Hermanos Calatrava: «Nuestro humor lo han creado los payasos, somos payasos con cara limpia»

Publicado por y Hernán Migoya Martínez
Fotografía

Hermanos Calatrava

Tienen perfectamente asumido que en España los homenajes solo llegan cuando te mueres. Entretanto, los Hermanos Calatrava discuten entre ellos si deberían volver a los escenarios una vez más. Manolo García Lozano (Villanueva de Serena, Badajoz, 1939) quiere, a Paco García Lozano (Badajoz, 1942) le cuesta más. Su humor era totalmente popular. Dobles sentidos y parodias que desdramatizaban la solemnidad con la que se presentaba la cultura pop de la segunda mitad del siglo XX. Así se convirtieron en el Guapo y el Feo de la canción española, aunque alguien se tomó la licencia en una ocasión de referirse a ellos como el Feo y el Horroroso. Paradójicamente, algunos de sus números ahora serían irreproducibles. Sea como fuere, la conexión con el público era instantánea y fue duradera. Tomamos unas cañas en Calafell, el pueblo donde residen ambos, porque aunque no hayan cesado la actividad definitivamente, son más de sesenta años de carrera a sus espaldas. Un retrato del show business español en el que han presenciado tanto talento no reconocido, y reconocidos sin talento, como latrocinio desatado. 

¿Por qué Calatrava?

Manolo: Mi padre se apellidaba Calatrava de segundo.

Paco: Al principio éramos los Hermanos Lozano. Un representante nos dijo que Calatrava sonaba mejor y entonces fue Dúo Calatrava, pero insistió en que si éramos hermanos, lo teníamos que poner, aunque no se lo fuera a creer nadie. Y de ahí, Hermanos Calatrava. 

¿Y cómo empezasteis?

M: Empezamos en el 49 o el 50, haciendo obras de teatro en las iglesias. Ya en esas fechas hicimos una gira por Extremadura con unas obras que se llamaban San Tarsicio y El niño mártir de México. Yo era el protagonista de las dos. Mi hermano tenía ocho años y yo diez u once, y al final salíamos cantando los dos a dúo. Íbamos en autobuses de gasógeno, tardábamos dos horas en hacer treinta kilómetros. Nuestra primera actuación para toda España fue en Radio Extremadura de Badajoz en el programa de Bobby Deglané, Cabalgata fin de semana. También salía con nosotros una niña que cantaba muy bien, Otilia Pulgarín, que luego fue una cantante muy famosa y espectacular que se llamaba Rosa Morena y se hizo famosa con la canción «Échale guindas al pavo». Falleció hace no mucho. 

¿Por qué os dio por cantar?

M: Nos gustó desde niños. 

P: Para escaquearnos. Así íbamos a esas excursiones.

M: Yo también cantaba villancicos. Una vez antes de una misa me quedé afónico y un cura me mandó chupar bacalao seco para quitar las flemas y aclarar la voz. Al día siguiente estaba mejor, pero me obligó a seguir chupándolo durante la ceremonia. Estaría dos horas chupando bacalao, se me quedó la boca completamente seca y tenía una sed bestial. Cuando se acabó la misa salí corriendo del coro, cogí un jarrón con flores que me encontré, lo primero que vi, y me bebí todo el agua, con la mala suerte de que estaba putrefacta. Estuve dos días en la cama medicado. 

¿Y vuestros padres qué pensaban de esto? 

M: Mi madre tocaba la guitarra, pero no me quería enseñar nunca. 

P: Y eso que era profesora. 

M: Yo aprendí viendo cómo ponía los acordes, la miraba, me iba a mi habitación e intentaba hacerlo yo, pero ella no tenía paciencia para enseñarnos. 

P: No me extraña. 

M: También había música en todas partes. En la calle jugábamos con los niños gitanos y de esa pandilla luego unos llegaron a la fama, se llamaron Los Chunguitos. Con la música en serio empezamos en Radio Barcelona. 

¿Cómo llegasteis hasta Barcelona? 

M: Mi padre era militar. Hizo los tres años de guerra porque estaba destinado en Regulares. Como Villanueva de la Serena era zona roja, mi madre y sus hermanas se tuvieron que esconder en una cueva mucho tiempo. Cuando dejó el Ejército, cogió un bar. Un quebradero de cabeza. Una vez un cliente le metió varios tiros a dos policías, uno perdió una pierna y al otro le faltó poco para morir, le atravesó el pulmón. Ese bar al final no funcionaba y mi padre se tuvo que pensar qué hacer con su vida. En nuestro pueblo solo se podía ser militar o maestro, así que se vino a Barcelona y encontramos trabajo todos. Yo empecé con catorce años en una fábrica de productos químicos y Paco con once… 

Trabajo infantil, explotación infantil…

M: No iba al colegio ya ni nada. 

P: Yo iba de noche pero me echaban, metía moscas en los tinteros, cambiaba las horas del reloj… Cuando me puse a trabajar, al segundo día me perdí en Barcelona, me tuvo que traer un guardia urbano a casa. Me parecían todas las calles iguales. 

M: Mi padre buscándolo por toda Barcelona desesperado, había perdido un hijo. 

P: Fue hasta al zoo, a hacer recuento de monos [risas].

M: Al principio mi padre me llevó al colegio de los Jesuitas que hay enfrente de Radio Barcelona, porque había una carta de recomendación de los Maristas de Badajoz que decía que yo cantaba muy bien. La verdad es que tenía la voz bonita. Salió un cura, se puso a tocar el órgano, me hizo cantar y me dijo que lo hacía demasiado bien, que donde tenía que ir era a la Escolanía de Montserrat, ahí en la montaña, que tenía el porvenir asegurado viviendo con los curas. Me quedé… Contesté que luego le diría algo y me salí a dar una vuelta. Me fui a ver Las Ramblas, que me esperaba un paseo impresionante lleno de flores y me llevé una desilusión enorme. Años después ya le vi más encanto. El caso es que volví y dije que no quería cantar, que prefería trabajar. Vi un anuncio en el periódico, escribí e inmediatamente me llamaron.

P: Yo trabajé en una casa de modas con trece años. Me acuerdo de que hubo una vez una huelga de tranvías terrible, quizá fue la del 57, y tuve que ir andando a trabajar desde Hospitalet. Me di una paliza a andar… 

M: Este luego trabajó de mecánico y ¿sabes a quién le pulía el coche? A Gila, que tenía un MG y decíamos que era un Miguel Gila [risas]. 

P: No soltaba un duro de propina. 

M: Ya escribía en La Codorniz y hacía alguna película, aunque todavía no había grabado discos. Miguel era de Madrid pero se vino a Barcelona, luego dijo que se tuvo que ir de España por el franquismo. 

P: Era mentira. 

M: Otra versión dice que tenía un problema de bigamia y por eso podía ir a la cárcel, él luego lo adornó con la política. Le hicimos un homenaje cuando murió, con Concha Velasco y Académica Palanca

P: Gente joven. 

M: … y dijeron que se había tenido que marchar exiliado por culpa de Franco y tal y Concha y yo no tuvimos narices de decir la verdad. Cuando se acabó el programa, empezamos: ¡Qué coño el franquismo, si se había liado con una tía!

Hermanos Calatrava

¿Qué tal era vuestro barrio, La Torrassa?

P: Con el sereno mal, se nos quería llevar detenidos. 

M: Hacíamos muchas obras de teatro. Yo sobre todo hacía zarzuelas en un club que se llamaba Pimpinela. Mi hermano solo hizo una porque le cambió el guion y el resto de cantantes iban de culo para seguirle. Solo le podía seguir yo. Esto es lo que nos enseñó a pisar un escenario, yo me fijaba mucho en los tenores cómicos de zarzuela. Hice muchas, Bohemios, La tabernera del puerto… Es una pena que haya muerto el género, como las variedades, como la revista. Pero fíjate, nosotros empezamos en un centro cultural haciendo todo esto, ahora lo que tienen los chavales es botellón, drogas y telebasura.

¿Y con el sereno qué pasaba?

M: En la puerta de nuestra casa, en verano, sacábamos la guitarra y nos poníamos a cantar. Un día vino el sereno y nos pidió los papeles de la guitarra. «Esto no es una moto, eh, no tiene papeles», le dije. Y él: «Acompáñeme». La casualidad era que entre nosotros estaba mi cuñado, que era inspector jefe de la Brigada Criminal. Le miré y se limitó a venir detrás. Me llevaron al cuartel de la Guardia Civil, de donde el sereno salió trasquilado…

P: Salió sin el chuzo. Le llamaron imbécil y de todo. 

M: Se había pasado con la bebida. 

¿Cuándo volvisteis a arrancar en Barcelona con el espectáculo?

M: En Radio Barcelona, en el programa La comarca nos visita, íbamos el primer domingo de cada mes. Ahí cantábamos y un día Paco se quedó afónico. Entonces se puso a gesticular, a sacar una voz que no era la suya y la gente empezó a reírse. Hasta entonces cantaba en serio…

P: En solitario ya había hecho la de «Lili Marleen»

Siempre tuvo vis cómica.

M: Más bien de gamberro. 

P: Yo me llevaba los guantazos. 

M: El de control de sonido de Barcelona, Ricardo Ardèvol, que luego fue nuestro representante veinte años, se dio cuenta de que la gente nos quería ver, porque se nos oía, pero no se veía lo que hacíamos que le hacía tanta gracia al público presente. Así empezamos a hacer galas, en la primera nos dieron cien pesetas, pero nos gastamos ochenta en el taxi. 

P: Fue un homenaje a Paco Martínez Soria en Horta. Pagamos taxi de ida y vuelta desde La Torrassa. 

Pero gustasteis. Fue llegar y besar el santo.

M: Lo mejor de aquella época es que no teníamos complicaciones con el público, si se reían, bien; si no, peor para ellos. Nosotros salíamos a divertirnos. 

P: Fuimos a un pueblo con Radio Juventud, que hacían una obra de teatro y en el descanso salíamos nosotros. La actriz, que en la radio hacía un personaje de dieciocho años, tendría por lo menos ochenta. El público cuando la vio se enfadó muchísimo. 

M: Olost del Lluçanes era. La gente estaba que bailaba por la calle con la música de los anuncios de la radio, tuvimos que salir nosotros a cantar algo para que no se liara. Apedrearon el autobús. 

P: Así aprendimos a catalogar al público. Conocerlos en diez segundos. Según veíamos si eran jóvenes o viejos, hacíamos una cosa u otra, si llevaban visón, si se veían boinas… Según esas impresiones, cambiábamos el chip, no nos complicábamos la vida. 

¿Qué decían vuestros padres de todo esto?

M: Mi padre llevaba fotos nuestras y las repartía, se lo pasaba pipa con nosotros. A mi madre ya no le gustaba tanto. Pero yo me tuve que pedir una excedencia en el trabajo, porque cuando empezamos a salir en televisión, que se hacía en Barcelona para toda España, pegamos el pelotazo. Nos salieron tres giras por teatros de toda España con José Guardiola. Teníamos un amplificador casero que se apagaba y se encendía solo. Había que darle patadas. A veces te pillaba las emisoras de los coches patrulla de la policía. En Alicante una vez se nos colaron los pilotos de un avión comunicándose con la torre de control del aeropuerto. 

P: Era el boca a oreja más que nada lo que nos funcionaba. 

M: A José Guardiola lo conocimos en La Torrassa, iba con una vespa. Nos había visto actuar y nos contrató. 

Era el crooner de la época.

M: Lo que era es muy despistado. Este le hacía unas putadas… Una vez tenía que alcanzarle un micrófono en el escenario después de que hubiera tocado el violín, y le dio un plátano y Guardiola se puso a cantar todo serio con él como si fuera el micro [risas]. Pero haciendo versiones era el mejor de España y parte del extranjero. 

P: En Venezuela era al único que conocían, más que a Frank Sinatra.

M: Aquí luego salió Julio Iglesias, que también es de versiones, porque solo escribió tres suyas y una era un plagio de Jacques Brel. No tenía la voz bien balanceada e interpretando era peor todavía. Salir gritando «¡hey!» mientras se rasca la barriga… si es que yo no he visto una cosa igual, yo no sé cómo ese hombre ha podido vender tantos discos. Le hicieron una promoción increíble cuando empezó. En ¡Hola! o Semana, una de estas, salía cada semana en primera página. 

P: Le cogió un representante muy bueno, Alfredo Fraile, que era familiar de José María García

M: Iba de road manager de Julio Iglesias el García. Recuerdo que en la sala Trauma, aquí en Barcelona, le tuvimos que mandar callar. Estaba sentado con el que le llevaba la publicidad, Jesús Mariñas, y durante nuestra actuación no paraban de hablar. Venga a rajar y rajar y tuvimos que parar y decirles que, por respeto al público, hicieran el favor de callarse. Serían los setenta. Encima, cuando hicimos una suya, «La vida sigue igual», nos la tiró la censura. Le cogí una manía que no te lo puedes imaginar. Luego el hijo que no sabe cantar van y le dan un Grammy. 

P: Un Grammy de cocaína. 

M: Teniendo España a Camilo Sesto, a Dyango, a Nino Bravo, con lo buenos que eran cómo es que no llegaron a la altura de los Iglesias. Una vez en Granada le hice una trastada. Actuaba Peret en las fiestas y, al terminar, me dijo que venía Julio Iglesias al día siguiente y le avisara, por favor, de que cobrara antes de actuar que a él le habían pagado con un cheque sin fondos. Le llamé, se puso el representante. Dije «hola, soy Manolo Calatrava, quiero hablar con Julio Iglesias». Les escuché hablar entre ellos y me dice «no se puede poner». Entonces colgué diciendo «vale, era solo para saludarle, no pasa nada». Y no cobró [risas] Me llamó Peret una semana después «¿Pero no le dijiste nada a Julio, tío?».  

Hermanos Calatrava

¿Nunca salisteis al extranjero?

M: En Portugal, que hacían el festival internacional del humor, y era un circo. De aquí iban Emi, Goty y Cañamón, que eran payasos,  muchos cómicos de todo el mundo y nosotros. Mi hermano fue a una academia de portugués para poder dar sus frases y que las entendiera la gente. Eran solo seis minutos, pero se reían poco. El tercer día se cabreó, lo hizo todo en castellano y se rieron todos. Nos entendían perfectamente. Después en Venezuela estuvimos en El show de Renny, el mejor programa que se hacía en Sudamérica. Lo hacía Renny Ottolina, uno que murió en un accidente de avioneta que le ocurrió casualmente cuando decidió presentarse a las elecciones presidenciales. Yo no he visto un espectáculo mejor que el que montaba ese hombre. Lo hacía todo en directo, todo lo controlaba él y duraba horas. Era realmente increíble. En uno de los viajes a Caracas llevaba mi guitarra en su funda y unos militares, apuntándome con ametralladoras, me hicieron abrirla a ver qué llevaba. También recuerdo que enfrente de Radio Caracas había un restaurante en el que comíamos con los actores de los culebrones, grababan cuatro o cinco capítulos al día. 

La clave de vuestro éxito fue coger canciones famosas y parodiarlas.

M: Cogíamos canciones de mucho éxito, que ya habían sonado, así podíamos hacer la versión y que la gente comparase. Respetábamos al autor de la canción y al cantante que la había grabado para no pisarles ventas. Nunca cobramos derechos de adaptación, renunciamos, le cedíamos los derechos a los autores. Solo le pisamos la canción una vez a un artista. Fue a Massiel con «La, la, la». Salió antes nuestro disco que el de ella. Esta canción la habían compuesto Ramón Arcusa y Manuel de la Calva, los del Dúo Dinámico, y estaba preparada para ganar en Eurovisión. Nos lo dijo Artur Kaps, director de Televisión Española, que la teníamos que grabar porque iba a ganar y nos íbamos a forrar. Dijo, de hecho, que si íbamos nosotros al festival con ella lo ganábamos, aunque la cantase Paco solo. Kaps había hecho la promoción para que ganara España ese año. Fuese quien fuese, ganaba. Con lo que había pasado con Serrat, grabamos la canción en varios idiomas. En inglés, en chino, francés. No se dice mucho, pero la verdad es que «La, la, la» se parece mucho a una canción catalana que se llama «El noi de la mare»

¿Siempre hicisteis versiones?

P: Claro, hacer una canción nuestra no tenía gracia. La gente tenía que conocerla previamente y ver cómo le dábamos la vuelta. 

M: Yo algo sí que grabé en serio, pero nos metimos de lleno en esto. Hacíamos de todo para que se comprase. En la radio muchas veces cantábamos algo para que no se entendiese, sílabas sin sentido al final de una frase, y así hacíamos que la gente fuese a comprarse el disco para entender qué habíamos dicho. Truquillos. Igual que en escena, una vez sacamos una mula de vedete, las vedetes se cabrearon todas muchísimo. También anunciamos en un cartel una actuación con Frank Sinatra, pero debajo ponía en pequeño «Seguramente no vendrá». Luego siempre aparecía alguno por el camerino preguntando «¿Y cuándo vendrá el señor Frank Sinatra ese?». En una portada de un disco salimos en pelotas, con un taparrabos. Era la canción «Vamos a contar la tira» y salíamos con un esparadrapo en la boca y desnudos. Luego hubo un grupo inglés que hizo lo mismo.

¿No teníais problemas con la censura?

M: La censura nos permitía muchas cosas porque eran de cachondeo. Sobre Franco hicimos un disco, Parole, parole, que parodiaba un discurso suyo elaborado con los apellidos de sus ministros. Está en una fábrica y dice: «Trabajadores todos, en esta fuente del trabajo», era Higinio de la Fuente, «en la que más de un bravo trabajador», por López Bravo, «ha pasado más de una noche en Blanco», por Carrero Blanco, «gracias a esa bella gesta», Sánchez Bella, «tenemos un ramal de sucursales», García-Ramal… Nombramos a todos los ministros dentro del discurso y metimos un chiste de Franco para que la gente viera de quién se trataba. 

¿Y coló?

P: Franco lo tenía en el yate y lo escuchaba. Nos lo dijo un general. 

M: Otra vez Santiago Bernabéu dijo que Catalunya era muy bonita a pesar de los catalanes. Nosotros lo metimos en un disco. Cantamos «Catalanes cabreados, Bernabeu la ha liado» y nos llamaron de la censura a las oficinas de Tarragona. Las letras estaban autorizadas en Madrid, solo cambiamos una frase, pero se dieron cuenta y nos metieron mil pesetas de multa. Y en Marbella, con toda la jet set, hubo una fiesta que había organizado el Hohenlohe, estaban todos los ministros de Franco. Cogió Paco y dijo: «Volverán las oscuras golondrinas de tu balcón sus nidos a colgar, pero los millones de Matesa, esos nunca volverán». Eran todos los ministros del fraude de Matesa, pero nos aplaudieron y enseguida vino un tío y nos dijo «¡Fuera, fuera!». Nos tuvimos que bajar e irnos al camerino. Luego nos dijeron que como iba a hablar el gobernador, no quería que no se le tomase en serio por nosotros. 

¿Erais amigos de Peret?

M: Lo conocimos en la casa discográfica y coincidimos en muchas galas, algunas que no cobramos. Una vez en Lorca fuimos el Ballet Zoom, que era el de Televisión Española, él y nosotros. Coincidió con una semifinal de la Copa del Mundo que jugaba Brasil o no sé quién y nos hicieron empezar, un tío muy exigente, aunque delante solo había treinta personas nada más. Actuamos, el ballet cobró y a Peret y a nosotros nos dieron talones falsos. Esto el secretario del ayuntamiento. ¿Y sabéis qué pasó? que a los tres días se murió y no hubo forma de cobrar. 

P: Peret vivía al lado de nosotros, en Mataró.

M: Era un tío cojonudo, y corre el rumor de que luego se hizo cura para eludir a Hacienda, que iban a por él. Tenía una mansión que no veas, porque había ganado mucha pasta con las películas y con todo, y al parecer, para escabullirse, dijo que era un centro de reunión para los gitanos necesitados. Si fue así, se escapó bien [risas]. 

Antes el fisco no reparaba en los artistas…

M: Al principio no pagaba nada nadie. No había ni IRPF ni nada. Al cabo de unos años, con el franquismo a punto de terminar, se hizo el impuesto de la renta. Tú ibas y declarabas más o menos lo que creías que habías ganado, la declaración era por signos externos. Tenías un buen coche y pagabas. Te hacían ir allí y la gente antes de entrar se quitaba los anillos y los relojes. Recuerdo que a Cassen y a nosotros nos hacían pagar lo mismo. Una vez me quejé de que Cassen era uno solo y nosotros dos, que tendríamos que pagar la mitad y me dijeron que mejor me callase y pagase, pero era una miseria comparado con lo que vino después. 

¿Y los alcaldes pagaban las actuaciones o se escabullían como ese secretario que habéis mencionado?

M: Entre los alcaldes había algunos gilipollas que te exigían cortarte el pelo. En València nos pasó una vez, uno dijo que o nos lo cortábamos o no trabajábamos. Nos lo tuvimos que meter recogido con un moño. 

P: Yo siempre llevaba el pelo largo. 

Hermanos Calatrava

¿El público os recibía siempre bien?

M: Tuvimos el valor de estrenar La juerga flamenca en televisión y pegó un pelotazo. En Sevilla, a la sala Oasis iba lo mejor, el representante era Pepe da Rosa y nos llevó. Estaba abarrotada, la gente sentada en el suelo porque no había sitio. En esa época ese número lo hacíamos con Rafa, un dominicano que era negro, y Fernando Che, un peruano de origen asiático, pues no aplaudió nadie. ¿Sabes lo que es ningún aplauso? Seguimos con una canción y entonces por fin aplaudieron al rato. Estaban esperando a ver si éramos graciosos. Imagínate, en Sevilla… Este al asiático le llamaba las huchas del Domund… 

P: Ahora no podríamos hacer eso, sería racista. 

Es que estos chistes hoy no serían aceptables. La revolución feminista, la conquista de derechos LGTB, todos estos fenómenos, ¿os han hecho reflexionar sobre vuestro humor? ¿El cambio de los tiempos os ha cambiado a vosotros?

M: Por ética ya nos autocensurábamos antes. Ahora el problema son las ONG o asociaciones que consideran que el humor sobre los grupos que representan es ofensivo para ellos. Entonces los humoristas ya no pueden tocar esos temas. Nosotros si empezásemos ahora tendríamos que plantearnos hacerlo todo con mucha sutileza o hacerlo de otra forma diferente o cambiar el sistema. Porque ahora no es que no te puedas meter con nadie, es que no se puede nombrar. 

¿No os lo habéis planteado poniéndoos en el lugar del otro? Por ejemplo, si hacíais chistes de homosexuales, pensar: si yo fuese homosexual, que se rían de mi sexualidad…

M: Hemos hecho muchos chistes de homosexuales y no se ha enfadado nunca nadie, al contrario. Todo depende de cómo lo digas. Si lo dices como un insulto, como un menosprecio, sí que te pueden decir algo, pero si haces humor sin faltar al respeto no se pueden enfadar. En la profesión y en la vida hemos conocido muchísimos homosexuales y nunca se han sentido ofendidos por nuestro humor, que no era insultante. Luego es verdad que hay gente muy susceptible que se lo toma todo a la tremenda. 

Y con otros temas, como las discapacidades.

M: Nosotros hemos hecho chistes de minusválidos que les encantaban a los minusválidos, pero no a sus familias, que veían un insulto. Y los enanos ¿No tienen derecho a trabajar? Yo los he visto hasta en el Bagdad. ¿Y los del bombero torero? También los han prohibido. El padre de Arévalo, por cierto, trabajaba en el bombero torero. Nosotros hemos trabajado gratis para discapacitados, para invidentes, para enfermos mentales… hemos ido muchas veces al manicomio de Sant Boi a actuar, al de Martorell, al Cottolengo de Barcelona, al Hospital de San Rafael, al de San Juan de Dios de niños con cáncer. Antes las asociaciones lo que hacían era pedirnos que actuásemos para ellos. Hasta para leprosos. En Trillo había leprosos y vivían con los vecinos, algunos se casaban con ellos. Pues actuamos allí para ellos. 

Pero no actuabais con chistes sobre ellos.

M: Eso jamás. Era nuestra actuación y nuestras cosas y se reían. Hay una canción de Lolita, «Amor amor», que en una estrofa dice «Me estoy volviendo loco» y en un centro psiquiátrico se levantaban a aplaudir esa parte. Yo estaba preocupado, «ay madre, qué digo cuando llegue esa frase», pero nada, todos de pie encantados. 

¿Y el sexismo? ¿Reflejar a la mujer como un mero objeto sexual?

M: Nunca hicimos nada despreciativo, las mujeres se morían de risa. Solamente una vez recibimos una queja. Fue un matrimonio árabe que no le gustaba un personaje moro de un sketch. Pero le dije que teníamos también personajes curas, militares, políticos, todas las personas… 

Si tuvieseis que actuar ahora en televisión, ¿haríais lo mismo?

M: Los mismos números que hacíamos, los haríamos ahora. Hombre, actualizando las frases, los temas, pero si hay personajes gais, habría personajes gais, si otros son curas, pues curas. Todo depende de cómo lo digas.

Ha cambiado mucho el público.

M: Pues antes te podías encontrar al de un sitio que recuerdo sobre todo que fue Sa Pobla, en Mallorca. Ahí no nos aplaudían para nada. Primera canción, segunda, tercera… y ni un aplauso ni una sonrisa. Fuimos al camerino mirándonos sin saber qué había pasado y entró el dueño de la sala con cinco ensaimadas y nos dijo que estaba muy bien y que volvíamos al año siguiente. Yo pensaba que ese tío estaba loco, no se había reído absolutamente nadie. El segundo año se nos aplaudió un poco, hubo alguna risa, y otra vez lo mismo, ensaimadas y encantados. Al final, un año sí que se rieron y aplaudieron y, justo ahí, ya no nos llamaron más, porque eso era un desbarajuste y el propietario de la sala no lo podía permitir. Se había desmadrado el público. 

P: Ese hombre había tenido antes un problema con el circo. Contrató payasos y, en mitad del número, cuando uno le pegaba un guantazo al otro, la gente pensó que se estaban peleando de verdad y saltaron a hostia limpia con los payasos. En otra ocasión, en Munguía, la cuna de ETA, un chaval me dio una ikurriña. Al año siguiente volvimos y había barricadas, no se podía pasar. Sacamos la bandera y las abrieron. En el País Vasco era todo muy raro. En San Sebastián actuamos una vez ante un público que eran mitad simpatizantes de ETA, mitad militares o gente de extrema derecha. 

M: Es que venían a vernos la guardia civil, la policía nacional y la gente del País Vasco. En San Sebastián otra vez estábamos en una taberna tomando una cerveza con un escritor de gastronomía vasca que también era locutor de Radio Nacional. Los de al lado nos dijeron: «Oye ¿y por qué no os vais a España?», pues el locutor se levantó, se fue a por ellos a grito de «hijos de puta», yo pensaba que lo mataban, pero se levantaron y se fueron. En Vitoria llegamos una vez preguntando por la plaza de España para ir a actuar y nos contestaban «No, no, aquí eso no existe», aunque creo que se sigue llamando igual. 

P: Bueno, y en Lekunberri salimos con una pancarta que decía «Libertad, estatua; A mis tías, y tíos con todo cariño». Cada frase por un lado. Se subió la guardia civil a echarnos. 

M: Con el público gritando «¡Gora ETA!» dijo el sargento «Eso usted no puede sacarlo». Le dimos a leer lo que ponía por los dos lados y se quedó «ah, perdón, perdón». Luego en Argentina había un cantautor prohibido por Videla, Leonardo Favio, el de «Hoy no quiero cantar», fuimos a un show a Buenos Aires y cantamos ese tema suyo. Éramos muy fans y lo que hicimos fue cambiar la autoría de la canción, la presentamos como que era mía, pero la cantamos allí. 

P: Serrat también estaba vetado allí en esa época.

Metisteis como de la nada una crítica a la superficialidad de la canción pop. Hay una parte, cuando empieza lo del «la, la, la, la» que dice Paco «¡eso es comercial, Manolo, eso pega!». Me parece brillante. 

M: Esas cosas se le ocurrían en el momento y como quedaban bien, las dejábamos. 

En los 80 os marcasteis la de Sabrina.

M: Contamos lo que se vio en televisión, que fue una teta. Yo creo que fue de los primeros raps que se hicieron. Decía «enseñaste solo una, enséñanos las dos». El cachondeo fue que la casa discográfica que cobraba los derechos de «Boys, boys, boys» nos lo prohibió y nos hizo cambiar el estribillo. Ya habíamos vendido no sé cuántos casetes, cambiamos la canción, dijimos que nos la habían prohibido, y grabada otra vez pero sin el estribillo vendió todavía más. 

¿Teníais control de los casetes que se vendían en las gasolineras?

M: No…

¿Os robaron ahí?

P: A saco. 

M: Con Ariola y con Vergara cobrábamos royalties de cada disco, pero con Belter nos pagaban un millón al año por grabar cuatro epés, vendieran o no. 

P: Los músicos en cambio cobraban por horas. El arreglista era Joan Barcons, el que hizo Mediterráneo de Serrat. Una vez me acuerdo de escuchar a un músico pedirle a otro que se equivocase para repetir más veces la toma y estar más horas. Y ahí estuvieron, repitiendo una y otra vez [risas]. 

Hermanos Calatrava

¿Erais amigos de Serrat?

M: Lo conocimos haciendo su primera actuación en un pueblo de Lérida cantando «Ara que tinc vint anys» y debía tener esa edad más o menos. Nos encontramos muchas veces. Cuando se marchó de España por lo del «La, la, la» grabamos una canción dedicada a él, «Déjalo volver»

¿Y Cassen?

M: Un tío cojonudo, él fue el primero que empezó con las imitaciones y los chistes. Lo que le ponía nervioso era que le copiasen. 

No tenía muy buena prensa. Lo menospreciaban bastante…

M: Se cabreaba con todo el mundo. Muchos artistas le copiaban todo y no podía con ellos, los ponía a parir. Luego se equivocó, vio que había cómicos que hacían el show muy largo, amplió el suyo y no le funcionó. A él le iba bien media hora, con más la gente se cansaba. Era un gran amigo nuestro, la última vez que le vi estaba molido. 

Otro grande del humor catalán fue Eugenio.

P: Era más raro que un piojo bizco. 

M: Coincidimos mucho con él en Barcelona en una época que hicimos La noche pasota, que aquello no os lo podéis ni imaginar lo que era… 

M: La gente se despelotaba, se quedaban desnudos. Salas hasta arriba. Era en el año 80, en la sala Camelot de Urquinaona. Teníamos chicas contratadas para desnudarse y nunca hizo falta, se desnudaba el público él solo cuando se lo pedíamos. 

P: Todo empezó porque cafés Caballo Blanco me contrató para un anuncio y me trajeron once caballos a la puerta de la sala. Llegó la policía municipal a denunciarme porque decían que estaban mal aparcados, les dije que le preguntara la matrícula a ellos y se pusieron… Pero de ese escándalo le surgió la idea al de la sala. 

M: Hacíamos un número que era El huevo de pascua. Pedíamos a alguien del público si quería salir a hacer de huevo. Salió uno, enseñó un huevo y pedimos una voluntaria para adornárselo. Subió una, le echó nata y le puso una guinda encima. Entonces preguntó mi hermano «¿Alguien que se quiera comer el huevo?». Y subió un señor y se lo comió [risas]. Fue increíble, luego empezaron a hacerlo todas las salas, hasta en Madrid, pero ya no tenían gracia, era hacer que la gente se desnudase por desnudarse. 

P: Hicimos la prueba de la rana también, mear en un vaso para ver si estaba embarazada. Pues un día que venía la gente del Liceo, con sus trajes de noche, salió una señora voluntaria y meó. 

La burguesía ya se sabe…

M: Un día estaba el hermano de Adolfo Suárez… «A ver quién rompe un coco con un golpe de karate», dijimos otra vez. Salió un tío y se rompió la mano. 

P: En Sanfermines pusimos cuarenta tíos en pelotas a correr por la Plaza de Urquinaona dándoles con un periódico. 

M: Con las Fallas, una mujer del público hacía de llama y un tío de falla. Tenía que calentarlo. Joder, pues se pusieron, se pusieron y tuvimos que pararlos porque empezaban ya a follar [risas] Y yo me quedé pensando que la tía me sonaba y resulta que era de nuestro barrio, poco tiempo después la vi comiendo con el marido y con el hijo en El Corte Inglés. Y yo: «Ah, hola» y ella «¡Hola!» [risas]. 

P: Hacíamos participar al público. Al principio le regalábamos una esclava de oro a una chica y la nombrábamos miss Cachas, eso se fue animando y… 

M: Cuando subes a alguien a un escenario haces lo que quieras con él. Como en las fiestas de los pueblos que la vedette hacía subir a uno, le ponía en una situación ridícula y el resto del año se lo pasaba todo el pueblo riéndose de él. Pues eso. 

¿No salía esto en la prensa?

M: No, no mucho. La sala nos había pedido algo diferente, hicimos esto y funcionó muy bien, porque el público estaba deseando algo así, era la época. 

P: Se había acabado la censura y la gente quería desahogarse. Es como ahora con los botellones, después de haber estado los jóvenes encerrados, salen a por todo. Pues en 1980 en España pasaba algo parecido. 

M: Duraban una hora y media y Eugenio, que preguntabais por él, tenía siempre una mesa reservada. Llegaba tarde para que le viera todo el mundo entrar y sentarse. Estaba en la primera fila, con todo el mundo descojonado de risa, y él ni sonreír. Un día le pregunté si es que no le hacía gracia y me dijo que mucha, pero que él tenía que mantener esa pose. No le dije nada, era así. 

P: Tuvo la desgracia de que se le murió la mujer, que cantaba con él en Els Dos, pero a partir de ahí triunfó. Con ella improvisaba entre las canciones que tocaban, contaba un par de chistes, y luego empezó a hacer solo eso. En las salas a veces le vi que tenía problemas, porque decía lo de «¿Saben aquel que diu…?» y le contestaban «¡Sí!», y le molestaba muchísimo. 

M: El que le hizo famoso se llamaba Vidal, que era locutor de Radio Nacional, su padre era un gran actor de teatro que vivía en nuestro barrio. Este Vidal le vio un día contando un chiste en un descanso de las canciones y le hizo grabar un disco. Trajo muchos chistes de Argentina, porque allí se vendían discos de chistes en cantidades industriales, y le sonó la flauta. 

Hermanos Calatrava

¿Qué fue eso del rumor de que teníais un esclavo?

M: Eso fue el periodista Jorge de Cominges. Rafa, el chico que os hemos dicho que venía con nosotros era negro, Jorge nos preguntó por él y mi hermano le contestó de broma que lo había comprado en Zambia por quince mil pesetas. Una chorrada, pero el otro no solo se lo creyó, sino que ¡lo escribió en un libro! Estaba yo un día en Badajoz leyendo el periódico y vi «Los Hermanos Calatrava se compraron un negro». 

P: Este quería replicar y le dije que eso ni moverlo. 

M: Fui al periódico a decir que lo rectificaran y no sé qué harían. Rafa era un tío cojonudo. Una vez actuamos con Raffaella Carrà, que salía después de nosotros, y cuando les tocaba, el que iba con ella le dijo a Rafa «saca esta mierda de aquí», por nuestro equipo de sonido. Rafa lo retiró, pero cuando empezó Raffaella, zas, falló el suyo, que iba con un playback. Se tuvo que volver a meter, el público enfadado. Volvió a salir y otra vez, a los pocos segundos se fue la música. Y Rafa descojonándose. Me vinieron «por caridad, dejadnos vuestro equipo de sonido» y Rafa que no, que no y que no. Al final tuve que pedirle yo por favor que se lo diera, porque si no nos quedaríamos sin actuar más con Raffaella. La hermana de Rafa era una mujer espectacular, Olga Vidalia, trabajaba en El Molino.

¿Se notó mucho el fin de la dictadura?

P: Sí, aunque ya venía un poco de antes. 

M: Yo voy a ser sincero, yo soy de derechas. 

¿No te presentaste con el PSC?

M: Fui como independiente del Partido Socialista de Calafell. Me cabreé a los tres años, porque allí no hacía nada, era todo lo que decía el jefe, y me marché al grupo mixto, fundé el grupo mixto de Calafell. Lo que quiero decir es que la censura siempre ha sido necesaria, ahora lo que hay es un desmadre. Con la censura hacías películas eróticas sin llegar a la pornografía, sugiriendo. Con las canciones le dabas la vuelta a las palabras. Después, algo como La Codorniz ya no pudo existir, no tenía ningún efecto. En esa época el doble sentido, como Tip y Coll, funcionaba muy bien. Con la apertura, empezó la gente a decir «me cago en tu puta madre», «hijo de puta», en el escenario y eso no tiene gracia. 

P: Cuando no tienen recursos… 

M: Con los dobles sentidos la gente tenía que estrujarse el coco. 

Mary Santpere era amiga vuestra, una pena que esté tan olvidada…

P: Yo me he reído mucho con ella. Venía de una familia de cómicos. 

M: Caía muy bien, solo con salir al escenario, desgarbada y alta, la gente ya se partía de risa. Una vez nos copió un gag. Salía mi hermano moliendo café en un número y ella lo hizo por televisión y ya no pudimos hacerlo más. 

P: Pero sería cosa de algún representante, ella era muy buena gente, no se enfadaba nunca por nada…

Hemos estado escuchando vuestras canciones en la fonoteca de la Universitat Jaume I y la mejor época vuestra cantando son los setenta, «Ne me quitte pas» es una joya, es una descripción de nuestro país, cómo joder el romanticismo…

M: Tuvo mucho éxito. Se vendían discos como rosquillas. Fuimos a firmar al Corte Inglés de Las Palmas, que estaba completamente abarrotado, y se agotaron los discos. Se fue la gente a comprarlos a las tiendas de los paquistaníes que había enfrente, que los vendían más caros. Me acuerdo que luego un paquistaní con el que hice amistad me regaló un reloj en agradecimiento, porque si el disco costaba mil pesetas, él lo vendía a mil quinientas. 

¿Cómo era esa canción vuestra que no está en internet, la del payaso, que iba sobre un payaso domador?

M: «Un payaso en el paraíso». Es de Doménico Modugno, preciosa. La grabó en castellano e hicimos una versión. 

La canción «La corrida» tiene tela, con vosotros dos en un portal gimiendo como si estuvierais follando el uno con el otro y luego resulta que eran dos obreros en huelga refugiándose de la paliza que les había dado la policía, y fue con la censura…

M: La más bestia que grabamos fue la del dentista, que uno va a que le saquen una muela y lo mismo, parecían dos hombres haciendo el amor, con los gemidos, etc. La censura nos pedía la música y la letra y lo que hacíamos era entregarlas por separado. 

Siempre metíais el punto de vista del trabajador, del currito que no podía llegar a fin de mes…

M: Sí, como en «Pobrecito mi patrón»

Los discos que no eran de canciones, que eran cuentos infantiles medio picantes, ¿qué tal funcionaban? 

M: La discográfica quería que grabásemos cuentos pornográficos y dijimos que no, que grabaríamos cuentos fonográficos, y el que lo entendiera, lo entendiera. Los arreglos que hizo ahí Barcons fueron magníficos. Ahí hablábamos del yerno de Franco, que iba a cazar, pero el sello no lo promocionó mucho y no llegó a lo que esperábamos. 

P: Estaba el «Cuento chino» ahí, que estaba contado al revés. «Chochín» era «chinchó»… lo grabamos pronunciando sílaba por sílaba al revés. 

M: Iba de una chica que estaba «masiquirri», o sea, riquísima.

Todo esto luego petaría en casete.

M: Primero iba como elepé y, cuando ya se había vendido, se le cambiaba la portada y se vendía más barato. Solo al final iba a las gasolineras en casete. El negocio para la casa discográfica estaba en el elepé, pero más adelante, llegó un momento en el que todo el mercado lo acaparó el casete y al final el cedé acabó con todo. Cedés nosotros sacamos dos. 

Siempre se ha dicho que hubo dos mundos, el del casete y el del disco.

M: El problema era que tú ibas con un casete a la radio y no te lo pinchaban. 

P: El cambio en la industria llegó cuando dejó de pagarse la promoción en la radio. 

M: Para promocionar Ariola a Camilo Sesto, teníamos que ir nosotros con él. Cuando les dejamos para irnos a Belter, no pusieron ningún problema. Ficharon a La Trinca, que se quería pasar al castellano, pero solo les vendió algo una canción sobre Fraga Iribarne. También tuvieron el problema de que sus seguidores catalanes no les quisieron escuchar en castellano y se pegaron la hostia. Igual que Lluis Llach, que yo creo que era mucho mejor cantante que Serrat, pero no quería grabar en castellano y Serrat fue más listo, empezó en catalán, pero vio que el negocio estaba en castellano. 

Pero él era bilingüe.

M: Sí, que la madre era aragonesa, pero empezó en catalán.

P: En Venezuela no lo querían…

M: Porque lo promocionaron mal. Lo llevaron como el cantante que le había dicho no a Franco y les dijeron que eso no les interesaba, que querían a alguien que cantase bien. «Lo que haga políticamente no nos interesa», le dijeron al representante. 

En «Gigi l´amoroso» no os cortáis en delatar su similitud con «La gallina Turuleca» en medio del estribillo. Por cierto, ese número después lo hizo Pajares…

M: Sí, la gracia era lo de «ha puesto un huevo, ha puesto dos, ha puesto tres». Efectivamente, la grabó Pajares, que también hizo nuestro «El pregonero», que esa está compuesta por nosotros. 

¿Qué tal con él y con Esteso?

P: Pajares está pirado, pero nos llevamos bien [risas]. 

M: Esteso ahora está mejor, pero ha tenido épocas complicadas. 

P: A Esteso lo conocimos de niño. Era Fernandito Esteso, cancionetista español. Cantaba jotas, su tía era famosa. Empezó en el Teatro Fleta con un sombrero cordobés enorme… para la cabeza que tiene [risas]. Era buen chaval, pero las malas compañías… 

M: Pajares al principio de su carrera hacía una pareja cómica con Maby, su mujer. Eran Maby y Pajares. En el año 61 vino a conocernos a Alicante. La segunda vez que le vi, había tenido un accidente de coche en el que se había matado su mujer. Después le vimos en el Oasis de Zaragoza en un espectáculo de variedades con Tania Doris, que ella debía tener en el aquel entonces dieciséis o diecisiete años. Fuimos a ver el espectáculo con Tony Leblanc y, cuando vio a Pajares, le contrató. Su número era una cortina, que es una actuación que no está en el guion de la revista, pero si pasa cualquier cosa, sale un tío a desviar la atención del tropezón o lo que sea. Pajares hacía El hombre del tiempo, que luego le hizo popular en televisión. Gracias a ese día, se disparó su carrera, con cine, televisión, discos, galas… Pero la paradoja fue que había terminado haciendo esa cortina porque se murió su mujer y se había quedado colgado. 

P: Fíjate lo que es la vida. 

M: Esteso muchos años después nos llevó a La Ruleta de la Fortuna que presentó él en Telecinco, pero sin cobrar. Era a beneficio de una ONG y gané yo, pero estaba preparado, me sabía de antes las preguntas. Ahí estaba perjudicado. Se tenía que parar la grabación cada cinco minutos, si tenía que haber durado una hora se iba a casi tres. 

P: Al final le echaron, denunció y ganó un dinero. 

M: Yo a Esteso le he visto hablando con un plato… 

P: Otro que conocimos al principio fue a Juan, el de Cruz y Raya, que me dio un casete a ver qué me parecía. Tenía el estilo de Arévalo, pero anunciaba las imitaciones, lo cual no quedaba muy bien… Luego estos fueron de esas parejas que actúan, pero no se hablan. A Los Pecos les pasaba igual. Coincidimos alguna vez con los dos y no se dirigían la palabra. 

M: También apadrinamos a Martes y 13 cuando empezaban, nos lo pidieron y José Luis Coll y nosotros fuimos a echarles un cable. Luego no les gustaba el directo, preferían la televisión, por eso ya no coincidimos mucho. Nosotros hacíamos un número titulado Morado de noche que era una parodia del programa Encarna de noche, luego ellos triunfaron con algo parecido. 

Hermanos Calatrava

¿Lo de que Paco hiciera como que era Mick Jagger se le ocurrió a Gurruchaga?

M: No, fue muchos años antes. En Televisión Española, con José Luis Barcelona, que era el presentador, montamos un tinglado con toda la prensa y se creyeron que venía Mick Jagger al programa. Les dije que yo era amigo de Mick Jagger y que habíamos quedado para comer en Galicia, porque le gustaba mucho el marisco, y yo le había convencido para que viniera al programa. Llegó el día, apareció mi hermano vestido de Mick Jagger y se lo tragó todo el mundo. Todos preguntándome si les podría conceder una entrevista. Se colapsaron los teléfonos de los estudios Miramar. Y treinta años después, lo sacó igual Gurruchaga

P: Con el Moreno también lo hicimos, salía en silla de ruedas como si fuera ya muy viejo y estuviera muy salido. 

¿José Luis Moreno no os dio una segunda vida, un regreso a la primera línea?

M: Sin salir en televisión éramos los que más trabajábamos en España. Éramos una garantía de que la gente se iba a reír. A la gente le caíamos bien. 

¿No recibíais críticas por ser tan cercanos al pueblo, por poco sofisticados?

M: Los palos los recibimos de críticos que no tenían ni puta idea, pero nosotros nos reíamos de eso, para nosotros era el público el que tenía que responder, decir si estaba bien o estaba mal. Alfonso Ussía nos cogió manía. Escribía mal de nosotros y yo cometí el error de contestarle. Se metió con un disco y llamó «animales» a los que se lo habían comprado, pero me equivoqué respondiéndole, porque en el mundo del espectáculo lo importante es que hablen de ti aunque sea mal. Estuvo un tiempo sin decir nada, pero volvió. Cada vez que volvía se metía con nosotros y con muy mala leche. 

¿Con un punto clasista tal vez? Porque es muy aristócrata…

M: No entendía que hiciéramos reír. En un programa que hizo Gurruchaga soltando eructos y demás, una guarrería, escribió Ussía que le había dicho un amigo íntimo suyo que detrás del guion estábamos nosotros, algo que era falso de toda falsedad. Estuve a punto de saltar y… Poco después, en Telecinco, en un programa que presentaba Coll, Hablando se entiende la gente, nos lo encontramos en maquillaje. Le dimos la mano, le dijimos «encantados de conocerte», y se quedó muy sorprendido, pero siguió igual. El último artículo fue uno en el que nos comparaba a Pajares y a nosotros con los humoristas del periódico, como si fuese lo mismo eso que salir delante de mil personas y hacerles reír en directo. Un señor tan inteligente como él no puede escribir eso. Se ve que nos cogió cariño…

P: ¿Es inteligente?

M: Con otro que tuvimos problemas fue José María Íñigo. Le conocimos en Bilbao, estaba en la puerta de nuestro hotel esperando todos los días a ver si nos hacía una entrevista. Le dijimos al portero, que tenía uniforme y todo esto, que le dejara pasar y nos hizo la entrevista para Radio Bilbao. Luego se fue a Madrid, se hizo director de Mundo Joven y se dedicó a pegarnos palos por los discos. En cada disco nos ponía a parir. Tuvo un programa en televisión y no nos contrató nunca. ¿Pero sabéis por qué? Porque para salir en su programa había que ir a una discoteca de Madrid y a otra de Barcelona y actuar gratis, y la actuación en su programa no te la pagaba él, sino tu discográfica. Este fue el negocio de este señor.

¿Cómo empezó lo del cine?

M: Un amigo nuestro, Manuel Esteba, nos propuso hacer una película. Se tituló Horror Story. Nos lo pasamos muy bien rodándola, pero no la hemos cobrado todavía, y eso que se vendió mucho. 

P: Era buen tío, pero no tenía suerte. 

M: Cuando le salían los demonios interiores jodía todo, el rodaje, todo…

P: La mujer era la coproductora, Gloria

M: Luego hicimos la segunda también con él, Contra el imperio del karate, dirigida por él otra vez, pero producida por George Martin, que era uno que había hecho muchísimas películas del oeste. Murió hace un par de años. La tercera fue Los hijos de Scaramouche, que las escenas a caballo las rodamos subidos en hombros de dos especialistas que nos llevaban al trote, la cuarta El último proceso en París. Seguíamos la misma fórmula que con las canciones, parodiar las películas que habían tenido éxito. La del Último tango fue la primera película de María José Cantudo, que luego cuando la preguntan dice que nunca ha trabajado con cómicos, cuando gracias a nuestra película la contrataron para La trastienda, en la que salió desnuda, y tuvo éxito.

Más adelante hicimos dos producidas por un amigo de València, que tenía una sala de fiestas, que fueron El inmoral y Makarras Conexion, donde ya dirigíamos nosotros. Contratamos a los mejores técnicos de luz y sonido que había y la dirigimos. Tuvimos a un especialista en conducción francés, Rolan. Después de la primera secuencia que hice con él, dije que no me subía más y pusimos un maniquí. Años más tarde, le detuvieron en Francia por conducir el coche de una banda de atracadores. Se estrelló y se quedó parapléjico. En una de las escenas que grabamos con él nos faltaba un plano. Nos dimos cuenta en el montaje y ya no se podía hacer nada, así que lo dejamos en negro y una voz decía «aquí falta un plano« y otro le contestaba «da igual, que siga la persecución» [risas]. Oye, alguno nos dijo que era una genialidad. 

Si hacíais tantas películas es que funcionaban.

M: Makarras Conexion nos invitaron hace poco a un festival de cine en Badajoz donde nos dieron un premio y pusieron la película. Ahí dijeron que la habían visto en España un millón trescientas cincuenta mil personas. 

P: Y yo no he visto un duro. 

¿Ni como directores?

P: Un sueldo mínimo.

M: Ahí no nos pagaron, Paco, porque se había muerto el jefe de producción, no tenían ni un duro, y le dimos a su hija los beneficios de la película. 

Y la recordada El E.T.E. y el Oto.

M: Tampoco nos pagaron. 

P: Esteba, cuando acababa la película, ya debía el dinero. Acababa el montaje y debía la fotografía, el material, la distribuidora, el sonido… 

Vivía al límite.

P: Entrampao.

M: La rodamos en dos semanas y se estrenó en cuarenta y cinco cines simultáneamente. En el Waldorf Cinerama, y esto lo hemos visto nosotros, las colas daban la vuelta a la manzana para ver nuestra película. Nos dijo el gerente del cine que La guerra de las galaxias, las dos primeras semanas, hizo menos que la nuestra. 

P: Y eso que el cuarto rollo está donde tenía que estar el tercero. Está mal montada.

¡No!

M: Y en Scaramouche se nos coló un cartero haciendo su ruta al lado de Montjuic [risas]. Con el E.T.E. lo que pasó fue que la tuvimos que montar a toda prisa porque Pilar Miró no la autorizaba. Al final entró para mayores de catorce años, una película que era blanca completamente. Yo creo que ella no podía soportar que el estreno fuese en tantos cines. En las dos primeras semanas recaudamos ciento ochenta millones. Nos tocaba el veinte por ciento, pero no lo vimos. Un día me encontré a Esteba en el bingo y se me puso de rodillas: «Manolo, por favor, no me denuncies». Al final fue una cosa por la otra, porque las películas nos hicieron muy populares, pero tropezamos tres veces con la misma piedra. 

¿Con Pilar Miró se acabó el cine popular?

M: En toda España se rodaban cien películas al año, había un montón de gente que vivía del cine. Las películas se hacían con préstamos bancarios y se cobraba el quince por ciento de la taquilla. Había trabajo para muchísima gente… extras, de todo. Entró la señora Pilar Miró y se cargó ese tipo de cine. Protegió al de empresas privadas. A algunos les soltaban millones de pesetas por películas que ni se estrenaban y no las veía nadie.

Aparte de E.T.E, en Facebook hemos visto a Paco disfrazado de Golum.

P: Sí, en Murcia. Salía diciendo «mi tesoro» y le metí un susto a una pareja que no veas.

Santiago Segura os llamó.

M: Nos llamó para un programa de televisión en la primera cadena en el que salían varios cómicos, pero nos dijo lo que teníamos que hacer, que era la canción «Asi eu te pego». Le dije que no, que en el programa hacíamos lo que nosotros quisiéramos y que él nos dirigiría, pero me negué a hacer esa canción, porque era una porquería. 

P: También dijo que éramos muy caros. Daba un jamón a los artistas. 

M: No cobraba nadie. 

Los que sí que os reivindicaron con cariño fueron los de Spanish Bizarro.

M: Aquellos chavales nos hicieron un disco, muy bien promocionado, y pegó un pelotazo. Lo que no sé es los discos que se vendieron.

Como siempre…

M: Las ha habido mucho peores. Cuando hicimos el pasodoble de Jesulín de Ubrique, nos tuvimos que ir a Bilbao desde Barcelona en coche para la presentación, que llenamos una plaza de toros, pero nos pagaron con los cedés porque no los podían vender ya que quebró la casa. Ese disco no se oyó nada, solo lo que hicimos nosotros con el Moreno. 

Hermanos Calatrava

De Moreno habláis siempre bien.

M: Siempre dije que era un gran profesional, hasta que le vi viendo la televisión mientras le presentábamos un sketch

P: ¿Y? Pero cobrabas. 

M: A mí eso me demuestra que de profesional no tiene nada. 

P: Pero cobrabas. 

M: Cuando hacíamos televisión con él en San Sebastián, hacíamos lo que queríamos, ni ensayábamos ni nada, el tío encantado de la vida, y todos los programas fueron buenos. Cuando montó Noche de fiesta en Madrid, teníamos que ir primero los cómicos y esperarle a que llegase para recibirle como si fuese Silvio Berlusconi. Nos sentábamos todos en el patio de butacas y cuando entraba, teníamos que decirle «buenos días, señor Moreno». Se colocaba ahí con cuatro más y teníamos que hacerle, uno por uno, el sketch. Eso era una putada, porque hacer reír a cuatro o cinco personas es muy jodido. Y si ya estás en esa situación y, encima, ves que un señor está viendo un partido de tenis mientras, porque le encanta ese deporte, tú haciendo el gilipollas en el escenario y el otro con su partido, a mí eso me sentó muy mal. Pagaba, por supuesto. Nos dio muchos programas, también. Pero luego había sketchs que no le gustaban y había que prepararle otro nuevo para que volviera a supervisarlo otro día. 

P: Nosotros volvíamos a hacer el mismo. 

M: Encima eso, repetíamos el número y de repente sí que le gustaba. Era una pose. 

Ahora es un ogro, todo el mundo habla mal de él.

M: A eso sí que no hay derecho. Hemos estado en su casa y no hemos pasado por ninguna habitación. 

P: Serás tú [risas].

M: Estuvimos en fiestas en su mansión comiendo marisco, vino mi mujer y todo, y no puedo hablar mal de él en ese sentido. 

P: Yo puse en Facebook que José Luis Moreno nos había pagado siempre y no conocíamos su habitación. 

M: Pero cambió de la noche al día. Cuando trabajamos juntos en Mallorca nos llevábamos de maravilla, pero cuando fue subiendo… ¿hacernos ensayar delante de él? Luego nos dijo que nos tenía que meter al final del programa porque no nos veía nadie, pero la jefa de la tele nos dijo que el récord de audiencia éramos nosotros. A mí eso no me gustó.

P: Lo que quieras, pero luego tiki, tiki, que la pela es la pela. 

M: Cuando se pasó a la Televisión de Castilla-La Mancha nos quiso contratar, pero ya pagaba muy poco y dijimos que no. Insistió con que hiciéramos dos programas y así sería más, pero no. Como profesional no puedo discutir, porque ese hombre era la hostia. Te adornaba el escenario de una manera, yo creo que demasiado. 

P: Si era un capricho suyo, ¿qué más nos daba a nosotros?

M: Este cabrito que lo está defendiendo tanto, un día me puse a silbar en un sketch y me dijo: «No silbes, que el Moreno nos pone un ballet detrás». Como hicieras un sonido, te metía un ballet. Al humorista eso le molestaba. Treinta personas detrás bailando no quedaban bien. Otro día nos metió cuarenta músicos. Hasta un arpa, una tía tocando el arpa. En eso era la hostia, pero… En el número con la zambomba en San Sebastián nos metió una orquesta de la hostia y al orfeón donostiarra, solo por un «Aleluya» que había al principio de nuestro número con cinco estrofitas. Para eso era la leche, cuidaba mucho el escenario, ahí yo chapeau

En la primera Telecinco salisteis en VIP.

M: Muy poca cosa. Valerio Lazarov nos tenía vetados. Yo creo que antes era nuestro fan número uno, porque a todas las actrices con las que trabajamos en nuestras películas las contrató, a la Cantudo, a Ágata Lys… tanto que llegó a casarse con una de ellas, Didi Sherman, que salió en Los hijos de Scaramouche. Tenemos dos versiones de por qué no quería ni vernos en Telecinco. Una: yo tenía un Citroën Maserati, en España había dos, uno lo teníamos nosotros y el otro, Cruyff. Un día en la Citroën llevé el coche a que lo revisaran y me encontré con el Lazarov. Me dijo: «Yo tengo un GS, el último que ha salido, está muy bien ¿Y tú?». No dije nada: «Ahí sale». No me atreví a decir lo que tenía, pero cuando apreció el Maserati lo vio y no nos llamó nunca. 

P: La segunda versión es que en Los hijos de Scaramouche, Didi Sherman me tenía que dar un beso. Cuando me acerqué, olía fatal. Pregunté y me dijeron que se echaba en la boca un espray que olía mal, un truco de las actrices para que no las metieran la lengua. Entonces cambié el guion, y le di el beso al caballo. Hicimos dieciocho secuencias, ella preguntó y contesté que prefería besar al caballo que a ella. Eso luego se lo debió decir a Lazarov y por eso no nos llevó nunca. 

Hombre, se debió sentir humillada…

M: Cuando hicimos el VIP nos cruzamos con Lazarov en un pasillo, nos miró y apartó la cabeza, no nos saludó ni nada. Luego salimos en La Noria, que nos pagaron un dineral, quince mil euros, en Sálvame, que fueron cuatro o cinco mil, y con María Teresa Campos aparecimos bastante hasta que llegó Bigote y ya no salió nadie, solo él [risas]. 

¿Con qué compañeros os llevasteis bien?

M: Hubo un artista que me impresionó. La canción «120, 150 y 200 kilómetros hora» para nosotros fue un pelotazo y era de Roberto Carlos. En Sudamérica vendimos la leche, en Cuba nos dijeron que poco menos que fue el himno nacional durante un año, que sonaba como tres veces al día en la radio. Un día estábamos actuando en Puerto Mazarrón en una discoteca y aparecieron en el camerino Roberto Carlos y su representante. Estaba en Cartagena y le había dicho al representante que localizase a los Hermanos Calatrava y le hizo conducir hasta donde estábamos. Todo para darnos las gracias por lo mucho que habíamos vendido su canción, que había vendido más que su versión, y nos pidió que se la cantáramos. El señor Roberto Carlos. 

Qué elegante.

P: Hombre, estaba cobrando los derechos de autor… [risas].

M: Aute también nos dijo que habíamos vendido la tira de «Aleluya» y que le encantaba nuestra versión porque a él no le hubiesen dejado decir lo que cantamos nosotros.

P: Muchas veces hacíamos renacer las canciones cuando bajaban.

¿Y Bowie vino a deciros algo de vuestro «Space Oddity»?

P: No le venía bien ese día. 

M: Esa canción la metimos en un disco, contamos lo del astronauta que sale de la nave y dice eso de «estoy here» y desde el espacio cuenta lo que se encuentra, al precio del aceite [risas], y lo que se divisa en la Tierra, que es una masa quieta y dice que serán los de la Seat. 

Los arreglos que metisteis eran complicados, estaban currados. Os importaba mucho la música. 

M: Buscábamos talento, aunque esta profesión a veces es muy ingrata, hay cosas que te dejan jodidillo. Teníamos un guitarrista que era un genio con dieciocho años, Josep Maria Bardagí. Lo metimos en el grupo y venía con nosotros de acompañamiento. Se lo pasaba pipa, pero vimos que era tan bueno que lo echamos para que hiciera carrera, porque con nosotros no tenía futuro en lo suyo. Nos hizo unos arreglos de pasodobles para Cantan en español, hizo la música de El E.T.E. y el Oto en un estudio que costó una pasta. Se fue con Serrat, triunfó con él, le hicieron director de música de TV3 y, cuando murió, en la biografía que sacaron no ponía nada de lo que había hecho con nosotros. Me dejó una sensación de cabreo… Gracias a nosotros ese chaval había triunfado y lo menos que podían hacer era que en su currículum pusieran que nos había grabado dos elepés y compuesto la música de una película. No me tenía que dar las gracias por nada, ¡pero coño! 

P: Yo en mi currículum tampoco te pondría a ti, Manolo, qué quieres que te diga.

Hermanos Calatrava

Hace dos años os retirasteis oficialmente.

M: Teníamos dos galas antes de que llegase la pandemia. Cobrábamos dos mil euros por gala, en una nos ofrecían tres mil quinientos porque nos daba pereza irnos tan lejos, era a Cantabria, pero se anularon las dos por la covid. El chico que nos acompañaba, Nicasio, se murió del virus también. Las galas las aplazamos, íbamos a ir ahora a hacerlas, pero nos han llamado para comunicarnos que el cajero de las fiestas había desaparecido con el dinero, así que aquí nos hemos quedado. Este año nos han llamado para unas cinco actuaciones, pero Paco no quiere.

Nunca habéis aparecido por la prensa del corazón.

M: Me acuerdo que en el programa de Luis del Olmo este le dijo a Mariñas que nunca decía nada de los Calatrava y le contestó: «Los Calatrava no me interesan para nada». Pues mira, a nosotros nos pasaba exactamente igual con él. 

P: De todos esos del corazón sabemos más cosas nosotros de ellos que ellos de nosotros. Además, como ya no les queda material, se meten entre sí ¿no les da vergüenza?

A Paco sí que le sacaron en estas revistas, pero con su mono.

P: Aún vive, está en el Monkey World de Londres. Se empeñó una novia mía en que lo cogiera, pero después lo tuve que donar. Me lo dijo gente que entendía que al crecer había que quitarle los dientes y las uñas y, atención, y darle una paliza cada día para demostrarle que tú eres el que dominas, porque si te domina él a ti, malo. 

M: Iban a comer al Corte Inglés de Barcelona, al restaurante, a comer con la novia y el chimpancé. Yo me los encontré un par de veces y pensaba «joder, pero esto qué es». 

No hemos hablado del disco de bostezos.

P: Esto lo hacíamos con público y bostezaba todo el mundo.

M: Es contagioso, como rascarse. Quisimos probarlo, lo miramos con una orquesta de cámara y empezaban a bostezar hasta los técnicos, ahí vimos que teníamos que grabarlo. También quisimos hacer un disco cuadrado, pero el sello dijo que no porque no quiso cambiar los moldes. A los pocos años, lo sacó otro grupo inglés. Teníamos buenas ideas, porque luego se iban haciendo. También pensamos en uno ondulado. 

¿Cómo fue evolucionando el negocio de humorista con el tiempo?

M: Al principio había parejas cómicas como nosotros a tope, porque es un formato que desciende de los payasos. Nosotros somos payasos con la cara limpia, pero este humor lo han creado los payasos. Tenemos que respetarlos, detesto cuando se usa payaso como insulto. Había parejas cómicas que en televisión quedaban muy bien, pero en directo no. Mejor no decir nombres. En un plató con risas enlatadas, muy bien, pero luego súbete a un escenario y haz reír a la gente que está ahí, para eso hay que tener tablas. Con los años, esto se ha ido perdiendo por los monologuistas. 

P: Hicimos muchas carpas en los ochenta. 

M: Ahí eran días de cuatro y cinco funciones. Gente con abrigo de visón y gente con boina. No te oías ni a ti mismo con todas las atracciones de feria, la tómbola, el ¡otro perrito piloto! y todo lo demás. Luego ibas a un teatro y no sabías qué hacer cuando te encontrabas en silencio. Estuvimos siete u ocho años haciendo carpas. Ganaron millones con eso los empresarios, nosotros no, que teníamos un sueldo. Era muy difícil actuar en una portátil y el público tampoco era una bicoca, a Pajares y Esteso no les fue bien, y a Esteso solo, que lo hizo después, tampoco.

P: El último año cobramos quinientas mil pesetas por actuación. Un mes de febrero me acuerdo que hicimos veintiocho apariciones. 

Gracias al impulso de la tele.

M: No, salir en televisión mucho no te beneficiaba, luego la gente no iba porque ya lo había visto. Había que aparecer lo justo. Hubo un programa donde salimos mucho y lo pasamos muy bien, Tarde para todos. Lo dirigía Juan Antonio Fernández Abajo, que años después nos lo encontramos por la calle vistiendo andrajosamente, nos hizo un saludo mínimo, y nos quedamos pasmados. Resulta que dejó a la mujer por una actriz, la separación le debió dejar a dos velas y entonces le dejó la actriz, se hundió y acabó durmiendo en portales y mendigando. 

¿Os gusta el humor actual?

P: Los monólogos me parecen horrorosos, hay muy pocos buenos. 

M: Los que no se mueren nunca son los payasos. Los hijos siguen el oficio del padre, siguen actuando en los circos pequeños, en teatros, en hoteles. Un payaso si se lo sabe montar bien, funciona. Conozco varios. Uno tiene al hijo en París en una sala importante y al sobrino recorriendo España haciendo magia de payaso. Todos siguen el camino del padre, por eso no se acabarán nunca. 

Hace unos años pegó el Risitas.

P: Hicimos una gala con él.

M: Eso fue…

P: En el Auditorio Municipal de Fuengirola. Uno venía con un ojo morado porque le habían metido una paliza el día anterior. 

M: Los hizo famosos el Quintero, los cogió un representante y los puso a hacer galas. Llevaban a un tío con ellos que hacía media hora de chistes y luego salían ellos un cuarto de hora diciendo «cuñaooo» y poco más. La gente se quedaba pasmada. Nos dijeron los Sacapuntas que si coincidíamos con ellos, saliéramos primeros, porque dejaban al público seco. 

P: En el camerino nos llegó su representante a pedirnos un autógrafo para su hija. Le pregunté cómo se llamaba y le dijo al otro «oye, cómo se llama mi hija», y el otro: «¿Luisa?», entonces respondió el representante «¡Cómo coño va a ser Luisa!». Se supusieron a discutir y yo pensando «vaya, vaya…». Así era ya el representante.

M: Quintero y el mánager se hincharon de ganar dinero con ellos y eran personas que no estaban al cien por cien de su capacidad intelectual. Chicho Ibáñez Serrador también hizo alguna de esas. 

¿Cómo era Chicho?

M: Muy inteligente, pero muy pesetero. Pagaba muy poco y cobraba todos los derechos de autor aunque los guiones no fueran suyos, al menos en mi caso. Había que enviarle el guion y llamarle por teléfono dos o tres días después a ver si se cambiaba algo. Un día me contó el mismo guion que había escrito yo, le dije que no hacía falta que lo hiciera, que ya me lo sabía, que era mío, y me respondió: «No, este guion lo he escrito yo», y me tuve que callar porque si no nos habríamos quedado sin salir en el programa. Otros guiones que decía que no le gustaban, luego te encontrabas que se los había dado a otros cómicos firmados por él, una vez nos lo hizo con Juanito Navarro. O el Dúo Sacapuntas, que eran muy buenos chavales, pero los primeros que hicimos de toreros en 1,2,3 éramos mi hermano y yo. 

En Soy un pelele en 2008, Paco trabajó sin Manolo. Puede que por primera vez, ¿no? El papel era profético con todo el proyecto de esa película, interpretabas a un productor de cine corrupto [risas].

P: Para mí fue una sorpresa que se me ofreciera ese papel en un tipo de película que no tenía nada que ver con el feo de los Hermanos Calatrava ni de lo que habíamos hecho antes en cine. En ese momento estaba haciendo series y revistas con Moreno y no me lo pensé dos veces. Iba al rodaje desde Nerja, donde vivía entonces con mi familia. Me lo pasé genial. El equipo fue como una familia. Mi personaje era un pillo con buenos sentimientos. Se supone que le habían operado de gravedad de la garganta y me hacía reír mucho la cara de asco que ponían los compañeros cuando me veían toser. La pena es que, con lo que pasó después con esa película, los que trabajamos en ella fuimos los que nos sentimos como unos peleles. 

Había una secuencia en la que se homenajeaba el tamaño de tu boca. ¿Alguna vez entrenaste para ensanchar la boca en tus actuaciones o la abrías así de forma espontánea y natural?

P: Nací con la boca grande, pero como mis actuaciones siempre han consistido en gesticular, ha sido como hacer ejercicio con la boca cada día. Seguía la figura clásica del caricato, nunca me costó ningún esfuerzo…

Grabasteis la canción de la película, de Refree, en dos tomas, la misma mañana en que se os entregó la composición.

P: Fue de lo último que grabamos. La última creo que fue en 2014 con Spanish Bizarro por el éxito que volvió a tener «Odisea (sic) espacial», que le encantaba a una nueva generación y nos la pedían siempre. En los 70 solo la hicimos una vez en el teatro, con humo de ese que va por tierra, humo frío creo que se llama. A mi hermano no le gustaba mucho la canción y como ya teníamos mucho repertorio, la dejamos morir. La canción de Soy un pelele se hizo en dos tomas porque mi hermano siempre ha tenido un gran oído. Como yo improvisaba mis partes y a él le daba la risa, no tenía más remedio siempre que aprenderse bien las canciones para poder cantarlas como si no me oyera y prestando atención a la música. Para eso es un genio y, para aguantarme a mí, otro genio. 

Cuando se denunció en la prensa que los productores de la película podrían haber estafado más de medio millón de euros de dinero público, llamaron de todas las instituciones para que se acallara el tema y un director muy famoso escribió para que se enterrase la cuestión. ¿Te sorprendió la ley del silencio del cine español?

M: ¡Con la Iglesia hemos topado! 

De vuestra carrera, sesenta y pico años ¿cuál fue la época gloriosa?

M: Yo siempre me lo he pasado bien, quizá mejor al principio, cuando no teníamos responsabilidad. Cuando salíamos con Guardiola éramos un complemento que la gente recibía bien porque se reía, después al ser famosos ya nos exigían más. Yo a este hombre, a mi hermano, nunca le he podido mirar a la cara en el escenario, me partía de risa. La gente lo notaba y se reía también, se veía que era una risa no forzada. 

P: Sin responsabilidad te lo pasas mejor. 

M: Hemos salido a divertirnos siempre, que además es algo que si el público lo nota, se le contagia. He sido siempre muy feliz en el escenario, aunque estuviese jodido o doliéndome una pierna, disfrutaba. Es más, me encantaría volver a un escenario, no entiendo a Paco. Ha sido nuestra vida, los aplausos, los hoteles, los porrazos que nos hemos pegado en el coche… Eso ha sido nuestra vida. 

Hermanos Calatrava

 

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31 Comentarios

  1. Pues he pasado un rato bueno, bueno leyendo la entrevista. Y lo de Julio Iglesias y su descendencia, ya ha sido el descojone directamente.

  2. A mí nunca me hicieron gracia. Se menciona a Cassen, para mí infravalorado, excelente creador de gags e imitador.

  3. Unos fenómenos. Cuando dialogaban absurdamente en canciones reales o cuando creaban nuevas letras en otras canciones con un humor mas inteligente de lo que se puede pensar

  4. Jesú que susto ma dao al verlos tan feos coño! Bueno y además está er sobrino que hace puentes por to er mundo que a ese no lo habeis nombrao malasombras!

  5. Entrañables, su humor buscadamente casposo (son más inteligentes que eso) y las pelis, directamente, una mierda.
    Muy gracioso lo de negro esclavo y falso lo de “la hostia que se llevaron los de la Trinca en castellano”.

    • La Trinca no se llevó una hostia para nada, pero tampoco ganaron lo que esperaban. Eso es lo que quieren decir. Lo que pasa es que el matiz no va con ellos.
      En cuanto a la Trinca, creo que el problema es que cuando finalmente grabaron en castellano ya entraban en las últimas etapas de su carrera. Pero que no se quejen. Tuvieron su parte y, si querían más, haber entrado antes.

  6. Toda una lección magistral de lo que es el humor, hecha desde el propio humor.
    Y también como decir algunas verdades riendo de todo y de todos.
    Llevo años sin verlos trabajar, ni oírlos cantar. Pero les recuerdo como si fuera ayer. No creo que pueda haber mejor homenaje.

  7. Los descubrí cuando yo era un chaval de 11,12 años, en el 60-61. Nunca me gustaron, me hacían pasar vergüenza ajena con su humor cateto de polígono. Ahora, y al leer la entrevista me he divertido bastante con su desparpajo dando palos a diestro y siniestro y pienso que quizá fui algo injusto con ellos; tal vez fueron más inteligentes de lo que en su día percibí y me alegro sinceramente de que las cosas les fueran bien. Me ha hecho mucha gracia el comentario hacia Julito por lo poco que se acostumbra en general, a despotricar sobre nuestro bronceado amigo. A ver, el éxito a nivel mundial de Julio Iglesias, se explica de manera diáfana por su capacidad de mojar bragas, porque para qué nos vamos a engañar… Para mí ha sido siempre un cantante de ferias de pueblo desde que le escuché a finales de los sesenta con “La vida sigue igual”. Toda la atracción está centrada en su apostura innegable, aunque en esto como en todo, hay opiniones para todos los gustos, desde luego. Además, está claro que ambicionaba muchísimo “triunfar” y que puso mucho empeño y medios para ello, llevando su “carrera” por el camino adecuado para conseguir su propósito. En otro blog, una vez en el que se mencionaba al susodicho, alguien comentó que “por su asquerosa actitud, no merecía ni una sola escucha.” Bueno, si por eso fuera, nadie hubiera escuchado a Sinatra ni a Elvis Presley entre otros muchos, lo que pasa es que estos dos ejemplos están a años luz como intérpretes, en relación a Julio. Pero bueno, la seducción del sexo contrario o del propio para ejercer de cantantes o actores-actrices, es algo que se ha practicado desde siempre en ambos sexos; con suerte, se puede ganar mucho más en poco tiempo que a la larga como gigolo o señorita de compañía.

    • Coincido en tus apreciaciones sobre Julito Capillas, un cantante que no tiene idea de cantar, y que entona igual una balada que una habanera, y que probablemente no distingue un do sostenido de un re bemol. Todo su exito se basa en cancioncillas facilonas, apropiadas para publico poco exigente y que tampoco distinguirían una sinfonía de Beethoven de una cantata de Bach.
      Por cierto, el hombre presume de que se ha acostado con, no sé, ¿ 3.000 ? mujeres: habria que preguntarse porqué esas mujeres no han vuelto a acostarse con él.

      • Bueno luchino, es comprensible que si te has acostado con más de tres mil mujeres y tienes esperando a tres mil más, no repitas con las anteriores. En esto comprendo a Iglesias porque yo siempre tuve el mismo problema. Saludos afectuosos.

          • Bah! Pequeñeces! Falta mucho para llegar a las 12.000 (han leído bien: doce mil) que se le atribuyen a Warren Betty antes de casarse y colgar… esto… bueno, “eso”.

  8. En los 70s me encantaban. Luego ya no los seguí ( aunque las apariciones de Paco siempre han sido grandiosas), pero siempre me han caído bien. Eso sí, manolo menciona una gran cantidad de personas con las que se han encontrado en su carrera.Y para casi todos hay un comentario ácido o una anécdota donde los otros quedan mal. Españoles de pura cepa.

  9. La cancion de Julio Iglesias a la que se refieren no es de Jacques Brel, sino de Johnny Hallyday: “Me olvidé de vivir”, “J’ai oublié de vivre” en el original.

  10. No les preguntaron por el presupuesto del estado y lo del volcán de Palma. Me lo pasé bien.

  11. Los más grandes de todos los tiempos, jamás de los jamases han cambiado ni un pelo de estilo, y un carrerón. Chuscos y surrealistas, previsibles y subversivos.

  12. Genial.
    Soy de Zalamea de la Serena y cada vez que de niño iba a Villanueva miraba para todos lados por si los veía. Un día vi a Torrebruno.

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