo fuera de la cárcel parecía, si no un acto de justicia plena, sí un aceptable sucedáneo de la misma.

Émile Zola murió poco después, en 1902, al inhalar monóxido de carbono tras quedarse dormido junto a la chimenea. Lo extraño del accidente produjo rumores sobre un posible asesinato, pero la investigación no sacó nada en claro. Mucho después, en 1953, el diario Libération publicó la supuesta confesión de un deshollinador antidreyfusista que en 1927, en su lecho de muerte, se había declarado culpable del crimen, describiendo cómo había bloqueado la chimenea de Zola para provocarle la asfixia. A día de hoy, ya no hay manera de comprobar si esa historia es cierta aunque, de serlo, tampoco resultaría extraño porque, aunque el caso Dreyfus había dejado de ocupar las portadas, quedaron heridas abiertas.

Alfred Dreyfus fue por fin reconocido inocente y rehabilitado en su grado militar en 1906, pero aún quedaban grupúsculos nacionalistas que albergaban serios rencores. Durante la ceremonia de traslado de las cenizas de Émile Zola a un nuevo panteón, Dreyfus sufrió un atentado: fue tiroteado y herido en el brazo, aunque se recuperó pronto. Pocos años después, el antiguo «traidor» llegaría a participar como artillero en la I Guerra Mundial, combatiendo contra los alemanes en la batalla de Verdun, y siendo posteriormente condecorado.

El «¡Yo acuso!» no solo había traspasado fronteras, sino que terminó convirtiéndose en la pieza periodística más influyente durante, al menos, los siguientes setenta años. No hubo un trabajo en prensa escrita que alcanzase semejante magnitud como referente de la profesión hasta 1972, cuando el Washington Post empezó a publicar las investigaciones de Carl Bernstein y Bob Woodward sobre el caso Watergate. Durante buena parte del siglo XX, muchos periodistas y escritores tomaron el texto de Zola como modelo para determinadas denuncias, en ocasiones incluso utilizando el «¡Yo acuso!» del título como fórmula. Aunque, quizá, el ejemplo de Zola es tan digno de recuerdo como lo son los contraejemplos de los excesos cometidos por su prensa contemporánea, lastrada por el sectarismo y la manipulación.

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