El fuego sagrado del ajedrez

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Todos los mundos el mundo, una imaginada memoria de la odisea del ajedrez
Todos los mundos el mundo, una imaginada memoria de la odisea del ajedrez, de Diego Rasskin Gutman. (West Indies Publishing Company, España, 2021).

Todos los mundos el mundo es el último trabajo de Diego Rasskin Gutman, atractivo título que remite al Julio Cortázar de Todos los fuegos el fuego. Y está bien que sea así. Bien pueden confluir juegos: el ajedrez de uno, la rayuela de la novela del otro. En cualquier caso, experiencias de una vida que puede ser interpretada desde su profundo sentido lúdico.

Hay un origen y una evolución. En la rayuela, de recorrido por momentos oblicuo, mas siempre hacia adelante, conduciéndonos a un cielo que se nos promete beatífico. En el ajedrez, la propuesta de Rasskin es ir todo lo que se pueda hacia atrás, para proyectarse y entenderse.

Estilísticamente, nos propone reflexiones poéticas en versos libres, identificando a cada capítulo con letras del alfabeto hebreo, comenzando por la de álef. Ese es el principio de todo, no solo el que permite construir un lenguaje con el cual comunicarnos sino, como Borges concibiera en su relato homónimo, implicando el todo mismo.

Rasskin se embarca en una búsqueda necesaria. Atravesado por sus raíces judías, origen nacional argentino y destino español, con esa sed universal con la que abraza la literatura y la ciencia, procura bucear en sus elementos personales constitutivos. Como recurso narrativo y emocional, no halla mejor artilugio que embarcarse en esa exploración desde la literatura y el ajedrez.

El ajedrez con esa llama que siempre estará encendida, la que mantiene viva al más metafórico de los pasatiempos. Y recordemos que el propio Rasskin es autor del delicioso ensayo de divulgación Metáforas de ajedrez (Editorial La casa del ajedrez, Madrid, 2005), donde supo discurrir sobre la mente humana y la inteligencia artificial a partir de sus reflexiones sobre el juego. 

Ahora estamos en presencia de «una imaginada memoria de la odisea del ajedrez», subtítulo preciso de la obra. Una idea fuerte: el ajedrez como odisea. Podría creerse que, en tanto aventura épica, al ajedrez siempre hay que regresar después de abordarse todas las vicisitudes que nos proponga la vida.

Una magnífica y sugestiva ilustración nos pone de inmediato en el contexto iniciático, y nos convoca al misterio. Se muestra una caravana de hombres montados a camello, que evoca otra: la que partió desde un reino noroccidental del subcontinente indio, en el siglo VI, teniendo como destino la magnífica Ctesifonte, llevando objetos valiosos buscando congraciarse con el rey sasánida, a quien se consideraba que tenía alma inmortal.

Entre ellos, desde luego, habría de relucir un juego ignoto para los persas, disputado sobre un tablero de sesenta y cuatro escaques, con treinta y dos piezas de esmeralda y rubí, en tallas que representaban las cuatro fuerzas de la batalla. Esa que tal vez se evitaba concretar proponiéndose, en cambio, sublimar las pasiones, valido de un pasatiempo que desde la cultura persa luego se irradiaría por el mundo entero.

Ese juego viajero tenía un origen algo difuso. Se cree que su creación se dio sobre la ruta de la seda con hito inicial en el lejano oriente. En ella se forjará la actividad de comercio y, casi sin proponérselo, se transmitirán valores y representaciones de las respectivas civilizaciones que buscaban conocerse. 

Conforme la teoría más asequible, y tal vez la única que nos resulta digna (ya que se basa en la confluencia de las culturas y no en los fatuos nacionalismos), en ese tránsito habrían de confluir otros juegos: el ashtāpada indio; el liubo de los chinos y hasta el petteia que el magno Alejandro llevó en su excursión desde el mundo griego. Así surgirá el ajedrez, ese que le permitió a Rasskin bucear en su propia historia y en sus raíces.

Aquel ashtāpada sería juego y tablero. En este carácter sería modélico para el diseño de urbes que pretendían fueran perfectas y permitirá en China conectar a sus sesenta y cuatro escaques con los hexagramas del I-Ching. Y se podía usar para aplicarse técnicas de sortilegio e, incluso, para que el hijo del dios Dharma, Yudhishtira, usara el tablero para arrojar los dados apostando su reino, esposa y hermanos, para solo obtener un destierro que, no obstante, será su definitiva escuela de vida, conforme la épica del Mahābhārata.

Al bucearse en el ajedrez, todo conduce a lo más sublime, a lo más profundo, a lo más ancestral. Aquella práctica iría evolucionando y transmitiéndose por el mundo entero. En ese tránsito el autor nos propone una lectura algo olvidada: la del rol de los mercaderes hebraicos que lo pudieron hacer arribar a Europa, con lo que habría que revisar el peso casi exclusivo que se le ha dado a la fuerza poderosa de la invasión musulmana, esa que introdujo el shatranj, particularmente en el califato que tendrá por sede la bella ciudad de Córdoba. 

Ese será parte de su hilo conductor el que, como el de Ariadna, le permitirá embarcarse en aquella odisea humana singular, con la que procurará, ¡y vaya que conseguirá!, abrazar la experiencia judía (con su historia de persecuciones, con un ajedrez que tal vez le sirvió de consuelo y siempre de compañía) y, con ella, la del mundo. 

Con profundidad conceptual, y preciosa poesía, Rasskin nos conduce al camino. Uno de los capítulos tiene un título prodigioso que, a la vez, es una petición de principio y un sino: «El juego que mira al universo». Un juego que es universo mira otro. Diálogo entre iguales.

En el tránsito por el desierto, las aguas del Éufrates y las montañas del Cáucaso, habrá bellas evocaciones del caminante, como la de «perdiste la patria para encontrar el mundo». Otra para el corazón: «no te fuiste nunca de Jerusalén», siempre con una alforja en la que relucía un «tablero dorado de ocho filas y ocho columnas». El dorado de la prosperidad y de un sol que día a día nos invita a reemprender el camino.

Se sigue el recorrido: la caravana y la gente de todos lados, de diversas culturas, adorando diferentes dioses. Persas, con sus aves fantásticas (el ruk era una pieza de uno de los ajedreces compilados por Alfonso X el Sabio). Mongoles, esos que con Tamerlán darán otro ajedrez de tamaño tan gigantesco como las ambiciones de su líder. Hindúes (ya vendrá Buda y reconfigurará la concepción de qué significa ser indio) y chinos, con su poderío civilizatorio impar. Entre todos ellos, y muchos otros pueblos, uno que le es tan caro al Rasskin en busca de sus raíces: el integrado por quienes provenían de Palestina. 

En todos ellos siempre el único y común ajedrez, ese que se comparte y evoluciona. El que pudo haber surgido en tierras sincréticas, las de Bactria, o las del Imperio kushán, por lo que una de sus expresiones arqueológicas más antiguas son las piezas que se hallaron en las cercanías de Samarcanda. Un ajedrez que, como bien dijo Stefan Zweig «…pertenece a todos los pueblos y a todas las épocas y nadie puede saber de él qué divinidad lo regaló a la Tierra para matar el tedio, aguzar el espíritu y estimular el alma». 

Nos resulta particularmente precioso el hallazgo del capítulo «El juego que mira al universo». En realidad, bien podemos creer que el ajedrez es en sí mismo un universo. Y, sin embargo, es aún más seductora la imagen propuesta, la de que desde la superficie escaqueada se pueda ver al mundo como un todo. 

Así Rasskin nos recuerda que el shatranj, que había sido chaturanga, era «un mundo dentro de otro mundo». Se apela al número mágico de cuatro (chatur, en sánscrito connota eso), para hablarnos de «las hermandades de la lucha, de la guerra, del amor sin final…». Un ajedrez que reporta asimismo al xiang-qi chino y, si fuéramos del todo retrospectivos, a otras confluencias más remotas, hasta llegar al senet egipcio, mencionado por el autor, ese que implica el tránsito escatológico mediado por Osiris.

La concepción dilemática del juego es evocada (con ecos del poeta persa Jayám) en el paso de las noches y los días; y también se sugiere su valor terapéutico, el de la sublimación de «los lances de la vida y de la muerte», esos que deben ser acotados, aunque mucho no se logre, ante una humanidad que recurrentemente decante en su rostro más oscuro.

Pero volvamos a la excursión poética de Rasskin. Nos vemos, en algún sitio de la ruta de la seda, siendo partícipes del hito en donde pudo haberse dado la magia fundacional de la aparición de un juego, con un testigo privilegiado: Moshé ben Oni, personaje creado por el autor para emprender la travesía.

Mas Moshé es también, desde luego, alter ego de Rasskin. Y del propio ajedrez. Ese que había sido Xerxes; y será Lucena, Steinitz, Lasker, Tal, Botvínnik y Fischer. Es que Moshé somos todos quienes compartimos gustosamente el viaje. 

El ajedrez es uno y es todos los juegos. Es el más esencial, el más metafórico, el más cantado por poetas, tan presente en las letras, artes y ciencias. 

«Llevabas el alma del pueblo en cada encrucijada», nos ubica el autor en la inevitable recorrida. Había esclavos, eunucos, doncellas, incienso, ámbar y, además de «la muerte reflejada en el tiempo / la ira de los inocentes», la nada misma, esa conformada por treinta y dos piezas «suficientes para volver a crear la infinitud del universo». Se nos representa el mejor de los elogios ver al ajedrez en tanto una nada, esa con la que se pueda reconstruir el todo. Es que no hay demasiados objetos que permitan esa asociación en busca de lo absoluto. Tal vez eso pueda intentarse con los espejos y los laberintos que, como el propio juego, son íconos borgianos.

La mención a ibn Ezra era inevitable. El autor del Canto al ajedrez es invocado en sus delicias del rey (y los muy ubicuamente de la reina); y en su destierro, al que lo conducen: «la fila / la diagonal / la columna/». La vida del sabio rabí como una partida de ajedrez. Como la que nos toca afrontar a cada uno, aún sin saberlo.

Proseguirá el viaje, en capítulos definidos como el de las sombras, y otros que se orientan al norte y al oeste; o el que tiene por eje una madre que «detiene el tiempo», y uno más que alude a un Wilhelm, por cierto, un Steinitz de raíces judías, primer campeón del mundo de la historia (que en su metamorfosis personal revolucionó el juego) y quien, en su locura, jugó con dios al que se atrevió a darle ventaja.

Antes del epilogo, que quisiéramos se postergue, llegan otros títulos con remisiones a la havruta y al tiempo. El ajedrez, entonces, como símbolo del compañerismo, con la preciosa imagen de «dos hombres sabios juegan eternamente al ajedrez», viniendo a la mente El hombre de P’ach’iung, hermoso poema chino del siglo IX que presenta a dos ancianos jugando eternamente al ajedrez tras caer de los frutos de mandarinos. Por último, en ajedrez y tiempo, un espectacular cierre: «En el cuenco, el conjuro. / En la pieza, el destino. / En la mano, la clave». Y un tiempo que se deshace en el viento…

Llegamos al fin de la travesía. La de Moshé ben Oni, quien «canta con los pájaros / lleva las treinta y dos piezas / como treinta y dos rocas sobre la espalda de Sísifo…». La de Rasskin Gutman. La de todos. Con solo una certeza, la de Sarah, sus hijos y la de los hijos de sus hijos. Y tal vez con otra convicción más, la de que Moshé seguirá, por siempre, llevando consigo las treinta y dos piezas para jugar, una y diez mil veces, todas las que hagan falta, en el recorrido fatal de la vida.

Piezas de un ajedrez cuya llama de guerra se encendió en Oriente, conforme al poeta. Desde allí, y en un incierto tiempo remoto, se dio inicio al viaje. El de un juego que despertó la mirada poética de Rasskin sobre su pasado, el de su pueblo, el del mundo. Un viaje, un juego, un fuego. El eterno: el fuego sagrado del ajedrez. 

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2 Comentarios

  1. Esplendida lectura, señor. Agradecido.
    “Como peón negro me toca el desvelo, la vigilia desarmada en primera línea con un frío que no siento por el miedo a la tierra de nadie y demarcada entre ellos y nosotros. Los dioses que mueven nuestros destinos ahora duermen aunque no deberían hacerlo, satisfechos porque ya saben los designios que ignoramos y los buscamos inultimente alrededor de las hogueras con sus humos cándidos y negros. Mi alfil en su ronda no me halla desatento y me alienta para la masacre de mañana aun sabiendo que también él morirá y por un breve instante, como si fuéramos hijos de la misma madre nos olvidamos de cómo, porqué, de quiénes y en dónde nacimos. Su vida palaciega lo ha hecho esbelto, educado y hasta más alto y por esto le he jurado odio eterno pero ahora hay una causa de color nacional. Al alba y antes de la batalla sanguinaria llegará el coronel con su guardia personal de torres terroríficas montando fiero su corcel. Pasará revista, inflamará nuestros corazones de madera con su arenga, evocará a nuestro rey, (el libertino recurrente más amado), a nuestra graciosa reina (y sus amantes; al heredero que no vendrá porque desde siempre no comparten el mismo lecho y algún bastardo más astuto y con tanta sangre tomará el lugar), la nuestra patria, la nuestra tierra, antepasados, lenguaje y tradiciones. Los dioses, soldados ya están despiertos, a la guerra, a las armas y coraje.

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