Ese país que escribe de pelotas

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Oscar Mas (izquierda) y Xavier Stierli (derecha) durante un partido entre las selecciones de Argentina y Suiza, 1966. Fotografía: Getty.

Un tío corre. Con los pies va dando pataditas, así, tac, tac, a una pelota de cuero. Se la pasa a otro tío que viste la misma camiseta. Ambos van en calzoncillos ridículos. El segundo golpea con fuerza la bola, que pasa entre un rectángulo de madera y choca con una red. Dicen que ha sido gol, pero tampoco sé muy bien qué es eso.

Tú al fútbol le quitas relato y se te queda una cosa de lo más insulsa. Hay que reconocerlo, no pasa nada. Eso lo entendieron muy pronto los argentinos, que son quienes mejor han jugado —a veces— y vivido —siempre— este bendito deporte. Por eso llevan más de un siglo escribiendo de pelotas. De pelotas de fútbol, se entiende. Acompáñenos el lector por este sendero que combina wings derechos y delanteros de izquierdas con Jorge Luis Borges. Lo juro.

Pioneros del balón y la pluma

Qué de sueños, el balón. Qué de historias. La Argentina lo entiende pronto. Quizá quiso cambiar cuchilladas en lunfardo por gritos que exaltan a caudillos y cebollitas. Ya ven, más higiénico, más exportable, que nosotros somos Europa, pero más que Europa y, además, tan lejos de Europa. Fíjense si será importante el football que hasta llegamos a la final en la primera Copa del Mundo, año 1930. Contra Uruguay, nada menos, que es enemigo cercano —lo que resulta enemigo dos veces—. Montevideo. O, como decimos nosotros, el Buenos Aires del otro lado. En fin. Aquella vez jugaron cada mitad con el balón que dispuso uno de los contrarios, porque no se ponían de acuerdo en la esfericidad necesaria para el esférico —y, en habiendo charrúas y argentinos de por medio, las discusiones amenazaban con llegar hasta el ocaso—. Cada equipo ganó con su pelota —algo hubo de haber, ¿no?— y Uruguay logró la victoria final. Qué descrédito. Qué inmensa pena.

Precisamente fue un uruguayo, Horacio Quiroga, el primero en fundir fútbol y literatura de ficción. Porque, oigan, si tanto nos gusta esto, del todo natural es que queramos leer sobre ello, ¿no? Que lo del hincha iletrado e imbécil parece cosa pinturera y divertida, pero falsa en todo extremo. Así que en eso también allá nos ganaron. Pero luego remontamos, ¿eh?

José Gabriel, por ejemplo, hablaba de «El jugador de ‘football’: ejemplo de arte» allá por 1929. Y aprovecha para meterse con otros, que es también cosa muy de escritores —y de argentinos—. «Nada de esto vale lo que un partido de fútbol», dijo de cierta actuación que había dado Anna Pávlova, ojo al nivel. «En esa pantomima rusa todo movimiento es arbitrario (…) mientras que en el fútbol la destreza y la agilidad obedecen a un objeto y un canon». Ya ven, haciendo amigos. Que se durmió en el balé, coño, a todos nos ha pasado. También Roberto Arlt tocó el tema. Y Carriego. Y Martínez Estrada. Y Humberto Costantini, unos años más tarde. Sumen las crónicas —convertidas a veces en pequeñas obras de arte—, los análisis y, en fin, los comentarios de bar —que por certeros y poéticos deberían tener antología propia— y verán que lo de las pelotas y la pluma estaba ya muy extendido en el país. 

El fútbol se vuelve barra brava

A Roberto Fontanarrosa lo llamaban «el Negro». El Negro. Que es nombre de central, central duro, de esos que pasa balón o jugador, pero nunca ambos. Otra vez con diez, ¿qué hizo el Negro? y esas cosas. Roberto Fontanarrosa siempre quiso ser wing de la selección argentina o, en su defecto, cantante de tangos, que son dos profesiones que tienen un aire. Por lo golfas, principalmente. Solo que no, que menudos pies, que dónde vas con esas caderas que ni mover podés. Así que Roberto («con el número cuatro, el Negro») empezó a dibujar, y más tarde a escribir, y como hacía ambas cosas bastante bien, pues se ganaba la vida con ello. Y, ya puestos, empezó a meter allá parte de sus obsesiones. 

Que eran, sobre todo, una. O varias. El fútbol, la pelota, selección albiceleste, Rosario Central. Sobre todo esta última. Rosarino, como Messi, solo que Lionel tifa por Newell’s Old Boys, ese equipo con nombre británico, y Fontanarrosa salió de los otros. «Canallas» y «Leprosos» se escupen unos a los de más allá, porque el amor queda fuera del estadio en la Argentina.

Pues eso, que Fontanarrosa escribió mucho y bien sobre deporte. E inició, quizá, una nueva raza. Escribidor que se acerca a la pelotita sin vergüenza, sin querer esconderse detrás de elementos metafóricos o simbólicos para hablar de lo que más le gusta. No, no, oigan, este es un cuento de fútbol, y trata sobre fútbol, y a mí me encanta el fútbol. Y, pese a ello, no soy analfabeto. Sí, sí, como lo escuchan. Un milagro.

No es el único, que en los últimos tiempos parece que nos cuesta menos deshacernos de complejos. Al menos de estos, ustedes me entienden. Osvaldo Soriano, por ejemplo, tipo sesudo, y tramas milimétricamente planeadas… con copitas de por medio. Copitas de campeonatos, digo, que de las otras también. Césped, barras bravas, locutores al borde de un colapso cardiaco. O Eduardo Sacheri, alguien que escribió una cosa tan delicada, tan bonita, como La pregunta de sus ojos, y todos lo miraron sorprendidos después, oiga, don Eduardo, y cómo es que se dedicaba antes a boludeces de fútbol en vez de tocar temas serios. Él resoplaba, intentaba poner la mejor sonrisa posible, explicaba otra vez que siempre escribe sobre las mismas cosas, sobre seres humanos, y la vida, y el amor, y el destino, solo que a veces hay balompié y mediocentros entre esas frases, y que no por ello son más o menos trascendentes. El mismo Sacheri que hasta guionizó cierto cuento de Fontanarrosa basado en un jugador de futbolín —estamos resumiendo, ojo—, que debe de ser el fútbol literario llevado hasta la máxima potencia.

Qué vas a esperar, en fin, del sitio donde nació Jorge Alberto Francisco Valdano, que un día jugó al fútbol y ahora ya —casi— solo se le recuerda por cosas de la literatura, el verbo florido y las frases largas. Y no es que fuese malo, ¿eh? Como pelotero, digo. Si hasta ganó el Mundial, que —me cuentan por el pinganillo— es torneo de cierto espesor en esto del fútbol. Lo hizo, además, rodeado por veinte tíos a los que les habían inyectado virilidad en vena y otro que bajó directamente del cielo, qué bueno que viniste, para trotar sobre el Estadio Azteca. Vamos, que debían de mirar raro al bueno de Jorge cuando leía en mitad de la concentración.

Fervor de fútbol. O algo así

Y Borges, claro. Siempre Borges, Borges siempre. Volver a Borges, que es como volver a casa. O, bueno, igual no a casa, pero sí a esa biblioteca que tenía el ricachón del pueblo cuando eras niño, esa donde te colabas gracias a tu amistad con su hija, lo que acabó en escarceos de corte lejanamente erótico hasta que os descubrió una doncella —y menos mal, porque doncella habría dejado de serlo la duquesita cualquier tarde— y aquello fue un escándalo, y todos hablaron del tema, y jamás volviste posar tus ojos de lector glotón sobre aquellos lomos tan bien dispuestos. Historia clásica. Más o menos. Ustedes me entienden. 

¿Les asombra encontrarse a Borges aquí? Lo digo porque…, bueno, digamos que la animadversión de Georgie por el fútbol es bien sabida. Él era más de ajedrez, y de peleas de gallos, y de universos que se esconden en un pequeño agujero parecido a una ratonera. En esas cosas, cada cual tiene sus aficiones. Y, sin embargo, impacta ver todo lo que habló y escribió Jorge Luis sobre la pelotita de cuero. Aunque fuese para denostarla, aunque tuviera ganas de insultar. Sí, ahí hay algo.

Pues eso. Ironía esnob, quizá, que es la única forma de esnobismo que no da ganas de matar. Borges fue salpicando vida, obra y entrevistas con referencias despreciativas al fútbol. Que si el fútbol es un juego insensato, y no intelectual como los escaques. Que si el fútbol es popular porque la estupidez es popular —como si no hubiera otro montón de estupideces en la tele, balompié al margen—. Que si no entiendo a la gente que se fanatiza viendo a veintidós hombres en pantalón corto. Ese ritmillo, ustedes me entienden.

¿Acudió alguna vez Borges a un partido de fútbol? Nos dice él mismo que sí, solo que quizá se lo inventó, porque cualquier biografía ficticia vale más que la real, o, si no, miren lo majo que era Honorio Bustos Domecq, o lo bien que contaba chistes Ricardo Reis. Pues eso, que Borges fue a ver un match. Qué digo: la más enconada rivalidad que se puede tener sobre el césped. Uruguay-Argentina, nada menos. Dicen que lo llevó Enrique Amorim, escritor charrúa. Que se tiraron todo el tiempo hablando de libros, sin mirar al césped, y salieron tras ver que los jugadores se retiraban. Que alguien los avisó. Oigan, ustedes, los dos raritos: esto es solo el descanso, queda toda la segunda parte. Qué importa. Al final Borges no vio ni un partido entero…, solo medio. Ya en la calle se confesaron el uno al otro que querían la victoria del contrario, por asuntos de cortesía. Y qué coño nos importa, debieron de solazarse. 

La historia cuenta que nunca supieron el resultado final.

¿Quieren más hechos concretos? A Borges, el gran anglófilo del mundillo cultural hispano —lo de meterle mano a El Quijote en inglés da hasta pudor decirlo— le horrorizaba que sus adorados descendientes de Enrique VIII hubiesen creado algo tan bárbaro como el fútbol. «Late una idea de dominación en esto de tener que derrotar al contrario», dicen que dijo en una ocasión, seguramente porque no hacía quinielas y por ello ignoraba la existencia del signo X. Ni siquiera aquel Mundial que llegó para mayor gloria de Videla (antiguo coleguita de mesa y mantel, «es todo un caballero» llegó a decir del bigotines) le hizo cambiar de opinión. «Mientras dure el campeonato iré a cualquier parte donde no se hable de fútbol. El Mundial es una calamidad que por suerte ha de pasar». Ya ven, pelín estirado. Provocación de provocaciones, contraprogramó el debut de la albiceleste frente a Hungría impartiendo a la misma hora una conferencia sobre la inmortalidad. Dicen las crónicas que hubo más de media entrada, y que varios monóculos se cayeron al suelo ante las osadas invectivas del genio.

Dos anécdotas más. Una de ficción, otra cierta, si es que ambas cosas no vienen a ser la misma. Borges escribió un cuento sobre fútbol. Sí, sí, como lo oyen. Algo un poco raro, tirando a metafísico —tampoco esperarían crónica de periódico deportivo, ¿no?—, pero fútbol, al fin y a la postre. Solo que ni siquiera era suyo del todo, porque lo hizo a cuatro manos con Adolfo Bioy Casares. Y no firmó, quizá por coquetería. Esse est percipi aparece como obra de Bustos Domecq, y representa casi un oxímoron en sí mismo. 

La otra historia nos habla de cuando César Luis Menotti fue a conocer al maestro. Pocos meses después de ganar el Mundial, quién iba a negarle nada al gran héroe de la patria —a ver, los héroes de la patria llevan uniforme y charreteras, pero ustedes me entienden—. Que me hace mucha ilusión, que no puedo admirarlo más. Y allá que organizaron el encuentro. Dicen que Borges recibió a Menotti con una frase levemente irónica. «Usted debe de ser muy famoso, porque mi asistenta me dijo que le pidiera un autógrafo suyo. Para ella». ¡Bum! Ya ven, creando buen rollito el bueno de Jorge Luis.

Desengañémonos: Borges tiene pinta de odiar tanto el fútbol no por repulsa inicial, sino por los recuerdos asociados a ser siempre el último niño a quien escogen en los recreos. Situación dantesca y humillante que no les recomiendo, pero que dibuja, a la larga, escritores con cierto talento. O, al menos, escritores. Sí, eso debió de ser. Y, en venganza, pues hala, a despreciar. Sin más razones.

Porque, estarán conmigo, Borges era otro que escribía de pelotas.

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4 Comentarios

  1. Me ha encantado, sobre todo cuando es un tema, el fútbol, que no me interesa en absoluto, y a pesar de ello me lo he leído de una tacada y con gran interés. Aunque claro, bien es cierto que adoro Argentina.

  2. Qué gustazo leerlo, don Marcos. Como siempre. Especialmente sobre un deporte que me marcó a los pocos días de nacer: mi viejo extendió sobre mi cuna una camiseta chiquitita chiquitita de River. Y me jodió para siempre. Pero me disculpe, y no se ofenda: si se mete a relatar como si fuera un argentino, no puede empezar con “Un tío corre” y más adelante, en vez del español balón escribir pelota. Un tío, entre nosotros es un tío, un pariente. Un tipo corre sería lo correcto, y hasta hubiera leído con mucho agrado Un loco corre. El tú en vez del vos, vaya y pase. El trayecto de ese vocablo, pelota es curioso. No lo inventamos nosotros, que en fantasía somos los primeros, los mejores del mundo aunque nadie lo sepa; vino con ustedes. Y le digo más: en una ciudad de Italia del norte me topé con un “Cortile della pelota”, patio de la pelota. Por el frontón que ostentaba, del tiempo del dominio español supuse que servía para jugar a la “pelota vasca”. La creación de la República Oriental del Uruguay por motivos geopolíticos entre Brasil y nosotros, es algo que todavía, personalmente me duele. Somos exactamente iguales, en todo. Tal vez en lo único que se diferencian es que tienen más descendientes afroamericanos que en mi país. Los que teníamos los mandamos a morir en la injusta guerra contra el Paraguay. Si no la hubieran creado habríamos ganado el primer campeonato del mundo. De cualquier manera, gloria y honor a la Celeste, menos al Peñarol. Por culpa de ellos nos dieron el mote de “gayinas”. Íbamos ganando dos o tres a cero y perdimos por un gol. ¡Andá a ganarle a los uruguayos en su casa! Recuerdo una crónica de entonces, en los sesenta: un tipo prometió no sé a cuál virgen, de caminar de rodillas hasta su santuario. Y así lo hizo, por no pocos kilómetros. Hacía rato que no leeía wing. Yo, como era gordito y medio tronco terminaba siempre en el arco; luego venía el full back, el back, el insider, el half, el penal, el córner, el ful y el que con más simpatía recuerdo, “orsay”, obra maestra argentina de la traducción de off side. Palabras en exilio lamentablemente. Valdano es doble genio. Fue una sorpresa inaudita leerlo. Futbolín supongo que será el metegol nuestro. Si Borges hubiera sido peronista como yo, habría ganado el Nobel. Allá él, pero es un grande todavía. Gracias por los recuerdos, Marcos. Por la prosa especialmente. A menudo pienso que somos los mejores del mundo de incógnito porque, ¿quién de nosotros, además de tener una abuela o abuelo gallego o tano, no tiene otros parientes de países remotos? Tenemos una variedad genética única. Somos la sal de la Tierra en un mundo que comienza a mirar con ojeriza sales y grasas. Las palabras que siguen sobre esta bendita maldición que, como el lenguaje es el fútbol, ya las publiqué, pero como las voy cambiando a medida que leo sobre el y sobretodo en mi país, las vuelvo a publicar: Sobre el cielo del área había un solo planeta: la de cuero, y por debajo un entrevero de ganas y sudor opuestos a cara e’ perro; y ya caía ese objeto del deseo dominguero indiferente al barro, al dolor de las rodillas peladas, perfecta metáfora de nuestras pobres vidas en un picado de quince y quince sobre una cancha con arco de latas, imaginario referí, centro y rayas; uno de ida con decisión y rabia en el ataque, a lo malón, y el de vuelta a tapar agujeros, a gritar a rajagola para aguantar la montonera contraria con ganas de revancha, y si salía bien ser los nuevos super héroes del barrio. No teníamos edad ni futuro, pero estábamos seguros de que todo cambiaría después de dormirla con el pecho y con la zurda del corazón reventarla y tirarla bien lejos, sobre el área más o menos chica del adversario esperando luego del revuelo, polvareda y gritos aquellas palabras mágicas: Golgolgolgolgoool. Y a empezar de nuevo desde un centro al azar del potrero desparejo con táctica de bar o vereda. Sudar y poner la gamba con ese instinto primordial que se nos pega cuando nacemos; puños crispados, el rostro fiero y un corazón tan grande que daba miedo que se nos reventara si nos hacían un ful mientras escapábamos en busca del pase al centro para “peinar” el sueño de cuero resbaloso que se burlaba de vos otra vez, como la vida, pues rebota, lame el palo, se va afuera, o el arquero se luce dejándote las ganas, sin aliento, a boca abierta, rezongando y diciendo que te faltó poco, un pelito de esa suerte esquiva que hoy no quiso regalarle un gol a tu equipo y a la eterna barra futbolera seguidora y fija de cada domingo, antes del vino y ravioles con familia y amigos”. Espléndida lectura.

    • E. Roberto, como las cosas del “balón es de comparaciones, y por nuestro latinoamericanismo de preferencia y exclusión, diré que me gustó más tu (no vos) repuesta.

      • ¡Ah, Don Juvenal! Pasarán días hasta que se diluya esa duda que la ambigüedad del lenguaje crea continuamente, entre renglones o en lo que se calla generalmente, pero aqui bien clarito y con clase, de pura carambola (quiero creer) una obra maestra de la ironía: no podré saber jamás si “le gusto personalmente”. Muy bueno. Su pseudónimo me ha traído el recuerdo de una gloria de la crónica deportiva, Juvenal. Escribía en El Gráfico, si la memoria no me falla. Muchas gracias por su escueto y efectivo comentario.

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