Gastronomía

La lata y la botella

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Niko Pirosmani. Letrero: Cold Beer

Los sumerios, de acuerdo. Unos tipos que escribían en cachos de barro, se ataviaban con vestidos largos y llevaban barbas de hipsters. Con aportaciones culturales tan importantes como dejar escrita la primera receta de cerveza en arcilla seca. Un poco de cebada, bastante agua, unos trozos de pan, y a esperar. ¿El sabor? Acorde al de la primera civilización que creyó en los diablos. Y en cuanto a los que les siguieron. Hammurabi el babilonio escribiendo en su código que cada ciudadano debía tener una cerveza al día, por ley. Los egipcios, sin ir tan lejos, muy aficionados también, la incluían en el salario de los constructores de pirámides. Pero en lo que coincidían los tres era en no filtrar aquel caldo, que era sobre todo una sopa. Con cuantas más cosas dentro, mejor. Como en una paella extranjera, arroz con cosas. El pan de los sumerios, los granos de cebada germinados, y cualquiera de los componentes de las veinte recetas babilónicas. Donde lo mismo podía llevar queso, aceite de oliva, marihuana o semillas de adormidera -opio-. Así que pongamos orden de una vez. La historia de la cerveza no es una historia milenaria, ni de monjes en monasterios medievales. Aquello no era cerveza, no en el sentido gastronómico, solo lo llamaban así. La bebida empezó a ser la que conocemos cuando pudimos elegir entre grifo, lata o botella. La historia moderna de la cerveza es una historia de envases.

Y de explosiones. La Revolución Industrial tardó cien años en idear el modo de meter cerveza en una botella de vidrio y que el anhídrido carbónico no la hiciera explotar. Mientras tanto se resignaron a seguir usando barriles, y sirviéndola de grifo en bares, tabernas y pubs. Los fabricantes aspiraban a aumentar su consumo introduciéndola  además en la despensa de las casas, junto al ya implantando vino. Esperaron un siglo, hasta que a un ingeniero industrial se le ocurrió que si añadían al cuerpo de la botella un cuello lo suficientemente largo, la presión se equilibraría, evitando los reventones. Hoy ya hace mucho tiempo que el cuello largo no es necesario, los métodos modernos de fabricación permiten cualquier forma, y si la tradición continúa es por estética. También es el motivo por el que podemos seguir agarrando un botellín de cerveza por el cuello, además de por el cuerpo.

Hablando de vidrio moderno, aquí en España la cerveza solo comenzó a beberse masivamente en los años ochenta. Fue el momento en que se popularizaron los botijos. No los cacharros de barro blanco que mantenían el agua fresca antes de las neveras. Botijo era el nombre castizo para el clásico botellín de cerveza, achaparrado y de cuello corto, un apelativo que compartieron marcas competidoras como Damn o Mahou, entre otras. Chato y barrigón, aguantaba la presión sin problema. Pero si se habían desmarcado de la botella estilizada de la tradición cervecera era sobre todo por una cuestión de espacio. Aquellos botijos tenían el tamaño idóneo para nuestros achaparrados camiones, y para la menor altura de los techos en almacenes y bares. Para un país, en fin, cuya automoción y arquitectura no se había adaptado aún al estándar de medidas internacionales.

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5 comentarios

  1. Me encantan estos artículos de Jotdown en lo que aprendes tantísimas cosas de una tacada. Enhorabuena.

  2. Las artesanales son buenísimas, Don Martín, lástima que cuesten tanto. Me ha hecho recordar a Asterix y Obelix cuando se reunían con su “primos” galos, supongo que en la Galicia de hoy y de siempre. Brindaban con hectolitros de “cervogia”. Y a eructar se ha dicho junto a otras exhalaciones. Lo primero que hago cuando piso suelo catalán, es tomarme una Estrella bien tirada. Un gusto leerlo.

  3. Yo diría que es al revés, cerveza era la de antes y la cosa moderna e industrial una burda imitación. Por suerte estamos volviendo al orígen, en todo sentido no sólo en las cervezas. Comer un pollo criado en granja no tiene ni por casualidad la calidad y el sabor de los pollos industriales a granel. Lo mismo las verduras, frutas, cerveza, sidra y lo que quieran. La tecnología lo podrá contra todo menos con la calidad y el sabor. El marketing no puede engañar a las millones de papilas gustativas y receptores olfatorios. Tampoco ningún ingeniero industrial. Claro, lo bueno es escaso y costoso. Pero todo no se puede. Y siempre se puede recurrir al «hágalo usted mismo» Tampoco es ninguna ciencia hacer cerveza, hay Miles de tutoriales muy fáciles en internet y les aseguro que con un minimo de paciencia y dedicación de sale mucho más rica que la cerveza de mentira.

  4. Lux Interior

    Sigo sin comprender como puede tener tantas ventas ese pis de gato que es la Heineken.

  5. Yon Schneider Dominguez Palacios

    Me sorprende la animadversión que existe hacia la Cruzcampo en general, sobre todo en el centro de España.
    Realmente hasta en una prueba entre amigos, la mayoría no supo luego distonguir una San Miguel de una Cruzcampo en sabor y adivinar la marca.
    No sé si es fruto de la casualidad o qué, pero yo humildemente creo que los sabores de las marcas industriales son muy parecidos, al menos las embotelladas. Tal vez en grifo la calidad se aprecie más.
    Tan solo especulo, no tengo una opinión formada y ni mucho menos experta al respecto, pero el caso de Cruzcampo me llama mucho la atención, sé que está muy distribuida en el sur.
    Salud y birra para todos. En este pais la vida se celebra con unas cañas.

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